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lunes, 1 de septiembre de 2025

Escribir cartas, inventar un mundo común - Virginia Woolf y Geneviève Brissac - Juan Villoro, Paulina Vinderman, Anne Carson y Maggie Smith

 



Estoy haciendo algo que aprendí muy pronto a hacer;
estoy prestando atención a la belleza pequeña,
la que sea,
como si fuera nuestra obligación
encontrar cosas para amarlas
y así atarnos a este mundo.
Sharon Olds

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
Nací en tiempos donde las cartas eran aun un medio de comunicación. En algún momento, también coleccioné sellos o estampillas junto con mi hermana. No recuerdo cuando comencé exactamente, pero sí que era muy pequeña. 

¿De dónde viene esta necesidad de escribir cartas? He rastreado las huellas de mis correspondencias y he encontrado que desde muy chica escribo cartas. Empecé escribiéndole a mi abuela María y seguí con mis amigas, con mis sobrinos, con mi hermana.

A l’amie des sobres temps: Lettres à Virginia Woolf, es el título de un pequeñísimo, pero simpático libro de Geneviève Brissac, con el que me topé leyendo un artículo, y cuya traducción al español es A la amiga de tiempos oscuros: cartas a Virginia Woolf.  

Escrito en forma de cartas, la autora se propone contarle a Woolf sus novedades y decirle todo lo que a ella le debe. Curiosa empresa, esta, de escribirle a una escritora desaparecida sabiendo que nunca se recibirá una respuesta. Pero Brissac ya había emprendido viajes creativos curiosos cuando publico una entrevista imaginaria a Woolf en Le Monde, conocido periódico francés, en 1982.

Como tengo una gran predilección por escribir cartas, cuanto vi cartas a Virginia Woolf… me dije que tenía que hacerme con el librito. 

Libro curioso, escrito en forma de cartas, a una autora ya desaparecida, a la que Brissac quiere contarle todo lo que su obra ha significado, no solo para ella, sino para un sinnúmero de escritoras y de mujeres, entre las que me encuentro. 

Pero no solo Brissac indaga sobre esta especie de manía, también Virginia Woolf se pregunta sobre la escritura epistolar. Escribir cartas, dice, ¿es -o no- una pérdida de tiempo? Al fin y al cabo, al hacerlo, le robo tiempo a la escritura e incluso a la vida misma, escribe.

¡Qué tarea extraña esta de la correspondencia epistolar! Actividad - valga la redundancia- del tiempo inmóvil de la espera: escribirla, enviarla y, sobre todo, esperar a que llegue. Tiempo del azar y la agonía, que adquiere un tinte casi arqueológico. Horizonte de paciencia, permanencia y lentitud, simbolizan el olvido y la posibilidad de rescatarlas de sus garras. Y que depende del humor y de la imprevisibilidad del correo.





Empiezo poco a poco. Pasado un tiempo prudencial, comienzo a imaginarme la carta, a quién ira dirigida, lo que probablemente le escribiré, qué papel usaré. El papel es de suma importancia. En mi caso, suave, ligero, que permita a la pluma deslizarse sin contratiempos. Y si, escribo con pluma. Una arqueóloga en toda su expresión. Efectivamente, escribir cartas le roba tiempo a otras actividades y a la vida misma, ¡pero cuanto placer nos dan!

Tengo la certeza que, ante mí, en la hoja en blanco, la incertidumbre sobre los caminos de las ideas que tomaré no tiene lugar. Sé fervientemente que me dejaré llevar por la pluma. ¿Puedo sonar divertida en una carta? ¿Triste? ¿Enojada? ¿Sabionda? ¿Frívola? ¿Naif? ¿Graciosa? 

Delante de mí, todo un mundo se despliega en la hoja en blanco, el tiempo se detiene, recuerdos, hechos, souvenirs minúsculos pero esenciales, sensaciones fugitivas y emociones. Una infinita gama de posibilidades se abre camino.

Y entonces, escribe Brissac, entiendo mejor lo que es la correspondencia: una tentativa de disminuir el dolor, una forma de instalar un hilo de continuidad entre nuestras vidas, una manera de inventar un mundo común entre nosotras, donde las palabras tienen el poder de decir. Amamos leer y escribir cartas porque ellas son la esencia misma de la literatura: una evasión, un arte, un hilo que nunca se rompe entre nosotras y las otras, una continuidad que calma la angustia.

¿Carta o diario íntimo? Difusos límites entre ellos. ¿Representan la evasión mental, física y psíquica en las que los otros nos encasillan? ¿Son meditaciones existenciales o intelectuales? ¿A quién le escribo? ¿A mí misma o a otra persona? Y mientras deambulo en el espacio del papel, la distancia y la ausencia se hacen presentes, están implicados, está todo ahí. 

¿Para qué escribimos? ¿para ser leídas? ¿para engañar a la soledad? ¿para quizás inventarse una vida?  

En Escribir cartas: pedir que el tiempo exista, Juan Villoro escribe que “quién se explaya en una misiva necesita al otro como referente y lo toma en cuenta para lo que dice, pero también se sondea a sí mismo. Hay una complicidad ausente. Alguien pone a prueba sus palabras esperando que otro pueda oírlas: un testigo.”

Un testigo presupuesto en la soledad compartida de la escritura, que la condiciona. Un tiempo de espera. Le escribo a Diana como si la tuviera enfrente mío y le digo lo que estoy poniendo en el papel. Seguro me reiré pensando que con esta frase me va a tirar de las orejas, ¡siempre la misma, Virginia!

Sé que escribo como único encuentro posible, y presupongo el estado de ánimo de quien la recibirá, su sentido del humor ese día, su susceptibilidad; y el mío.

Terminada la carta, la dejo reposar unos días, como quién deja reposar una comida. Espero y la releo, y a veces corrijo, retoco, agrego. Luego la carta se desprende de mí y la llevo al correo. 



Misterioso género, el epistolar, que suspende el tiempo, y lo confunde: se escribe para el futuro de quién la leerá y se lee viniendo del pasado de quién la escribió.  

Le pregunto por la tristeza.
Dice que debo acomodarme
al viento de la vida.
Y que le cante en rima a mi raíz.
Paulina Vinderman


***Algunas razones para escribir cartas***


• Es un arte en vías de extinción.

• Es terapéutico (y no necesitas de un terapeuta que te guie).

• Invita a la creatividad, sin tomar clases.

• Da placer. 

• Alegrara a quién la reciba.

• Es una forma de literatura: cualquiera puede escribir.

• Es una forma de ternura: da cariño.

• Es algo bonito, si te gustan las cartas, obviamente.

• Tienen un profundo sentido poético.

• Es económico. Solo necesitas hoja y lápiz.

• No hace falta escribir mucho ni presentarse a concursos literarios de cartas.

• No seremos evaluados por críticos poco simpáticos. Quien nos lee, nos tiene aprecio.

• No pasaremos ningún test de nivel y aptitud del tipo Cartas Nivel I y II.

• La belleza del material empleado, en la mayoría de los casos.

• Según los expertos, ejercitas el cerebro, la memoria y fomenta la reflexión.

• ¡Reduce el estrés! O eso dicen.

• Ayudas a mantener una actividad de suma importancia: ¡el correo! Aunque confieso aquí que tengo una relación de amor-odio con el Correo postal. Tenía que decirlo.

La poeta Anne Carson escribió que por muy dura que sea la vida, lo que importa es hacer algo interesante con ella. Y esto tiene mucho que ver con el mundo físico, con mirar las cosas, la nieve y la luz y todo aquello que constituye a cada instante tu existencia. Qué gran consuelo, escribe, saber que estas cosas persisten en su ser y que puedes pensar en ellas y hacer algo con ellas.  

Fue Maribel la que me recordó a Anne Carson. Ella me dijo, -cuando todo arrecia Vir, haz algo. Solo podemos aspirar a crear pequeños fragmentos de orden en el caos.

Maggie Smith, no la actriz sino la escritora, escribió un interesantísimo libro cuyo título es precioso: Podrías hacer de esto algo bonito. Y, sin caer en manuales de autoayuda, Smith escribe sobre su propia reconstrucción, cuando el mundo que conocía se ha derrumbado.

¿Me contradigo? Muy bien, me contradigo. Soy amplio, escribió Walt Whitman, contengo multitudes. 

Dentro de cada una de nosotras habitan multitudes, desde la niña que fuimos, la mujer que soñamos ser y todas las versiones que hemos ido dejando por el camino. Maggie Smith aborda con ternura y sabiduría la paradoja de llevar todas esas versiones mientras continúas avanzando en la vida.

Algunas veces, mis amigas me han prestado viejas cartas escritas, para releerlas y así reencontrar a la Virginia que un día fui. He intentado leerme con ternura. Pensar con ternura sobre nuestro pasado y nuestras versiones anteriores es un acto de autocuidado, escribe Smith.

Hablar de ternura me lleva directamente al discurso de aceptación del Premio Nobel de literatura de la escritora polaca, Olga Tokarczuk, quién argumenta que la ternura es la forma más modesta del amor. 

Es el tipo de amor que […] aparece donde miramos de cerca y con cuidado a otro ser, a algo que no es nuestro “yo”. Es espontánea y desinteresada y representa una profunda preocupación emocional por otro ser, por su fragilidad, por su naturaleza única. La ternura no es inmune al sufrimiento. 

 


Pensando en la ternura de releernos en diferentes momentos de la vida, y siguiendo el consejo de Maribel y de Anne Carson de hacer algo llegué a la idea que, la escritora afroamericana Audre Lorde desarrollo sobre el autocuidado. 

Su obra explora, entre varios temas, el cuidarse a sí misma cuando las desigualdades estructurales te han condenado. Lorde defiende el autocuidado no como autocomplacencia al estilo autoayuda, escribe Sara Ahmed, sino como una forma de autopreservación.

Pero cuidado, dice Ahmed, que lo que Lorde está proponiendo no es cuidarse a sí misma como una forma de buscar el bienestar individual, sino como una manera de encontrar formas de existir en un mundo que dificulta la existencia.

Para aquellas personas que deben batallar para importar en el mundo, el autocuidado es una guerra, argumenta Lorde.

¿Cómo nos cuidamos las unas a las otras? Necesitamos tener a mano una serie de herramientas, una caja compuesta de aquello a lo que nos aferramos para sostenernos. 

Esta caja, puede contener aquellos libros más preciados, esos que te dan aliento cuando más lo necesitas.  Puede contener objetos, cosas que nos reconfortan, como aquellas cosas que me permiten escribir, un cuaderno de notas, un lápiz o esta computadora. Cosas que me permitan hacer cosas, como mi bicicleta. Tiempo. Mi caja puede contener tiempo de descanso. Respira, Virginia, para, descansa. También contiene a mis queridas amigas. Nada mejor que un grupo de contención cariñosa. Música. En mi caja guardo la banda sonora de mi vida. Y humor, mucho humor para afrontar los inviernos.

Las cartas son, para mí, una forma de cuidado y de autocuidado. Cuando todo arrecia alrededor, como escribió Carson, haz algo, me dijo Maribel. Y ahí me tienen mis amigas, atiborrándolas a cartas.

Cuando la vida se pone difícil, hay que sacar valor para hacer algo bonito y no estancarse en el dolor y en el lamento. Y cuando todo esto no alcanza, rodéate de amigas. Nada reconforta más que el calor amoroso de unas buenas amigas. Y si puedes, escribe cartas. Así, resucitaremos una actividad en vías de extinción, no abarrotaremos los estantes de las librerías con cosas que a nadie le interesa leer (le haremos un favor a los lectores), y seguiremos cultivando la escritura, sin torturar a masas de lectores, solo a nuestras amigas, que conservarán nuestras cartas con cariño y nunca nos dirán que nuestro estilo deja mucho que desear. 

Es una actividad muy económica, que con los tiempos que corren, todo el mundo puede costear: un lápiz y un papel. Además, pueden participar de algún club de cartas epistolares o de amigos por correspondencia.

Y quién sabe, quizás, también nos sirvan para mejorar nuestra forma de escribir, ganar en práctica, cuidarnos, y hasta darle ganas a nuestras amigas de también ponerse a escribir. Quizás estamos creando una red de salvavidas y de escritura, casi casi sin proponérnoslo. Preparadas, a sus marcas, ¡a escribir cartas!

Hay que inventar un viento. Pertenecer. Pertenecerse. Es esto todo al fin cuanto queríamos. Un silencio incompleto. Un lugar de ceremonias sencillas. Solo falta que inventemos un viento. Paulina Vinderman.

 

 


 


martes, 1 de octubre de 2019

Aceptarse - Annie Ernaux y Didier Eribon


Otro cielo sin dioses, otro mundo al que nadie más vendrá
sumergen en las aguas implacables de tu imperfección
y de tu vergüenza.
Olga Orozco

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
La escritora francesa Annie Ernaux escribió que ‘todos somos seres atravesados por conflictos’, por conflictos de clase, argumento que también sostiene el filósofo francés, Didier Eribon, en su magnífico libro Regreso a Reims.

Durante más de cuarenta años, Ernaux exploró la vergüenza, como un sentimiento recurrente de ilegitimidad, de no estar nunca en su sitio. Una vergüenza, a la que claramente denominó social, que la atravesará durante toda su vida y que es producto de su origen de clase.

“Soy una etnóloga de mí misma. ¿Qué cuento intimidades? Lo íntimo siempre es algo social. Es inconcebible un yo puro, en el que los otros, las leyes, la historia, no estuvieran presentes.”
Como Ernaux, mi origen social se ha dejado – y se deja - entrever a través de ese permanente sentimiento de ilegitimidad y de incomodidad. Ambos autores han enriquecido esta, mi búsqueda, para entender mi historia personal.

Didier Eribon escribe que “Siempre he tenido, en lo más profundo de mí mismo, el sentimiento de pertenecer a una clase. Siempre he sabido, que había una diferencia entre ellos y yo. Cómo no saber lo que uno es, cuando vemos cómo son los otros, y a qué punto ellos son diferentes de nosotros.”

A menudo se nos hace creer que nuestro destino está en nuestras manos. Así, se nos bombardea con la idea - intencionada -, de que somos nosotros los que tomamos decisiones y trazamos nuestro camino. Si el camino se tuerce, se nos dice que es porque no supimos tomar las buenas decisiones. Esta es la ideología de la meritocracia, tan publicitada últimamente y que legitima lo que Richard Sennet llama la sociedad de-todo-para-el-ganador.

Sin embargo, Eribon y Ernaux, se encargan de hacer, lo que llamo, sociología en carne propia, puesto que revisitando su historia personal y la de sus padres, realizarán una suerte de exploración de los conflictos de clase social. Ellos, dirán, son lo que se entiende como un ‘milagro’ social, puesto que, por una suerte de pequeños milagros, y escabulléndose de las trabas que la estructura social impone a las personas de los sectores populares, han logrado cierta notoriedad en su trabajo. Una como escritora y otro como filósofo.

Sara Landeta
En su recorrido autobiográfico, Eribon mostrará cómo opera la perversidad del sistema, que se nos impone cuando nacemos, y que nos hace creer que somos nosotros mismos los que elegimos y construimos nuestro camino cuando, en realidad, lo que somos es producto de nuestra clase social.

En este sentido, Annie Ernaux agregará que el origen social se porta como un estigma si, obviamente, no has nacido en las clases privilegiadas, y que este conflicto te atravesará toda tu vida. En una misma conviven lo íntimo y lo colectivo.

Vicente de Gaulejac, en ‘Las fuentes de la vergüenza’, dirá que “el sujeto se expone a una confrontación entre la mirada social que le es devuelta y la mirada íntima que revela la vergüenza y la angustia de no ser como hay que ser.” De no ser como se supone que se es en las clases privilegiadas (capital cultural, lingüístico, estético, académico). No tener la ropa adecuada, no utilizar el lenguaje apropiado, no mostrar de dónde se es, cómo se vive.

“Yo quisiera reflexionar sobre la manera en la que se reconstruye retrospectivamente nuestro pasado, a través de las categorías teóricas y políticas disponibles en el seno de la sociedad en la que vivimos”, escribirá Eribon, algo que puede servirnos para volver a él y así comprender nuestro recorrido con sus fracasos y sus, sus éxitos y sus errores.



En este sentido, para todos estos autores, los libros, y la lectura, son un punto de apoyo decisivo en el trabajo de reinventarse y de convertir la vergüenza – por ser gay y de clase obrera, en el caso de Eribon – en orgullo. 

Patrick Chamoiseau hablará de esas bibliotecas que tenemos los lectores, o lectoras, como sentimentecas. Esos lugares poblados por libros que nos ayudan a combatir, en nosotros mismos, los efectos de la dominación y que nos permiten “reformular el yo desde los procesos de resistencia.”

Así, Annie Ernaux escribirá para recuperar todo aquello que es imperioso ser recuperado. Y agregará que la memoria que se deshumilla diseña un futuro político, literario e intelectual, en el que ella ahora puede reapropiarse de las diferentes etapas de su trayectoria y de su personalidad.

“En cuanto al sentimiento de vergüenza, no es específico a mí y no creo que sea malo, es algo que surge cuando sales de tu entorno natural y te enfrentas a otras realidades. No es un término del todo peyorativo, lo uso para enfrentarme a ese pasado. Quien no lo entiende es que no ha salido de ese entorno social y no ha conocido otras realidades.”

Gaujelac, abre puertas a la posibilidad de salvaguardarse, y es lo que llamará ‘el combate de la dignidad’, de conservar - a pesar de todo - una imagen aceptable de sí mismo.


Aún no hace mucho tiempo,
te mirabas en alguien igual que en un espejo que te embellecía.
Era como asomarte a las veloces aguas de las ilimitadas indulgencias
donde se corregían con un nuevo bautismo los errores,
se llenaban los huecos con una lluvia de oro, se bruñían las faltas,
y alcanzabas la espléndida radiación que adquieren hasta en la noche
los milagros.
Olga Orozco

viernes, 6 de septiembre de 2019

Vacacionar o estar libre


Para profetizar hoy, basta con conocer
a los hombres [y mujeres]
tal como pueblan el mundo
en toda su desigualdad.
John Berger
Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
Es verano, época en la que si se puede, toca vacacionar. Vacacionar no es un concepto muy antiguo ya que, como tal, tiene una corta duración. Empezamos a tomar vacaciones cuando, gracias a los derechos laborales conquistados, se reconocieron éstas como tales y se comenzaron a pagar en los salarios de los trabajadores y trabajadoras.

Según el diccionario, vacacionar se deriva del verbo vaccare, que significa: estar libre, vacante o desocupado. Dice Susan Sontag que “Por primera vez en la historia, grupos numerosos de gente abandonan sus entornos habituales por breves períodos.” Así que estar de vacaciones, nos permite acceder a otro tiempo, que no es el tiempo social impuesto, sino un tiempo libre que yo misma voy a estructurar.

Para el antropólogo francés, Jean Didier-Urbain, especialista en turismo, vacacionar es una suerte de utopía, un paréntesis, que me permitirá beneficiarme de un realidad extra-social elegida y ajena a la impuesta.

Urbain irá más allá, ya que considera que hay que intentar abordar el turismo como un objeto que nos permite comprender la sociedad. Nuestra forma de vacacionar, y de viajar, dice también cómo somos.
Si se originaron como producto de las conquistas laborales de los trabajadores, ahora podemos decir que desde hace unos diez años, y con el boom de las redes sociales e internet, las vacaciones ya no son lo que eran.

Ahora, los que pueden viajan por menos tiempo, de manera breve, en forma de escapadas. Es lo que llama, un turismo de fuga espoleado por el placer del instante. Además, se viaja conectado, autorganizado y se es autónomo. ¡Bye bye a las agencias de viajes!

Urbain agrega que “la fragmentación de los tiempos de viajes hace de la cotidianeidad un espacio-tiempo suspendido entre dos viajes.” Algo así como que vivimos en una especie de transición entre dos escapadas.

Pero algo ha cambiado últimamente. Las redes sociales han transformado las vacaciones, entre otras tantas cosas. Y con la redes sociales también la fotografía, operando como difusores de modelos como nunca antes habíamos visto.


Las fotografías, según John Berger, son un registro de las cosas vistas. “Es el resultado de la decisión del fotógrafo de que merece la pena registrar que ese acontecimiento ha sido visto.” Tienen un mensaje y lo que muestra invoca lo que no muestra.  Y Sontag agrega que “fotografiar es apropiarse de lo fotografiado. Significa establecer con el mundo una relación de poder.” 

Las fotos publicadas no son inocentes. En ellas la frontera vida privada-vida pública se diluye porque debe ser, lo que ahora se llama ‘instagramable’. Su formato (Facebook, Instagram) está dado de antemano, y se inscribe dentro de una estética publicitaria. Sí, ¡a ver quién tiene la vida más linda!

El resultado: fotos idénticas y uniformes de lugares y de paisajes. Tenemos la impresión de que todo el mundo pasa unas vacaciones idénticas, pero irreales. Sabes que si no has podido tomarte vacaciones, ahora hay sitios en internet donde puedes descargarte unas estupendísimas fotos para subir a las redes sociales y así hacer como si sí y no quedar fuera.

Sontag escribe en su libro Sobre la fotografía que la fotografía “Es un rito social, una protección contra la ansiedad y un instrumento de poder.” Contra la ansiedad que produce la inactividad laboral cuando se está de vacaciones presuntamente divirtiéndose.

La sociedad de consumo nos invita a consumir como todos, pero al mismo tiempo nos pide autenticidad, distinguirnos, y si es posible, nos pide mostrarnos más auténticos que los otros. Ya sabes, la foto colgada de la palmera si es posible.



Dice Jean Laurent Cassely que “La autenticidad es el fruto de la angustia de una sociedad de consumo de masas en la que todos somos idénticos e intercambiables, de una forma de competición social en la que los otros sean menos que yo, y de un sentimiento de nostalgia.”

Las fotos de las vacaciones en las redes sociales me traen a la memoria un libro escrito por la psicoanalista y filósofa Julia Kristeva, Las nuevas enfermedades del alma, en el que describe cómo en nuestra cultura, se aplanan las diferencias y las emociones produciendo ‘una reducción espectacular de la vida interior’.

Y agrega Kristeva, “presos del estrés, impacientes por ganar y por gastar, por disfrutar y morir, no tenemos ni el tiempo ni el espacio para hacernos un alma.” Y lo que es aún peor, no tenemos remordimiento por ello. Pero ahora hay que colgarlo.

“Cada fotografía, dirá Berger, es, en realidad, un medio de comprobación, de confirmación y de construcción de una visión de la realidad. De ahí el papel crucial de la fotografía en la lucha ideológica. De ahí la necesidad de que entendamos un arma que estamos utilizando y que puede ser utilizada contra nosotros.”

martes, 28 de mayo de 2019

El jardín como una zona de promesas - Virginia Baudino


“El jardín, es la más
pequeña parcela del mundo, y también,
es la totalidad del mundo.”
Michel Foucault 

Cultivar un jardín ¿‘filosófico’? ¿literario? ¿político?
Un cuarto propio

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
Últimamente circula esta frase: hay que cultivar un jardín. Ya saben que todo lo que empiece por un deber ser para mí queda automáticamente descartado. Como dije muchas veces, soy muy mala alumna. Pero, a riesgo de sorprenderlos, tengo un pequeño jardín y me ocupo con un ansia desmesurada. ¿Herencia de Héctor y sus rosas?

Cuando Maribel me visita, el tour de los jardines es imprescindible como marco para nuestras caminatas y charlas.

Sin embargo, comienza a llamarme la atención que se promocione la jardinería. No es por nada, pero qué significa este imperativo para una especie que se ha dedicado prácticamente a destrozar la naturaleza. Y no sólo esto, qué significa esto en el contexto de la hiper productividad capitalista y la sociedad del cansancio.

Hacer un jardín es una actividad – en la mayoría de los casos - solitaria, lenta, austera, aislada y contraria a lo que se nos demanda hoy, decía Neil Postman, de divertirnos hasta morir.


Contrario a esto, Jardinear (palabra que no existe en español, pero sí en francés y es un verbo) implica una vida aislada y aparentemente alejada de las luchas que se dan por cambiar el mundo.
Sin embargo, en los últimos años, dirá Catherine Golliau, producto de los excesos de la vida urbana, del auge del pensamiento ecológico y un poco al mal sabor que las ideologías que dominaron el siglo XX nos han dejado, volvemos a mirar desde otro punto de vista lo que representa cultivar y mantener un pedacito de terreno: un lazo con la naturaleza, con la flora y la fauna (doy fe gracias a mi lucha contra los nidos de abejas y avispas varias) y con la belleza. Un poco para escapar, agregará Byung-Chul Han, de la sociedad del rendimiento. Y para construirse el cuarto propio del que hablaba Virginia Wolf.

La lucha de clases también ha mutado en lucha por la naturaleza. Aunque el enemigo ha cambiado, o quizás no tanto. El jardín vuelve como una zona de promesas y, también, como un espacio político de resistencia y lucha, dice nuevamente Golliau, si lo percibimos desde el sentido de que él es también un reflejo de las relaciones sociales imperantes y de la manera en que el jardinero o jardinera entiende el mundo.

Puede ser entendido como el paraíso perdido, como un lugar de aislamiento y meditación, como un espacio de utopía social, como la expresión del poder del Rey Sol a lo Versalles o puede ser concebido como un objeto de arte. Claude Monet, y todos los impresionistas, dieron buena cuenta de ello.


En todos los continentes, todas las civilizaciones han tenido, y tienen, sus jardines. Su realidad es casi universal, ya que son concebidos para recibir, cultivar y honrar el mundo vegetal. A través del jardinaje, hemos intentado controlar los elementos que lo contienen como el agua, la tierra y el sol, y con ellos afirmar nuestra supremacía sobre la naturaleza. Hemos intentado participar de la vida desconocida del universo plantando, cultivando y cosechando.

Hoy nos es imposible entender el jardín como lo hacían hace siglos, ya que nuestra percepción del espacio y del tiempo, así como nuestros modos de vida y nuestra cultura son diferentes. Pero algo hay en común entre todas las culturas y es que el jardín seguirá siendo concebido como ese espacio cerrado, protegido, aislado, como un oasis frente al desquicie del mundo exterior, como un refugio.

Trabajamos en ellos, invertimos y perdemos nuestro tiempo, los pensamos e imaginamos. Así, removemos la tierra, quitamos hierbajos, reorganizamos una escenografía según nuestras normas estéticas. Las mías, se alejan de los estándares, planto lo que puedo permitirme y lo que este año me apetece. Mis criterios son puramente caprichosos. Me maravillo ante la vida y la belleza de las plantas y les hablo…y no, no creo estar desvariando.

Descubrí que un jardín puede ser político, y confieso que aún me cuesta acercarme a esta perspectiva. El jardín en movimiento, que propone el paisajista Gilles Clément es político y lo opuesto al jardín puramente estético. Clément propone un jardín en el que ‘se le da una plaza importante a lo vivo, [especialmente] a aquellas especies salvajes que elijen vivir en el jardín’ - y que normalmente desterramos, yo incluida -.

Jardín Vertical Colegio Fuhem

De esta manera, el jardinero o jardinera escucha e interpreta las energías de la naturaleza y le deja el terreno libre a las fuerzas vivas, aunque me cuesta pensar que mi batalla descarnada contra la achicoria (y su mala reputación) debe abandonarse para la ‘laissez faire’. ¿Tendré que revisar mis resistencias?

Pero, qué tiene de política la idea de hacer un jardín. Bueno, para Clément y para el filósofo coreano Byung-Chul Han también, significa una opción de resistencia frente a un capitalismo ultra productivo, avasallador y controlador. Jardinear, significa desacelerar la vida, focalizarse sobre los ritmos estacionales, conectar con la naturaleza y proteger a los seres vivos (no a todos, la achicoria y yo tenemos una batalla declarada, que por ahora gana ella).

El jardinero va en contra de la tan mentada aceleración. Para hacer el jardín, se debe aprender a no hacer nada, a tomarse el tiempo necesario y a perder tiempo, a percibir los cambios biológicos y los hábitos del mundo animal. Un jardín es el espacio ideal para aprender a ser pacientes, a escuchar la naturaleza, a trabajar con nuestras manos, a perder el tiempo y a invertir en tiempo, a aprender a dialogar con los otros seres vivos (incluso con las avispas y achicorias que intentan invadir mi pequeña parcela).


Es casi casi terapéutico y, si se puede – incluso en una terraza o balcón -, es construirse un lugar en el mundo en donde con poco se puede resistir a los valores dominantes de la aceleración y de la hiperproductividad desmesurada. Es un cuarto propio.

Dice Byung Chul Han que acudir al jardín es un acto político de resistencia, una actividad que se aleja del ruido de la sociedad del cansancio y del rendimiento, es diseñar una vida ajena a los criterios dominantes.

El agua se aprende por la sed;
la tierra, por los océanos atravesados;
el éxtasis, por la agonía.
La paz se revela por las batallas;
el amor, por el recuerdo de los que se fueron;
los pájaros, por la nieve.
  Emily Dickinson

lunes, 6 de mayo de 2019

Las pequeñas alegrías de Marc Augé - Virginia Baudino

Las pequeñas alegrías, pese a todo
yo sólo quería
volver a tener unas flores
que siempre hubo en mi casa.
Y ahora no sé si obedecer al recuerdo.
Juana Bignozzi

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com

¿Es posible hablar de una antropología de las felicidades?

El filósofo francés Marc Augé, responde afirmativamente a esta cuestión, y va más allá publicando su libro Las pequeñas alegrías. En él va a explorar “las vías mediante las cuales un individuo trata de mantener los lazos con los demás y de establecer nuevas conexiones a través de la gestión de su día a día.”. 
No se equivoquen, quizás el título de su libro lleve al engaño, y pensemos que ¡otra vez, Virginia! nos encontramos ante esta tan publicitada tendencia de marketing o, frente a un mensajero dudoso de la felicidad. O simplemente, a una incógnita que se me repite, día tras día.

Nada más alejado de la realidad – aunque esta incógnita se me repita día tras día -, en línea con lo que hemos comentado sobre sociólogos como Richard Sennett o Zigmunt Bauman en este blog, o filósofos como Byung Chun-Hal o Mark Fisher, que ya abordan este tema y su relación con la sociedad de consumo y el sistema político-económico actual, Augé indaga sobre los peligros de la dictadura de la felicidad en paralelo con “la aspiración a una serenidad feliz [que] contrasta con la fiebre competitiva del capitalismo triunfante y con la protesta de los marginados y excluidos.” 


Para empezar, Augé no hablará de felicidad sino de la felicidad en plural, además, tratará de “realizar un desvío antropológico para observar en qué ocasiones y bajo qué condiciones experimentamos de vez en cuando -yo agregaría muy de vez en cuando -la evidencia tangible de un momento y un movimiento de felicidad. Un movimiento y no una inmovilidad permanente.”

Por ello, hablará de las pequeñas alegrías, en movimiento, fugitivas, que superan el miedo, la edad o la enfermedad, que están siempre en juego con la relación con una misma y con los demás.

Hablará de ellas como “los instantes de felicidad, de las impresiones fugaces y de los frágiles recuerdos […] de las alegrías que existen <<pese a todo>>.”

Son ellas las que nos permiten resistir y sobrevivir “a las tempestades que quiebran el alma y a las inundaciones que asfixian y ahogan” y tejen un “hilo que enlaza nuestros días y que nos ayuda a vivir.”


Alegrías diarias y de las de siempre (desgracias hay para tirar para arriba), que nos ayudan a intentar vivir de la mejor manera posible, alegrías de la primera vez que, de vez en cuando, revivimos, las alegrías de los reencuentros – afectivos, obviamente -, las de cantar, tararear, silbar, las de los sabores y la de los paisajes que están destinadas a crear recuerdos, las de la resistencia y las de la edad. Estas últimas, aparecen cuando nos toca hacernos mayores y nos enseñan un poco a vivir al día. Yo agregaría, en mi caso, la de las hijas y la de los niños, la de los olores, la de leer y jugar y la de cultivar mi jardín...

Augé termina diciendo que quizás, las pequeñas alegrías puedan significar la promesa de un futuro mejor, no sólo para mí, o para ustedes, para todos los hombres y mujeres, y también pueden desembocar en una toma de conciencia de todos y todas. ¿Para construir un mundo más amable?

Si mis hermosos amigos
casi todos preocupados por la vida
pudieran quitarse la capa
yo les hablaría de la alegría.
Les contaría historias sencillas
cuentos para alguien que quisiera vivir.
Con mis hermosos amigos casi del alma
hablo del cambio de estación.
Nosotros en realidad
gente con oficios que no sirven para triunfar.
Juana Bignozzi

jueves, 21 de marzo de 2019

¿Qué mundo sueñas? - Rutger Bregman por Virginia Baudino


Imaginemos lo imposible
La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos.
Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá.
Por mucho que camine nunca la alcanzaré.
¿Entonces para qué sirve la utopía?
Para eso, sirve para caminar.
Eduardo Galeano
Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
La urgencia climática, la crisis de las democracias, las desigualdades sociales y el retorno de los fascismos nos interpela para diseñar un nuevo horizonte. Si, como se pidió en el mayo del ’68 francés, la imaginación debe tomar por asalto el poder, probablemente la utopía deba ocupar de nuevo su lugar. Como escribió un periodista francés, y “¿si la sola forma de salvar el mundo sea reinventándolo?”.

Hace poco visité a mis padres. Siempre que hablamos con mi padre se recicla una vieja idea que tengo, entre otras, y es la de que cómo se hace para conservarlas intactas, que se adapten a todo tipo de explicación y resistan al paso del tiempo y a algunas evidencias que las contradicen. El psicólogo León Festinger le puso un nombre a esto: ‘disonancia cognitiva’. “Cuando la realidad choca con nuestras convicciones más profundas, preferimos recalibrar la realidad que corregir nuestra visión del mundo. No sólo eso, nos volvemos más inflexibles antes que modificar nuestras creencias.”

Si pensamos en esto, a pesar de las innumerables e innegables evidencias, es legítimo plantearse si efectivamente las nuevas ideas pueden cambiar el mundo, dice el historiador holandés Rutger Bregman en Utopía para realistas, (2016). Aunque la cuestión, según éste, no es si las nuevas ideas pueden derrotar a las viejas, sino cómo pueden hacerlo. Sin embargo, dice, los sociólogos, algunos psicólogos y politólogos han abierto una brecha en la argumentación de la disonancia cognitiva, al considerar que es la presión del grupo la que impide que cambiemos nuestra mirada. Pero, tranquilos…hay esperanza, porque a pesar de todo esto, sí es posible que una sola idea puede cambiarlo todo.

“¿Qué sentido tiene la libertad de afiliación si ya no nos afiliamos a nada? ¿Qué sentido tiene la libertad de cultos si ya no creemos en nada? Ya es hora de esbozar una nueva utopía.”“Preguntémonos, pues: ¿cómo hacemos realidad la utopía? ¿Cómo llevamos a la práctica las ideas?”



Todos sabemos cómo terminó el mayo ’68 francés, pero sus consignas aún siguen vigentes: ¿por qué no ser realistas y pedir lo imposible? “Literalmente, <<utópico>> significa ‘lo que no está en ningún lugar’. Se llama, desde Tomás Moro que acuñó la palabra, ‘utopía a toda descripción de una sociedad que se supone perfecta.”, Diccionario de Filosofía.

Bregman argumenta que, antes de ahora, si, antes, la abolición de la esclavitud y el derecho al voto de las mujeres, eran ideas utópicas, por lo tanto impensables de llevar a la práctica. ¿Qué me dicen ahora? El historiador holandés nos propone ‘utopías realistas’ como una renta básica. Sí! ya hay países ensayándola y sí, los resultados apuntan que dar dinero gratis funciona, y si eres escéptico, harías bien en leer su libro y empieza por rechazar la idea de que una vida sin pobreza es imposible y cámbiala porque una vida sin pobreza es un derecho.

También propone jornadas laborales reducidas de 15 horas semanales. Con el desarrollo de las nuevas tecnologías y las máquinas, se trabaja menos. Tenemos la opción de dejar a mucha gente en la calle o de reducir las horas de trabajo para que todo el mundo pueda acceder a tenerlo y así, tener más tiempo libre para vivir. La australiana Bronnie Ware, escribió en Los cinco arrepentimientos de los moribundos, en el que encontró que la mayoría de las personas se arrepiente de no haber tenido el coraje de hacer lo que quería y de haber trabajado tanto. Nadie se arrepiente, dice Bregman, de no haber presentado más Powers Points o de haber hecho mas encuestas o lobbies para los bancos.

“En la era de microchip, del contenedor y de la venta por internet, ser un poco mejor que el resto significa que no sólo has ganado la batalla, sino que has ganado la guerra. Los economistas denominan este fenómeno ‘la sociedad de todo para el ganador’.

 Me suena. El aumento del trabajo ‘sin sentido’ y absurdo, y por ende algo bien pagados, es abrumador. Hay que cambiar esto reestructurando la educación: “¿qué conceptos e ideales queremos que tengan nuestros hijos en 2030?". Por eso Bregman nos propone una utopía para realistas. Ha llegado la hora, nos dice, de redefinir nuestro concepto de trabajo. Gente, ¡ser banquero no compensa!

Rutger Bregman es muy optimista. Es contagiosamente optimista. Están los que no lo son como el filósofo italiano Giorgio Agamben que escribió sobre el pensamiento y el coraje de la desesperanza, en el que el verdadero coraje no es el de imaginar una alternativa sino el de aceptar las consecuencias de que no hay alternativas. O como dice el filósofo esloveno Slavoj Zizek, que el coraje está en admitir que la luz al final del túnel no es más que el faro de otro tren que nos lleva en sentido contrario.

El optimismo de Bregman, con Trump, Bolsonaro y los fascismos acechando a las puertas, es quizás una necesidad. Y es una necesidad bien fundamentada. Leer calma el alma.



¿Qué mundo sueñas? Hazte esta pregunta, y trabaja en ello. Piensa, imagina, desea…piensa que las mujeres pelearon, y mucho, por obtener el derecho al voto. Algo que hoy se ha olvidado fácilmente. Por ello, algo es seguro, si no hacemos nada y sólo protegemos el orden existente, el mundo seguirá como hasta ahora. Pero varias utopías políticas, ecológicas y sociales llaman a la puerta y urgentemente.

Cuando alma y espíritu
y cuerpo sepan,
y la luna sea bella porque la amé
y el mundo esté parado al filo
de la memoria y
sangre la luz detrás
del baño de su gracia, 
obligaremos al futuro
a volver otra vez.
Juan Gelman

martes, 5 de marzo de 2019

El amor después del amor por Virginia Baudino


Soy trampa entrampada.
Habitante habitado.
Abrazo abrazado.
Pregunta en respuesta a una pregunta.

El amor después del amor, Fito Paez


Viginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
La socióloga marroquí Eva Illouz ha escrito mucho sobre las emociones. Dice que desde sus
orígenes, y sepan disculparme mis amigos y amigas psicólogos, la sociología también se ha interesado por todas las formas de sufrimiento: la pobreza, las catástrofes, las desigualdades, las discriminaciones, las enfermedades, el amor….

Como viene siendo habitual desde sus orígenes, la sociología -nacida de la modernidad - ha metido su nariz en todos aquellos aspectos ligados justamente a la modernidad, a sus significados y a sus consecuencias, nos dice.

Generalmente, se cree que el dolor, el sufrimiento, la tristeza, la alegría – entre otros – pertenecen al ámbito de la vida personal. Sin embargo, hoy hay unas formas invisibles de sufrimiento amoroso, traducido en ansiedad, depresión, inseguridades varias, dice Illouz, que ponen en riesgo la estabilidad del sujeto y son objeto de estudio, también, de la sociología.


Así que aquí estoy otra vez reflexionando por escrito luego de una charla con Maribel y después de preguntarle a dos amigas de culturas orientales, árabes, cómo es en su cultura el amor y el amor con otros, y especialmente para las mujeres. Luego hice la misma pregunta a mis amigas y a mis hijas, que son de otra generación, y por supuesto, a mi madre. Ahí la cosa se complicó y mucho.

Empiezo con Maribel, que hace poco dio una charla sobre El amor y las mujeres en Madrid:

-Quería hacer un panorama sobre cómo antes del período romántico se obligaba a las mujeres -me explicó- a casarse con quien los hombres querían y el resultado no fue el que yo había pensado.

-¿No les interesó?

-Quizá es que hoy en día, y por suerte, somos incapaces de imaginar que se pueda disponer de la vida de una persona como se hacía antes con una mujer.

Charlamos bastante rato sobre esta experiencia y después, vinculándola a experiencias personales y de otros, recordé los trabajos de Illouz, que está muy en boga últimamente aunque no exenta de flancos débiles y críticas. Entonces se me ocurrió que la sociología podía quizás aportar una mirada interesante sobre un aspecto de la vida emocional de las personas que parece alejada de su ámbito de estudio, pero siendo la sociología mi lugar de apoyo, es el espacio desde donde puedo observar e intentar comprender o interpretar el run run, dicen algunos filósofos, del murmullo social... y yo tampoco estoy exenta de intentar comprenderme también desde estas perspectivas.


Por qué tanta gente recurre a todo el arsenal emocional – psicólogos, libros de autoayuda, terapias alternativas, programas de TV, turismo (sí, viajar dicen que ayuda), consumo, publicidad - que hoy hay a nuestra disposición, para tratar de abordar la vida emocional, con sus matices, especialmente en aquellos flancos de sufrimiento en los que nuestra cultura insiste que se debe a dificultades personales o a la convicción de “que el sufrimiento está constituido a la medida de nuestra historia psíquica.” Illouz intenta responder que, como he intentado mostrar en otros posts, no es algo solamente personal. Basta de echarse culpas personales, quizás lo que pasa es que cambiaron las formas de amar y de sufrir para todos y para todas en nuestra cultura.

Si aceptamos el hecho de que el sufrimiento amoroso es algo individual, entonces – y como se viene haciendo - el dolor se inscribiría en la historia personal y en la capacidad de autofigurarse del sujeto en cuestión, es decir, nosotros.

Pero entonces mete su nariz la sociología, dice Illouz, para argumentar “que los fracasos de nuestra esfera privada no son [sólo] consecuencia de una debilidad psíquica, sino que a los caprichos y sufrimientos de nuestra vida emocional le dan forma ciertos órdenes institucionales.” como nuestra cultura, con sus contradicciones, y que configura la identidad del yo.

La autora va a ir aún más lejos al sostener que “el amor y la sociedad de consumo están ligados”. Las prácticas de esta sociedad – occidental, por si quedaban dudas- se trasladan al ámbito emocional y sexual. Para no confundirnos, Illouz muestra a través de sus análisis, cómo estas transformaciones han tenido un rol importante en la lenta batalla de la autonomía de las mujeres (en este caso, heterosexuales).

En Por qué duele el amor, nos dice que la cultura actual no se lleva bien con el sufrimiento. Ahora, la dictadura de la felicidad, como ella la llama, se impone a toda costa. Es en culturas utilitarias, como la nuestra, donde el objetivo es el placer hay que esforzarse mucho por conseguirlo.

Le preguntaron a esta socióloga marroquí, por qué lo hacía o si su trabajo tenía un valor terapéutico, a lo que ella respondió que quizás el valor que tenía su trabajo era el de intentar comprender qué es lo que nos causa tanto dolor.

Entonces, ¿qué significa el amor para Illouz?  Dice que “el amor es un sostén social del yo. Amar significa movilizar la totalidad del yo como una capacidad esencial para entrar en conexión con otras personas y mejorar la existencia propia y ajena.” Pero, como Marx, quiere “demostrar que [al amor] lo producen y configuran ciertas relaciones sociales concretas, que circula en un mercado donde los actores compiten en desigualdad de condiciones y que algunas personas tienen mayor capacidad que otras para definir los términos en los que serán amadas.”

Y es aquí donde las mujeres se encuentran no tan bien paradas como se cree, porque si bien actualmente son “más soberanas de su cuerpo y emociones, […] a la vez están más dominadas emocionalmente por los hombres de un modo que no tiene precedentes”, dice en La salvación del alma moderna.


Para esta socióloga, el amor permite entender la modernidad “pues enmarca dos revoluciones culturales importantes del siglo XX:
la individualización de los estilos de vida y la intensificación de los proyectos de vida emocionales y la economización de las relaciones sociales o, mejor explicado, la utilización generalizada de los modelos económicos para configurar el yo y sus emociones.” 
Para las personas, el amor puede ser fuente de felicidad, pero también de sufrimiento. Esto es lo que Illouz intenta desvelar, que no se debe quizás sólo a nuestra psiquis e historia personal, sino que la cultura en la que vivimos configura nuestra vida emocional a su medida.

Mi madre respondió:

- ¿Amor?, qué amor, Virginia. En esa época tu compañero era el que mejor hablaba políticamente, tenía un buen discurso, era líder, sabía y quería cambiar la sociedad. ¿Amor?

Mis hijas, dijeron, - estamos en el siglo XXI mamá, por favor, ya nada de lo de antes se lleva.

Mis amigas árabes dijeron: -ustedes las mujeres occidentales, usan y tiran. Nosotras tenemos prohibida la interacción con los hombres hasta el matrimonio. Y no es cuestión de amor.

A mis amigas decidí dejarlas paz. El debate está servido, Illouz entra al terreno y pisando fuerte.

Debe ser a elección.
Cambiar para que no cambie nada.
Es fácil, imposible, difícil, vale un intento.
Duerme con él como una cualquiera, única en el mundo.
Le parirá cuatro hijos, ningún hijo, uno.
Ingenua, más la que mejor aconseja.
Débil, más podrá con el peso.
No tiene cabeza, pues la tendrá.
¿A dónde corre?, ¿no está cansada?
Que no, un poco, mucho, no pasa nada.

miércoles, 30 de enero de 2019

Una vida mejor de la que vivimos por Virginia Baudino




“Sé que un régimen que no proporciona
a los seres humanos ninguna
razón profunda para cuidarse entre sí
no puede preservar por mucho tiempo su legitimidad.”
Richard Sennett

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
En 1989, Bernard Pivot le preguntó al filósofo francés Michel Serres, qué era para él un filósofo. Serres respondió que un filósofo es un viajante, un visitante que se alimenta de saberes y que se funde con las culturas, volviéndose así una persona.

No soy filósofa, aunque hay por ahí algún diploma que atestigua mi paso clandestino por algunas de sus ramificaciones. Sin embargo, en épocas donde los límites se difuminan, es interesante explorar diferentes saberes. O algo así.

En este sentido, el historiador francés Iván Jablonka nos invita a saltar las fronteras de las disciplinas, escribir, “desarrollar un camino de creación, una reflexividad vibrante, un rechazo del sexismo metodológico – en línea con Sandra Harding -, una independencia de tono y estilo, una sensibilidad en el lenguaje, una apertura al público’ para el futuro de las ciencias sociales".

Traspasar las fronteras, dice Jablonka, tiene algo de subversivo porque desafía las rutinas, los hábitos y cambia las miradas. Y porque nos ayuda a hacer un poco más inteligibles nuestras vidas.

Como escribí en post anteriores, lo que sucede a nuestro alrededor nos interesa e interpela a Maribel y a mí. Estas reflexiones son el producto de intensas charlas, intercambio de correos, lecturas entre nosotras. Nada se produce aislado, sino en diálogo permanente. Ambas venimos de disciplinas diferentes pero superpuestas. Nuestras charlas se enriquecen, así que por qué no traspasarlas al papel y compartirlas. Así literatura y sociología, dialogan.

Últimamente, todo nos llama profundamente la atención. Lo que hay que comer, lo que hay que hacer, lo que hay que leer, en qué hay que trabajar y cómo, cómo hay que vivir, cómo se debe ser. Especialmente toda esta obligatoriedad de la felicidad, o de la llamada buena vida, si quieren, nos llama la atención.


Empezar por preguntarse qué es la felicidad o la buena vida, sería como entrar de lleno en grandes tratados filosóficos, metafísicos, antropológicos, psicológicos y etcéteras.

Por ello, recurrí a la sociología una vez más, y en este caso me apropié de lo que dice el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, en La sociedad sitiada (2002), sobre la felicidad.

El autor reconoce que se trata de un concepto vago, impreciso y ambiguo. Pero acuerda en cuatro ideas como son ‘buena fortuna, placer, satisfacción y buena vida’.

Sin embargo, y contrariamente a lo que se percibe en la actualidad, tradicionalmente ésta era una idea periférica, ya que en la cultura occidental, y en otras, predominó la idea del sufrimiento como elemento inherente de la vida. Pensemos en Jesús, por ejemplo, y su sufrimiento, nos dice Bauman.
Por ello, la ‘felicidad’, como fin de la vida, es una idea actual, y su ‘entronización’ es más actual si cabe.

Si algo caracteriza a las sociedades líquidas actuales, nos dice, es que las políticas estatales han abandonado el pacto con los sujetos, por el cual el Estado se comprometía a distribuir los bienes para asegurar una buena vida y los ciudadanos esperaban recibirlos. A cambio entregaban lealtad y disciplina.

Pero las cosas cambian, y sí que cambian, y con el paso del tiempo y el cambio operado en nuestras sociedades, “abandonada por la política estatal, la escena pública cae fácilmente en las garras de la política de vida individual. […] Así, “se alienta la búsqueda de soluciones biográficas a problemas de origen social.” O, como dice el sociólogo alemán Ulrich Beck, ‘nuestras vidas se han convertido en soluciones biográficas a contradicciones sistémicas.’ Que todos lo intentamos en casa de alguna u otra manera.

Bauman realiza un análisis exhaustivo de esta idea, y dice que “hay mucho lugar para diversos contenidos sobre la buena vida: es decir, de una vida mejor de la que vivimos, una vida preferible a aquella que hemos vivido hasta el momento.”



Por sus características, la idea de felicidad “es capaz de proporcionar un suelo común en el que se producen luchas y negociaciones entre los defensores y detractores de las distintas maneras en que puede entenderse la vida individual y un suelo en el que tienden a discutirse y negociarse las modalidades de una vida común.” De ahí el bombardeo cotidiano al que estamos sometidos.

Permanentemente, se crea y se publicita toda una alternativa de opciones en las que, día a día, se lanza una crítica de la ‘vida real existente’. Más enfático es Beck cuando afirma que “El individuo tendrá que pagar por las consecuencias de las decisiones que no toma.”

Y también por las que toma, como dice Richard Sennet en La corrosión del carácter (1998). Asumir riesgos, cambiar, desprenderse del pasado, vivir en la ambigüedad y la incertidumbre actuales del capitalismo flexible, producen un desgaste enorme del carácter de las personas. Ahora, ‘Quedarse quieto equivale a quedar fuera de juego.’

Y es cierto, aún recuerdo en una universidad lo que una compañera me dijo: "Virginia, tienes que estar dispuesta a hacer cualquier trabajo, incluso los que nada tengan que ver con tu trabajo, con tal de estar aquí adentro, porque si sales estarás muerta. Ella había leído acertadamente lo que se estaba gestando". Y sí, estoy afuera.

Como dice finalmente Bauman, el modelo de una buena vida futura tradicional fracasa por tres motivos. Primero, porque ahora lo mejor que se puede imaginar no puede durar para siempre.
 Segundo, porque las antiguas utopías no entusiasman porque proponían una reforma de toda la sociedad para que todos tengan una vida feliz. Recuerden que estamos en una época de atomización e individualización. Por último, ahora la felicidad significa un presente diferente antes que un futuro mejor.

Pero lo que realmente rompe con todo es que se concibe a la felicidad como una meta individual y no como un estado estable de todo el conjunto de la población. Cada uno busca pequeñas triquiñuelas para no hacer aguas.


Sin embargo, como dice Sennett, siempre queda un espacio de esperanza, cuando asistió a Davos, “me pareció que este régimen podría al menos perder su control actual sobre las imaginaciones y los sentimientos de los que están abajo.”


Después, el fuera de foco se va ajustando
y poco a poco
nos vamos reencarnando en eso que somos, despojos
de cuanto creemos que alguna vez fuimos.
Hacemos como que nos acostumbramos.
Luisa Futoransky