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jueves, 18 de abril de 2024

Los silencios creativos y las dinámicas aprendidas - Tillie Olsen, Jessa Crispin, Virginia Woolf y Toril Moi.

 

"¿Cuándo queda tiempo para recordar, cribar, sopesar, estimar o hacer balance? En cuanto empiece, alguien me interrumpirá y tendré que volver a recogerlo todo una y otra vez. O si no, quedaré sepultada por todo lo que hice o no hice, lo que debería haber sido y lo que no pudo evitarse".

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
De esta manera comienza Aquí me tienes, planchando, cuento de la magnífica Tillie Olsen que se encuentra dentro de su libro Dime una adivinanza, publicado entre 1956 y 1960, y en el que podemos adentrarnos en la imagen de los silencios que atraviesan a los subalternos del campo de la tradición literaria. 

Gracias a los aportes del feminismo, pero especialmente al libro de Virginia Woolf y su libro Una habitación propia, el aislamiento de las mujeres comienza a resquebrajarse, especialmente, a partir de la segunda mitad del siglo XX. 

Una de las particularidades de la disputa es la articulación del conflicto en dos frentes: el combate social y político y el cultural y literario. Este último va a evidenciarse sobre todo en la obra de Olsen. 

En el plano literario, las mujeres toman la palabra y, al mismo tiempo, van a construir trabajos que van a situarse como una contra fuerza que va a poner en cuestión ciertos presupuestos de la tradición e institución literaria. ¡Por fin! 

Al primer curso de estudios sobre escritura, al que asistió la escritora estadounidense Bell Hooks, lo dio Tillie Olsen. En esa asignatura, la autora compartía con las estudiantes, por un lado, los silencios de la historia y de la historia de la literatura en relación a la producción de las mujeres y, por el otro, la dolorosa historia de su combate en tanto que mujer de clase obrera, que hacía malabares entre la vida familiar, el matrimonio y una larga lista de trabajos precarios, al mismo tiempo que intentaba lanzar su carrera de escritora. 

Según Hooks, Olsen les brindó un testimonio de primera mano de los sacrificios y el sufrimiento que le costó. Su testimonio, escribió Hooks, me ha removido hasta el fondo de mi alma, pero quién no se emociona leyendo a Tillie Olsen.

Olsen, entre otras autoras como Adrianne Rich, Audre Lorde o Alice Walker, van a situar, en el centro del debate, ya no solo las condiciones materiales de la escritura de las mujeres en el seno del campo literario sino también la cuestión de la raza. Todas ellas, a su manera y con sus estilos, van a abordar los silencios sobre los que el canon literario se ha erigido.

Tillie Olsen no es una escritora prolífica, es una escritora de un solo libro. Es ella su sujeto de exploración y, al mismo tiempo, lo somos todas. 

En ese camino, no sólo va a examinar los supuestos de la creación sino que va a desarrollar su hipótesis sobre los silencios forzados que la atraviesan, y que están principalmente asociados con la clase social, el género, la raza y la época. 



Así, se evidencia en sus trabajos, no sólo la opresión económica de las mujeres  sino también la opresión intelectual y creadora.

En Silencios, uno de sus ensayos publicado en 1965/1972, retoma sus cuentos para explorar las condiciones de la creatividad, es decir, las condiciones propicias para la escritura, esas que, según un amplio consenso, permiten el pleno rendimiento del artista. Ese mundo, como escribe Henry James, en el que hay que quedarse, habitarlo, y en el que no hay ninguna otra cosa que cuente.

Al abordar la creación, Olsen remarca – tomando las reflexiones de sus antecesoras – que las grandes obras de la literatura nacen de una dedicación absoluta, como bien se desprende del comentario de Henry James, por citar a alguno. 

Contrariamente a lo que se supone, la autora estadounidense va a resaltar que los procesos de creación literaria están, a veces, atravesados por silencios – del de los grandes escritores al de aquellos que no pueden escribir y que no serán publicados - que ella se ocupará de clasificar y tipificar detalladamente, como una manera de entender por qué ciertos grupos están -¿estaban?- tan poco reflejados en la producción literaria. 

En este abordaje, llega a la conclusión de que la mayoría de los silencios creativos no son naturales, como algunas personas quisieran creer, sino que son más bien forzados. 

Efectivamente, argumenta, hay toda una variedad de silencios o censuras. Los hay de tipo personal, que se producen cuando el autor pierde su voz característica, o cuando los editores rechazan publicar sobre ciertos temas. 

También especifica un tipo de censura interna, que está relacionada con la religión o la política, y otra que es la que se impone a los escritores silenciados por los gobiernos de turno. Están, además, los silencios más personales, aquellos que atraviesan a un escritor que luego de publicar un libro memorable, deja de hacerlo. 

Sin embargo, a Olsen le interesan los silencios que atraviesan a las personas cuyas vidas nunca se consagran a la escritura, no por falta de méritos, sino por falta de tiempo y dinero: los silencios de aquellas personas que deben luchar día a día por su existencia, los pobres, los analfabetos y las mujeres.

Para funcionar a pleno rendimiento, el trabajo creativo necesita de todo una red de contención y apoyo familiar que las mujeres suelen no tener. Queda claro, escribe, que las grandes obras surgen a partir de aquellas vidas que pueden permitirse una dedicación y una entrega completa. 

El trabajo creativo sustancial necesita tiempo. Solo quienes se dedican a él por completo obtienen logros significativos.


Esta exploración de los silencios de las mujeres escritoras la lleva a algunas conclusiones que hoy ya conocemos pero que, escribiéndolas en 1972, nos siguen pareciendo sumamente lúcidas, sagaces y actuales. 

Y tan actuales que, en el 2019, la Royal Society of Literature lanzó una encuesta sobre las condiciones de la creación literaria. De los resultados, emergió la idea que, noventa años antes había descrito perfectamente Virginia Woolf en Un cuarto propio: para escribir se necesita un cuarto propio y dinero.

Tillie Olsen, como casi todas, se reconoce deudora del trabajo de Woolf, una especia de hermana pequeña, y decide situarse en el centro de la exploración política de su producción literaria. Explorando sus propios silencios, Olsen argumenta que criando a cuatro hijas, trabajando en innumerables oficios precarios que no tienen que ver con su obra, ocupándose de las tareas domésticas y de la militancia política y sindical, poco tiempo queda para alimentar constantemente el trabajo creativo. 



Yo misma he llegado a enmudecer, y he tenido que dejar morir la escritura que llevaba dentro, una y otra vez, escribe. 

Como ella mismo escribió, es una escritora de un solo libro, éste, y de dos pequeños pero sublimes ensayos, que recomiendo. 

Si observamos detalladamente la producción artística de las mujeres, podremos encontrar ciertos elementos que se reproducen continuamente: la falta de tiempo, las multitareas, el cansancio, el trabajo doméstico y de cuidado, la discontinuidad de la producción, la compaginación de una vida familiar muy demandante con una vida laboral, la carga mental, salarios muy bajos, trabajos precarios y la maternidad.

En una entrevista le preguntaron a Alice Munro, premio nobel de literatura, por qué escribía cuentos y no novelas, a lo que ella respondió que lo hacía así, y no sabría hacerlo de otra manera, porque el cuento era el formato que le permitía escribir entre las tareas de la casa y el cuidado de sus hijas. Nunca hubiera tenido tiempo para escribir una novela, dijo.

El trabajo constantemente interrumpido y aplazado, dice Olsen, hace casi imposible la escritura: la distracción se vuelve costumbre.

"Por lo que a mí respecta, no publiqué mi primer libro hasta los cincuenta, crie a mis hijas sin ningún tipo de ayuda doméstica o de la tecnología – no olvidemos que la primera bomba atómica empezó a fabricarse en serie antes que la primera lavadora – trabajé fuera de casa a jornada completa, no fui capaz de matar al ángel de la casa porque nadie iba a hacer su trabajo, y tampoco hubiera matado, en caso de haber podido, la parte cuidadora del ángel de Woolf, tan alejado del mundo literario como mi mundo personal ha estado de la literatura en sí misma en todos sus aspectos. […] En efecto, los años que debería haber pasado escribiendo, los pasé entregada, en cuerpo y alma, a otras tareas ineludibles".

Publicó su primer libro después de los 50 años, cuando obtuvo una beca por un año y pudo consagrarse enteramente a la escritura rompiendo con los constantes intentos e interrupciones que habían caracterizado su producción. Todo se antepone a la escritura, en la vida cotidiana de las escritoras, a excepción que te paguen por hacerlo. No todas las mujeres tienen un cuarto propio.

Cuando no tenía tiempo para dedicarme a la escritura, dice Alice Munro, las historias se la pasaban dando vueltas en mi cabeza durante tanto rato que para cuando lograba sentarme a escribirlas ya estaba metida en ellas a fondo.


Katerine Mansfield escribió que la casa y su matrimonio con el escritor John Middleton Murry, le absorbía todo su tiempo. "Cuando tengo que volver a limpiar o fregar cosas innecesarias mi impaciencia es espantosa, y lo único que deseo es ponerme a trabajar [en la escritura]. […] Hoy me odio a mí misma. Odio a esa mujer que revisa cada cosa que haces, y corre de un lado a otro, protestando cada vez que suena un portazo o se derrama un poco de agua, y no deja de gritar: ¡Al menos podrías vaciar el cubo de la basura y lavar las tazas de té!".

No olvidemos que las escritoras de grandes obras literarias no se casaron o no tuvieron hijos, y si lo hicieron contaron con ayuda doméstica. Pienso en, por ejemplo, nuevamente Virginia Woolf. En alguna parte de sus Diarios anotó, a propósito de su padre, que de haber vivido su vida habría acabado por completo con la mía. […] Nada de escribir, ningún libro. Inconcebible.

Y para cuando los hijos crecen, las costumbres aprendidas se quedan contigo y forman parte de ti. Es un coste muy grande que atraviesa a la mayoría de las mujeres. 

Las que escribimos, dice Tillie Olsen, en su excelente ensayo, Una de doce, somos únicas, somos supervivientes. Una mujer publicada por cada doce hombres. Y no se crean que, pese a los avances, esta tendencia se ha revertido. Basta con mirar las estadísticas actuales de publicación.

Una década después de la publicación de los dos ensayos de Tillie Olsen, una pionera de la ciencia ficción, Joanna Russ, escribió un excelente libro del que escribí en este blog, Cómo acabar con la escritura de las mujeres (1983) y en el que, entre otros aspectos, resalta que la pobreza y la falta de tiempo son grandes impedimentos para la producción artística de las mujeres.

Es gracias a Joanna Russ que conocí a Tillie Olsen y a otras. No han sido los libros escolares, ni académicos, los que me han descubierto ese universo literario femenino. Han sido las escritoras quienes han trazado caminos, han abierto puertas y ventanas para que yo pudiera conocer a otras. Y las amigas, mi hermana, Maribel…

Si algo ha unido a las escritoras, y a una mayoría de lectoras como yo, es que todas reconocen en Virginia Woolf una filiación literaria y una profunda influencia. Todas son, o somos, hermanas pequeñas de Woolf. "Hay tantas VirginiasWoolfs", escribe Valérie Favre en su magnífico trabajo, como escritoras. 

Ellas, explica Favre, se han dado a la tarea de entender los silencios de la historia pero también a completar la historia, reviviendo a las autoras de textos olvidados, cuestionando el canon establecido y escribiendo una historia literaria en femenino. 

Como escribió Adrianne Rich, en 1979, a propósito de sus propios silencios: Bajo mis párpados otros ojos se han abierto, o Audre Lorde publicando su libro La transformación del silencio en un lenguaje de acción (1977).


Aunque Tillie Olsen escribió hace mucho tiempo, sus libros no describen un mundo muy diferente del actual, ¿o sí? Si mientras lees este texto todo esto te suena, te parece actual, te pasa a ti y a las mujeres que conoces, sea en el ámbito que sea, entonces estos libros siguen siendo necesarios y muy actuales.

Pero, cuidado, escribe Jessa Crispin, si estas utilizando esta excusa para ocupar espacios de toma de decisiones y reproducir los mismos patrones de dominación y misoginia, como también viene sucediendo estos últimos años. Si es así, el esfuerzo y las batallas de nuestras antecesoras no han servido para mucho.

Muchas veces, incontables, hemos charlado sobre los silencios que nos atraviesan. Hemos compartido las tácticas para mantener todas las interrupciones a raya. A veces lo hemos logrado. Otras no. 

Han pasado siete meses desde mi último escrito. He intentado reflexionar sobre todo lo que me ha impedido escribir. Agradezco la insistencia desmesurada de muchas amigas para que siga adelante, especialmente de Maribel que tiene una energía ilimitada. 

En esas charlas, una que tuvimos con ella, quedó rondando en mis pensamientos. Ella me preguntó que por qué yo creía que las mujeres no se lanzaban, yo escribiría abalanzaban, a escribir así sin más, por qué tienen tanto miedo, tantas inseguridades, si somos las que más leemos.

Todos estos meses, esa idea me estuvo rondando. Tenía suficiente material en mi cabeza para escribir esto, pero algo me faltaba. Daba vueltas, escribía de otras cosas, pero seguía faltándome algo. Yo ya había leído el sublime Dime una adivinanza, de Tillie Olsen, pero me faltaba algo. Ese algo era su libro Silencios. Tan lejano en el tiempo, pero tan actual.

Las mujeres leemos más que los hombres. Es un hecho constatado. Pero aún así, somos menos publicadas que ellos, recibimos menos premios literarios, tenemos más dificultades para encontrar el tiempo necesario para la creación, no contamos con espacios propicios ni con el dinero necesario para hacerlo. 

Todo se nos antepone a la escritura. Y, para rematar la tarea, está ese canon literario, esos libros de los grandes maestros, la academia, la crítica, para decirnos que no estamos a la altura.

Para tomar coraje, tenemos que empezar por revivir a aquellas, las pocas que, pese a todo y contra todo, lo hicieron. Como escribió Toril Moi, las mujeres escriben y escriben sobre las mujeres. Hay que reescribir nuestra historia en la literatura y tenemos que renegar del canon literario y buscar nuestra herencia literaria en femenino.

Porque para desplegar el talento, necesitamos de nuestras predecesoras, necesitamos esa herencia literaria, necesitamos más Virginias Woolfs, muchas más, un cuarto propio y dinero. 

Tillie Olsen es la culpable de que muchas escritoras salgan de sus silencios y escriban. Porque como dijo en una entrevista, pese a las interrupciones del proceso creativo que la frenaban, la loca perseverancia y la resiliencia de la aspiración literaria la empujaban a salir del silencio y a denunciarlo, desgajarlo, pensarlo. 



Hey

Vamos
salgan
de donde estén.
Necesitamos tener esta reunión
junto a este árbol
que ni siquiera
fue plantado
aún.
June Jordan





domingo, 11 de diciembre de 2022

De Virginia a Virginia - Tamara Kamenszain y Erin Elkin - Joanna Russ e Irene Chikiar Bauer

 



La verdad es que no se puede escribir 
directamente acerca del alma.
Al mirarla se desvanece.
Virginia Woolf


Querida Virginia,

Quería escribirte esta carta imaginaria que no saldrá de aquí y no llegará a ningún lado, pero que igual me apetecía escribirla. De Virginia a Virginia. Sólo compartimos nombre. Y no te creas que el mío se inspiró en el tuyo. Nada más lejos de la realidad.

Pero la escritura me permite ciertas libertades, y una de ellas es la de imaginar que quizás mi nombre se inspiró en el tuyo, aunque no sea así. Treinta años separan tu muerte de mi nacimiento, y distancias geográficas, lingüísticas, sociales, económicas, culturales e históricas. Solo nos unen nuestros nombres, y cierta pasión por la lectura y por caminar.

Siempre me llamó la atención el origen etimológico de nuestro nombre Virginia. Viene del latín virginius, relativo a la virgen, doncella, mujer virgen, virginal. Por si no ha quedado aclarado en otras entradas, vengo de una familia empedernidamente agnóstica. 

En la casa de mis padres, no se cree en nada. No hay una querida tía que se llamara así, ni lo he heredado de una abuela. A ello le sumamos que el mío no es un nombre común. Por lo tanto, cada vez que pregunto de dónde vino mi nombre, no hay ninguna respuesta razonable al respecto. 

Los libros de Virginia pasaron por mis manos, y siguen pasando, y por alguna razón que aún desconozco, no he podido soltarlos. Dice Tamara Kamenszain que, esos libros, son como una historia de amor extendida en el tiempo, con sus idas y vueltas, sus momentos de revisión y de ajustes, pero siempre sostenida por el afecto.

A Virginia Woolf le gustaba caminar. En Flâneuse, Erin Elkin, nos desvela esta pasión de la escritora inglesa. Tiene un ritual, y cada día, toma su dosis de caminata que llama su ‘concierto semanal’. 

Caminar por la gran ciudad, por Londres, representa no solo la conquista de la independencia y con ello de su metamorfosis, sino que, además, es una fuente de inspiración continua que alimenta su escritura. 

Las calles le dan todo lo que necesita y así reescribe escenas y encuentra inspiración. Virginia dialoga con la ciudad centrándose, especialmente, en las mujeres que la recorren.

Recordemos entonces, escribe Woolf, algún suceso que nos haya dejado una impresión nítida: cómo pasamos junto a dos personas que hablaban en la esquina de la calle, tal vez. Un árbol se agitaba, una luz eléctrica bailaba. El tono de la conversación era cómico, pero también trágico; una visión completa, una concepción íntegra, parecía contenida en aquel momento.

I. Caminan las mujeres

Virginia Woolf ha reflexionado mucho sobre la relación de las mujeres y la ciudad. En 1927, escribe su libro Street Haunting, en el que la narradora atraviesa Londres a pie y escribe lo que observa. Atravesar una ciudad a pie para una mujer no es lo mismo que para un varón, y más aún en esas épocas. A las mujeres nos ha llevado, y nos lleva, mucho tiempo conquistar el espacio público y Woolf deja constancia de esto.

Y no solo de ello, sino también de los efectos que produce esta caminata sobre la percepción que la autora tiene sobre sí misma y sobre los otros:


"Hay que registrar todas esas vidas infinitamente oscuras dije, dirigiéndome a Mary Carmichael como si estuviera presente […] y seguí recorriendo con la imaginación las calles de Londres, sintiendo en el pensamiento, la presión de la mudez, la acumulación de vidas ignoradas, ya de mujeres en las esquinas con los brazos en jarras o de las vendedoras de violetas […] o de muchachas a la deriva. […] Y en cuanto a la muchacha del mostrador yo preferiría tener su verdadera historia a la vida número ciento cincuenta de Napoleón".

 

Ella, que ha creado a la más grande caminante de la literatura, Mrs Dalloway, escribió que la escritura es un medio para atravesar los límites y ha instado a las mujeres a salir del espacio doméstico y a escribir, lo que sea, pero a escribir: "espero que ustedes adquirirán bastante dinero para haraganear y viajar, para considerar el porvenir o el pasado del mundo, para soñar sobre los libros y demorarse en las esquinas y dejar que la línea del pensamiento se sumerja hondo en el río". 

Voy a decepcionarte Virginia, porque no hemos conseguido el dinero suficiente para escribir y porque seguimos arañando la dignidad.



II. Un cuarto propio

En Una cuarto propio, texto precursor del feminismo, divertido y ocurrente, que leí por primera vez en los albores de mi adolescencia,  Virginia se dirige a los lectores preguntándose que qué tiene que ver un cuarto propio con las mujeres y la novela.

En sus páginas, desarrollará una argumentación que se sostiene sobre tres elementos indispensables, según ella, para que las mujeres escriban: tiempo libre, dinero y un cuarto para ellas.

Igualmente, me parece importante hacer una acotación al respecto. Muchas mujeres no tienen un cuarto propio, ese espacio privado en el cual la vida doméstica queda fuera y se es capaz de crear sin interrupciones. Algunas se lo construyen imaginariamente. Un cuarto propio es también una metáfora, es ese espacio físico, o no, donde te dedicas a tu pasión, sin interrupciones (de ser posible).

Y respecto a esas 500 libras al año... aún peleamos por salarios dignos, Virginia. Las mujeres han sido siempre pobres, escribe, no solo por doscientos años, sino desde el principio del tiempo. Por ello, he insistido tanto en la necesidad de tener dinero y un cuarto propio. […] Porque ya hemos concebido y criado y lavado y enseñado.

III. Que escriban las mujeres

De Virginia Woolf, heredé mi gusto por Jane Austen, las Brönte, Elizabeth Gaskell y todas las primeras mujeres que se lanzaron a la escritura y que fueron encasilladas bajo la categoría de novela sentimental. 

Con ella aprendí que la literatura escrita por mujeres no era producto del azar o de una iluminada, sino que una tradición literaria, históricamente silenciada, se había desarrollado a pesar de todas las restricciones, de la falta de recursos, de las interrupciones, de la falta de tiempo y de modelos. 

Como ya he escrito aquí, me gusta leer a mujeres. Cada vez me gusta más. Porque, como escribió Joanna Russ, me niego a seguir alimentando la invisibilidad social de la experiencia de las mujeres. De ahí su importancia. 

De Virginia tomé prestada una mirada reflexiva sobre la condición de las mujeres y sobre el feminismo, aunque las feministas no se ponen de acuerdo acerca de su feminismo. Ni muy muy ni tan tan, dicen.

Y eso también me gusta. Hay que evitar ser la feminista perfecta. Así, de personalidad compleja y difícil de situar, escribe Irene Chikiar Bauer en su magnífico Virginia Woolf: "la vida por escrito, durante su vida superó los obstáculos que se le presentaron con la inquebrantable decisión de ser leal a sí misma y con el convencimiento de que la literatura era esencial, ya que veía en ella la posibilidad de arrancarle sus secretos a la vida".

"A través de sus libros, que leí por primera vez a mis 13 o 14 años, Virginia me abrió gentilmente la puerta a un camino que me permitiría construir unas rudimentarias herramientas de supervivencia, para entender las razones en mí y fuera de mí", escribe Annie Ernaux. 

Las mujeres tejen redes, conexiones. Y ella, podría decirse que se convirtió en una especie de hermana mayor.



Mientras me deslizaba por la lectura, en su ¿Cómo leer un libro?, Virginia me dio un magnífico consejo que no es un consejo y que guardo como un tesoro:  

"El único consejo sobre la lectura que puede dar una persona a otra es que no acepte consejos, que siga sus propios instintos, que use su propia razón, que saque sus propias conclusiones. […] La cualidad más importante que puede poseer el lector es la independencia. […] Aceptar autoridades en nuestra biblioteca y permitirles que nos digan cómo leer, qué leer y el valor que hemos de dar a lo que leemos, es destruir el espíritu de libertad que se respira en esos santuarios".

"Leo a aquellas que me hablan a mí y a todas las mujeres y que me muestran que es posible", dice Joanna Russ, romper con el mandato de no-ser-creadora. Y armo, rudimentariamente, una pensamiento propio nutrido de mis lecturas.

Pero ¿quien lee para llegar a un fin, por deseable que sea? ¿No hay algunos pasatiempos que practicamos porque son agradables por sí mismos? Yo al menos he soñado a veces que cuando llegue el juicio final y los grandes conquistadores, jurisconsultos y estadistas acudan a recibir sus recompensas el todopoderoso se volverá a Pedro y le dirá, no sin cierta envidia al vernos llegar con nuestros libros bajo el brazo: "Mira, éstos no necesitan ninguna recompensa. No tenemos nada que darles aquí. Han amado la lectura".

Por último, como Virginia, también me he hecho la pregunta que ella se ha hecho: ¿soy una snob? En este pequeño, y muy divertido librito (que recomiendo), la escritora reconoce padecer esa enfermedad, la del esnobismo y se pregunta cómo y cuándo la he contraído. 

La esencia del esnobismo es la voluntad de impresionar a los demás. El snob es una criatura de mentalidad revoloteadora e inestable, tan escasamente insatisfecha de su condición que está siempre alardeando públicamente para que los otros crean que es una persona importante. 

Virginia dice reconocer en su carácter estos síntomas. Y agrega que se siente más preocupada por su aspecto que por su reputación como escritora. Entonces, ¿es o no es una snob?

Dice la escritora Tamara Kamenszain que existe una historia de la lectura personal e íntima. Qué libros leíste, cuándo los leíste, por qué los leíste y qué te generaron para que de las páginas de esos libros hayan nacido páginas propias. La escritora argentina nos habla de ese hilvanado en el que lectura y vida se vuelven una.

He intentado contar aquí, cómo los libros de Virginia se han ido entrelazando con mi vida, qué caminos me han mostrado y qué ideas me han prestado. Llegaron en diferentes momentos de mi vida. Desde tiempos y lugares lejanos, sus ideas se fueron extendiendo hasta alcanzarme, y fueron encontrando eco en mis inquietudes a medida que iba creciendo. Llegaron, sin proponérselo, en el momento justo.

Le tengo un cariño especial a Virginia Woolf, aunque la imagino como una persona sensible y divertida, también distante e infantil, obsesionada por ser un genio de la literatura u atormentada por el síndrome de la impostora. 

No debe de haber sido fácil convivir con sus problemas mentales y su obsesión por el suicidio. Pero nos ha dejado libros memorables de los que no he escrito aquí como Las olas, Orlando, Mr Daloway o El faro. Este escrito ha sido sobre una antojadiza selección que he hecho. Es la mía. ¿Cuáles son tus libros? 

"Mi único derecho a mi propia gratitud es ese, que en cuanto noto una cadena, me la quito; […] creo que he sido una luchadora a mi manera, quizás no tan valiente como Nessa, pero tenaz también y atrevida".


Virginia Baudino - virbaudino@gmail.com


miércoles, 10 de julio de 2019

Nada en un estanque, tiéndete en un prado o contempla las estrellas


Hay algo que no funciona en un sistema
que no te da la oportunidad de ser una buena persona.
Stephen Lessenich

Virginia Baudino, Socióloga - virbaudino@hotmail.com
Sheryl Sanderberg es la número dos de Facebook y una empresaria muy pero que muy poderosa. Ocupa un cuarto puesto en el nada despreciable ranking de las mujeres más poderosas e influyentes del mundo (el de los y las ganadores). Según dice Internet, su fortuna asciende a 1.600 millones de dólares. Igualito que la cajera del supermercado, que la empleada doméstica... y que yo.

Sandberg ha creado una asociación de empoderamiento femenino y ha escrito un libro titulado Vayamos adelante. Ahí tenemos las recetas de cómo llegar a ser como Sheryl en un pis pas tener una cuenta bancaria llena de dólares y ocupar cargos de poder en el súmun del sistema capitalista: Facebook (si tuviera un emoticono mi teclado, ya hubiera puesto uno). Sheryl ha podido sortear con creces las imposiciones y restricciones que el sistema patriarcal impone a las mujeres. Se la aplaude y celebra con innumerables distinciones.

Sheryl es el paradigma de un feminismo, actual, blanco y de pretensión universal. Yo agregaría también, con dinero. Este feminismo que ha hecho de todo por sacudirse de encima ciertas referencias contestatarias al capitalismo que es, en esencia, desigual y violento... pobre Sheryl, pero voy a decirlo, ¿es esto ser feminista?

Nancy Fraser escribió que “Como feminista, siempre he asumido que el luchar por la emancipación de las mujeres estaba construyendo un mundo mejor, más igualitario, justo y libre. Pero, últimamente ha comenzado a preocuparme que los ideales originales promovidos por las feministas estén sirviendo para fines muy diferentes.” (…) “en un cruel giro del destino, me temo que el movimiento para la liberación de las mujeres se haya terminado enredando en una ‘amistad peligrosa’ con los esfuerzos neoliberales para construir una sociedad de libre mercado.” (…) “si antaño las feministas criticaron una sociedad que promueve el arribismo laboral, ahora se aconseja a las mujeres que lo asuman y lo practiquen. Un movimiento que antes priorizaba la solidaridad social ahora aplaude a las mujeres empresarias. La perspectiva que antes daba valor a los cuidados y a la interdependencia, ahora alienta la promoción individual y la meritocracia.”


¿Por qué el feminismo, en todas sus variantes, es revolucionario? En sus argumentaciones, aquellas en las que enfrenta un sistema que genera entre los varones y las mujeres desigualdades, apunta hacia el origen de estas desigualdades: el sistema patriarcal.

Dice la filósofa francesa Jeanne Burgart-Goutal que “el patriarcado no se reduce a la dominación masculina. Es el nombre que le damos a todo un sistema que es también económico, social, político, intelectual, filosófico y religioso". Un sistema donde una parte de la población, las mujeres, están a merced de unas reglas de juego que no han creado ellas. Bueno, Sheryl, sí.

Entender la situación de desigualdad que nos atraviesan y que condicionan su existencia es indispensable hoy como reflexión filosófica, sociológica y política. Lo ha sido, y lo es, para mí, para mis amigas, mis conocidas, para todas las mujeres de todas las nacionalidades, de todas las etnias y de todas las clases sociales. Cada una transita este camino en su contexto y con otras mujeres.
¿Podemos hablar de un feminismo o de muchos feminismos? Por suerte para mí, para la cajera del súper, las empleadas domésticas, Sheryl, mis amigas, mi hermana, mis vecinas y todas las mujeres de este planeta, hay muchos feminismos.

Por suerte para nosotras, Simone de Beauvoir abrió la puerta a la segunda ola, con su libro El segundo sexo, poniendo el cuerpo de las mujeres en el centro del debate filosófico y político. Así, no sólo acuñó la célebre frase ‘no se nace mujer, se llega a serlo’ sino que sentó las bases de todo un movimiento, no sólo de reflexión sino de lucha.

Por suerte también para nosotras, todas las mujeres no europeas o estadounidenses, hay otros feminismos. Hay muchos. Como mujer y madre de tres niñas, he tenido que transitar desde los trabajos de Simone de Beauvoir a otros, buscando ciertos elementos de reflexión que me permitieran resignificarme como mujer y madre.


Leí que el movimiento Reclaiming Our Spaces de las mujeres negras estadounidenses, recupera los insultos para hacerlos una marca de pertenencia a un grupo y sus valores. La idea de este movimiento, entre otras, es la de reapropiarse de la categoría con la cual se nos asigna, el estigma. De esta manera, el rol asignado deviene un elemento de lucha y de poder. ¡Mujeres y Madres del mundo, uníos!

Leí y transité diferentes autoras, y en este andar, nunca sola, llegué a los trabajos de la francesa Yvonne Kniebler, quien discutía con un feminismo dominante decidido a ignorar la maternidad. Su libro, ¿Quién cuidará de los niños? Memorias de una feminista iconoclasta está inspirado por la negativa a desconocer la maternidad de las mujeres. En este libro, Kniebler, va a ligar su “experiencia personal a la historia colectiva de muchas generaciones.” Como hago yo, mis amigas, mi hermana: buscamos, leemos, hablamos, compartimos.

Encontré muchos trabajos que reflexionaban sobre esta temática, que no incluiré aquí, por cuestión de espacio y orden, aunque quisiera hablar de alguno que impactó en mis reflexiones. Los trabajos de Silvia Federicci fueron uno de estos.


En su libro, Revolución en punto cero: trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas, Federicci indaga sobre “la transformación de nuestra vida cotidiana y de la creación de nuevas formas de solidaridad.” Sus reflexiones sobre el trabajo doméstico, inmenso y no remunerado, realizado por las mujeres, que mantienen todo el sistema de reproducción humano en movimiento, son el punto cero para una alternativa al capitalismo dominante.

Pero lo que más busqué, fueron esos trabajos que cuestionaban el empoderamiento femenino a los Sheryl, individualista, de clases pudientes, con todo el viento a su favor, el que da el dinero, por aquellos trabajos y proyectos que rescataban y resignificaban todas las opciones de las mujeres, en lo profesional, en lo sexual, en lo corporal, en el de la maternidad, etcétera.

Desconfío de las modas y de lo que ahora nos dicen lo que debe ser el feminismo. Detesto el concepto de empoderamiento, por individualista y por anti solidario y porque no cuestiona este sistema profundamente desigual y violento.

Jessa Crispin, que tanto me gusta, argumenta que este concepto “es puro narcisismo. Se usa desde una lógica de superioridad, buscando reforzar tu propio valor desde estándares de éxito, dinero e imagen. Es una palabra que sólo refuerza los sistemas de exclusión que ya ejerce el poder, y al que muchas creen debemos luchar por entrar, en vez de discutir para qué.” Recuerdan a Rutger Bregman y su ‘qué mundo sueñas’.


Me atraen los proyectos y reflexiones de mujeres en los bordes del sistema, que pelean día a día por hacerse una vida, la que sea, en los que se percibe un discurso de solidaridad con todo el cuerpo social.  Me atraen esas diversas elecciones de vida profundamente arraigadas en la comunidad y en la resistencia a este sistema ‘del-todo-para-el-ganador’ y ‘ganadora’ (¿recuerdan a Sheryl?).

Parafraseando a Nancy Fraser, me parece importante ser cuidadosos con utilizar “el sueño de la emancipación de las mujeres para engrasar el motor de la acumulación capitalista.”

Fatema Mernissi, escritora, feminista y socióloga marroquí, confrontó con el imperialismo del feminismo occidental, demandando el derecho a transitar este camino a su manera y en su contexto.

En Sueños en el umbral, Mernissi nos regala su escritura. “Yasmina decía que lo peor que podía pasarle a una mujer era que la separasen de la naturaleza. -La naturaleza es la mejor amiga de una mujer – decía a menudo. Si tienes problemas, nada en el estanque, tiéndete en un prado o contempla las estrellas. Así cura una mujer sus miedos.”

jueves, 21 de marzo de 2019

¿Qué mundo sueñas? - Rutger Bregman por Virginia Baudino


Imaginemos lo imposible
La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos.
Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá.
Por mucho que camine nunca la alcanzaré.
¿Entonces para qué sirve la utopía?
Para eso, sirve para caminar.
Eduardo Galeano
Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
La urgencia climática, la crisis de las democracias, las desigualdades sociales y el retorno de los fascismos nos interpela para diseñar un nuevo horizonte. Si, como se pidió en el mayo del ’68 francés, la imaginación debe tomar por asalto el poder, probablemente la utopía deba ocupar de nuevo su lugar. Como escribió un periodista francés, y “¿si la sola forma de salvar el mundo sea reinventándolo?”.

Hace poco visité a mis padres. Siempre que hablamos con mi padre se recicla una vieja idea que tengo, entre otras, y es la de que cómo se hace para conservarlas intactas, que se adapten a todo tipo de explicación y resistan al paso del tiempo y a algunas evidencias que las contradicen. El psicólogo León Festinger le puso un nombre a esto: ‘disonancia cognitiva’. “Cuando la realidad choca con nuestras convicciones más profundas, preferimos recalibrar la realidad que corregir nuestra visión del mundo. No sólo eso, nos volvemos más inflexibles antes que modificar nuestras creencias.”

Si pensamos en esto, a pesar de las innumerables e innegables evidencias, es legítimo plantearse si efectivamente las nuevas ideas pueden cambiar el mundo, dice el historiador holandés Rutger Bregman en Utopía para realistas, (2016). Aunque la cuestión, según éste, no es si las nuevas ideas pueden derrotar a las viejas, sino cómo pueden hacerlo. Sin embargo, dice, los sociólogos, algunos psicólogos y politólogos han abierto una brecha en la argumentación de la disonancia cognitiva, al considerar que es la presión del grupo la que impide que cambiemos nuestra mirada. Pero, tranquilos…hay esperanza, porque a pesar de todo esto, sí es posible que una sola idea puede cambiarlo todo.

“¿Qué sentido tiene la libertad de afiliación si ya no nos afiliamos a nada? ¿Qué sentido tiene la libertad de cultos si ya no creemos en nada? Ya es hora de esbozar una nueva utopía.”“Preguntémonos, pues: ¿cómo hacemos realidad la utopía? ¿Cómo llevamos a la práctica las ideas?”



Todos sabemos cómo terminó el mayo ’68 francés, pero sus consignas aún siguen vigentes: ¿por qué no ser realistas y pedir lo imposible? “Literalmente, <<utópico>> significa ‘lo que no está en ningún lugar’. Se llama, desde Tomás Moro que acuñó la palabra, ‘utopía a toda descripción de una sociedad que se supone perfecta.”, Diccionario de Filosofía.

Bregman argumenta que, antes de ahora, si, antes, la abolición de la esclavitud y el derecho al voto de las mujeres, eran ideas utópicas, por lo tanto impensables de llevar a la práctica. ¿Qué me dicen ahora? El historiador holandés nos propone ‘utopías realistas’ como una renta básica. Sí! ya hay países ensayándola y sí, los resultados apuntan que dar dinero gratis funciona, y si eres escéptico, harías bien en leer su libro y empieza por rechazar la idea de que una vida sin pobreza es imposible y cámbiala porque una vida sin pobreza es un derecho.

También propone jornadas laborales reducidas de 15 horas semanales. Con el desarrollo de las nuevas tecnologías y las máquinas, se trabaja menos. Tenemos la opción de dejar a mucha gente en la calle o de reducir las horas de trabajo para que todo el mundo pueda acceder a tenerlo y así, tener más tiempo libre para vivir. La australiana Bronnie Ware, escribió en Los cinco arrepentimientos de los moribundos, en el que encontró que la mayoría de las personas se arrepiente de no haber tenido el coraje de hacer lo que quería y de haber trabajado tanto. Nadie se arrepiente, dice Bregman, de no haber presentado más Powers Points o de haber hecho mas encuestas o lobbies para los bancos.

“En la era de microchip, del contenedor y de la venta por internet, ser un poco mejor que el resto significa que no sólo has ganado la batalla, sino que has ganado la guerra. Los economistas denominan este fenómeno ‘la sociedad de todo para el ganador’.

 Me suena. El aumento del trabajo ‘sin sentido’ y absurdo, y por ende algo bien pagados, es abrumador. Hay que cambiar esto reestructurando la educación: “¿qué conceptos e ideales queremos que tengan nuestros hijos en 2030?". Por eso Bregman nos propone una utopía para realistas. Ha llegado la hora, nos dice, de redefinir nuestro concepto de trabajo. Gente, ¡ser banquero no compensa!

Rutger Bregman es muy optimista. Es contagiosamente optimista. Están los que no lo son como el filósofo italiano Giorgio Agamben que escribió sobre el pensamiento y el coraje de la desesperanza, en el que el verdadero coraje no es el de imaginar una alternativa sino el de aceptar las consecuencias de que no hay alternativas. O como dice el filósofo esloveno Slavoj Zizek, que el coraje está en admitir que la luz al final del túnel no es más que el faro de otro tren que nos lleva en sentido contrario.

El optimismo de Bregman, con Trump, Bolsonaro y los fascismos acechando a las puertas, es quizás una necesidad. Y es una necesidad bien fundamentada. Leer calma el alma.



¿Qué mundo sueñas? Hazte esta pregunta, y trabaja en ello. Piensa, imagina, desea…piensa que las mujeres pelearon, y mucho, por obtener el derecho al voto. Algo que hoy se ha olvidado fácilmente. Por ello, algo es seguro, si no hacemos nada y sólo protegemos el orden existente, el mundo seguirá como hasta ahora. Pero varias utopías políticas, ecológicas y sociales llaman a la puerta y urgentemente.

Cuando alma y espíritu
y cuerpo sepan,
y la luna sea bella porque la amé
y el mundo esté parado al filo
de la memoria y
sangre la luz detrás
del baño de su gracia, 
obligaremos al futuro
a volver otra vez.
Juan Gelman

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Cuál es la forma de vida que nos hace felices

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com 
¿Qué pasaría si todos estuvieran de acuerdo con tu protesta?
-Mark Fisher-
Parece ser que el feminismo está de moda. ¡Ahora es tendencia! En las tiendas de ropa encontramos camisetas que dicen que somos feministas, cantantes de moda cantan que todos deberíamos ser feministas.

Maribel y yo nos hemos encontrado porque nuestras reflexiones y nuestras ideas respecto a nosotras en tanto mujeres, madres, estudiosas, profesionales, feministas se desarrollaban ensambladas, en diálogo y cuestionamiento permanente.

Es un poco rara toda esta moda, ¿no? Especialmente porque el feminismo ha sido algo marginal. ¿Adónde nos conducirá esto? Porque para que algo sea tendencia, hay que edulcorarlo, volverlo ligth, hay que asegurarse que no incomode a nadie.

El feminismo surgió marginal, incómodo, reducido y en la lucha. Sus principios, que hoy deberían seguir siéndolos, eran los de construir una sociedad más justa. Y esto, como dice Jessa Crispin en su libro Por qué no soy feminista. Un manifiesto feminista sigue sin estar de moda.

Las mujeres han trabajado desde siempre. Han fregado desde siempre. Y han luchado para acceder a trabajos cualificados, no para acceder a los trabajos de los pobres. Trabajar ante todo, ha sido una de las premisas. Y en ese camino, no reparamos que la sociedad capitalista es cada vez más hostil, competitiva y precaria para mujeres y varones.


“Desde el principio mismo, dice Crispin, la premisa fue que el trabajo era algo bueno, algo gratificante que nos estábamos perdiendo. No algo que destruía el cuerpo y la mente"; Anabel González, en La liberación posible’  ya argumentaba que un trabajo mecánico de 8h. a 15h no era una liberación. Crispin es más frontal al decir que
"No todas las mujeres ni todos los hombres son ambiciosos. No todas las mujeres están decididas a dejar su huella en el mundo. No todas las mujeres disfrutan trabajando ochenta horas a la semana sólo para ver cómo le dan el ascenso a un niñato de Harvard, ascenso a un puesto que ella en verdad no quiere, pero en el que ganaría un poco más.
No todas las mujeres ansían participar en este desquicie consumista que es la cultura en que vivimos y llenar los vacíos de su corazón y su alma con zapatos y tops de edición limitada de Topshop". 

Mientras el feminismo esté dominado por el determinismo económico protestante – libertad, independencia y trabajo – estaremos evitando crear una sociedad más humana y justa. Lo que tenemos hoy es "una especie de mundo hipermasculinizado en el que las mujeres participan – y quieren participar aún más - de los valores patriarcales".

Y así todo se va al traste desvirtuado en nombre del dinero y el poder, aquellos placeres que ofrece el patriarcado. Porque para triunfar en el patriarcado, nosotras debemos actuar como patriarcas (independencia, éxito y sexualidad), y tenemos que exhibir las características que ese mundo valora y desechar las que no.

¿Para qué queremos entrar en las primeras filas del ejército?¡¡¡¿Para ir a la guerra?!!! De qué nos sirven las CEOs que salen en Forbes si sus fábricas reproducen y acentúan las condiciones de explotación y servidumbre de mujeres y niños. ¿Por qué sólo yo tengo conflicto de intereses y digo no?

¿Nos hemos planteado si esta forma de vida nos hace feliz y es la mejor a la que podemos aspirar? ¿Hemos analizado el sistema con el que estamos colaborando?


Andrea Dworkin, dice, nos ha empujado a replantearnos nuestras relaciones, nuestro trabajo, nuestra existencia en el mundo para ver si esto necesita de nuestra complicidad con este mundo desigual y opresivo. Si es así, por qué no pelear por construir otro mundo posible.

En reflexiones similares, Mark Fisher en Realismo capitalista, argumenta algo similar sobre el anti-capitalismo: "el objetivo del movimiento no era erradicar el capitalismo, sino sólo mitigar sus excesos".  Y es más: "con nuestra complicidad en las redes planetarias de la opresión".
"Cogemos todos los abusos, discriminaciones y atropellos de los que hemos sido objeto, todos nuestros encontronazos con la violencia y el dolor y los utilizamos para justificarnos y apropiarnos de lo que queremos sin examinar ni siquiera nuestros motivos para quererlos. […] Si consigo abrirme camino a pisotones hasta lo más alto de un estudio de Hollywood, no tengo por qué hacer nada para que allí se trate mejor a las mujeres, no tengo por qué plantearme para que las voces de las mujeres tengan más espacio".
El feminismo light, universal y blanco, es lo que tiene. Porque las desigualdades reales a las que se enfrentan las mujeres afectan en su mayoría solo a las mujeres pobres; "las de clase media y alta pueden comprar el acceso al poder y a la igualdad".


Al final, algunas mujeres disponen de los medios de escapar de lo peor del patriarcado: dinero. El dinero es la forma más rápida de evitar las formas más evidentes de opresión. Y una parte de las mujeres disponen de él. Y con dinero se hace posible el acceso al poder.

Para muchas, lo pernicioso del sistema capitalista y patriarcal, es que no le permite el acceso, no es que es nefasto en sí mismo:‘"luchamos por conseguir la inclusión, no mejoramos el sistema, lo único que hacemos es unirnos a las filas de los que están incluidos y sacar provecho".

Y agrega que si escoges ‘la libertad en lugar del dinero, si decides vivir de acuerdo con los valores de la compasión, la honestidad y la integridad, la gente te odiará porque les recordarás sus carencias".

Se está muy sola fuera del sistema. Pero hay que darse la oportunidad de imaginar una manera mejor de vivir, otro sistema, porque nuestra labor consiste en comportarnos como auténticos seres humanos.