viernes, 10 de septiembre de 2021

Cuántos cielos hay en nuestro Cielo - Cuántas palabras se escriben en agua

 


Uno de los hombres me pregunta:
<<¿Por qué azul?>>.
La gente me pregunta esto a menudo.
No sé nunca cómo responder. 
No podemos elegir qué o a quién amamos, quiero decir.
Maggie Nelson

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com

Desde que era muy chica, los colores han sido una fuente de intriga y de reflexión para mí. Siempre me ha intrigado. Quizás esto tenga que ver con el hecho de que mi papá es daltónico. No ve ni el verde, ni el rojo ni el azul. 

A mi papá siempre le pregunto cómo es ver el mundo en gris. Y él, siempre me ha respondido, que no conoce otra forma de verlo, cómo podría saber lo que es el rojo o verde o azul que yo veo si para él no existen. Su mundo, me dice, es rico en grises. ¿Cómo imaginar un mundo de grises?

El daltonismo de mi papá provocó algunas anécdotas familiares curiosas. Estaba aceptado en la familia que él no podía ir a comprar ropa solo, alguien siempre debía acompañarlo. Si alguna vez sucedía que iba solo teníamos que volver a devolver la compra, porque ese pantalón gris que tanto le había gustado era, para nosotros, de un naranja fosforescente insoportable. 

Le gustaba pintar las habitaciones de la casa así que cuando iba a la pinturería también había que acompañarlo. Una vez decidió comprar pintura para el cuarto de la escalera y fue solo: verde fluorescente. ¡Y los semáforos! Aprendimos a decir en voz alta los colores cuando nos aproximábamos a uno: verde, amarillo y rojo. Más de una vez esto me puso en aprietos con otros conductores.

Puede ser que por esto, siempre he andado con la incógnita de cómo es ver el mundo en gris, cómo se vive en un mundo de grises. Como vos en el de colores, Virginia, me dice mi papá.

Con esas dudas coloridas en mi cabeza, hace unos cuantos años, Walter me contó de la capacidad de los esquimales para diferenciar entre varios tipos de blancos, debido a que conviven constantemente con la nieve. 

Ellos, como dice Steven Pinker, “utilizan más palabras para referirse a los tonos de blanco porque han aprendido a reconocer los matices de este color.” Obviamente, el caso de los esquimales no se asemeja al de mi papá…o quizás sí, no conozco toda la gama de grises que él tiene.

En 1787, asombrado por el cambio de tonalidad del azul del cielo, Horace-Bénédict de Saussure, geólogo, naturalista y padre del alpinismo moderno, inventó un instrumento singular y extraño capaz de establecer la ‘azulidad’ del cielo. 

Así nació el cianómetro, un artefacto singular y extremadamente poético, producto del asombro de su inventor por los diferentes tonos de azul del firmamento. Este curioso instrumento circular, estaba compuesto de 53 cuadrados de papel teñidos en tonos graduados de azul dispuestos en círculo que puede sostenerse con la mano para así comparar con el color del cielo. Del blanco al negro, todos los cielos de su conocimiento estaban representados para así poder medir su tonalidad.



Fue en la cima del Mont Blanc donde este detective celeste llevó a cabo su experimento. ¿Su conclusión? El color del cielo depende de la cantidad de partículas de agua en la atmósfera. Evidentemente, no hay dos medidas iguales.

Debido a su poca cientificidad, el cianómetro poco a poco fue cayendo en desuso como muchos otros objetos que pueblan nuestros cajones y los cajones de la humanidad. Sin embargo, esta poca cientificidad no le ha quitado lo poético de su existencia 234 años después de su creación. Quizás deba construir un cianómetro de grises para regalarle a mi papá.

Y así pensando en el cianómetro de Saussure, se me ocurrió ir directamente a la poesía de Maggie Nelson, enamorada de un color y a quien unos funcionarios le preguntaron ¿por qué el azul?

“Supongamos que empiezo diciendo que me he enamorado de un color. Supongamos que digo esto como si se tratara de una confesión. Supongamos que rasgo mi servilleta mientras hablamos. Empezó lentamente. Una apreciación, una afinidad. Un día se volvió más seria. Luego se volvió, de algún modo, más personal. Así que me enamoré de un color – en este caso, el color azul – como si cayera bajo un hechizo por el que luché, alternativamente, por permanecer dentro y salir de él.  […] Que ese azul exista, el simple hecho de haberlo visto, hace a mi vida extraordinaria. […] Escribo en tinta azul para recordar que todas las palabras se escriben en agua.”

Leyéndola me pregunto cómo será el año en el que nos enamoramos así de un color. ¿Nos atraerá todo lo azul? O, como escribe, “¿El mundo se ve más azul desde los ojos azules?” ¿Cuál es mi color? 

No tengo preferencias, me gustan todos, aunque el azul tiene algo de poético y cada vez que vuelvo a Bluets, este libro de Maggie Nelson, aprecio un poco más aquello que por su sutileza no siempre notamos.  

¿Es Bluets mi cianómetro? ¿Cuál es el de mi papá? No sólo Maggie Nelson se interesó por los colores, Goethe o Wittgenstein también lo hicieron a sus maneras y toda una serie de los que ella llama “sus corresponsales azules” que le envían “reportes azules desde donde se encuentren.”

Y estoy enfrascada en mis elucubraciones coloridas, cuando me topo, casi de bruces, con el Kin-tsugi, una técnica de cerámica japonesa que enmarca mis últimas lecturas.

Curiosa técnica el Kin-tsugi que consiste en reparar, en la cerámica, una fractura o una grieta de un objeto con un elemento dorado o plateado. El dorado mi papá no podrá verlo. Esta asombrosa técnica, forma parte de una filosofía más amplia en la que en lugar de crear un objeto perfecto sin historia, se busca reparar las fracturas de algunas de las piezas para así dejar constancia de sus grietas y de sus reparaciones. Porque esas trazas, forman parte de la historia del objeto. Nuestras grietas y fracturas también forman parte de nuestra biografía e historia. 

Dos aspectos me llaman rápidamente la atención al respecto: uno es la consciencia de la fragilidad de los objetos (podríamos ampliarlo a las personas) y el otro, es la de que las fracturas deben mostrarse en lugar de ocultarse. Ambos, intrínsecamente necesarios, embellecen el objeto al revelarnos su transformación y su historia.

Me viene al pelo aquí esta antigua técnica japonesa, y no para denunciarme por apropiación cultural, sino para establecer una suerte de contraste entre una técnica simple que habla de una cultura en la que la historia pasada, con sus fracturas y grietas, adquieren una simbología especial y otras técnicas propias de nuestra cultura en la que la fragilidad, inherente a la condición humana, se oculta. 


Como me gusta la cerámica siempre ando interesada en las diversas técnicas. Hice cerámica durante varios años, y exploramos las técnicas de la cultura mapuche. Interesada como estoy en ella, el kin-tsugi como el cianómetro y Bluets fueron cayendo en mis manos mientras leía sobre la fragilidad, porque debo confesar aquí que mis dotes creativas – como ya lo he hecho en otras entradas – no son mi fuerte.

Hablemos de fragilidad. Hoy quiero hacerlo, porque más que nunca ha aflorado con fuerza en esta época que curiosamente se ha caracterizado por fomentar la fuerza y el poder de los sujetos. Y porque además, como escribió Saul Bellow, “El mundo está demasiado encima de nosotros.”

¿Qué ocurre cuando hablamos de esos momentos de ruptura, en el contexto de la sociedad capitalista cuya promesa de base es la de que “tú puedes llegar a la cima si tú lo quieres de verdad”? ¿Qué pasa cuando se quiere hablar de fragilidad, y no de vulnerabilidad, por fuera de los discursos del desarrollo y bienestar personal que tan a la moda están hoy? ¿Qué ocurre cuando deseo hacer un kin-tsugi personal? ¿Es la fragilidad política?

¿Cómo se da testimonio de esta precariedad existencial? Somos ontológicamente frágiles. Y ahora somos más conscientes de nuestra fragilidad personal, social, planetaria, corporal…del mundo. Créanme, soy consciente de mi fragilidad…

Si de golpe se ha instalado a mi mesa, ¿cómo acoger esta fragilidad? Porque si de algo hemos sido testigos este último tiempo es que, con urgencia y en soledad, la fragilidad se ha materializado. Y se erige contra toda una tendencia dominante en filosofía que se funda sobre una subjetividad que se supone fuerte como una roca. Sin embargo, no hay escape de la fragilidad, porque es inherente a nuestra condición humana, y porque somos conscientes de nuestra finitud. 

“Si un color no pude curar, ¿puede al menos incitar esperanza? Si un color puede dar esperanza, ¿quiere decir que también puede causar desolación? […] Pero por el momento no puedo pensar en alguna vez que el azul me haya hecho sentir desolada.” escribe Maggie Nelson.


sábado, 31 de julio de 2021

La luz de nuestras alegrías y las sombras de nuestras tristezas - La filosofía de lo cotidiano




 Creíamos que éramos pobres,
que no teníamos nada,
hasta que fuimos perdiendo
todo, una cosa tras otra.
Anna Ajmátova
Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
Hace un tiempo no tan lejano, he empezado a dejar de pensar en mi ciudad por las noches. Cuando iba a dormirme me imaginaba abriendo la puerta de Las Violetas y saliendo al jardín. Camino por la vereda que rodea la casa de mis padres, me detengo en las rosas, miro el roble de la esquina de la entrada, y sigo el sendero al jardín de atrás. 

El manzano y el cerezo siguen ahí, pero creo que el sorbus pasó a mejor vida. Tengo que preguntar a mi mamá, por si mi memoria ha empezado a hacerme trampas. Sigo mi camino y voy hasta la hamaca, que ahora usan los chicos, y veo que el viejo pino al fin fue derribado. Había tomado dimensiones exorbitantes y con el viento patagónico tenía preocupados a los vecinos de atrás. Ahora entra más sol y el césped puede volver a crecer.

Los pinos del cerco de atrás, son un recuerdo de antiguas navidades. Luego de los festejos, los fuimos plantando uno a uno con mi papá. Su llegada a casa era muy particular…salíamos a buscarlos al bosque. Era toda una aventura.

Sigo mi recorrido, y poco a poco voy saliendo de casa. Comienzo a bajar por Las Violetas, sigo a Topa-topa….y voy hasta Campichuelo, y ahí ya me duermo. 

Recordar es un ejercicio de memoria y de nostalgia, no sólo geográfico, sino también biográfico. 

Recorro mis lugares como si me recorriera a mí misma, como si volviera a la persona que fui, que sigo siendo, que ya no es. Cuando la vida extranjera se apodera de mí, vuelvo a caminar por casa, a escuchar los sonidos de casa, los olores, las voces. 

“Solo en la madurez, escribe Anatxu Zababeascoa, vemos la casa donde nos fuimos haciendo sin darnos cuenta. Es ahí donde queda algo de lo que fuimos, donde siempre hay algo que reparar. La casa es una meta, un lugar que calma. Un sitio donde mirar por la ventana. Érica Jong es feliz en su casa "allí es donde me repongo y sueño. Sé que estoy en casa porque mi corazón está en calma".

“Tu vida es simplemente una vida humana”, dice Simone de Beauvoir en sus memorias, y en eso estoy cuando se me viene a la memoria la historia de la gran poeta rusa Anna Ajmátova.

Once amigos aprendieron de memoria los desgarradores poemas de su libro Requiem, para preservarlos de la crueldad a la que ésta fue sometida. Su historia es la de la tragedia del dolor personal, así como colectivo.



"Diecisiete meses pasé haciendo cola a las puertas de la cárcel, en Leningrado, en los terribles años del terror de Yezhov. Un día alguien me reconoció. Detrás de mí, una mujer – los labios morados de frío – que nunca había oído mi nombre, salió del acorchamiento en que estábamos y me preguntó al oído (allí se hablaba sólo en susurros):
- ¿Y usted puede dar cuenta de esto?
Yo le dije:
- Puedo.
Y entonces algo como una sonrisa asomó a lo que había sido su rostro".

La conmovedora historia de esta gran poeta me ha dejado más de una vez el alma estrujada. La figura de Ajmátova es la de esos héroes trágicos, en donde “lo personal, lo político y lo espiritual” se entrelaza con el destino.

Requiem es un libro conmovedor, que recomiendo. Lo tengo en mi mesa y lo he releído este último tiempo junto con otros. De todos he aprendido algo, pero Ajmátova tiene un no sé qué en el que conjuga en su poesía su destino trágico con el de su época.

Recomiendo leer este poema, como se leían en la antigüedad, en voz alta para así dejarlo alcanzar toda su plenitud. Al hacerlo, estaremos prestándole la voz a la poeta rusa.

“Los libros son hijos de los árboles”, escribió Irene Vallejo, en su libro El infinito en un junco. Según esta autora, “liber (libro) evocaba el misterio del bosque donde sus antepasados empezaron a escribir, entre los susurros del viento entre las hojas.” 

¿Por qué caminos, o libros, o bosques he vagabundeado este tiempo? Algunos de ellos son tan interesantes que no podría ni resumirlos, sólo recomendarles una urgente lectura homeopática. Ellos me han ayudado a sostenerme en estos tiempos tormentosos.

En este mi bosque de libros, he ido armando una biblioteca (con la ayuda de mis amigas y amigos lectores), que me ha permitido construir un relato, narrarme a mí misma. ¿Que, a veces. ese relato hace aguas? Seguro. ¿Qué hay que recauchutarlo? Todo el tiempo. ¿Qué hay que cambiarlo? Inevitablemente.



Si bien este vagabundear parece caótico y azaroso, nada más lejos de esta impresión, hay un orden en el aparente desorden. “Todos somos narradoras y necesitamos las palabras apropiadas para contar y contarnos el día, para convencer y encantar a quienes nos escuchan”, escribe Vallejo, y agrega que “los relatos bien contados invaden lo más íntimo, liberan sentimientos callados, nos rozan el corazón.”

En este deambular, hace un tiempo buscando un libro para regalar a una amiga querida, casi por azar cayó en mis manos una pequeña maravilla. 

El libro del té del escritor japonés Kakuzo Okakura, es una miniatura bellísima, casi casi poética, que me ha rescatado de mis sombras e incertidumbres.

Del libro de Okakura, aprendí que en la cultura japonesa se despliega una antigua filosofía sutil del té, que esta infusión comenzó como un remedio y que a una persona insensible “se le dice que a ese sujeto le falta té.” Hay varios por ahí escaseando de té.

Detrás de este magnífico pero pequeño librito, se deshilvana una perspicaz mirada sobre la magnitud de las pequeñas cosas, de la grandeza que se esconde detrás de los detalles mínimos, de la “luz de nuestras alegrías y las sombras de nuestras tristezas.”

Okakura nos deja algunas frases memorables, pero poéticas, como esta: “El té carece de la arrogancia del vino, del individualismo consciente del café, de la inocencia sonriente del cacao.” 




“La pulcritud es un arte”, escribe, y proclama una filosofía de estar en el mundo de manera de no perturbar la armonía de lo que nos rodea para así “pilotar inteligentemente tu propia existencia a través de este mar tumultuoso de inquietudes que llamamos vida.”

Soy ingenua pero no tanto. Sé que quizás si protestara más, sería más interesante que enarbolar -en tiempos inhóspitos – una filosofía de lo cotidiano, aunque considere que está cargada de sentido político. Queda mucho mejor perderse en una narración pomposa sobre las resistencias colectivas. Los pequeños gestos marginales están muy mal vistos.

¿Será que estos gestos están asociados a los cotidiano y, por tanto, a lo femenino? Incluso cuando pienso en las resistencias, las pienso como elementos de construcción colectivos, grandes movilizaciones, partidos políticos, organizaciones de la sociedad civil, movimientos callejeros, estallidos….mientras la vida cotidiana, el día a día de las personas, se aparca y las pequeñas pero heroicas resistencias cotidianas no significan casi nada. 

Pequeños libritos, como el de Okakura, van transformando la mirada, te enseñan otros caminos que no son menos resistentes ni más individualistas. En una época invadida por el ruido, la sobre-información, la velocidad, la aceleración, la hiper-conectividad, la brutal desigualdad y la catástrofe medioambiental, pensar desde la calma y la intimidad me parece un gesto de resistencia.

“Las trincheras son para ellas y los sillones son para ellos”, escribe Peio Riaño en Las invisibles y refuerza la idea de la falta de referentes femeninos en los que reconocernos las mujeres (no sólo en el arte) en la sociedad. Y he pensado si no deberíamos retomar nuestra herencia intelectual y re-escribirla, desde otra mirada y otros marcos. 

¿Se puede hablar de un libro que no se ha leído o de alguno que hemos solo hojeado?  ¿Hemos leído los libros que ya hemos olvidado? Hasta los más leídos, también olvidan, han echado solo un vistazo a alguna obra renombrada o han escuchado algo de un libro que no han leído…Y se repiten, también, como yo en este texto. ¿De qué está hecha la memoria?

¿Qué rastro involuntario vamos dejando? Sabemos que dejamos huellas, muchas veces conscientes. Este escrito es una de ellas. Pero también dejamos un rastro que no es voluntario. Podríamos aventurar algo así como que somos también como esas huellas involuntarias que vamos dejando. La inertiae dulceda, la dulce inercia, las estelas de ese transitar que es este devenir.

Pistas que nos ayudan a orientarnos. Hablan de lo que apenas se ve y no es visto, hablan de esa inercia, y de las incertidumbres, de los conflictos y de nuestras contradicciones. Susurros soplados al azar.

“Defender un edén modesto”, escribe Antonio Muñoz Molina, a propósito del libro de J. A. González Sainz, La vida pequeña: el arte de la fuga.



Defender todas las cosas que es preciso saber para ocupar un espacio saludable, gozoso y no dañino en el mundo: "prestar atención a lo que se despliega ante los ojos, fijarse en indicios mínimos, atemperar la experiencia y lo ya sabido con la aceptación del azar.”

Los lugares y los espacios en los que nos situamos configuran nuestra forma de hablar y de estar, porque “nuestro cuerpo registra sus lugares” escribe la argentina Agustina Atrio en Tres formas de atravesar un río”.

¿Qué palabras nacen en los lugares que ocupamos? Los márgenes son también lugares en los que situarse. Estar en los bordes puede haberse convertido en una manera de habitar este mundo. ¿Se eligen los márgenes o se nos eligen? Se puede vivir en los márgenes. ¿Se puede vivir en los márgenes? ¿Qué tan al margen se llega a vivir? 

Las mujeres hemos vivido, y vivimos, en los márgenes de un sistema dominado por los hombres. ¿Quién constituye la clase obrera del siglo XXI? “No hay mujeres que no trabajan. Hay mujeres que no son pagadas por sus trabajos” escribe Caroline Criado Pérez. 

Quizás se deba a ello que nos sentimos siempre en los bordes, porque hemos sido conscientemente expulsadas de los centros. Sin embargo, “Los caminos más fascinantes son aquellos que nacen en las grietas”, dice Irene Vallejo.

Cada vez que nos salimos del camino trazado, cada vez que metemos la mano sobre nuestra historia, estamos intentando trazar un espacio donde afirmar nuestra independencia, y desde donde se puede cambiar el mundo o ser cambiada por él.

El espacio que ocupamos está perpetuamente construido, deconstruido y reconstruido y es objeto de innumerables interrogaciones. “El espacio es una duda – escribe Georges Perec – necesito marcarlo sin cesar, designarlo, no es nunca mío, nunca me ha sido dado, es necesario que yo lo conquiste”.

Como escribe Lauren Elkin, “Nosotras reivindicamos nuestro derecho a perturbar la paz, a observar (o no), a ocupar (o no) y a organizar (o desorganizar) el espacio según nuestras propias condiciones.”

Esta vez, salgo de Las Violetas, desciendo por Topa-Topa y bajo por Quintral.

Voy a bajar hasta la plaza Belgrano. 



Puedes inscribirme en la historia
con tus amargas y retorcidas mentiras,
puedes aplastarme en el fango
pero, aún así, como el polvo, me levantaré.
Maya Angelou

sábado, 19 de junio de 2021

Aprender a vivir por fin - Otras ideas, otros futuros posibles

 


¿Acaso hay alguien que no está en movimiento?

“Creo en la cadena que se enlaza.

Creo en la canción que se teje con las

canciones que llegan de tan lejos.

Creo en la memoria ancestral.

María Teresa León

Virginia Baudino-virbaudino@hotmail.com

El pasado siempre está ahí, en cada rincón, al acecho, esperando. Una piensa que lo ha dejado atrás, pero inexorablemente él se hace presente en cada gesto, en cada silencio, en nuestro cuerpo, en nuestros gustos y hábitos y en nuestras relaciones. Cada tanto nos manda recados. Otras, se presenta así, de improviso, sin dejarnos la posibilidad de salir huyendo. Regresa una y otra vez.

El pasado sobrevive en mí como una parte de mí, lo que recuerdo, lo que está en mí, lo que borré y lo que he querido borrar continúa siendo parte de lo que soy (y de lo que somos). El origen, las huellas de clase, el género, están también ahí, son el pasado y el presente.

¿Cómo abordar el pasado? ¿Desde qué lugar hacerlo? El pasado siempre implica un regreso sobre una misma y a sí misma, pero es un regreso mirado desde las categorías de percepción del presente. Tutearse con los fantasmas y espectros del pasado, requiere mucho esfuerzo. Pero por qué no hacerlo. Al fin y al cabo, allí se encuentran las raíces de los futuros que se nos prometieron.

La escritora española María Teresa León escribió un magnífico libro titulado Memoria de la melancolía en el que, entre otras cosas, aborda su pasado y la memoria de su exilio y traza “un mapa emocional” que es superior al geográfico. 

A través de la narración de su trayectoria vital, la escritora produce algo así como una suerte de emancipación personal. A través de la palaba escrita, de su palabra, vislumbrará la existencia de otra vida posible más allá de la nostalgia y de la melancolía que produce el distanciamiento forzoso con su cultura. A ese desasosiego, la escritora argentina Olga Orozco le llamó “el rincón natal de mi melancolía.”

En ese deambular e indagar en el pasado, León se preguntará ¿Por qué debería seguir los pasos de alguien cuando puedo dar los míos propios? Y yo agregaría la pregunta sobre ¿cómo hacer para que entre el pasado y éste presente haya una tregua?

¿Cuál es el lazo entre el presente y el pasado de una persona? ¿Cuánto de ese transcurrir personal está entrelazado con el discurrir social? ¿Por qué tengo esa imperiosa necesidad de interrogarme a mí misma, de hacer, como dicen algunos, una cartografía de mí, personal? “El origen es un espectro que vuelve desde el pasado cuando parece haber desaparecido”, escribe Mark Fisher y James Baldwin nos ha incitado a acercarnos a él porque “Evitar el viaje de regreso, es evitarse a sí mismo, evitar la vida.”


Cuando el pasado toca a mi puerta, a nuestra puerta, parece imperioso preguntarse sobre el devenir de nuestro itinerario personal porque éste, está inscrito en nuestro presente, en nuestra memoria, en nuestro cuerpo y en nuestras decisiones. ¿Desde dónde reconstituimos el pasado vivido para dibujar el retrato de la persona que hemos sido?

Los fantasmas no desaparecen jamás, siempre están ahí, dando vueltas, para aparecer o por aparecer. Re-pensar el recorrido como una manera de narrarse y bucear en las inquietudes personales más profundas del itinerario, me parece interesante como antídoto para resistir a una sociedad basada en “la rapacidad inhumana”. Quizás, como argumenta Fisher, el problema no sea el sujeto sino la cultura que le rodea.

Una interrogación que es personal pero que también es política. Y es política porque indaga en las desigualdades sociales, en la división de clases de nuestras sociedades, en el género, en la trayectoria de las mujeres, en el efecto que esas estructuras sociales han tenido y tienen sobre la constitución de nuestras subjetividades y de nuestras psicologías individuales. Y sobre nuestro futuro y el de los otros.

Existen muchas formas de opresión que producen sentimientos de inferioridad, como el género, la raza, la etnia, la nacionalidad, pero la más potente, dirá Fisher y en esto hay acuerdo casi total entre los pensadores sociales, es la de la clase social.

“Cada uno de nosotros llevamos la marca del lugar o del medio donde se ha nacido, del lugar que es el suyo o era el suyo cuando nació, pero que siempre estará presente en todas las situaciones que viviremos a pesar de todos los cambios y de todas las experiencias que nos atraviesan”, escribe Didier Eribon. Nunca se escapa lo suficiente.

¿Qué distancia hay entre esa Virginia de ayer y la de hoy? Una distancia que no es sólo biográfica, histórica, vital, sino también de género y de clase. Siempre volviendo sobre mí misma….¿se podrá evitar algún día? ¿Cuánto ruido guarda la memoria? y ¿cuántos olores y sabores también guarda? 

¿Melancolía de qué? No es mi intención deambular por los campos de la psicología, sino más bien, como propugna Fisher, aproximarse a una dimensión política de la melancolía, o a una politización de la melancolía, como rechazo a acomodarse a los horizontes cerrados del capitalismo. Y así desenmascarar las desigualdades visibles de la estructura social camuflada en los discursos de superación personal que recaen sobre las personas.

Desenmascarar esa sensación de inferioridad cada vez que traspasas las fronteras trazadas, de estar en lugares que no te corresponden o en los que nunca estarás a la altura. Desmitificar las derrotas. Pero ¿cómo puede ella escribir esto? No es una escritora de verdad, es cierto, eso lo sabemos, no es seria, y no debería hacer eso. No sabe. No es escritora. Es rara, siempre rara. Tiene defectos….muchos. Debería ser constante. No sabe lo que dice. No se entera de nada. No sirve para nada.

El regreso nunca se termina, es interminable. Se inscribe en el contexto de los momentos de fragilidad, de desarraigo y de incertidumbre. Pero ahí están esos libros, ofreciéndote sostén, que te obligan a levantar la mirada y anotar algo en ese cuadernito de notas. Expatriada y nómade. Virginia Paula.

 “Alguien, usted o yo, se adelanta y dice: quisiera aprender a vivir por fin.” Jacques Derrida

Sin embargo, en las fisuras del sistema empiezan a inventarse prácticas emancipatorias…gestos de resistencia, buscando e intentando hacer crecer nuevas ideas, otros puntos de vista, otros futuros posibles, otros mundos posibles.

“A medida que aprendemos a soportar la intimidad con esa observación constante y a florecer en ella, a medida que aprendemos a utilizar los resultados del escrutinio para fortalecer nuestra existencia, los miedos que rigen nuestras vidas y conforman nuestros silencios comienzan a perder el dominio sobre nosotras”. Audre Lorde



martes, 4 de mayo de 2021

La formidable y profunda memoria de nuestros pequeños objetos queridos - El espíritu de lo minúsculo, de lo raro y sin valor

 

“Los sentimientos se han conservado como adornos inevitables o como agradables pasatiempos, con la esperanza de que se doblegaran ante el pensamiento tal y como se esperaba que las mujeres se doblegaran ante los hombres. Pero las mujeres han sobrevivido. Y también las poetas. Y no hay nuevos dolores. Ya los hemos sentidos todos.”  

Audre Lorde

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com

Hay días sin huellas. Días monótonos e impasibles, que además se suceden unos tras otros mientras nos encontramos esperando que algo pase. Días que nadie va a relatar. Días en los que las palabras nos abandonan, y no hay nada que asegure que esa alianza se reconstruya. Días que hay que aceptarlos así…

Sin embargo, son esos días los que conforman nuestras vidas. Esos días que se suceden unos tras otros y en los que repetimos nuestras rutinas. En la vida Facebook de efectos especiales, lo cotidiano es aburrido. 

Pero heme aquí – como siempre - defendiendo esas pequeñas acciones cotidianas que, en este último tiempo, nos han sostenido en la inclemencia y que, sin reconocerlo, dan sentido a nuestras vidas.

En esta paupérrima defensa, me viene al pelo el escritor francés Georges Perec que desarrolló algo así como una sociología de lo cotidiano, poniendo el acento en las cosas comunes u ordinarias que nos rodean y a las que, por la fuerza del hábito quizás, nunca les prestamos demasiada atención, por lo que probablemente nunca nos hayan sorprendido. 

En sus libros, Perec se centra en lo que más cerca tenemos, eso que pasa desapercibido pero que es tan esencial para la vida de todos los días. Hoy se puede afirmar que, a partir de un determinado momento, la vida cotidiana se volvió objeto de estudio no sólo para la literatura sino también para las ciencias sociales. La microsociología o la Historia de la vida cotidiana, por citar algunos ejemplos y no ponerme académica aquí, irrumpieron con fuerza para disputar el relato.

Al fin y al cabo, es en lo cotidiano, en la observación apasionada de lo ordinario, en el cuestionamiento de lo que a simple vista parece incuestionable, donde se encuentran los cimientos de la literatura y de la vida. 



Siguiendo esas reflexiones, me puse a jugar inspirada en estos autores e hice el ejercicio de describir detalladamente esta mesa que uso para escribir y leer, las fotos que me acompañan a cada lado de este ordenador, los lápices y resaltadores, así como los papelitos que voy pegando con los nombres de escritores o escritoras que quiero leer, una vela que nunca utilizaré y que sólo tiene una función decorativa, una lámpara un tanto desvencijada que pasó por los escritorios de mis hijas y muchos trazos de objetos dispersos que tienen algún significado para mí, así como una pila de libros siempre lista.

Al observar detenidamente lo que me rodea en esta mesa de trabajo, me he dado cuenta de la importancia que tienen en mi día y en el sostén de mis días en estos, y en otros, tiempos, esas miniaturas. Podría describir qué significa cada una de ellas para mí, o contar su historia de cómo fue que nos encontramos. También podría desdeñar estos objetos, por el simple hecho de serlo…pero en mí algunos de ellos tienen un delicado significado emocional.

Sin embargo, todos tenemos algún objeto entrañable que nos acompaña en este camino, y yo no soy la excepción, tengo por ahí un par de desvencijadas máquinas de escribir que tienen una particular historia detrás de cómo llegaron a mis manos...y mis amigas guardan algunas para darme, porque saben de esta afición de coleccionista.

Estos objetos queridos, algunos deseados, en general están enlazados con nuestro pasado, especialmente porque tienen un valor emocional y hemos establecido con ellos una cierta intimidad, un cierto entendimiento o acuerdo. Ellos, como dice Rosa Montero, han adquirido una “memoria formidable y profunda” en nosotros.

Adornan lo más primario, y dignifican lo ordinario que de tan común parece insignificante. Si esto es así, cómo haremos, se pregunta Perec, para dar cuenta de ello,  para interrogar y para describir lo que es insignificante.

“¿Cómo hablar de las cosas comunes, cómo rastrearlas, cómo desembrollarlas, cómo arrancarlas del caparazón donde permanecen enganchadas, cómo darles un sentido, una lengua? […] Se trata de cuestionar […] nuestras costumbres en la mesa, nuestros utensilios, nuestras herramientas, nuestros horarios, nuestros ritmos. Examinar lo que pareciera que ya no nos sorprende.” [Traducción de Solange Gil]

Lo que al final está en juego en esta inquisición de la cotidianeidad, es el examen de la dualidad inherente de la vida cotidiana, que va de la rutina a la innovación, de la repetición a la diferencia. ¿Cómo se confronta en la cotidianeidad la propia idea de la vida? Y, ¿cómo se lo hace ahora donde el contexto ha quedado pausado?

Con esta incógnita dando vuelta recordé que, hace un tiempo, vimos con Maribel una exposición en Madrid llamada ‘El hecho alegre’, en la que se ponía el énfasis en los elementos pequeños que forman parte de nuestro día a día y que, por una serie de hechos, pueden dar forma a unos placeres sencillos que de una manera u otra satisfacen nuestra vida. 

En esta exposición, se trataba de hallar en la grandeza de lo cotidiano la verdadera revolución para así convertir lo cotidiano en arte, “como una mecánica popular de los sentidos”. 


Allí también se nos alertaba contra el utilitarismo reinante en nuestras culturas donde, como dirá Perec, “el hombre se esclaviza en la ansiedad de las cosas, progresivamente embrutecedora". Los contornos, los límites son siempre difusos…

Pero en esta muestra se nos proponía la opción de dignificar los conocimientos inútiles, de dar vuelta a lo grande para detenernos en lo pequeño, lo inútil, lo improductivo y en la pérdida de tiempo, que se constituyen, ahora, como una forma de resistencia en esta era del utilitarismo acérrimo en el que el que más tiene es el que ha ganado la carrera. Esto último cobra mayor sentido porque la carrera se produce en el contexto de sociedades profundamente desiguales y hay algunos que corren con mucha ventaja respecto a otros. 

Para desafiar este utilitarismo, el poeta español Tomás Sánchez Santiago, se pregunta sobre qué hacer con esos cajones llenos de objetos abandonados, desordenados “y dispares que ni se usan ni se desechan” y nos propone quedarnos con ellos como “un acto de rebeldía contra esa ley tajante de la mentalidad mercantil según la cual aquello que no se consume debe ser inmolado sin contemplaciones a fin de dejar sitio para nuevas adquisiciones. Frente a este orden, frente a esta dictadura de la utilidad están estos cajones llenos de objetos desordenados.” y seguirán estando, dirá. Esto es un golpe fuerte a la filosofía de Marie Kondo…que por cierto, ¡también es socióloga!

El estudio de asuntos inservibles tiene algo de liberador, explorarlos nos permite comprenderlos y comprendernos en esta indagación íntima que me he tomado muy en serio porque, como dice Audre Lorde “lo que no se explora permanece oculto”. 

Y también para así desmitificar lo cotidiano como rutinario, porque puede haber transformaciones o innovaciones que pasan desapercibidas ante nuestros ojos. Apropiarse de esta dualidad de lo cotidiano y reflexionar me parece un buen punto de partida hoy, aquí sentada en esta mesa, escribiendo.

Además, es un buen elemento a incorporar en mi kit de supervivencia, ese que tengo siempre a mano cuando me doy cuenta de que el mundo y yo tenemos bastantes roces, y que me sirve para reponerme y soñar, entre otras cosas. “Las palabras pueden construir casas”, escribió Erica Jong, en las que cuidamos el alma.

Mi kit está compartido, ya que me es necesaria la solidaridad y los cuidados, me es indispensable ‘un nosotras’. En él tengo esos libros indispensables, mi sentimenteca, mis libros de poesía, los de literatura preferiblemente escrita por mujeres (feministas), un herbolario, porque tengo ese hábito de andar recogiendo hojas por todos lados, unas cuantas canciones que se han ido constituyendo en la banda sonora de mi vida, una buena caminata por el bosque después de la llovizna primaveral… la lectura, como una herramienta de exploración de una misma, para así reconocer las fronteras que he tenido que atravesar. Es importante compartir mi kit con todas y con todos porque como escribió Leslie Jameson “todo lo que escribes acarrea la historia de otra gente, porque no hay ninguna vida que no sea una custodia compartida. Siempre compartes las experiencias.”


La exposición nos acogió con las reflexiones de la escritora feminista Sara Ahmed: “La felicidad puede ser el comienzo o el fin de una historia o puede ser aquello que interrumpe el relato de una vida, al llegar de un momento a otro, sólo para volver a irse. La felicidad puede ser todas estas cosas y al ser todas ellas, corre el riesgo de no ser ninguna.” 

Hoy quise abordar el “espíritu de las pequeñeces”, de todo lo que es raro y no tiene valor, de lo minúsculo.

Una vez me preguntaste

¿Tiene fin el cielo?

No, no tiene fin,

simplemente deja de ser una cosa

y comienza a ser otra.

Maggie Smith


martes, 16 de marzo de 2021

La calma y el sosiego necesarios, el miedo y los temores en estos tiempos

 


¿Sabes tú del miedo?

Alejandra Pizarnik 

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com

En un encuentro universitario en Davos, en 1929, en un debate en el que participaban el joven y temperamental filósofo alemán Martin Heidegger y el viejo filósofo neokantiano Ernest Cassirer, un estudiante les preguntó sobre lo que la filosofía podía hacer contra el miedo, contra esa angustia que estrangula nuestra existencia frente a la muerte.

Luego de un momento de reflexión, el viejo Cassirer dijo que no tenía una respuesta filosófica y que solo podía contestar con una creencia: “creo que la filosofía tiene por función liberarnos de ese miedo poniendo de por medio la cultura. Nosotros debemos liberarnos del miedo para consagrarnos a existir de las mejores formas posibles.”

Contrariamente a Cassirer y muy en su línea, el joven Heidegger se posiciona claramente contra este argumento y dice que es absolutamente falso, que al miedo hay que abordarlo de frente y confrontar a la Nada que nos habita. Luego de afrontarlo, dirá, podremos encontrar la manera de hacer filosofía.

En el corazón de los Alpes suizos, Heidegger se encuentra como pez en el agua, esquía y camina en la montaña mientras el viejo Cassirer se encuentra en cama a causa de un resfriado. 

Según algunas interpretaciones, es en ese momento, en el que podremos comprender los caminos que cada uno de estos tomará posteriormente a la llegada de Hitler al poder, Heidegger integrará las filas del partido nazi y Cassirer deberá exiliarse y no regresará jamás a Alemania.

En este memorable encuentro filosófico, en el que dos tótems de la filosofía se enfrentaron ante un conocido y reputado público, nadie imaginaría que, como dice Alejandro Piscitelli, “se estaba incubando una de las torsiones del pensamiento contemporáneo que derraparía con fuerza una década más tarde cuando el nazismo llegase al poder.”

En estos momentos tan inhóspitos por los que atravesamos, esta disputa filosófica, así como la pregunta lanzada por ese estudiante a esos dos grandes filósofos, me parecen un interesante punto de partida para reflexionar sobre el miedo para así, dirá Michel Agier, situarlo en sus contextos, diferenciarlo y penetrar en los mundos imaginarios en los que se despliega, y así alertar sobre sus usos políticos, mediáticos y religiosos. 

El miedo no es ni bueno ni malo. Es una alerta frente a un riesgo. Sea negado, contestado o asumido, domina en nuestras sombras. Entonces me pregunto, ¿qué puede hacerse frente al miedo? ¿soy solo yo la que tiene miedo? ¿Hay miedos compartidos en un momento y en un lugar?

Alguien escribió que la crisis es una cosa buena si eres filósofo o sociólogo, aunque cuando se trata de abordar emociones, ambas disciplinas han preferido permanecer calladas. Por tanto, la pregunta de ese estudiante sigue presente en mis reflexiones: qué puede hacerse contra el miedo.

“No queda asidero ninguno. […] Sólo resta el puro existir en la conmoción de ese estar suspenso en que no hay nada donde agarrarse.” Heidegger

¿Se puede escribir sobre el miedo? ¿Es posible hacerlo sobre esa sensación que de golpe se apropia de tu persona y se desparrama por todos los rincones sin dejarte respirar? ¿Cómo escribir sobre los latidos desaforados del corazón y de la respiración agitada que no cesa de descontrolarse y del “terror del silencio de los espacios infinitos” (dice Pascal)? ¿Qué pasa cuando tu miedo es el de toda tu comunidad? ¿Qué relación tienen nuestras sociedades con el miedo, y de éste con la política?

Parece casi una tontería escribir sobre algo que todos conocemos de primera mano pero que todos hemos aprendido a ocultar. A esos miedos más íntimos, Agier les llama miedos existenciales individuales y universales. Son los más desiguales, puesto varían en función de la edad, de las condiciones sociales y de los lugares. Son los que todos tenemos en primer lugar: miedo a la muerte, a la enfermedad y a la violencia. 

“El miedo se detiene a un palmo del abismo”. Mario Benedetti

Para aclararme, lo primero que he hecho es ir al diccionario. Según éste, el miedo es la «perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario». En ambos aspectos, la amenaza excede la posibilidad del control de las personas implicadas. Como ya dije aquí, parece ser que no es ni bueno ni malo. A ustedes corresponde juzgarlo.

“Nada me calma ni sosiega: ni esta palabra inútil, ni esta pasión de amor, ni el espejo donde veo ya mi rostro muerto. Oídme bien, lo digo a gritos, tengo miedo.” María Mercedes Carranza

Revisando en su etimología, algo a lo que me he aficionado en estos últimos tiempos, encontré curiosamente que su origen latino, metus, tiene - ¡vaya qué coincidencia! - una raíz oscura pero existente desde los orígenes de nuestro idioma español.

Sin embargo, en su origen griego, el término usado para referirse al miedo es phobos, que como se imaginarán da origen a la palabra fobia. Phobos aparece por primera vez en la Ilíada, hijo de Ares y Afrodita, tenía un especial protagonismo en las batallas porque simbolizaba el reto individual de todo soldado para enfrentarse a sus temores. Curiosamente, los héroes griegos llevaban a phobos tallado en sus escudos.

Como emoción universal, desde épocas remotas, todos y todas lo hemos sentido, aunque la forma en que lo experimentamos varía según el tipo de sociedad y “de acuerdo a los marcos de significado mediante los cuales adquieren sentido”, dicen Margarita Olvera y Olga Sabido. Hoy sabemos que varía con las épocas y los contextos históricos, aunque nos sorprenda.

Lejos estamos de las batallas de la antigüedad y de la supervivencia en épocas lejanas y ya no nos aterrorizan las brujas y sus maldiciones. En la Edad Media europea, los cristianos temían a la muerte súbita pues impedía la confesión y extremaunción y con ello la imposibilidad de salvación del alma. La teología les ofrecía una explicación que lo hacía tolerable.

Es curioso esto de los miedos. Por un lado, aceptamos que una vida libre de miedos es imposible, porque forman parte de la naturaleza humana. Pero por el otro lado, en nuestra cultura no se pueden reconocer públicamente ni los miedos personales ni los colectivos, y eso que ahora están a la orden del día. Dice Jean Delumeau que, en nuestra época, “la palabra ’miedo’ está cargada de tanta vergüenza que la ocultamos”. 

Y aunque leyendo estas líneas no lo creas, en las actuales sociedades ‘de riesgo’, líquidas, corrosivas, frágiles, inseguras, inciertas en las que los individuos están librados a su suerte y totalmente desprotegidos por parte del Estado social, somos más frágiles ante el miedo que nuestros antepasados.

La sociedad del riesgo, de Richard Sennett, es un contexto fértil para la soledad de los miedos o, mejor dicho, para la privatización de los miedos. En este contexto, caracterizado por el hiper-individualismo y por la debilidad de los lazos o los vínculos sociales, en las que además irrumpe una pandemia, se produce un resquebrajamiento del tejido social que impacta aún más en la producción desbocada de miedos individuales y sociales. 

Foto:Chiquitectos

Y si a ello le agregamos “la sincronización de esta emoción a escala mundial”, en el que se tiene el mismo sentimiento de terror, al mismo tiempo y al mismo momento, dirá Paul Virilo, la situación se complica aún más y los peligros sobre el control de los cuerpos aumenta.

Y mi lista de miedos no deja de sorprenderme, y crece cada día más y su imaginación ha encontrado un suelo fértil donde desplegarse. Cuando empecé a escribir, solo quería apuntar algunas notas, en medio de esta explosión de miedos, para quizás consultar en momentos de extrema necesidad. Al final, quería darles una chance a los pobres miedos, no es su culpa ni tampoco la mía. 

Desde hace un año, vivimos en un mundo de ciencia ficción. Vivimos en un mundo en el que el miedo se ha extendido. ¿Qué hacemos con nuestras emociones? ¿Cómo abordar ese territorio desconocido? Leí una pequeñísima notita que me dejó pensando: ni obedecerlas ciegamente ni erradicarlas completamente. Se puede intentar comprenderlas. Y en eso estoy aquí intentándolo.

"Cuando el miedo me toma, yo invento una imagen". Goethe

Y llegada aquí vuelvo a retomar la pregunta inicial, ¿Qué podemos hacer contra el miedo? ¿Cómo podemos liberarnos de esa opresión? 

Los trabajos del antropólogo Michel Agier, nos abren interesantes puertas. Éste nos dice que el miedo está aquí, es íntimo, inmenso y cósmico pues nos muestra nuestra fragilidad en el mundo. Así, apoyándose en los trabajos de Mikhail Bakthine, propone volver hacia las formas en que las culturas populares han afrontado el miedo para exorcizarlo y superarlo. 

Y, como buen antropólogo, nos propone una figura simbólica, un artefacto imaginario del ridículo: el espantapájaros, ese objeto (y otros) con los que nos apropiamos del miedo y que, al mismo tiempo, encarnan el miedo. Se trata, en última instancia, de ridiculizarlo. 

No obstante hay ocasiones, que se abren de improviso, y allí miedo y coraje, son franjas de lo mismo. Benedetti

La risa y lo grotesco han mostrado una importante función social, así como el carnaval, por qué no hacerlo también con el miedo. Han demostrado, además, que pueden ser formas alternativas que nos permitirán interrogarnos sobre la función social del miedo.

¿Qué hacemos con el miedo? Lo convertimos en objeto de reflexión, lo desmenuzamos, para así frente a la parálisis encontrar la fuerza necesaria para enfrentarlo. 

Por ello, me sumo a la idea de Agier y propongo construir espantapájaros de todo tipo. Con este objetivo exorcizante, me parece necesario salir de los canales de propulsión mediática del miedo, luchar contra el aislamiento, reestablecer los lazos con los otros, reflexionar….y seguir reflexionando para buscar formas alternativas que me permitan transformar el miedo y desarmar sus usos. 

¿Cómo transformar el miedo en arte, hacer alquimia, crear algo bueno, ayudar a los otros y a mí misma? El nosotros nos permite trabajar sobre la pregunta realizada por ese estudiante: ¿qué hacemos con el miedo?

Si toda vida es referencia a nuestra vida, 

espero dejar una palabra, que ampare a alguien, 

en estas tardes inhóspitas de recuerdos. 

Juana Bignozzi




sábado, 30 de enero de 2021

Tiempos de echarse al mar y navegar - Enero, el mes en el que las flores aún duermen.

 


“Y aunque cumplas la terrible condena de no poder estar cuando te llamo, sin dudas en algún lado organizas de nuevo la familia, o me ordenas las sombras, o cortas esos ramos que bordan tu regazo para dejarlos a mi lado cualquier día”.
                                                                                                                                                                                    Olga Orozco

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com

Enero es el mes, en el hemisferio norte, del invierno y con él bien instalado, atravesamos un mes vacío de flores. Por acá, además, no para de nevar….

En la mitología romana, enero es el mes de Janus o Jano (Ianus), el dios de las transiciones. Con sus dos caras, una que mira hacia el pasado y otra hacia el futuro, Janus era, además, el dios de las puertas, los comienzos, las transiciones y los finales. Es por ello que le fue consagrado el primer mes del año, y se le invocaba públicamente el primer día del año.

“Pero donde los días entretejen pacientes sus coronas, ella sintió filtrarse hasta sus venas las hondas estaciones.” Olga Orozco

En enero, las flores aún duermen y lo seguirán haciendo unos meses más. Esas perfectas compañeras, o acompañantes, en la intensidad de los ritos de pasaje de las personas, en esos momentos de transición como son los nacimientos, las uniones, una celebración o un duelo.

Una flor particular marca nuestra última transición y, en enero, he recordado que la Nelumbo nucífera, más comúnmente conocida como loto sagrado, es la flor sagrada para los budistas que acompaña al ser humano en su pasaje al más allá.

“¿Cómo encontrar bajo invencibles lianas esa respuesta a un alma que interroga incesante?"  Olga Orozco.

Como la flor de esta planta acuática emerge unos 20 centímetros sobre la superficie del agua, lo que la distingue de los nenúfares, ella simboliza la elevación y, dice Gilles Clément, “remite al conjunto de especies cuyo modo de vida explora a la vez el suelo, el agua y el aire, las tinieblas y la luz”. En ella, se concentra todo el esplendor de la flor, “todo lo que puede reducirse a los valores del espíritu: lo inmaterial”. 

¡Qué curioso! Cuando nos preguntamos qué es un jardín, rápidamente los imaginamos al estilo occidental, o puede que oriental….pero no nos hemos detenido en el hecho que el origen del jardín es muy sencillo… ¡la huerta! 


Es ahí donde empezó todo. “En el huerto, y solo ahí, el jardinero o jardinera atento a la economía de gestión máxima procede al reciclaje de los deshechos y las energías. […] Todo está ahí en potencia: lo útil y lo fútil, la producción y el juego, la economía y el arte. Del huerto nacen todos los jardines, atraviesa el tiempo y contiene el saber”, argumenta Clément, que por cierto es un experto jardinero y filósofo.

Los nómadas no hacen jardines, nos dice. “El primer jardín es aquel en el que el ser humano decide cesar su vagabundeo”. El primer jardín nos alimenta y, por ello, lo hemos cerrado ya que hay que proteger lo más preciado: las hortalizas. 

Sin embargo, el principio del jardín es constante: acercarse todo lo posible al paraíso, a ese lugar donde el alma se repone, a ese espacio que emerge como promesa de antídoto para la tristeza.

Thoreau escribió que “La tierra no es meramente un fragmento de historia muerta, colocado estrato sobre estrato como las hojas de un libro, para que la estudien sobre todo geólogos y anticuarios, sino que es poesía viviente al igual que la hoja de un árbol”.

Las huellas en el cuerpo de una escritora talladas en poesía, Gloria Anzaldúa

Este año, leí, que tuvimos que ver el mundo desde una ventana. Decía Gastón Bachelard que “Cuando la ventana es más estrecha, más lejos podemos ver.” ¿Qué tan lejos hemos llegado? O ¿cuán profundo? 

Matisse es el artista que, aparentemente, demostró que mirar es una parte importante de la creación artística. Se considera que es quien mejor ha sabido contemplar la tranquilidad. Según Aratxu Zabalbeascoa, el pintor francés, se propuso desde la ventana “pintar los colores imposibles de todas las horas del día". Últimamente me parezco a Matisse, con la diferencia que ando tratando de atrapar palabras u hojas de todas las horas de estos días.

“Cómo llaman aquellos que se van a los que nunca vuelven”. Olga Orozco

¿Qué pasó en el camino que de crear huertas para alimentarnos hemos pasado a desatender lo que comemos? ¿Cómo es posible que tantas personas sean alimentadas por tan pocas manos? En su libro Ciudades hambrientas, Carolyn Steel, nos muestra que controlar el alimento es poder. Y eso, amigas y amigos, en manos de sólo tres grupos empresariales, debería aterrorizarnos.



Dice Antonio Muñoz Molina que “la psicopatía de los poderosos da tanto miedo como la de los asesinos en serie". Nunca me ha parecido más acertada una frase, viendo el panorama exterior.

“Más he de recordar que estoy aquí y que seguiré anhelando, agarrando pizquitas de claridad, haciendo yo misma mi vestido de sol, de luna, el vestido verde-color de tiempo con el que he soñado vivir alguna vez en Venus”. Gioconda Belli

Y mientras camino, sigo llenando esta casa de hojas…

Atravesamos tiempos de congoja e incertidumbre. Este enero invernal abre la puerta a nuevos diseños individuales y sociales. ¿Cuánto de lo pasado quedará en lo nuevo?

Es en esos cruces de caminos, en esas encrucijadas, donde debemos volver a los libros ya que ellos nos recuerdan el pasado y sacuden nuestra memoria, recordándonos que lo que ocurre ya ha ocurrido en otros tiempos. El ser humano ha sobrevivido a pestes, guerras, hambrunas, traumas y genocidios…

Dice Irene Vallejo en su Manifiesto por la lectura que somos una especie muy frágil, y que por ello no resistimos bien al hambre, ni a los cambios de temperaturas, no volamos ni somos capaces de vivir bajo el agua y que “hasta un virus minúsculo nos pone en peligro”.

Sin embargo, hemos desarrollado una capacidad asombrosa que nos ha permitido vivir bajo el agua, volar, soñar, sobrevivir a temperaturas brutales: la imaginación. Habiéndose aliado “con nuestro lenguaje, nos permite soñar lo inconcebible, colaborar y fortalecernos unos a otros. Somos la única especie que explica el mundo con historias, que las desea, las añora y las usa para sanar. Nuestra auténtica fortaleza es creativa”. 

Y agrega que, “En épocas convulsas, lo escrito actúa como depósito fiable de las ideas que nos anclan y nos rescatan”.

Somos narradores o contadores de historias. Necesitamos las palabras adecuadas para contar y contarnos, y para “encantar a quienes nos escuchan” o a quienes nos leen. El lenguaje nos permitió escapar de las ataduras de la evolución biológica para “desplegar las alas de la evolución cultural”. 


Hemos fabricado una poderosa herramienta que nos ha permitido hablar, registrar lo que decimos, y legar a las generaciones futuras nuestras experiencias registradas y nuestros saberes. Esos que nos permiten entender que, incluso en momentos de crisis, todo pasa.

Para terminar, Gilles Clément me viene al dedillo aquí, cuando se pregunta que “si bien el jardín histórico – el que está en las memorias y en los libros de referencia – debe transcribir el pensamiento de una época, ¿cuál sería el dibujo del que se anuncia? ¿Qué forma dar al jardín de la era ecológica?”


No fue nuestra culpa si nacimos en tiempos de penuria.

Tiempos de echarse al mar y navegar.

Zarpar en barcos y remolinos

huir de guerras y tiranos

al péndulo

a la oscilación del mar.

El que llevaba la carta se refugió primero.

Carta mojada, amanecía.

Por algún lado veíamos venir el mar.

Cristina Peri Rossi




jueves, 7 de enero de 2021

Como los árboles, nuestros caminos son infinitos

 


Para sobrevivir en la frontera

debes vivir sin fronteras

ser un cruce de caminos.

Gloria Anzaldúa

Hace poco leí un precioso artículo de Guillermo Altares, Los señores de las brisas, en el que se elogiaba la capacidad de resistencia de los árboles. Probablemente, unos de los seres vivos más antiguos del planeta. 

Emiten sonidos, nos susurran historias a través del viento, nos acompañan en nuestro pasaje y son un reservorio de relatos. Altares nos cuenta que, en Hiroshima, en el jardín Shukkeien, brotó un Ginkgo biloba la primavera posterior a la explosión de la bomba atómica.

El escritor uruguayo, Ariel Dorfman, profundamente emocionado por esto escribió que “la supervivencia de estos árboles constituye un mensaje de esperanza en medio de la lluvia negra de la desolación: es posible nutrir la vida y conservarla, pero debemos a la vez recelar de las fuerzas que nosotros mismos hemos desatado”

Como Altares deja constancia en su artículo, la naturaleza nunca concluye nada y siempre se reinventa en su proceso de vida. De manera similar, vivimos una época de grandes cambios que tocan a todos los seres vivos y hemos sido invitados e invitadas a repensar el mundo, nuestra relación con éste y con la diversidad de seres vivos, con el fin de hacerlo más justo. 

El camino de los árboles es infinito, concluye el autor, y es una metáfora de la que se sirve también la paisajista francesa Céline Bauman. Ella resalta la capacidad de adaptación de los árboles para defender la diversidad en la naturaleza. 

                                                                        Bárbara Drausal

Bauman nos propone aprender de la convivencia en el bosque: “Me gusta darles mi voz a las plantas […] Las plantas, los árboles y los arbustos no pueden, obviamente, hablar con palabras, pero dicen cosas. Nos advierten de problemas. Construyen soluciones.” 

Por ello, Bauman nos propone un proyecto muy curioso: el Parlamento de las plantas, en el que según Anatxu Zabalbeascoa, “ella da voz a las ideas sobre el cuidado del medio ambiente, la ecología, la inclusividad y la diversidad que rigen la convivencia entre los árboles, los arbustos y las plantas y que – según esta paisajista– son mucho más cabales y civilizadas que las que proponen y discuten los políticos de cualquier parlamento”.

En el bosque, las especies se mezclan, se conectan, se prestan agua, dejan que sus raíces se toquen y, entre todos permiten una convivencia inclusiva que hace posible una gran diversidad. 

Leyendo sobre árboles, y caminando entre ellos, me pregunté por esa fascinación mía por los bosques, como ese lugar donde una se repone y encuentra calma. Pero también como un espacio de vida, aún incluso en los meses fríos del invierno. ¿Será hereditaria esta pasión? Mi papá vive entre árboles…

Rebuscando, me topé casi de bruces con el trabajo artístico de la escultora keniata Wangechi Mutu, y su obra Tree Woman, una amazona medio-mujer y medio-árbol que despertó mi interés. 


Tree Woman , 2016 TIERRA
roja, pulpa de papel, pegamento para madera y madera

 Desde su posición como mujer, Wangechi Mutu se cuestiona constantemente ¿qué significa ser mujer? Con esto en mente, se propondrá reinterpretar el retrato femenino en búsqueda de nuevos paradigmas con los cuales identificarse. Tarea nada fácil si se quiere salir de los estereotipos y patrones dominantes. 

En un andar similar, la joven filósofa y ecofeminista francesa, Émilie Hache, propone formas de reapropiación de nuestros cuerpos, nuestro espíritu y nuestro medio ambiente. La modernidad, escribe, se ha construido sobre el doble proceso de destrucción de la naturaleza y de la opresión de las mujeres. En relación con esto, los trabajos de la italiana Silvia Federicci sobre las cazas de brujas, han sido esclarecedores.

La bruja, mujer rebelde en contacto con las fuerzas de la naturaleza y consciente de su poder, representa la figura de la revuelta contra las múltiples formas de opresión. La bruja de la modernidad renacerá de sus cenizas como una figura de resistencia al orden establecido. 

Las que reflexionan sobre la relación entre la naturaleza y las mujeres son muchas e inspiradoras. Artistas, escritoras, filósofas, científicas, campesinas, indígenas, agricultoras, poetas…en definitiva, mujeres comprometidas con la defensa del ecosistema de manera que todos y todas podamos vivir lo mejor posible. 

Mientras empecé a escribir este texto fui andando por un camino hecho por mujeres, estrechamente conectadas con la naturaleza y los antiguos rituales, similar a mis paseos por el bosquecillo de mi casa. 

Y así encontré los trabajos de las Guerrilla Girls, del movimiento W.I.T.C.H., del colectivo feminista boliviano Mujeres Creando, del Hydrofeminsimo de Astrida Neimanis, de los feminismos del sur, del movimiento Chipko en India o  de los textos y poemas de la filósofa Gloria Anzalúa.

Esta última escribió que “en mí está la rebeldía encimita de mi carne” y habla de la escritura-orgánica, del texto vivo, como un arma de resistencia. Ella se preguntará, ¿qué soy?

La relación de las mujeres con la naturaleza ha levantado muchas ampollas en algunos de las corrientes feministas dominantes, especialmente la del llamado feminismo liberal donde esta suposición ha sido desvalorizada.


Las luchas de las mujeres son innumerables. En el contexto actual, el ecofeminismo aporta, según la socióloga argentina Maristella Svampa, “una mirada sobre las necesidades sociales […] desde el rescate de la cultura del cuidado como inspiración central para pensar una sociedad sostenible, a través de valores como la reciprocidad, la cooperación y la complementariedad.[…] Se busca debatir sobre tierras, territorios, cuerpos y representaciones.” Sin olvidar, la íntima relación existente entre la explotación de la naturaleza y de las mujeres por parte el capitalismo.

 Vandana Shiva, escribió que “En la mayoría de las culturas, las mujereas han sido las guardianas de la biodiversidad. Ellas producen, reproducen, consumen y conservan la biodiversidad en la práctica de la agricultura. Sin embargo, al igual que todos los otros aspectos de su trabajo y su saber, la contribución de las mujeres al desarrollo y la conservación de la biodiversidad se ha presentado como un no-trabajo y un no-conocimiento.”

Mi hermana ha cumplido un sueño este año, ha construido su invernadero. Las plantas y semillas pueblan su casa, y anda siempre viendo la manera de recuperar y reciclar todas las posibles. Guarda en una primorosa cajita, las semillas que todos le regalamos. Mis amigas andan armando composts para recuperar los desechos orgánicos, y ya tienen sus pequeños brotes en las huertas que han construido. 

                                                                  Bárbara Drausal


Muchas mujeres, de culturas y clases diferentes, plantan. Plantan para sobrevivir, plantan para vivir. Para muchas, la tierra sigue siendo un refugio en los tiempos convulsos que corren. 

Como los árboles, nuestros caminos son infinitos. Las ecofeministas nos muestran caminos. Es buen tiempo para seguirlas.

¿qué significa árbol?

raíces

y sin embargo cielo.

Luisa Peluffo