En el año 1979 yo tenía exactamente 8 años. Estaba jugando en el jardín de la casa de Pilca cuando reparé en el diario que mi papá sostenía entre sus manos. No sé si la noticia estaba en primera plana o si ocupaba solo una parte de la portada. Poco importa. Tampoco sé si era el periódico o una revista. Solo recuerdo que una tal Yiya Murano había invitado a unas amigas, a las que le debía dinero, a tomar el té y las había envenenado: matándolas.
Los recuerdos, sobre todo los que son dolorosos, no acuden automáticamente a nosotros, porque como animales reticentes no se atreven a acercarse. A veces tenemos que ponerle carnada para que salgan de su escondite.
No sé si lo que recuerdo sucedió así o si solo es así como los recuerdo. Al fin y al cabo, la memoria es frágil y ambigua. Mi mamá dice que yo solo recuerdo lo que quiero. La memoria, leí, se hereda, se reescribe, se conversa, es íntima, pero también es pública.
Después de leer esa noticia, por varios años no pude volver a dormir tranquilamente. Una persona perspicaz se hubiera dado cuenta de algunas cosas. Pero eran otras épocas y otras generaciones.
Mi miedo era total. Día y noche pensaba que Yiya Murano, esa Yiya Murano, saldría de la cárcel para venir a buscarme y así terminar conmigo de la misma manera que lo había hecho con sus amigas. Así de sencillo: me invitaría a tomar el té y ¡zas! se desharía de mí. Estaba aterrorizada. Y no es una broma.
Recordar es recuperar los fragmentos vividos y reconstruir una historia, rellenando los vacíos con imaginación. Recordar es también inventar la memoria.
Años más tarde, muchas décadas después, cuando pude recordar y empecé a hablar, entendí que esa asesina que me perseguía en la oscuridad era algo mucho más atroz y tiene nombre.
En 1979, la dictadura cívico-militar argentina estaba en su máximo y siniestro apogeo. Hacía 4 años que mis padres habían escapado de La Plata, y vivían escondidos en un pequeñísimo y remoto pueblo patagónico. Los grupos comando nos buscaban. La historia es conocida. Ya le he escrito muchas veces.
En medio de todo esto, yo vivía aterrorizada. Y no porque los militares nos encontraran, como lo hicieron con tanta gente, sino porque Yiya Murano me encontrara a mí, a Virginia de Pilca. No dormía y estaba permanentemente en estado de alerta.
Este episodio, abrió una profunda incógnita que más de una vez he intentado abordar. La memoria también es un campo de escritura, escribió Susana Rosano, no repara, trabaja con restos, silencios, versiones parciales. Toda esta precariedad se convierte en un método: andar a tientas.
La escritora alemana Charlotte Beradt tardó algo más de tres largas décadas en publicar un libro muy tardío – El Tercer Reich de los sueños - en el que recoge los sueños de hombres y mujeres, de diferentes extractos sociales, que vivieron los primeros años del nazismo. Beradt recopiló unos 300 relatos, como una forma de resguardar testimonios del desastre que se avecinaba.
En 1933, espantada por el giro que tomaban los acontecimientos en Alemania, la autora comenzó a tener recurrentes pesadillas:
“Me despertaba empapada en sudor, rechinando los dientes. Una vez más, como tantas innumerables noches, me habían perseguido en sueños de un lugar a otro, se me habían tirado encima, me habían torturado, arrancado la cabellera. Pero esa noche, a diferencia de todas las demás, me había venido el pensamiento de que, entre millares de personas, yo no debía ser la única condenada por la dictadura a soñar tales cosas.”
Durante su trabajo de recolección de sueños, Beradt tuvo la suficiente claridad para reflexionar sobre la posibilidad de que esa actividad psíquica, fuera la manera en la que la atmósfera de terror imperante en ese momento se había instalado en las profundidades de su ser (huir, esconderse, acurrucarse), anunciando la catástrofe que se avecinaba.
“Incluso los sueños, escribe George Didi-Huberman, esos jeroglíficos ocultos en lo más profundo pueden llevarnos por jirones.”
No hace falta ser un especialista para reconocer que, probablemente, el terror nocturno de mis 8 años estuviera profundamente relacionado con algo mucho más peligroso. Un terror que no solo me acechaba a mí y a mi familia, sino a toda la sociedad argentina.
¿Qué monstruos me perseguían y me acorralaban? ¿Quién realmente quería buscarme y matarme? ¿Cuánto de este terror infantil se enraíza en un tipo determinado de personalidad y cuánto es la manifestación de una catástrofe social?
Esa última frase yo no debía ser la única condenada a soñar tales cosas, no ha parado de rondar mis pensamientos. ¿Y si no soy solo yo la que convive con una lista interminable de miedos? ¿Cuántas personas de mi generación sufren de ansiedad y creen que es producto de una biografía particular y no de un trauma social? ¿Cuántos años acarreamos en nuestra psiquis, en lo más profundo de nuestro ser, los dramas de nuestra sociedad? ¿Cuántos niñas y niños, criados durante los años de la dictadura argentina, sufren trastornos del sueño y ansiedad en su adultez?
Durante años, asumí como parte de mi personalidad la ansiedad y el miedo, atribuyéndolos a mi esfera psicológica: yo soy así. Sin embargo, es probable que, como yo, hombres y mujeres, arrastren también su propio documento psíquico del totalitarismo, del terror político en cuanto que proceso obsesivo -obsesionante- hasta en los más profundo de las almas. Es indispensable, resaltar aquí el carácter colectivo, es decir compartido, de estas manifestaciones del totalitarismo.
“Sueños de este tipo (…) parecen registrar minuciosamente el impacto de los acontecimientos políticos externos en el interior de las personas a la manera de un sismógrafo.” ¿Podríamos, entonces, abordar estas manifestaciones psíquicas como una forma de sismografía íntima de la historia política argentina?".
Los miedos y ansiedades de una generación, mis yiyas murano, pueden arrojar luz sobre la realidad, demasiado cercana y demasiado lejana, de la que provienen. Preguntas sin respuestas. Enigmas sin resolución y esta vieja obsesión con las fuerzas incontrolables de la historia y la política y la manera en que éstas tienen de trastornar nuestra vida privada.
“Hay razones para el pesimismo, pero por eso es tanto más necesario abrir los ojos en medio de la noche, desplazarse sin descanso, ponerse a buscar luciérnagas.”
¿Han desaparecido las luciérnagas?
La escritora argentina Tamara Kamenszain, escribió que hay libros que impulsan la escritura. La lectura es dinámica, escribe, cuando provoca un entramado de escrituras, cuando de esas lecturas se desprende el deseo de escrituras propias.
Llegué al libro de Charlotte Beradt, como suele sucederme, por azar, leyendo otro libro, el del filósofo francés Georges Didi-Huberman, La supervivencia de las luciérnagas.
Partiendo del análisis de los trabajos de Pier Paolo Pasolini, y de su hipótesis sobre los resplandores supervivientes de los contrapoderes, Didi-Huberman nos describe ciertas formas de resistencias minúsculas, pero imprescindibles pese a todo. Pequeñas luces de la vida, con sus sombras pesadas y sus penalidades.
Si bien contamos con innumerables razones para el pesimismo, escribe, en un mundo donde el enemigo no ha acabado de triunfar, Didi-Huberman nos incita a recuperar la tradición de los oprimidos (idea que toma, entre otras, del filósofo alemán Walter Benjamin) para así organizar el pesimismo. Organizarlo en forma de políticas de las supervivencias, de las resistencias, del contra-poder, con la energía revolucionaria de los miserables, de los desclasados del juego político dominante.
Para ello, nos pide dejar de actuar como vencidos, como sujetos que le han otorgado a la maquinaria una victoria definitiva y sin discusión; para mirar el espacio de las posibilidades, de los resplandores, de los pese a todo, de las luciérnagas.
Lo esencial, escribe, sigue siendo esa alegría inocente y poderosa que aparece como una alternativa a los tiempos demasiado oscuros. (…) Momentos de excepción en los que los seres humanos se vuelven luciérnagas – seres luminiscentes, danzantes, erráticos, inaprehensibles y, como tales, resistentes.”
Todo nos pide imaginación en el corazón de las tinieblas y, como bien sabemos, la imaginación es política.
Entonces, vuelve a interrogarse sobre la desaparición de las luciérnagas, que sostiene Pasolini. ¿Han desaparecido? ¿Siguen emitiendo, en algún lugar, sus señales intermitentes? ¿Todavía en alguna parte se buscan entre sí, se hablan, se aman, pese a todo, pese a todo de la máquina, pese a la noche oscura, pese a los reflectores feroces?
Todo en ellas, adquiere un valor colectivo, y nos habla del pueblo y de las posibilidades de transformación, del deseo de formar una comunidad. En las condiciones propias de nuestra manera de imaginar, yace una manera de hacer política.
Y esta manera, o estas maneras, nos exigen repensar nuestro propio principio de esperanza. Debemos asumir en nosotros mismos la libertad de movimiento, la retirada que no sea repliegue, la fuerza diagonal, la facultad de hacer aparecer parcelas de humanidad, el deseo indestructible. Debemos, por tanto, convertirnos nosotros mismos en luciérnagas y volver a formar una comunidad de fulgores emitidos.
¿Escribienta? ¿escribidora? ¿escribivida?
La escritora y poeta argentina, Susana Romano Sued, se designó no como escritora, sino como escriturienta. Y a mí, que le había escrito a mis amigas, que había descubierto que podía llamarme escribidora, escribienta o escribivida y no escritora, la definición de Sued me encantó.
Superviviente de un campo de torturas argentino, Susana Romano Sued, debió emigrar durante un tiempo y vivir en un estado de extranjería permanente. Definió su escriturienta como una subjetividad femenina que se percibe como parturienta de la palabra poética: calza sus pérdidas y su dolor en una lengua que sabe que no es suya, pero que es la única posibilidad de hablar pese a todo.
Ser poeta escriturienta es, para esta escritora, conservar el dolor del recuerdo en la cultura cueste lo que cueste.
“¿A dónde ir con los cuadernos mestizos, con este injerto? Habito en una lengua que no es la mía.”
Escribidora, escribienta, escribivida, escriturienta. Por fin he empezado a encontrar un espejo en donde empezar a reconocerme. Tenía preguntas. Muchas preguntas. Ahora tengo muchas más.
"Nadie robará mis sueños en días como estos". Van Morrison.
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