sábado, 19 de junio de 2021

Aprender a vivir por fin - Otras ideas, otros futuros posibles

 


¿Acaso hay alguien que no está en movimiento?

“Creo en la cadena que se enlaza.

Creo en la canción que se teje con las

canciones que llegan de tan lejos.

Creo en la memoria ancestral.

María Teresa León

Virginia Baudino-virbaudino@hotmail.com

El pasado siempre está ahí, en cada rincón, al acecho, esperando. Una piensa que lo ha dejado atrás, pero inexorablemente él se hace presente en cada gesto, en cada silencio, en nuestro cuerpo, en nuestros gustos y hábitos y en nuestras relaciones. Cada tanto nos manda recados. Otras, se presenta así, de improviso, sin dejarnos la posibilidad de salir huyendo. Regresa una y otra vez.

El pasado sobrevive en mí como una parte de mí, lo que recuerdo, lo que está en mí, lo que borré y lo que he querido borrar continúa siendo parte de lo que soy (y de lo que somos). El origen, las huellas de clase, el género, están también ahí, son el pasado y el presente.

¿Cómo abordar el pasado? ¿Desde qué lugar hacerlo? El pasado siempre implica un regreso sobre una misma y a sí misma, pero es un regreso mirado desde las categorías de percepción del presente. Tutearse con los fantasmas y espectros del pasado, requiere mucho esfuerzo. Pero por qué no hacerlo. Al fin y al cabo, allí se encuentran las raíces de los futuros que se nos prometieron.

La escritora española María Teresa León escribió un magnífico libro titulado Memoria de la melancolía en el que, entre otras cosas, aborda su pasado y la memoria de su exilio y traza “un mapa emocional” que es superior al geográfico. 

A través de la narración de su trayectoria vital, la escritora produce algo así como una suerte de emancipación personal. A través de la palaba escrita, de su palabra, vislumbrará la existencia de otra vida posible más allá de la nostalgia y de la melancolía que produce el distanciamiento forzoso con su cultura. A ese desasosiego, la escritora argentina Olga Orozco le llamó “el rincón natal de mi melancolía.”

En ese deambular e indagar en el pasado, León se preguntará ¿Por qué debería seguir los pasos de alguien cuando puedo dar los míos propios? Y yo agregaría la pregunta sobre ¿cómo hacer para que entre el pasado y éste presente haya una tregua?

¿Cuál es el lazo entre el presente y el pasado de una persona? ¿Cuánto de ese transcurrir personal está entrelazado con el discurrir social? ¿Por qué tengo esa imperiosa necesidad de interrogarme a mí misma, de hacer, como dicen algunos, una cartografía de mí, personal? “El origen es un espectro que vuelve desde el pasado cuando parece haber desaparecido”, escribe Mark Fisher y James Baldwin nos ha incitado a acercarnos a él porque “Evitar el viaje de regreso, es evitarse a sí mismo, evitar la vida.”


Cuando el pasado toca a mi puerta, a nuestra puerta, parece imperioso preguntarse sobre el devenir de nuestro itinerario personal porque éste, está inscrito en nuestro presente, en nuestra memoria, en nuestro cuerpo y en nuestras decisiones. ¿Desde dónde reconstituimos el pasado vivido para dibujar el retrato de la persona que hemos sido?

Los fantasmas no desaparecen jamás, siempre están ahí, dando vueltas, para aparecer o por aparecer. Re-pensar el recorrido como una manera de narrarse y bucear en las inquietudes personales más profundas del itinerario, me parece interesante como antídoto para resistir a una sociedad basada en “la rapacidad inhumana”. Quizás, como argumenta Fisher, el problema no sea el sujeto sino la cultura que le rodea.

Una interrogación que es personal pero que también es política. Y es política porque indaga en las desigualdades sociales, en la división de clases de nuestras sociedades, en el género, en la trayectoria de las mujeres, en el efecto que esas estructuras sociales han tenido y tienen sobre la constitución de nuestras subjetividades y de nuestras psicologías individuales. Y sobre nuestro futuro y el de los otros.

Existen muchas formas de opresión que producen sentimientos de inferioridad, como el género, la raza, la etnia, la nacionalidad, pero la más potente, dirá Fisher y en esto hay acuerdo casi total entre los pensadores sociales, es la de la clase social.

“Cada uno de nosotros llevamos la marca del lugar o del medio donde se ha nacido, del lugar que es el suyo o era el suyo cuando nació, pero que siempre estará presente en todas las situaciones que viviremos a pesar de todos los cambios y de todas las experiencias que nos atraviesan”, escribe Didier Eribon. Nunca se escapa lo suficiente.

¿Qué distancia hay entre esa Virginia de ayer y la de hoy? Una distancia que no es sólo biográfica, histórica, vital, sino también de género y de clase. Siempre volviendo sobre mí misma….¿se podrá evitar algún día? ¿Cuánto ruido guarda la memoria? y ¿cuántos olores y sabores también guarda? 

¿Melancolía de qué? No es mi intención deambular por los campos de la psicología, sino más bien, como propugna Fisher, aproximarse a una dimensión política de la melancolía, o a una politización de la melancolía, como rechazo a acomodarse a los horizontes cerrados del capitalismo. Y así desenmascarar las desigualdades visibles de la estructura social camuflada en los discursos de superación personal que recaen sobre las personas.

Desenmascarar esa sensación de inferioridad cada vez que traspasas las fronteras trazadas, de estar en lugares que no te corresponden o en los que nunca estarás a la altura. Desmitificar las derrotas. Pero ¿cómo puede ella escribir esto? No es una escritora de verdad, es cierto, eso lo sabemos, no es seria, y no debería hacer eso. No sabe. No es escritora. Es rara, siempre rara. Tiene defectos….muchos. Debería ser constante. No sabe lo que dice. No se entera de nada. No sirve para nada.

El regreso nunca se termina, es interminable. Se inscribe en el contexto de los momentos de fragilidad, de desarraigo y de incertidumbre. Pero ahí están esos libros, ofreciéndote sostén, que te obligan a levantar la mirada y anotar algo en ese cuadernito de notas. Expatriada y nómade. Virginia Paula.

 “Alguien, usted o yo, se adelanta y dice: quisiera aprender a vivir por fin.” Jacques Derrida

Sin embargo, en las fisuras del sistema empiezan a inventarse prácticas emancipatorias…gestos de resistencia, buscando e intentando hacer crecer nuevas ideas, otros puntos de vista, otros futuros posibles, otros mundos posibles.

“A medida que aprendemos a soportar la intimidad con esa observación constante y a florecer en ella, a medida que aprendemos a utilizar los resultados del escrutinio para fortalecer nuestra existencia, los miedos que rigen nuestras vidas y conforman nuestros silencios comienzan a perder el dominio sobre nosotras”. Audre Lorde



martes, 4 de mayo de 2021

La formidable y profunda memoria de nuestros pequeños objetos queridos - El espíritu de lo minúsculo, de lo raro y sin valor

 

“Los sentimientos se han conservado como adornos inevitables o como agradables pasatiempos, con la esperanza de que se doblegaran ante el pensamiento tal y como se esperaba que las mujeres se doblegaran ante los hombres. Pero las mujeres han sobrevivido. Y también las poetas. Y no hay nuevos dolores. Ya los hemos sentidos todos.”  

Audre Lorde

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com

Hay días sin huellas. Días monótonos e impasibles, que además se suceden unos tras otros mientras nos encontramos esperando que algo pase. Días que nadie va a relatar. Días en los que las palabras nos abandonan, y no hay nada que asegure que esa alianza se reconstruya. Días que hay que aceptarlos así…

Sin embargo, son esos días los que conforman nuestras vidas. Esos días que se suceden unos tras otros y en los que repetimos nuestras rutinas. En la vida Facebook de efectos especiales, lo cotidiano es aburrido. 

Pero heme aquí – como siempre - defendiendo esas pequeñas acciones cotidianas que, en este último tiempo, nos han sostenido en la inclemencia y que, sin reconocerlo, dan sentido a nuestras vidas.

En esta paupérrima defensa, me viene al pelo el escritor francés Georges Perec que desarrolló algo así como una sociología de lo cotidiano, poniendo el acento en las cosas comunes u ordinarias que nos rodean y a las que, por la fuerza del hábito quizás, nunca les prestamos demasiada atención, por lo que probablemente nunca nos hayan sorprendido. 

En sus libros, Perec se centra en lo que más cerca tenemos, eso que pasa desapercibido pero que es tan esencial para la vida de todos los días. Hoy se puede afirmar que, a partir de un determinado momento, la vida cotidiana se volvió objeto de estudio no sólo para la literatura sino también para las ciencias sociales. La microsociología o la Historia de la vida cotidiana, por citar algunos ejemplos y no ponerme académica aquí, irrumpieron con fuerza para disputar el relato.

Al fin y al cabo, es en lo cotidiano, en la observación apasionada de lo ordinario, en el cuestionamiento de lo que a simple vista parece incuestionable, donde se encuentran los cimientos de la literatura y de la vida. 



Siguiendo esas reflexiones, me puse a jugar inspirada en estos autores e hice el ejercicio de describir detalladamente esta mesa que uso para escribir y leer, las fotos que me acompañan a cada lado de este ordenador, los lápices y resaltadores, así como los papelitos que voy pegando con los nombres de escritores o escritoras que quiero leer, una vela que nunca utilizaré y que sólo tiene una función decorativa, una lámpara un tanto desvencijada que pasó por los escritorios de mis hijas y muchos trazos de objetos dispersos que tienen algún significado para mí, así como una pila de libros siempre lista.

Al observar detenidamente lo que me rodea en esta mesa de trabajo, me he dado cuenta de la importancia que tienen en mi día y en el sostén de mis días en estos, y en otros, tiempos, esas miniaturas. Podría describir qué significa cada una de ellas para mí, o contar su historia de cómo fue que nos encontramos. También podría desdeñar estos objetos, por el simple hecho de serlo…pero en mí algunos de ellos tienen un delicado significado emocional.

Sin embargo, todos tenemos algún objeto entrañable que nos acompaña en este camino, y yo no soy la excepción, tengo por ahí un par de desvencijadas máquinas de escribir que tienen una particular historia detrás de cómo llegaron a mis manos...y mis amigas guardan algunas para darme, porque saben de esta afición de coleccionista.

Estos objetos queridos, algunos deseados, en general están enlazados con nuestro pasado, especialmente porque tienen un valor emocional y hemos establecido con ellos una cierta intimidad, un cierto entendimiento o acuerdo. Ellos, como dice Rosa Montero, han adquirido una “memoria formidable y profunda” en nosotros.

Adornan lo más primario, y dignifican lo ordinario que de tan común parece insignificante. Si esto es así, cómo haremos, se pregunta Perec, para dar cuenta de ello,  para interrogar y para describir lo que es insignificante.

“¿Cómo hablar de las cosas comunes, cómo rastrearlas, cómo desembrollarlas, cómo arrancarlas del caparazón donde permanecen enganchadas, cómo darles un sentido, una lengua? […] Se trata de cuestionar […] nuestras costumbres en la mesa, nuestros utensilios, nuestras herramientas, nuestros horarios, nuestros ritmos. Examinar lo que pareciera que ya no nos sorprende.” [Traducción de Solange Gil]

Lo que al final está en juego en esta inquisición de la cotidianeidad, es el examen de la dualidad inherente de la vida cotidiana, que va de la rutina a la innovación, de la repetición a la diferencia. ¿Cómo se confronta en la cotidianeidad la propia idea de la vida? Y, ¿cómo se lo hace ahora donde el contexto ha quedado pausado?

Con esta incógnita dando vuelta recordé que, hace un tiempo, vimos con Maribel una exposición en Madrid llamada ‘El hecho alegre’, en la que se ponía el énfasis en los elementos pequeños que forman parte de nuestro día a día y que, por una serie de hechos, pueden dar forma a unos placeres sencillos que de una manera u otra satisfacen nuestra vida. 

En esta exposición, se trataba de hallar en la grandeza de lo cotidiano la verdadera revolución para así convertir lo cotidiano en arte, “como una mecánica popular de los sentidos”. 


Allí también se nos alertaba contra el utilitarismo reinante en nuestras culturas donde, como dirá Perec, “el hombre se esclaviza en la ansiedad de las cosas, progresivamente embrutecedora". Los contornos, los límites son siempre difusos…

Pero en esta muestra se nos proponía la opción de dignificar los conocimientos inútiles, de dar vuelta a lo grande para detenernos en lo pequeño, lo inútil, lo improductivo y en la pérdida de tiempo, que se constituyen, ahora, como una forma de resistencia en esta era del utilitarismo acérrimo en el que el que más tiene es el que ha ganado la carrera. Esto último cobra mayor sentido porque la carrera se produce en el contexto de sociedades profundamente desiguales y hay algunos que corren con mucha ventaja respecto a otros. 

Para desafiar este utilitarismo, el poeta español Tomás Sánchez Santiago, se pregunta sobre qué hacer con esos cajones llenos de objetos abandonados, desordenados “y dispares que ni se usan ni se desechan” y nos propone quedarnos con ellos como “un acto de rebeldía contra esa ley tajante de la mentalidad mercantil según la cual aquello que no se consume debe ser inmolado sin contemplaciones a fin de dejar sitio para nuevas adquisiciones. Frente a este orden, frente a esta dictadura de la utilidad están estos cajones llenos de objetos desordenados.” y seguirán estando, dirá. Esto es un golpe fuerte a la filosofía de Marie Kondo…que por cierto, ¡también es socióloga!

El estudio de asuntos inservibles tiene algo de liberador, explorarlos nos permite comprenderlos y comprendernos en esta indagación íntima que me he tomado muy en serio porque, como dice Audre Lorde “lo que no se explora permanece oculto”. 

Y también para así desmitificar lo cotidiano como rutinario, porque puede haber transformaciones o innovaciones que pasan desapercibidas ante nuestros ojos. Apropiarse de esta dualidad de lo cotidiano y reflexionar me parece un buen punto de partida hoy, aquí sentada en esta mesa, escribiendo.

Además, es un buen elemento a incorporar en mi kit de supervivencia, ese que tengo siempre a mano cuando me doy cuenta de que el mundo y yo tenemos bastantes roces, y que me sirve para reponerme y soñar, entre otras cosas. “Las palabras pueden construir casas”, escribió Erica Jong, en las que cuidamos el alma.

Mi kit está compartido, ya que me es necesaria la solidaridad y los cuidados, me es indispensable ‘un nosotras’. En él tengo esos libros indispensables, mi sentimenteca, mis libros de poesía, los de literatura preferiblemente escrita por mujeres (feministas), un herbolario, porque tengo ese hábito de andar recogiendo hojas por todos lados, unas cuantas canciones que se han ido constituyendo en la banda sonora de mi vida, una buena caminata por el bosque después de la llovizna primaveral… la lectura, como una herramienta de exploración de una misma, para así reconocer las fronteras que he tenido que atravesar. Es importante compartir mi kit con todas y con todos porque como escribió Leslie Jameson “todo lo que escribes acarrea la historia de otra gente, porque no hay ninguna vida que no sea una custodia compartida. Siempre compartes las experiencias.”


La exposición nos acogió con las reflexiones de la escritora feminista Sara Ahmed: “La felicidad puede ser el comienzo o el fin de una historia o puede ser aquello que interrumpe el relato de una vida, al llegar de un momento a otro, sólo para volver a irse. La felicidad puede ser todas estas cosas y al ser todas ellas, corre el riesgo de no ser ninguna.” 

Hoy quise abordar el “espíritu de las pequeñeces”, de todo lo que es raro y no tiene valor, de lo minúsculo.

Una vez me preguntaste

¿Tiene fin el cielo?

No, no tiene fin,

simplemente deja de ser una cosa

y comienza a ser otra.

Maggie Smith


martes, 16 de marzo de 2021

La calma y el sosiego necesarios, el miedo y los temores en estos tiempos

 


¿Sabes tú del miedo?

Alejandra Pizarnik 

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com

En un encuentro universitario en Davos, en 1929, en un debate en el que participaban el joven y temperamental filósofo alemán Martin Heidegger y el viejo filósofo neokantiano Ernest Cassirer, un estudiante les preguntó sobre lo que la filosofía podía hacer contra el miedo, contra esa angustia que estrangula nuestra existencia frente a la muerte.

Luego de un momento de reflexión, el viejo Cassirer dijo que no tenía una respuesta filosófica y que solo podía contestar con una creencia: “creo que la filosofía tiene por función liberarnos de ese miedo poniendo de por medio la cultura. Nosotros debemos liberarnos del miedo para consagrarnos a existir de las mejores formas posibles.”

Contrariamente a Cassirer y muy en su línea, el joven Heidegger se posiciona claramente contra este argumento y dice que es absolutamente falso, que al miedo hay que abordarlo de frente y confrontar a la Nada que nos habita. Luego de afrontarlo, dirá, podremos encontrar la manera de hacer filosofía.

En el corazón de los Alpes suizos, Heidegger se encuentra como pez en el agua, esquía y camina en la montaña mientras el viejo Cassirer se encuentra en cama a causa de un resfriado. 

Según algunas interpretaciones, es en ese momento, en el que podremos comprender los caminos que cada uno de estos tomará posteriormente a la llegada de Hitler al poder, Heidegger integrará las filas del partido nazi y Cassirer deberá exiliarse y no regresará jamás a Alemania.

En este memorable encuentro filosófico, en el que dos tótems de la filosofía se enfrentaron ante un conocido y reputado público, nadie imaginaría que, como dice Alejandro Piscitelli, “se estaba incubando una de las torsiones del pensamiento contemporáneo que derraparía con fuerza una década más tarde cuando el nazismo llegase al poder.”

En estos momentos tan inhóspitos por los que atravesamos, esta disputa filosófica, así como la pregunta lanzada por ese estudiante a esos dos grandes filósofos, me parecen un interesante punto de partida para reflexionar sobre el miedo para así, dirá Michel Agier, situarlo en sus contextos, diferenciarlo y penetrar en los mundos imaginarios en los que se despliega, y así alertar sobre sus usos políticos, mediáticos y religiosos. 

El miedo no es ni bueno ni malo. Es una alerta frente a un riesgo. Sea negado, contestado o asumido, domina en nuestras sombras. Entonces me pregunto, ¿qué puede hacerse frente al miedo? ¿soy solo yo la que tiene miedo? ¿Hay miedos compartidos en un momento y en un lugar?

Alguien escribió que la crisis es una cosa buena si eres filósofo o sociólogo, aunque cuando se trata de abordar emociones, ambas disciplinas han preferido permanecer calladas. Por tanto, la pregunta de ese estudiante sigue presente en mis reflexiones: qué puede hacerse contra el miedo.

“No queda asidero ninguno. […] Sólo resta el puro existir en la conmoción de ese estar suspenso en que no hay nada donde agarrarse.” Heidegger

¿Se puede escribir sobre el miedo? ¿Es posible hacerlo sobre esa sensación que de golpe se apropia de tu persona y se desparrama por todos los rincones sin dejarte respirar? ¿Cómo escribir sobre los latidos desaforados del corazón y de la respiración agitada que no cesa de descontrolarse y del “terror del silencio de los espacios infinitos” (dice Pascal)? ¿Qué pasa cuando tu miedo es el de toda tu comunidad? ¿Qué relación tienen nuestras sociedades con el miedo, y de éste con la política?

Parece casi una tontería escribir sobre algo que todos conocemos de primera mano pero que todos hemos aprendido a ocultar. A esos miedos más íntimos, Agier les llama miedos existenciales individuales y universales. Son los más desiguales, puesto varían en función de la edad, de las condiciones sociales y de los lugares. Son los que todos tenemos en primer lugar: miedo a la muerte, a la enfermedad y a la violencia. 

“El miedo se detiene a un palmo del abismo”. Mario Benedetti

Para aclararme, lo primero que he hecho es ir al diccionario. Según éste, el miedo es la «perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario». En ambos aspectos, la amenaza excede la posibilidad del control de las personas implicadas. Como ya dije aquí, parece ser que no es ni bueno ni malo. A ustedes corresponde juzgarlo.

“Nada me calma ni sosiega: ni esta palabra inútil, ni esta pasión de amor, ni el espejo donde veo ya mi rostro muerto. Oídme bien, lo digo a gritos, tengo miedo.” María Mercedes Carranza

Revisando en su etimología, algo a lo que me he aficionado en estos últimos tiempos, encontré curiosamente que su origen latino, metus, tiene - ¡vaya qué coincidencia! - una raíz oscura pero existente desde los orígenes de nuestro idioma español.

Sin embargo, en su origen griego, el término usado para referirse al miedo es phobos, que como se imaginarán da origen a la palabra fobia. Phobos aparece por primera vez en la Ilíada, hijo de Ares y Afrodita, tenía un especial protagonismo en las batallas porque simbolizaba el reto individual de todo soldado para enfrentarse a sus temores. Curiosamente, los héroes griegos llevaban a phobos tallado en sus escudos.

Como emoción universal, desde épocas remotas, todos y todas lo hemos sentido, aunque la forma en que lo experimentamos varía según el tipo de sociedad y “de acuerdo a los marcos de significado mediante los cuales adquieren sentido”, dicen Margarita Olvera y Olga Sabido. Hoy sabemos que varía con las épocas y los contextos históricos, aunque nos sorprenda.

Lejos estamos de las batallas de la antigüedad y de la supervivencia en épocas lejanas y ya no nos aterrorizan las brujas y sus maldiciones. En la Edad Media europea, los cristianos temían a la muerte súbita pues impedía la confesión y extremaunción y con ello la imposibilidad de salvación del alma. La teología les ofrecía una explicación que lo hacía tolerable.

Es curioso esto de los miedos. Por un lado, aceptamos que una vida libre de miedos es imposible, porque forman parte de la naturaleza humana. Pero por el otro lado, en nuestra cultura no se pueden reconocer públicamente ni los miedos personales ni los colectivos, y eso que ahora están a la orden del día. Dice Jean Delumeau que, en nuestra época, “la palabra ’miedo’ está cargada de tanta vergüenza que la ocultamos”. 

Y aunque leyendo estas líneas no lo creas, en las actuales sociedades ‘de riesgo’, líquidas, corrosivas, frágiles, inseguras, inciertas en las que los individuos están librados a su suerte y totalmente desprotegidos por parte del Estado social, somos más frágiles ante el miedo que nuestros antepasados.

La sociedad del riesgo, de Richard Sennett, es un contexto fértil para la soledad de los miedos o, mejor dicho, para la privatización de los miedos. En este contexto, caracterizado por el hiper-individualismo y por la debilidad de los lazos o los vínculos sociales, en las que además irrumpe una pandemia, se produce un resquebrajamiento del tejido social que impacta aún más en la producción desbocada de miedos individuales y sociales. 

Foto:Chiquitectos

Y si a ello le agregamos “la sincronización de esta emoción a escala mundial”, en el que se tiene el mismo sentimiento de terror, al mismo tiempo y al mismo momento, dirá Paul Virilo, la situación se complica aún más y los peligros sobre el control de los cuerpos aumenta.

Y mi lista de miedos no deja de sorprenderme, y crece cada día más y su imaginación ha encontrado un suelo fértil donde desplegarse. Cuando empecé a escribir, solo quería apuntar algunas notas, en medio de esta explosión de miedos, para quizás consultar en momentos de extrema necesidad. Al final, quería darles una chance a los pobres miedos, no es su culpa ni tampoco la mía. 

Desde hace un año, vivimos en un mundo de ciencia ficción. Vivimos en un mundo en el que el miedo se ha extendido. ¿Qué hacemos con nuestras emociones? ¿Cómo abordar ese territorio desconocido? Leí una pequeñísima notita que me dejó pensando: ni obedecerlas ciegamente ni erradicarlas completamente. Se puede intentar comprenderlas. Y en eso estoy aquí intentándolo.

"Cuando el miedo me toma, yo invento una imagen". Goethe

Y llegada aquí vuelvo a retomar la pregunta inicial, ¿Qué podemos hacer contra el miedo? ¿Cómo podemos liberarnos de esa opresión? 

Los trabajos del antropólogo Michel Agier, nos abren interesantes puertas. Éste nos dice que el miedo está aquí, es íntimo, inmenso y cósmico pues nos muestra nuestra fragilidad en el mundo. Así, apoyándose en los trabajos de Mikhail Bakthine, propone volver hacia las formas en que las culturas populares han afrontado el miedo para exorcizarlo y superarlo. 

Y, como buen antropólogo, nos propone una figura simbólica, un artefacto imaginario del ridículo: el espantapájaros, ese objeto (y otros) con los que nos apropiamos del miedo y que, al mismo tiempo, encarnan el miedo. Se trata, en última instancia, de ridiculizarlo. 

No obstante hay ocasiones, que se abren de improviso, y allí miedo y coraje, son franjas de lo mismo. Benedetti

La risa y lo grotesco han mostrado una importante función social, así como el carnaval, por qué no hacerlo también con el miedo. Han demostrado, además, que pueden ser formas alternativas que nos permitirán interrogarnos sobre la función social del miedo.

¿Qué hacemos con el miedo? Lo convertimos en objeto de reflexión, lo desmenuzamos, para así frente a la parálisis encontrar la fuerza necesaria para enfrentarlo. 

Por ello, me sumo a la idea de Agier y propongo construir espantapájaros de todo tipo. Con este objetivo exorcizante, me parece necesario salir de los canales de propulsión mediática del miedo, luchar contra el aislamiento, reestablecer los lazos con los otros, reflexionar….y seguir reflexionando para buscar formas alternativas que me permitan transformar el miedo y desarmar sus usos. 

¿Cómo transformar el miedo en arte, hacer alquimia, crear algo bueno, ayudar a los otros y a mí misma? El nosotros nos permite trabajar sobre la pregunta realizada por ese estudiante: ¿qué hacemos con el miedo?

Si toda vida es referencia a nuestra vida, 

espero dejar una palabra, que ampare a alguien, 

en estas tardes inhóspitas de recuerdos. 

Juana Bignozzi




sábado, 30 de enero de 2021

Tiempos de echarse al mar y navegar - Enero, el mes en el que las flores aún duermen.

 


“Y aunque cumplas la terrible condena de no poder estar cuando te llamo, sin dudas en algún lado organizas de nuevo la familia, o me ordenas las sombras, o cortas esos ramos que bordan tu regazo para dejarlos a mi lado cualquier día”.
                                                                                                                                                                                    Olga Orozco

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com

Enero es el mes, en el hemisferio norte, del invierno y con él bien instalado, atravesamos un mes vacío de flores. Por acá, además, no para de nevar….

En la mitología romana, enero es el mes de Janus o Jano (Ianus), el dios de las transiciones. Con sus dos caras, una que mira hacia el pasado y otra hacia el futuro, Janus era, además, el dios de las puertas, los comienzos, las transiciones y los finales. Es por ello que le fue consagrado el primer mes del año, y se le invocaba públicamente el primer día del año.

“Pero donde los días entretejen pacientes sus coronas, ella sintió filtrarse hasta sus venas las hondas estaciones.” Olga Orozco

En enero, las flores aún duermen y lo seguirán haciendo unos meses más. Esas perfectas compañeras, o acompañantes, en la intensidad de los ritos de pasaje de las personas, en esos momentos de transición como son los nacimientos, las uniones, una celebración o un duelo.

Una flor particular marca nuestra última transición y, en enero, he recordado que la Nelumbo nucífera, más comúnmente conocida como loto sagrado, es la flor sagrada para los budistas que acompaña al ser humano en su pasaje al más allá.

“¿Cómo encontrar bajo invencibles lianas esa respuesta a un alma que interroga incesante?"  Olga Orozco.

Como la flor de esta planta acuática emerge unos 20 centímetros sobre la superficie del agua, lo que la distingue de los nenúfares, ella simboliza la elevación y, dice Gilles Clément, “remite al conjunto de especies cuyo modo de vida explora a la vez el suelo, el agua y el aire, las tinieblas y la luz”. En ella, se concentra todo el esplendor de la flor, “todo lo que puede reducirse a los valores del espíritu: lo inmaterial”. 

¡Qué curioso! Cuando nos preguntamos qué es un jardín, rápidamente los imaginamos al estilo occidental, o puede que oriental….pero no nos hemos detenido en el hecho que el origen del jardín es muy sencillo… ¡la huerta! 


Es ahí donde empezó todo. “En el huerto, y solo ahí, el jardinero o jardinera atento a la economía de gestión máxima procede al reciclaje de los deshechos y las energías. […] Todo está ahí en potencia: lo útil y lo fútil, la producción y el juego, la economía y el arte. Del huerto nacen todos los jardines, atraviesa el tiempo y contiene el saber”, argumenta Clément, que por cierto es un experto jardinero y filósofo.

Los nómadas no hacen jardines, nos dice. “El primer jardín es aquel en el que el ser humano decide cesar su vagabundeo”. El primer jardín nos alimenta y, por ello, lo hemos cerrado ya que hay que proteger lo más preciado: las hortalizas. 

Sin embargo, el principio del jardín es constante: acercarse todo lo posible al paraíso, a ese lugar donde el alma se repone, a ese espacio que emerge como promesa de antídoto para la tristeza.

Thoreau escribió que “La tierra no es meramente un fragmento de historia muerta, colocado estrato sobre estrato como las hojas de un libro, para que la estudien sobre todo geólogos y anticuarios, sino que es poesía viviente al igual que la hoja de un árbol”.

Las huellas en el cuerpo de una escritora talladas en poesía, Gloria Anzaldúa

Este año, leí, que tuvimos que ver el mundo desde una ventana. Decía Gastón Bachelard que “Cuando la ventana es más estrecha, más lejos podemos ver.” ¿Qué tan lejos hemos llegado? O ¿cuán profundo? 

Matisse es el artista que, aparentemente, demostró que mirar es una parte importante de la creación artística. Se considera que es quien mejor ha sabido contemplar la tranquilidad. Según Aratxu Zabalbeascoa, el pintor francés, se propuso desde la ventana “pintar los colores imposibles de todas las horas del día". Últimamente me parezco a Matisse, con la diferencia que ando tratando de atrapar palabras u hojas de todas las horas de estos días.

“Cómo llaman aquellos que se van a los que nunca vuelven”. Olga Orozco

¿Qué pasó en el camino que de crear huertas para alimentarnos hemos pasado a desatender lo que comemos? ¿Cómo es posible que tantas personas sean alimentadas por tan pocas manos? En su libro Ciudades hambrientas, Carolyn Steel, nos muestra que controlar el alimento es poder. Y eso, amigas y amigos, en manos de sólo tres grupos empresariales, debería aterrorizarnos.



Dice Antonio Muñoz Molina que “la psicopatía de los poderosos da tanto miedo como la de los asesinos en serie". Nunca me ha parecido más acertada una frase, viendo el panorama exterior.

“Más he de recordar que estoy aquí y que seguiré anhelando, agarrando pizquitas de claridad, haciendo yo misma mi vestido de sol, de luna, el vestido verde-color de tiempo con el que he soñado vivir alguna vez en Venus”. Gioconda Belli

Y mientras camino, sigo llenando esta casa de hojas…

Atravesamos tiempos de congoja e incertidumbre. Este enero invernal abre la puerta a nuevos diseños individuales y sociales. ¿Cuánto de lo pasado quedará en lo nuevo?

Es en esos cruces de caminos, en esas encrucijadas, donde debemos volver a los libros ya que ellos nos recuerdan el pasado y sacuden nuestra memoria, recordándonos que lo que ocurre ya ha ocurrido en otros tiempos. El ser humano ha sobrevivido a pestes, guerras, hambrunas, traumas y genocidios…

Dice Irene Vallejo en su Manifiesto por la lectura que somos una especie muy frágil, y que por ello no resistimos bien al hambre, ni a los cambios de temperaturas, no volamos ni somos capaces de vivir bajo el agua y que “hasta un virus minúsculo nos pone en peligro”.

Sin embargo, hemos desarrollado una capacidad asombrosa que nos ha permitido vivir bajo el agua, volar, soñar, sobrevivir a temperaturas brutales: la imaginación. Habiéndose aliado “con nuestro lenguaje, nos permite soñar lo inconcebible, colaborar y fortalecernos unos a otros. Somos la única especie que explica el mundo con historias, que las desea, las añora y las usa para sanar. Nuestra auténtica fortaleza es creativa”. 

Y agrega que, “En épocas convulsas, lo escrito actúa como depósito fiable de las ideas que nos anclan y nos rescatan”.

Somos narradores o contadores de historias. Necesitamos las palabras adecuadas para contar y contarnos, y para “encantar a quienes nos escuchan” o a quienes nos leen. El lenguaje nos permitió escapar de las ataduras de la evolución biológica para “desplegar las alas de la evolución cultural”. 


Hemos fabricado una poderosa herramienta que nos ha permitido hablar, registrar lo que decimos, y legar a las generaciones futuras nuestras experiencias registradas y nuestros saberes. Esos que nos permiten entender que, incluso en momentos de crisis, todo pasa.

Para terminar, Gilles Clément me viene al dedillo aquí, cuando se pregunta que “si bien el jardín histórico – el que está en las memorias y en los libros de referencia – debe transcribir el pensamiento de una época, ¿cuál sería el dibujo del que se anuncia? ¿Qué forma dar al jardín de la era ecológica?”


No fue nuestra culpa si nacimos en tiempos de penuria.

Tiempos de echarse al mar y navegar.

Zarpar en barcos y remolinos

huir de guerras y tiranos

al péndulo

a la oscilación del mar.

El que llevaba la carta se refugió primero.

Carta mojada, amanecía.

Por algún lado veíamos venir el mar.

Cristina Peri Rossi




jueves, 7 de enero de 2021

Como los árboles, nuestros caminos son infinitos

 


Para sobrevivir en la frontera

debes vivir sin fronteras

ser un cruce de caminos.

Gloria Anzaldúa

Hace poco leí un precioso artículo de Guillermo Altares, Los señores de las brisas, en el que se elogiaba la capacidad de resistencia de los árboles. Probablemente, unos de los seres vivos más antiguos del planeta. 

Emiten sonidos, nos susurran historias a través del viento, nos acompañan en nuestro pasaje y son un reservorio de relatos. Altares nos cuenta que, en Hiroshima, en el jardín Shukkeien, brotó un Ginkgo biloba la primavera posterior a la explosión de la bomba atómica.

El escritor uruguayo, Ariel Dorfman, profundamente emocionado por esto escribió que “la supervivencia de estos árboles constituye un mensaje de esperanza en medio de la lluvia negra de la desolación: es posible nutrir la vida y conservarla, pero debemos a la vez recelar de las fuerzas que nosotros mismos hemos desatado”

Como Altares deja constancia en su artículo, la naturaleza nunca concluye nada y siempre se reinventa en su proceso de vida. De manera similar, vivimos una época de grandes cambios que tocan a todos los seres vivos y hemos sido invitados e invitadas a repensar el mundo, nuestra relación con éste y con la diversidad de seres vivos, con el fin de hacerlo más justo. 

El camino de los árboles es infinito, concluye el autor, y es una metáfora de la que se sirve también la paisajista francesa Céline Bauman. Ella resalta la capacidad de adaptación de los árboles para defender la diversidad en la naturaleza. 

                                                                        Bárbara Drausal

Bauman nos propone aprender de la convivencia en el bosque: “Me gusta darles mi voz a las plantas […] Las plantas, los árboles y los arbustos no pueden, obviamente, hablar con palabras, pero dicen cosas. Nos advierten de problemas. Construyen soluciones.” 

Por ello, Bauman nos propone un proyecto muy curioso: el Parlamento de las plantas, en el que según Anatxu Zabalbeascoa, “ella da voz a las ideas sobre el cuidado del medio ambiente, la ecología, la inclusividad y la diversidad que rigen la convivencia entre los árboles, los arbustos y las plantas y que – según esta paisajista– son mucho más cabales y civilizadas que las que proponen y discuten los políticos de cualquier parlamento”.

En el bosque, las especies se mezclan, se conectan, se prestan agua, dejan que sus raíces se toquen y, entre todos permiten una convivencia inclusiva que hace posible una gran diversidad. 

Leyendo sobre árboles, y caminando entre ellos, me pregunté por esa fascinación mía por los bosques, como ese lugar donde una se repone y encuentra calma. Pero también como un espacio de vida, aún incluso en los meses fríos del invierno. ¿Será hereditaria esta pasión? Mi papá vive entre árboles…

Rebuscando, me topé casi de bruces con el trabajo artístico de la escultora keniata Wangechi Mutu, y su obra Tree Woman, una amazona medio-mujer y medio-árbol que despertó mi interés. 


Tree Woman , 2016 TIERRA
roja, pulpa de papel, pegamento para madera y madera

 Desde su posición como mujer, Wangechi Mutu se cuestiona constantemente ¿qué significa ser mujer? Con esto en mente, se propondrá reinterpretar el retrato femenino en búsqueda de nuevos paradigmas con los cuales identificarse. Tarea nada fácil si se quiere salir de los estereotipos y patrones dominantes. 

En un andar similar, la joven filósofa y ecofeminista francesa, Émilie Hache, propone formas de reapropiación de nuestros cuerpos, nuestro espíritu y nuestro medio ambiente. La modernidad, escribe, se ha construido sobre el doble proceso de destrucción de la naturaleza y de la opresión de las mujeres. En relación con esto, los trabajos de la italiana Silvia Federicci sobre las cazas de brujas, han sido esclarecedores.

La bruja, mujer rebelde en contacto con las fuerzas de la naturaleza y consciente de su poder, representa la figura de la revuelta contra las múltiples formas de opresión. La bruja de la modernidad renacerá de sus cenizas como una figura de resistencia al orden establecido. 

Las que reflexionan sobre la relación entre la naturaleza y las mujeres son muchas e inspiradoras. Artistas, escritoras, filósofas, científicas, campesinas, indígenas, agricultoras, poetas…en definitiva, mujeres comprometidas con la defensa del ecosistema de manera que todos y todas podamos vivir lo mejor posible. 

Mientras empecé a escribir este texto fui andando por un camino hecho por mujeres, estrechamente conectadas con la naturaleza y los antiguos rituales, similar a mis paseos por el bosquecillo de mi casa. 

Y así encontré los trabajos de las Guerrilla Girls, del movimiento W.I.T.C.H., del colectivo feminista boliviano Mujeres Creando, del Hydrofeminsimo de Astrida Neimanis, de los feminismos del sur, del movimiento Chipko en India o  de los textos y poemas de la filósofa Gloria Anzalúa.

Esta última escribió que “en mí está la rebeldía encimita de mi carne” y habla de la escritura-orgánica, del texto vivo, como un arma de resistencia. Ella se preguntará, ¿qué soy?

La relación de las mujeres con la naturaleza ha levantado muchas ampollas en algunos de las corrientes feministas dominantes, especialmente la del llamado feminismo liberal donde esta suposición ha sido desvalorizada.


Las luchas de las mujeres son innumerables. En el contexto actual, el ecofeminismo aporta, según la socióloga argentina Maristella Svampa, “una mirada sobre las necesidades sociales […] desde el rescate de la cultura del cuidado como inspiración central para pensar una sociedad sostenible, a través de valores como la reciprocidad, la cooperación y la complementariedad.[…] Se busca debatir sobre tierras, territorios, cuerpos y representaciones.” Sin olvidar, la íntima relación existente entre la explotación de la naturaleza y de las mujeres por parte el capitalismo.

 Vandana Shiva, escribió que “En la mayoría de las culturas, las mujereas han sido las guardianas de la biodiversidad. Ellas producen, reproducen, consumen y conservan la biodiversidad en la práctica de la agricultura. Sin embargo, al igual que todos los otros aspectos de su trabajo y su saber, la contribución de las mujeres al desarrollo y la conservación de la biodiversidad se ha presentado como un no-trabajo y un no-conocimiento.”

Mi hermana ha cumplido un sueño este año, ha construido su invernadero. Las plantas y semillas pueblan su casa, y anda siempre viendo la manera de recuperar y reciclar todas las posibles. Guarda en una primorosa cajita, las semillas que todos le regalamos. Mis amigas andan armando composts para recuperar los desechos orgánicos, y ya tienen sus pequeños brotes en las huertas que han construido. 

                                                                  Bárbara Drausal


Muchas mujeres, de culturas y clases diferentes, plantan. Plantan para sobrevivir, plantan para vivir. Para muchas, la tierra sigue siendo un refugio en los tiempos convulsos que corren. 

Como los árboles, nuestros caminos son infinitos. Las ecofeministas nos muestran caminos. Es buen tiempo para seguirlas.

¿qué significa árbol?

raíces

y sin embargo cielo.

Luisa Peluffo


martes, 1 de diciembre de 2020

Recuperar la vida en toda su dimensión humana, por una sociedad libre y fraterna.


Virginia Baudino García - virbaudino@hotmail.com 
En 1974, durante un curso dictado en la Universidad de Río de Janeiro, el filósofo francés Michel Foucault utilizó el concepto de biopolítica, por primera vez. En 1976, va a aparecer en su libro Historia de la sexualidad, en el capítulo La voluntad del saber. Desde entonces, este concepto descriptivo que Foucault consideró como “pistas de una teoría de la sociedad y del estado”, según Isabelle Garo, se fue instalando en el corpus teórico. 

Cincuenta años más tarde, este concepto heterogéneo, permite aún abordar los problemas emergentes en nuestra sociedad contemporánea. A mitad de camino entre la repetición y la renovación, hoy cobra más actualidad que nunca. No es que antes no la tuviera, como lo demostró sabiamente Foucault, sino que ahora ha cobrado muchísima más ya que, como resalta el filósofo francés Mathieu Potte-Bonneville, “El covid-19, es la fiesta de la biopolítica”, y yo agregaría, que quizás es la biopolítica en su máxima expresión. Biopolítica y biopoder: dos caras de la misma moneda. 


Hace unos meses, nos hemos vistos obligados a incorporar las mascarillas a nuestra vida social, a lavarnos las manos hasta desgajarlas, a hablar de test PCR o de inmunidad de rebaño, positivo o asintomático, personas con patologías previas o no, distanciación social, capacidad hospitalaria, muertes, contagios, confinamiento…..y la lista se agranda a medida que este virus se instala en nuestras vidas. Hemos aprendido en carne propia lo que significa la biopolítica en todo su esplendor, y el biopoder, porque no hay biopolítica sin biopoder. Y no lo hoy fuera de la modernidad pues “sólo ella hace de la conservación del individuo el presupuesto de las restantes categorías políticas”, argumenta Cristina Lopez. 

El biopoder, dirá Potte-Bonneville, integra “las modalidades coercitivas de la disciplina, de la vigilancia, del control y de la sanción, y las modalidades más horizontales, flexibles, difusas de la gobernabilidad de las poblaciones.” 

Soy hija de médicos. He vivido durante 7 años en un hospital rural, y los domingos con mi papá jugábamos a ‘operar’ muñecas. Así que el barbijo solía aparecer por casa, como los bisturíes, los guantes y esos horrorosos libros de medicina. Pero nada de lo que estamos viviendo se parece a esos recuerdos de infancia, y nada me había preparado para esta intromisión médica en mi vida y en la de todos. Aún no salgo de mi asombro. También podría decir que aún estoy en shock o mejor aún, furiosa. 

Como dije, Michel Foucault es quien detenta la paternidad sobre el concepto de biopolítica tal como se lo entiende, y todo esto que acabo de describir y que habita nuestras vidas por estos días, es un buen ejemplo de “la articulación de la política y lo médico, de la vigilancia y de la instrumentalización de argumentos médicos para la gestión de la población”. 


Foucault no llegó a conocer la realidad de las pandemias, actuales y futuras, ni internet y los algoritmos, la inteligencia artificial y las neurociencias, el cambio climático, los catastrofistas y trans-humanistas, las nuevas corrientes pro-vida y muchas cosas más. Era un hombre de su época, fascinado por los márgenes de la sociedad y por los sujetos dejados tradicionalmente de lado como la locura, la criminalidad, la marginalidad o la sexualidad. 

De manera extremadamente sucinta, la biopolítica, consiste en el despliegue de un conjunto de tecnologías, prácticas, estrategias y racionalidades políticas que tienen como objeto producir cuerpos dóciles en relación a unas normas preexistentes. Todo este despliegue no solo se ejerce sobre los cuerpos de los individuos, destinados a producir cuerpos ‘normales’, sino también sobre la población para mantenerla dentro de los parámetros modernos de ‘normalidad’. 

Para ser aún más explícita, la biopolítica designa el anclaje de las tecnologías liberales de gobierno en las propiedades biológicas de los sujetos. Algunos autores van aún más allá en sus argumentaciones, al decir que el capitalismo está dispuesto a colonizar integralmente los cuerpos y lo vivo. No creo que Foucault haya imaginado un escenario como el actual, tampoco debería, en el que la política es completamente dominada por lo sanitario y que ésta entraría de un portazo hasta lo más íntimo de nuestra existencia, de nuestra subjetividad, de nuestros cuerpos, pensamientos, conductas y afectos, dirá Cristina Lopez.


Obviamente, es muy fácil de mi parte desempolvar este concepto foucaltiano en este momento. Se me podría tildar de oportunista. Pero ¿cómo no serlo? Es tan de actualidad. Cómo no recurrir a sus argumentaciones. Este término puede ser fecundo para reflexionar hoy. No quiero entrar a describir el trabajo teórico de Foucault, no es mi objetivo. ¡Cuánta actualidad tiene! Porque esta crisis, dirá Potte-Bonneville, ha visibilizado ciertas cosas, experiencias, espacios que no son visibles. Este virus es un revelador de las desigualdades que atraviesan nuestras sociedades. 

¿Todas las vidas cuentan? Desde hace unos meses, hemos aprendido a qué se asemeja la política cuando se rige por la idea de la preservación de la vida: ¿la libertad o la vida? ¿salud o economía? ¿confinamiento sí o no? La vida en el corazón de la política…obviamente, pero ¿qué vidas? ¿cuáles vidas? 

El antropólogo, sociólogo y médico, Didier Fassin argumenta que, en este tiempo, hemos visto cómo la idea de que la vida debe ser protegida se impuso como un argumento vector que la puso por encima de otras normas. Como pudimos percibir, no tener en cuenta esta idea ha sido una apuesta políticamente difícil de asumir. Sin embargo, dirá Fassin, hemos podido observar cómo al afirmar el valor absoluto de la vida, el mundo contemporáneo, ha mostrado un doble ras, ya que se ha hecho evidente que no todas las vidas importan de la misma manera. “Las sociedades de hoy acuerdan ‘a la vida’ una importancia que la pone por encima de toda otra consideración”, pero detrás de este supuesto hay una trampa: se jerarquiza de forma precisa el valor de las vidas. Nuevamente ¿qué vidas? 


Para ser más precisa, la cajera del supermercado, el obrero, entre otros trabajadores manuales, deben ir a sus lugares de trabajo. Otras personas no se han visto en la obligación desplazarse pudiendo teletrabajar. Mucha gente ha estado confinada en espacios pequeños, hacinados. Otros han partido a su segunda residencia, en la montaña o en el mar. 

 Durante esta crisis hemos podido experimentar que ciertos trabajos precarios y muy mal pagados se hicieron necesarios y otros no. ¡Qué decir de los migrantes y refugiados!, quienes han quedado fuera en la escala de valorización de las vidas. ¿Tienen el mismo valor todas las vidas? Fassin es enfático al asegurar que “la preservación está atravesada por una discreta pero implacable jerarquía de las vidas que cuentan”. 

En su argumentación, se hace evidente la contradicción entre la vida como principio y la desigualdad de la evaluación concreta de ‘las vidas’. Como escribió Cesar Rendueles, “la desigualdad se nos ha metido en los huesos” y eso se ha hecho más evidente de lo que era. Y agrega que “Las sociedades con mayores diferencias tienen peor salud, menor esperanza de vida, y mayores índices de mortalidad infantil.” No hace falta ser un experto virólogo o médico para hacer un poco de sociología casera y saber en qué grupos sociales o en qué países este virus ha tenido mayor impacto. 

Es cierto que nos han querido hacer creer que ‘este virus no conoce fronteras sociales’ pero no es así una vez que miramos más a fondo.

¿Somos solo biología o también biografía? Didier Fassin nos propone adoptar una mirada crítica para no dar por sentadas las evidencias del mundo social y las omisiones a través de las cuales se piensa. Por ello, este antiguo director de Médicos sin Fronteras, defiende la postura de “no cerrar los ojos sobre las condiciones morales y políticas” en juego. Este autor, aborda el concepto de vida desde la tensión que le caracteriza: la vida que va del nacimiento a la muerte y la vida de acontecimientos que se puede contar para darle sentido. Dicho de otra manera, el autor aborda la tensión ente lo biológico y lo biográfico y dice que “hay algo remarcable y problemático en la preeminencia acordada a la vida biológica o física sobre la vida social o política”


En esta línea, periodista Nicolas Truong escribió que “Las personas se han habituado tanto a vivir en un estado de crisis permanente que no perciben que su vida ha sido reducida a una condición puramente biológica, que no sólo ha perdido su dimensión política sino también toda su dimensión humana.” ¿Una sociedad del estrés? No dejo de vivir lo que nos está pasando, y aceptar normas y reglas sin reflexionar no me parece sensato. No sé qué es o que debería ser. Pero entre tanto ruido he decidido al menos hacerme las preguntas que considero que una debería de hacerse e intentar buscar todo el abanico de argumentaciones posibles. 

Me inquieta que, como dice el filósofo Michael Foessel “lo que nos amenaza es el hecho de fundar una sociedad sobre el miedo a un virus.” Si ahora se instala la idea de que debo protegerme a mí misma ya que los otros se han convertido en potencialmente peligrosos, ¿qué será mañana? ¿los extranjeros y sus cuerpos? ¿los otros? ¿las mujeres? La noción de distanciamiento social: ¿es médica o es política? Evidentemente pertenece al discurso médico, es una estrategia de salud pública, pero en la medida que organiza los cuerpos en el espacio social puede ser política. Especialmente, continúa reflexionando Potte-Bonneville, cuando responde a una dimensión vertical obligatoria, una obligación, asentada sobre la base de que la población, los gobernados, no saben hacerlo bien. Lo cual evidencia una ‘infantilización exasperante de la población’. ¿Es que ellos, los gobernantes, lo han hecho mejor? Nadie duda de que en este momento las formas de poder están cambiando. ¿De qué manera lo están haciendo? ¿Bajo qué formas? Porque la lista de virus que nos rondan son numerosas, pero ¿estamos dispuestos a vivir con miedo a la próxima pandemia? Porque yo no quiero vivir así. 

¿Cuáles serán las consecuencias de la epidemia sobre el orden social a venir? Antoine Garapon y Michel Rosenfeld publicaron un texto llamado Democracias bajo estrés, en el que, entre otras cosas, se preguntan sobre cómo después de ciertos acontecimientos traumáticos se puede responder al estado de estrés social sin hacer desaparecer el estado de derecho en una democracia. O, como dice Potte-Bonneville, la cuestión post-crisis es la de saber en qué sentido cambiará nuestra sumisión o, al contrario, nuestra alergia a las leyes autoritarias. Para Christian de Perthuis, pareciera que el capitalismo viral ha venido para instalarse. Dos formas de virus, hasta ahora, se le reconocen: los de la informática, y los biológicos. Para unos ya hay vacunas, los conocidos anti-virus que todos tenemos en nuestras computadoras. Para los otros, hay algunas vacunas y otras se van haciendo sobre la marcha, como lo hemos visto. 

Otro filósofo, François Jullien ve con inquietud a “la sociedad transformarse en un gigantesco hospital donde se nos inmunizará contra la alteridad”. 


Este posible nuevo tipo de capitalismo, dispuesto a colonizar lo viviente y los cuerpos, parece dirigirnos hacia una sociedad del miedo y del control. Los métodos de control viral parece que exigen más regulación y control del cuerpo social que el que hasta ahora habíamos soportado. ¿Estamos preparados para ello? 

Este último tiempo, hemos sido testigos del trabajo de epidemiólogos, virólogos, expertos en vacunas, médicos y personal sanitario. Pareciera que el resto de profesionales estuviera mirando a un grupo actuar en medio de esta epidemia. Sin embargo, la enorme producción llevada a cabo por antropólogos, filósofos, sociólogos, psicólogos, periodistas e incluso hasta teólogos, ha sido -y es- impresionante. 

Prueba de esto es este pequeño texto que he escrito en el que me he limitado a recoger algunas de las reflexiones que se están haciendo. En algún lugar escribí sobre la importancia de abrir el espectro de personas involucradas en la construcción de respuestas eficaces a esta crisis. La acción llevada a cabo frente a otras epidemias, mucho más peligrosas que esta, por los diferentes actores involucrados puede ofrecernos una mirada alternativa sobre el tipo, o los tipos, de respuesta al virus. Hoy contamos con la transmisión de una herencia teórica de la experiencia de las personas involucradas en la lucha contra diferentes enfermedades, una de ella es la del HIV-Sida o del ébola. Los sujetos involucrados, pacientes, personal médico y sanitario, así como diferentes actores de la sociedad civil deben tomar la palabra. Una palabra que cobra crucial importancia en este contexto. En este sentido, dice Mathieu Potte-Bonneville, la pregunta que nos rodea es la de en qué proporción la autoridad médica va a actuar de forma tradicional con la verticalidad del gobierno de los cuerpos o va a acercarse a los grupos más críticos de una parte de la sociedad civil para buscar respuestas consensuadas


Una cosa parece bastante inquietante: ¿cuáles serán las secuelas biopolíticas de esta epidemia sobre nosotros y nuestras sociedades? Antonio Muñoz Molina escribió que “En días de extrema desolación civil […[ del mismo modo que se construyen sistemas de explotación y crueldad, también es humanamente posible organizarse para que cada cual pueda desarrollar sus mejores capacidades en una sociedad ilustrada, libre y fraterna.” Aunque esto no sea más que una esperanza.

sábado, 14 de noviembre de 2020

Es tiempo de plantar y florecer, de protegerse con palabras y árboles.

 

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com

Hortus gardinus es una expresión del latín de la que nace una contracción que hoy conocemos como ‘jardín’, ese espacio cerrado y protegido donde la tierra se prepara para recibir a las plantas elegidas. 

Los franceses tienen un verbo, jardinear, para designar el hecho de trabajar en el jardín. Curiosamente, en la Edad Media, se decía - ¿jardineaste bien? para preguntar si habías salido a caminar al aire libre. Así, jardinear y caminar eran sinónimos.

En el siglo VII, los árabes concibieron el jardín como un lugar de relajación y espiritualidad. Muchas veces, el primer acto que hacían los conquistadores musulmanes a su llegada era el de crear un jardín. 

El jardín está relacionado con la primavera y el verano y en invierno, la actividad disminuye considerablemente. ¿Es posible construir un jardín en invierno? ¿Lo será en este invierno?  

El filósofo coreano Byung Chul Han, ha resignificado el tiempo del invierno en la jardinería.  Releyendo su librito Loa a la tierra, y comentándolo con una amiga, pensé en cuánto se parecen los tiempos inhóspitos al tiempo del invierno: fríos, oscuros, aislados. Obviamente, no soy ni la primera ni la última persona que ha pensado esto. Mi originalidad me abruma.

Atravesar este período es todo un misterio, como el del jardín en invierno. ¿Está reposando la tierra? ¿Descansa? ¿Qué misterios se esconden detrás de tanto recogimiento? La tierra está haciendo su magia en silencio, preparándose para que “la vida vuelva a despertar y resucite”.

Para este filósofo, se transforma casi en un imperativo “redescubrir la tierra y su poética, devolverle la dignidad de lo misterioso, de lo bello, de lo sublime.” Y agrega, respecto a mi inquietud sobre el jardín invernal, que éste “es un lugar romántico. Todo indicio de vida floreciente en pleno invierno tiene algo misterioso, mágico, fabuloso. El florido jardín invernal conserva la apariencia romántica de lo infinito.” Muchas plantas, florecen en esta estación hostil. 

Y ¿qué pasa con nosotros? Tiempos inhóspitos acechan. Habrá que redoblar los esfuerzos por plantar y florecer.

Entrénate en los oficios de la reflexión y el intelecto. Gioconda Belli

¿Dónde viven las cosas que nunca usamos? ¿quién habita en los cajones desordenados? se pregunta el poeta español Tomás Sanchez Santiago. ¿Dónde queda su utilidad cuando nadie los usa? Alejandra Pizarnik decía que había que aprender a tocar los objetos, acariciarlos como quien conoce largamente sus misterios.

Mi papá siempre me decía que tenía que aprender a cocer, así podía arreglar mis medias que por aquellas épocas se rompían mucho y tenían que seguir tirando. Lo cierto es que nunca se me dieron bien las actividades creativas con las manos, especialmente aquellas tradicionalmente ‘femeninas’, como cocer, tejer, bordar.  Sólo sé pensar con las manos, y jugar y plantar. Parece ser que siempre intuimos nuestro camino… 

Hilvanar, tiene diferentes acepciones según la Real Academia Española (que por ahora es quién decide qué y cómo se dice, aunque en Latinoamérica tengamos buenos y emancipatorios argumentos para discutirle): “Unir con hilvanes lo que se ha de cocer después”, “Dicho de una persona que habla o escribe: enlazar o coordinar ideas, frases o palabras”, “trazar o proyectar algo”. 

Escribir, proyectar, imaginar, plantar encuentran puntos de confluencia de sentido en la palabra ‘hilvanar’. Durante el proceso de escritura, se van hilvanando las palabras – y los silencios - para así contar algo a alguien. El proceso encuentra similitudes con la idea de mantener y plantar este jardín de invierno.


Alguien, de quien no recuerdo el nombre, escribió que las palabras tienen su propia vida: nacen, crecen y mueren. Como las plantas. Palabras que pululan por esta casa y andan hasta por los rincones. Me gustan las palabras, suelen amontonarse y enredarse en mi cabeza. No las elijo yo, más bien ellas me eligen a mí, entran y se amontonan. 

No soy una persona avezada, como he dicho, no se me dan bien las actividades manuales, no me he atrevido a viajar sin rumbo y explorar, me dan miedo los aviones y las alturas, mi desorientación es conocida, así como mi lista infinita de miedos… Cuando no tenga la necesidad de seguir hilando palabras…¿qué haré?¿Hasta dónde llega la fragilidad?

Cultiva enormes amistades. Protégete con palabras y árboles. Invoca la memoria de mujeres antiguas. Gioconda Belli

Grace Paley escribió hace algunos años un texto proféticamente titulado ‘La importancia de no entenderlo todo’, en el que reflexiona sobre la enseñanza de la escritura. Maribel escribió una entrada sobre esta escritora aquí, y su gusto por ella se me contagió. No sólo me ha guiado en estos ensayos de escritura, sino que también la encuentro inspiradora para plantar mi jardín de invierno y para atravesar este tiempo inhóspito.

Lo que me gusta de este ensayo son algunas de las tareas que Paley da a aquellos que quieran escribir y que llamó “notas para principiantes, o para personas como yo, que para llegar a alguna parte siempre necesitan estar empezado.” 

Así, la sabia de Grace nos aconseja escribir sobre algo que no comprendamos. Y, ¡por favor! no quieras emular a Tolstoi y escribir algo como Guerra y Paz. Intenta no ser el centro de tu interés, ¡es aburrido! Pobre Grace, siento decepcionarte, pero aún no lo he logrado, como dice Annie Ernaux, ‘soy una etnóloga de mí misma’, especialmente de mis miedos, que están amorosamente clasificados.

No tienes por qué ser escritora, agrega, empieza por leer sin reparos, y mantente abierta e ignorante. Arriésgate y no busques gustar con lo que escribas. Imagina. Intenta comprender las vidas de los demás. Si puedes, lee autobiografías, así se desmitifican los procesos de escritura. Lo sé, está en mis pendientes…lo voy a intentar, lo prometo. Busca modelos, especialmente de mujeres, para así romper con los patrones tradicionalmente masculinos de producción. Crea un espacio propio (¡no podía faltar Virginia Woolf!). Ayuda a resistir.

“Nos han infundido angustia. Sin embargo, en el filo de esa angustia brilla una luz testaruda llamada esperanza. La esperanza no es algo efímero. Es una realidad que brota del nacer y el renacer de la humanidad a lo largo de su historia, una historia en la que la valentía, la solidaridad, la lucha obstinada y la imaginación han sido lo bastantes poderosas como para modificar las derivas pavorosas de la guerra y la opresión.” Cuánta actualidad Grace, no sabes cuánta.

Una vez me preguntaste ¿tiene fin el cielo? No, no tiene fin, simplemente deja de ser una cosa y comienza a ser otra. Maggie Smith

Los jardineros, tienen un cuaderno de notas en el que imaginan el jardín deseado, incluso en invierno. Los que escriben también y los dibujantes.

En un mundo inquietante…un carnet de notas a mano, un cuadernito como le llamamos nosotras, con las hojas finas y suaves para mí, en donde el lápiz pueda deslizarse con soltura, como una forma narrativa que contiene la utopía: puede contener todas las facetas de nuestra propia escritura, es flexible para cambiar como nosotras cambiamos, y capaz de acoger nuestras visiones y planes, no tiene orden ni horarios porque no es una agenda, sólo hojas esperando ser rellenadas con nuestras inquietudes y nuestros deseos. 

La memoria es fluctuante, cambiante, caprichosa y el cuadernito es una forma de exorcizar pequeños demonios y anotar la vida. Anoto este tiempo inhóspito para tratar de entender y atravesar este invierno. Esa capacidad casi mágica que tiene la literatura para ordenar este doloroso ruido que todo lo invade sin dejar un resquicio en esta vida pequeña que pasa sigilosamente ante nosotros.

“Pese a lo mucho que tiene dentro, no conseguirá sacar más que una pequeña parte. Es hija de su época […]. Déjela. Aunque todo lo que hay en ella no vaya a florecer, ¿en cuántos llega a hacerlo? Ya le da para vivir. Solo queda ayudarla a comprender, darle una razón por la que entienda que es algo más que un vestido sobre una tabla, desamparado, antes de que lo planchen.” Tillie Olsen

Ampara. Constrúyete. Cuídate. Gioconda Belli

¿Cómo escribir en esta oscuridad sin caer en viejas y repetidas narrativas? Ya no sirven las respuestas individuales a esas peguntas trascendentales. ¿Cómo pasaremos este invierno? Hay que hacer un esfuerzo colectivo para dar esas respuestas. Es casi un imperativo moral el de intentar reducir el sufrimiento. Porque como escribió Cesar Renduelles, “La desigualdad se nos ha metido en los huesos” y debemos hacer algo con esto. ¿Dónde encontrar respuestas?

A diario, niña, acumulo tu amor, guardando expectantes tesoros. Gioconda Belli.

David Thoreau escribió que “Muchos fenómenos que el invierno conlleva son indeciblemente tiernos, frágiles, delicados.” Byung Chun-Hal agrega, para así terminar, que “el tiempo del jardín es un tiempo de lo distinto. El jardín tiene su propio tiempo, sobre el que yo no puedo disponer.” Como ahora. Tendré que esperar…

Vita Sackville-West creó uno de los jardines más visitados de Inglaterra, los Jardines de Sissinghurst. Curiosamente, su creadora no era jardinera ni paisajista, sino poeta. Para Vita, jardinear y escribir revelan el mismo impulso y la misma urgencia.