domingo, 18 de agosto de 2019

La vida Facebook, la soledad y esconder la vulnerabilidad



Es un corazón
este holocausto en que me adentro
Oh niño dorado el mundo mata y come.
Sylvia Plath

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
En 2006, David Foster Wallace publicó Hablemos de langostas, un libro que aborda diferentes e inverosímiles temas. Detrás de las ‘langostas’ se lee la agudeza de un escritor a la hora de retratar lo que no gusta de ser retratado, “las preguntas desesperadas y las convicciones profundas”, con cierta ironía y humor.

Que no falte el humor para abordar lo que de otra forma no es abordable: “cómo ser humano: es decir, cómo ser una verdadera persona, alguien cuya vida obedezca a valores y principios, y no a una simple modalidad especialmente astuta de animal capacitado para la supervivencia.” 

Foster Wallace habla y escribe mucho, cosa que a mí me gusta y cuando lo hace toca muchos temas. Uno de ellos es el de la soledad, que tanto me interesa. No lo hace directamente, pero se desliza en sus textos.

Podríamos parafrasear a Foster Wallace y decir aquí, hablemos de soledad.  Hablar de la soledad es algo peliagudo porque está considerada como un aspecto negativo de la existencia humana. Si estás solo o sola, estás mal. Así se nos ha educado en esta sociedad tan veloz, perfeccionista y exitista.

Los escritores latinoamericanos tienen mucho que decir sobre la soledad. Gabriel García Marquez dijo que toda su obra escrita podía considerarse un gran libro de la soledad, con Cien años de soledad como su máxima expresión. Entendiéndola como un estado que nos imposibilita a amar y a tener empatía con los otros, y también, como desesperanza y contrapunto de la solidaridad.

La soledad, fluye en la identidad de América latina. También Octavio Paz escribió sobre ella en El Laberinto de la soledad, como una manera de entender la identidad de México.

Pero los tiempos han cambiado. Las sociedades han cambiado. ¿Han cambiado?



Olivia Lang escribió La ciudad solitaria, en la que aborda la soledad como “un sentimiento que todo el mundo vive en algún momento” y que en nuestra cultura está muy estigmatizada. Si te sientes sola, o solo, tienes un problema, se profetiza por todos lados.

Y así se nos enseña asociando la soledad con el aislamiento y el silencio. Ya escribí aquí sobre los beneficios individuales y políticos del silencio. Por qué no empezar a intentar desestigmatizar la soledad, para así abordarla desde otra óptica. Usualmente se cree que las personas mayores se sienten solos, cuando los últimos estudios arrojan resultados sorprendentes al respecto, como que son los jóvenes los que se sienten más solos que las personas mayores.

¿Cuántas soledades hay y cuál es la nuestra?

Todos hemos estado, estamos, o estaremos solos en algún momento de nuestra vida. ¿Por qué hacemos como que no? Olivia Lang agrega que buena parte de su estigma “tiene que ver con su ocultación, con que nos sentimos obligados a esconder la vulnerabilidad y las cicatrices como si fueran realmente repulsivas.” Y esto, nuevamente, es estimulado en esta sociedad acelerada que vende sólo felicidad obligatoria, exitismo y perfección. La vida Facebook, dice Maribel. Y Zygmund Bauman dirá que el éxito de Facebook está basado en el miedo a estar solo de las personas.

A estas alturas, este escrito parece un manual de autoayuda, que tanto tanto detesto. Pero quería explorar el abordaje de Lang, aunque a veces me haga ruido, porque me gusta su insistencia en que la “soledad es personal y es política. La soledad (también, agrego yo) es colectiva: es una ciudad. Lo importante es que estemos alertas y abiertos”.


¿Por qué tanto miedo a la soledad? En un contexto donde domina la eficacia, ¿qué utilidad tiene la soledad? Lamento decirlo: en esta cultura ninguna. Aunque, dirá Lang, que para los artistas la soledad es un objeto de su arte.

No hay una forma de soledad, hay muchas. Algunas, los psicólogos acordarán, lindan con las llamadas enfermedades mentales, otras con el egoísmo, otras con la vida y sus momentos, y muchas con la condición humana. ¿Cuál es la tuya?

La soledad nos lleva a hacernos esas preguntas que tienen que ver con el hecho de estar vivos, esas realmente importantes, sobre los valores, la identidad, la muerte, el amor, la sexualidad, la libertad, la avaricia, la razón, la fe, el dolor, el egoísmo.

Dice David Foster Wallace que “el uso de la lengua siempre es político, pero lo es de forma compleja.” Cada época tiene un lenguaje particular, y en él se muestra y se oculta con intencionalidad.

Respecto a la soledad, sólo se incorpora el miedo para hablar de ella. Y esto está al servicio del estado de las cosas. Omitir hablar de la soledad, haciendo como si no existiera, o restringirla al campo de la salud mental, representa un uso político. Si te sientes solo o sola, es tu culpa. Algo habrás hecho o no habrás hecho, dicen.

¿Cuántas soledades hay y cuál es la tuya y la de tu cultura? Los poetas y escritores dicen que la soledad da libertad, y también, que la libertad te conduce a la soledad. Es un camino de ida y vuelta. Y bien sabemos los latinoamericanos qué es la soledad. La soledad es política.

La poesía,
pero qué es la poesía.
Más de una insegura respuesta
se ha dado a esta pregunta.
Y yo no sé, y sigo sin saber, y a esto me aferro
como a un oportuno pasamanos.
Wislawa Szymborska

miércoles, 31 de julio de 2019

Imaginar lo que aún no se ha imaginado


Pensar el silencio.
Escribir es la respuesta evidente
a las consecuencias del olvido.
John Armstrong

Virginia Baudino, Socióloga - virbaudino@hotmail.com
Escribir sobre el silencio, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo escribir sobre el silencio sin caer en el individualismo inmovilista y apolítico característico de esta época? ¿Cómo escribir de algo que significa ausencia de algo?

¿Porqué el silencio? ¿Cómo evitar escribir del silencio sin caer en la tentación de retirarse al espacio privado que – como argumenta Zizek - contribuye a la dominación neoliberal?

En una cultura donde se privilegia lo inmediato y donde impera una velocidad de cambios sin precedentes, en todos los ámbitos de la vida social e individual, porqué el silencio.

Si actualmente no soportamos el silencio y vivimos en una sociedad, como escribí en otro post, en la que hay que ‘divertirse hasta morir’, y en la que  -argumenta Mark Fisher – la “ausencia casi total de reflexividad crítica” se conjuga con “una capacidad interminable para aceptar cualquier directiva” entonces….porqué volver al silencio.

¿Porqué le tememos al silencio? ¿Es intencional este temor o simplemente seguimos la corriente? Algunos consideran que este miedo al silencio se debe al terror que tenemos a encontrarnos solos con nosotros mismos y, otros, creen – como Marc Augé, Mark Fisher y Fréderick Jameson – que hay una intencionalidad en la abundancia del ruido generalizado al que hemos sido lanzados.  Para éstos, es el sistema el que necesita de nuestra cotidiana inmersión en el bullicio.

En el post anterior a éste, Maribel introdujo un video de Teresa Guardans llamado Pensar el silencio. Pensar el silencio disparó una serie de ideas.



Vivimos en una cultura ruidosa e hiper productiva en la que el silencio es concebido de una manera negativa como ausencia de algo. Sin embargo, hay diferentes formas de pensar el silencio, no sólo como ausencia de ruido, de sonido o de lenguaje, sino también como un estado, una manera de estar presente en el mundo. Los pintores, los poetas, los escritores buscan y necesitan del silencio para realizar sus obras.

Es necesario oír el silencio para mirar el mundo y la realidad, y para comprenderlos, sin por ello tener que necesariamente aislarse del colectivo. Y es necesario para poder conectar con los otros. Es también necesario, eliminar toda la connotación negativa que encierra el silencio. Comúnmente creemos que, si hay silencio, hay muerte y horror u ocultamiento y dolor.

Pero también se puede abordar el silencio desde una perspectiva histórica y política del sujeto. ¿Es posible silenciar el lenguaje – que como filtro para abordar y conocer el mundo nos es transmitido y aprehendido – para mirar el mundo? Sin el silencio, entre tanto bullicio, no hay oportunidad de que la realidad se nos muestre.

Dice Byung Chul Han que “Nietzsche concibe la asignación de nombres como un ejercicio de poder. Los dominantes "sellan cada cosa y cada suceso con un sonido y de ese modo, en cierta manera, toman posesión de ellos". Por consiguiente, el origen del lenguaje "sería la expresión de poder de los dominantes". Los lenguajes son "reminiscencias de las antiquísimas apropiaciones de las cosas". Pero sin lenguaje no hay historia, no hay narración.

El silencio, podría ser una alternativa para, como argumenta Didier Eribon “romper con las categorías incorporadas de la percepción y de la significación, ya que es en la inercia social donde estas categorías son vectoras, con el fin de producir una nueva mirada sobre el mundo, para abrir nuevas perspectivas políticas.

Y quizás, en esta búsqueda de silencio, podamos construir una forma de ‘repliegue estratégico’ para pensar el mundo social con la consciencia de evitar caer en las tentaciones del sistema “frente al cual la voluntad humana ha quedado obsoleta”.


Buscar el silencio, en esta cultura del ruido e infantilizada, para observar y reflexionar el mundo, como una manera de reconducir el antagonismo e imaginar otras realidades posibles. Para buscar nuevas formas de organización comunitaria y política, en este mundo aparentemente despolitizado, por fuera de ‘las ideologías del bienestar’ tan individualistas.

Tenemos que aprender a pensar y a actuar y a luchar contra aquello que se constituye ideológicamente como "normal”, dice Angela Davis.

Pensar lo que parece impensable, juntar lo que en el conocimiento aparece separado, y separar lo que aparece junto, explorar lo que se nos da por hecho, desde otra perspectiva. Imaginar lo que aún no se ha imaginado.
¿Es posible lo imposible? 
No hubiera sido propio
dedicarles la vida. Pero este instante sí,
como una última puerta abierta a la hermosura, 
mientras la tarde cierra, ya con su voz en vilo,
el pétalo final de una rosa de piedra.
María Victoria Atencia

miércoles, 10 de julio de 2019

Nada en un estanque, tiéndete en un prado o contempla las estrellas


Hay algo que no funciona en un sistema
que no te da la oportunidad de ser una buena persona.
Stephen Lessenich

Virginia Baudino, Socióloga - virbaudino@hotmail.com
Sheryl Sanderberg es la número dos de Facebook y una empresaria muy pero que muy poderosa. Ocupa un cuarto puesto en el nada despreciable ranking de las mujeres más poderosas e influyentes del mundo (el de los y las ganadores). Según dice Internet, su fortuna asciende a 1.600 millones de dólares. Igualito que la cajera del supermercado, que la empleada doméstica... y que yo.

Sandberg ha creado una asociación de empoderamiento femenino y ha escrito un libro titulado Vayamos adelante. Ahí tenemos las recetas de cómo llegar a ser como Sheryl en un pis pas tener una cuenta bancaria llena de dólares y ocupar cargos de poder en el súmun del sistema capitalista: Facebook (si tuviera un emoticono mi teclado, ya hubiera puesto uno). Sheryl ha podido sortear con creces las imposiciones y restricciones que el sistema patriarcal impone a las mujeres. Se la aplaude y celebra con innumerables distinciones.

Sheryl es el paradigma de un feminismo, actual, blanco y de pretensión universal. Yo agregaría también, con dinero. Este feminismo que ha hecho de todo por sacudirse de encima ciertas referencias contestatarias al capitalismo que es, en esencia, desigual y violento... pobre Sheryl, pero voy a decirlo, ¿es esto ser feminista?

Nancy Fraser escribió que “Como feminista, siempre he asumido que el luchar por la emancipación de las mujeres estaba construyendo un mundo mejor, más igualitario, justo y libre. Pero, últimamente ha comenzado a preocuparme que los ideales originales promovidos por las feministas estén sirviendo para fines muy diferentes.” (…) “en un cruel giro del destino, me temo que el movimiento para la liberación de las mujeres se haya terminado enredando en una ‘amistad peligrosa’ con los esfuerzos neoliberales para construir una sociedad de libre mercado.” (…) “si antaño las feministas criticaron una sociedad que promueve el arribismo laboral, ahora se aconseja a las mujeres que lo asuman y lo practiquen. Un movimiento que antes priorizaba la solidaridad social ahora aplaude a las mujeres empresarias. La perspectiva que antes daba valor a los cuidados y a la interdependencia, ahora alienta la promoción individual y la meritocracia.”


¿Por qué el feminismo, en todas sus variantes, es revolucionario? En sus argumentaciones, aquellas en las que enfrenta un sistema que genera entre los varones y las mujeres desigualdades, apunta hacia el origen de estas desigualdades: el sistema patriarcal.

Dice la filósofa francesa Jeanne Burgart-Goutal que “el patriarcado no se reduce a la dominación masculina. Es el nombre que le damos a todo un sistema que es también económico, social, político, intelectual, filosófico y religioso". Un sistema donde una parte de la población, las mujeres, están a merced de unas reglas de juego que no han creado ellas. Bueno, Sheryl, sí.

Entender la situación de desigualdad que nos atraviesan y que condicionan su existencia es indispensable hoy como reflexión filosófica, sociológica y política. Lo ha sido, y lo es, para mí, para mis amigas, mis conocidas, para todas las mujeres de todas las nacionalidades, de todas las etnias y de todas las clases sociales. Cada una transita este camino en su contexto y con otras mujeres.
¿Podemos hablar de un feminismo o de muchos feminismos? Por suerte para mí, para la cajera del súper, las empleadas domésticas, Sheryl, mis amigas, mi hermana, mis vecinas y todas las mujeres de este planeta, hay muchos feminismos.

Por suerte para nosotras, Simone de Beauvoir abrió la puerta a la segunda ola, con su libro El segundo sexo, poniendo el cuerpo de las mujeres en el centro del debate filosófico y político. Así, no sólo acuñó la célebre frase ‘no se nace mujer, se llega a serlo’ sino que sentó las bases de todo un movimiento, no sólo de reflexión sino de lucha.

Por suerte también para nosotras, todas las mujeres no europeas o estadounidenses, hay otros feminismos. Hay muchos. Como mujer y madre de tres niñas, he tenido que transitar desde los trabajos de Simone de Beauvoir a otros, buscando ciertos elementos de reflexión que me permitieran resignificarme como mujer y madre.


Leí que el movimiento Reclaiming Our Spaces de las mujeres negras estadounidenses, recupera los insultos para hacerlos una marca de pertenencia a un grupo y sus valores. La idea de este movimiento, entre otras, es la de reapropiarse de la categoría con la cual se nos asigna, el estigma. De esta manera, el rol asignado deviene un elemento de lucha y de poder. ¡Mujeres y Madres del mundo, uníos!

Leí y transité diferentes autoras, y en este andar, nunca sola, llegué a los trabajos de la francesa Yvonne Kniebler, quien discutía con un feminismo dominante decidido a ignorar la maternidad. Su libro, ¿Quién cuidará de los niños? Memorias de una feminista iconoclasta está inspirado por la negativa a desconocer la maternidad de las mujeres. En este libro, Kniebler, va a ligar su “experiencia personal a la historia colectiva de muchas generaciones.” Como hago yo, mis amigas, mi hermana: buscamos, leemos, hablamos, compartimos.

Encontré muchos trabajos que reflexionaban sobre esta temática, que no incluiré aquí, por cuestión de espacio y orden, aunque quisiera hablar de alguno que impactó en mis reflexiones. Los trabajos de Silvia Federicci fueron uno de estos.


En su libro, Revolución en punto cero: trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas, Federicci indaga sobre “la transformación de nuestra vida cotidiana y de la creación de nuevas formas de solidaridad.” Sus reflexiones sobre el trabajo doméstico, inmenso y no remunerado, realizado por las mujeres, que mantienen todo el sistema de reproducción humano en movimiento, son el punto cero para una alternativa al capitalismo dominante.

Pero lo que más busqué, fueron esos trabajos que cuestionaban el empoderamiento femenino a los Sheryl, individualista, de clases pudientes, con todo el viento a su favor, el que da el dinero, por aquellos trabajos y proyectos que rescataban y resignificaban todas las opciones de las mujeres, en lo profesional, en lo sexual, en lo corporal, en el de la maternidad, etcétera.

Desconfío de las modas y de lo que ahora nos dicen lo que debe ser el feminismo. Detesto el concepto de empoderamiento, por individualista y por anti solidario y porque no cuestiona este sistema profundamente desigual y violento.

Jessa Crispin, que tanto me gusta, argumenta que este concepto “es puro narcisismo. Se usa desde una lógica de superioridad, buscando reforzar tu propio valor desde estándares de éxito, dinero e imagen. Es una palabra que sólo refuerza los sistemas de exclusión que ya ejerce el poder, y al que muchas creen debemos luchar por entrar, en vez de discutir para qué.” Recuerdan a Rutger Bregman y su ‘qué mundo sueñas’.


Me atraen los proyectos y reflexiones de mujeres en los bordes del sistema, que pelean día a día por hacerse una vida, la que sea, en los que se percibe un discurso de solidaridad con todo el cuerpo social.  Me atraen esas diversas elecciones de vida profundamente arraigadas en la comunidad y en la resistencia a este sistema ‘del-todo-para-el-ganador’ y ‘ganadora’ (¿recuerdan a Sheryl?).

Parafraseando a Nancy Fraser, me parece importante ser cuidadosos con utilizar “el sueño de la emancipación de las mujeres para engrasar el motor de la acumulación capitalista.

Fatema Mernissi, escritora, feminista y socióloga marroquí, confrontó con el imperialismo del feminismo occidental, demandando el derecho a transitar este camino a su manera y en su contexto.

En Sueños en el umbral, Mernissi nos regala su escritura. “Yasmina decía que lo peor que podía pasarle a una mujer era que la separasen de la naturaleza. -La naturaleza es la mejor amiga de una mujer – decía a menudo. Si tienes problemas, nada en el estanque, tiéndete en un prado o contempla las estrellas. Así cura una mujer sus miedos.”

lunes, 1 de julio de 2019

Vivimos tiempos de impaciencia y velocidad


‘Porque mira, no ganaremos la carrera hasta la cima,
                                      porque no vamos bien calzados, y esa gente lleva
                                                                                  entrenando toda su vida para este momento.
                                                                          Y eso desanima. Pero las cosas bonitas pueden pasar
en el acto de fracasar.’
Jessa Crispin

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
A veces tengo la sensación de que la vida se pasa esperando. Qué, no sé. ¿Qué pasa cuando hacemos nada? ¿Qué es lo peor que nos puede pasar?  ¿A qué le tememos al hacer nada? Un tal Carl Honoré escribió un librito que se titula El elogio de la lentitud y, mucho más interesante es el escrito por Andrea Köhler, El tiempo regalado.

Muchos, escribieron, escriben y escribirán, sobre la velocidad y la aceleración. En este blog hablamos de Hartmut Rosa y su argumentación sobre la resonancia como forma de apaciguar la aceleración imperante en la sociedad actual. También lo hicimos de Richard Sennet y ese estupendo libro, La corrosión del carácter, en el que aborda los efectos del capitalismo flexible sobre el carácter y las trayectorias de las personas.

¿Por qué esta hiper productividad extrema? Incluso cuando encuentro gente que se dedica a una vida más ‘lenta’, veo que hay un temor a no hacer nada. Están todos escribiendo, como yo ahora, actuando, escalando, viajando, cultivando, etcétera. Están haciendo. Leí que una de las causas del furor del deporte se debe a que, en lugar de volver a casa ‘a no hacer nada’, porque nos aterra, ocupamos nuestro tiempo libre entrenándonos para, aún en momentos de ocio, hacer algo.

¿Qué pasa cuando no hacemos nada? Realmente ¿somos capaces de no hacer nada?

Como dice Andrea Köhler, de lo que hoy se trata es de resistir a una educación y a una socialización basadas en la hiper productividad. Aunque Jessa Crispin es más enérgica y menos optimista que Khöler, al decir que ‘Tu valor sigue estando profundamente ligado a tu productividad, esa ética del trabajo protestante que permanecerá contigo hasta tu lecho de muerte.’ Sennet enfatizará en que “El fracaso es el gran tabú moderno.



 ¿Se puede hacer algo no productivo? Dice la autora, que nos encomienda a esperar, a parar, que “El problema de la espera es que suele llevar a hablar con una misma. Y eso da siempre miedo.” Y da miedo, porque en una educación productiva, sobre la espera hay siempre una amenaza, una ausencia y una exclusión.

En nuestra cultura, según Wilhem Genazino, esperar es algo culturalmente falto de valor. Es algo que te aleja del grupo de pares, te aísla, te hace diferente. Es algo profundamente yoísta, dirá Peter Handke.

Sin embargo, agrega Köhler, ‘esperar podría ser nuestra primera práctica en el pensamiento utópico, en la resistencia contra las imposiciones de un mundo que diseñan otros.’ La espera es un tiempo regalado, sostiene, porque algo te obliga a hacer un alto en el transcurrir de las cosas.
Walter Benjamin, consideraba que esta espera temporal a la que llamaba aburrimiento, ‘llega cuando ya ni siquiera sabemos qué esperamos’ pero ‘puede desencadenar nuestras mejores fuerzas.’ Hay que esperar el momento adecuado, aunque no sepamos cuándo es



En la época de la aceleración y el desboque por subir (lo más rápido posible y a cualquier coste) a la cima de la montaña social, de ‘el ganador-se-lo-lleva-todo’ de Sennet, esperar es un vocablo maldito.

Vivimos en tiempos de impaciencias y de velocidades en los que la espera produce terror. Deambular, argumentará Köhler, es un fin en sí mismo en el que hay que estar dispuesto a extraviarse en el laberinto.

Es, además, transición, es remover el dulce en la olla lenta y pacientemente – me enseñó mi amiga -, y es la expectativa inusitada de poder empezar de nuevo.

La filosofía, escuché el otro día a alguien decir, enseña a resistir.



La espera, es un laboratorio de experimentación filosófica, en el que las ideas circulan y en donde se puede construir una idea del otro que suponga un reencuentro con ese otro. Se trata de abrir el espíritu ganando confianza y estima de una misma, liberando la creatividad, argumentando, generando empatía y cooperación, luchando contra la violencia.

Dice Peter Handke, en su ‘Ensayo sobre el cansancio, que en el cansancio hay un intervalo, una espera. Éste, nos estimula a escribir (no el otro) y tiene algo de curación.

Esta extrañeza del cansancio y de los tiempos de espera puede introducirse en nosotros y cuestionarnos: ¿quién soy? ¿hacia dónde voy? ¿qué quiero hacer? ¿por qué estoy acá? Pero esto, no le sucede sólo a una, me arriesgaría a pensar que es más extendido de lo que se cree. Es en la interacción diaria con los demás, relacionándonos, donde podemos construir lazos de solidaridad para resistir al imperativo de la hiper producción y rendimiento, como dice Byung Chul Han, de la sociedad ‘del-ganador-se-lo-lleva-todo’.

Pero ¿quién quiere todo? Si sólo aspiramos a estar en armonía con nosotros y con el mundo, no a tener todo.
La lluvia, ese fenómeno del alma. 
El arte de llover será el de siempre. 
La lluvia de vivir no cambiará. 
Somos gente que llueve, 
gente que ve llover sobre la tierra. 
Carlos Marzal

martes, 28 de mayo de 2019

El jardín como una zona de promesas - Virginia Baudino


“El jardín, es la más
pequeña parcela del mundo, y también,
es la totalidad del mundo.”
Michel Foucault 

Cultivar un jardín ¿‘filosófico’? ¿literario? ¿político?
Un cuarto propio

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
Últimamente circula esta frase: hay que cultivar un jardín. Ya saben que todo lo que empiece por un deber ser para mí queda automáticamente descartado. Como dije muchas veces, soy muy mala alumna. Pero, a riesgo de sorprenderlos, tengo un pequeño jardín y me ocupo con un ansia desmesurada. ¿Herencia de Héctor y sus rosas?

Cuando Maribel me visita, el tour de los jardines es imprescindible como marco para nuestras caminatas y charlas.

Sin embargo, comienza a llamarme la atención que se promocione la jardinería. No es por nada, pero qué significa este imperativo para una especie que se ha dedicado prácticamente a destrozar la naturaleza. Y no sólo esto, qué significa esto en el contexto de la hiper productividad capitalista y la sociedad del cansancio.

Hacer un jardín es una actividad – en la mayoría de los casos - solitaria, lenta, austera, aislada y contraria a lo que se nos demanda hoy, decía Neil Postman, de divertirnos hasta morir.


Contrario a esto, Jardinear (palabra que no existe en español, pero sí en francés y es un verbo) implica una vida aislada y aparentemente alejada de las luchas que se dan por cambiar el mundo.
Sin embargo, en los últimos años, dirá Catherine Golliau, producto de los excesos de la vida urbana, del auge del pensamiento ecológico y un poco al mal sabor que las ideologías que dominaron el siglo XX nos han dejado, volvemos a mirar desde otro punto de vista lo que representa cultivar y mantener un pedacito de terreno: un lazo con la naturaleza, con la flora y la fauna (doy fe gracias a mi lucha contra los nidos de abejas y avispas varias) y con la belleza. Un poco para escapar, agregará Byung-Chul Han, de la sociedad del rendimiento. Y para construirse el cuarto propio del que hablaba Virginia Wolf.

La lucha de clases también ha mutado en lucha por la naturaleza. Aunque el enemigo ha cambiado, o quizás no tanto. El jardín vuelve como una zona de promesas y, también, como un espacio político de resistencia y lucha, dice nuevamente Golliau, si lo percibimos desde el sentido de que él es también un reflejo de las relaciones sociales imperantes y de la manera en que el jardinero o jardinera entiende el mundo.

Puede ser entendido como el paraíso perdido, como un lugar de aislamiento y meditación, como un espacio de utopía social, como la expresión del poder del Rey Sol a lo Versalles o puede ser concebido como un objeto de arte. Claude Monet, y todos los impresionistas, dieron buena cuenta de ello.


En todos los continentes, todas las civilizaciones han tenido, y tienen, sus jardines. Su realidad es casi universal, ya que son concebidos para recibir, cultivar y honrar el mundo vegetal. A través del jardinaje, hemos intentado controlar los elementos que lo contienen como el agua, la tierra y el sol, y con ellos afirmar nuestra supremacía sobre la naturaleza. Hemos intentado participar de la vida desconocida del universo plantando, cultivando y cosechando.

Hoy nos es imposible entender el jardín como lo hacían hace siglos, ya que nuestra percepción del espacio y del tiempo, así como nuestros modos de vida y nuestra cultura son diferentes. Pero algo hay en común entre todas las culturas y es que el jardín seguirá siendo concebido como ese espacio cerrado, protegido, aislado, como un oasis frente al desquicie del mundo exterior, como un refugio.

Trabajamos en ellos, invertimos y perdemos nuestro tiempo, los pensamos e imaginamos. Así, removemos la tierra, quitamos hierbajos, reorganizamos una escenografía según nuestras normas estéticas. Las mías, se alejan de los estándares, planto lo que puedo permitirme y lo que este año me apetece. Mis criterios son puramente caprichosos. Me maravillo ante la vida y la belleza de las plantas y les hablo…y no, no creo estar desvariando.

Descubrí que un jardín puede ser político, y confieso que aún me cuesta acercarme a esta perspectiva. El jardín en movimiento, que propone el paisajista Gilles Clément es político y lo opuesto al jardín puramente estético. Clément propone un jardín en el que ‘se le da una plaza importante a lo vivo, [especialmente] a aquellas especies salvajes que elijen vivir en el jardín’ - y que normalmente desterramos, yo incluida -.

Jardín Vertical Colegio Fuhem

De esta manera, el jardinero o jardinera escucha e interpreta las energías de la naturaleza y le deja el terreno libre a las fuerzas vivas, aunque me cuesta pensar que mi batalla descarnada contra la achicoria (y su mala reputación) debe abandonarse para la ‘laissez faire’. ¿Tendré que revisar mis resistencias?

Pero, qué tiene de política la idea de hacer un jardín. Bueno, para Clément y para el filósofo coreano Byung-Chul Han también, significa una opción de resistencia frente a un capitalismo ultra productivo, avasallador y controlador. Jardinear, significa desacelerar la vida, focalizarse sobre los ritmos estacionales, conectar con la naturaleza y proteger a los seres vivos (no a todos, la achicoria y yo tenemos una batalla declarada, que por ahora gana ella).

El jardinero va en contra de la tan mentada aceleración. Para hacer el jardín, se debe aprender a no hacer nada, a tomarse el tiempo necesario y a perder tiempo, a percibir los cambios biológicos y los hábitos del mundo animal. Un jardín es el espacio ideal para aprender a ser pacientes, a escuchar la naturaleza, a trabajar con nuestras manos, a perder el tiempo y a invertir en tiempo, a aprender a dialogar con los otros seres vivos (incluso con las avispas y achicorias que intentan invadir mi pequeña parcela).


Es casi casi terapéutico y, si se puede – incluso en una terraza o balcón -, es construirse un lugar en el mundo en donde con poco se puede resistir a los valores dominantes de la aceleración y de la hiperproductividad desmesurada. Es un cuarto propio.

Dice Byung Chul Han que acudir al jardín es un acto político de resistencia, una actividad que se aleja del ruido de la sociedad del cansancio y del rendimiento, es diseñar una vida ajena a los criterios dominantes.

El agua se aprende por la sed;
la tierra, por los océanos atravesados;
el éxtasis, por la agonía.
La paz se revela por las batallas;
el amor, por el recuerdo de los que se fueron;
los pájaros, por la nieve.
  Emily Dickinson

lunes, 6 de mayo de 2019

Las pequeñas alegrías de Marc Augé - Virginia Baudino

Las pequeñas alegrías, pese a todo
yo sólo quería
volver a tener unas flores
que siempre hubo en mi casa.
Y ahora no sé si obedecer al recuerdo.
Juana Bignozzi

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com

¿Es posible hablar de una antropología de las felicidades?

El filósofo francés Marc Augé, responde afirmativamente a esta cuestión, y va más allá publicando su libro Las pequeñas alegrías. En él va a explorar “las vías mediante las cuales un individuo trata de mantener los lazos con los demás y de establecer nuevas conexiones a través de la gestión de su día a día.”. 
No se equivoquen, quizás el título de su libro lleve al engaño, y pensemos que ¡otra vez, Virginia! nos encontramos ante esta tan publicitada tendencia de marketing o, frente a un mensajero dudoso de la felicidad. O simplemente, a una incógnita que se me repite, día tras día.

Nada más alejado de la realidad – aunque esta incógnita se me repita día tras día -, en línea con lo que hemos comentado sobre sociólogos como Richard Sennett o Zigmunt Bauman en este blog, o filósofos como Byung Chun-Hal o Mark Fisher, que ya abordan este tema y su relación con la sociedad de consumo y el sistema político-económico actual, Augé indaga sobre los peligros de la dictadura de la felicidad en paralelo con “la aspiración a una serenidad feliz [que] contrasta con la fiebre competitiva del capitalismo triunfante y con la protesta de los marginados y excluidos.” 


Para empezar, Augé no hablará de felicidad sino de la felicidad en plural, además, tratará de “realizar un desvío antropológico para observar en qué ocasiones y bajo qué condiciones experimentamos de vez en cuando -yo agregaría muy de vez en cuando -la evidencia tangible de un momento y un movimiento de felicidad. Un movimiento y no una inmovilidad permanente.”

Por ello, hablará de las pequeñas alegrías, en movimiento, fugitivas, que superan el miedo, la edad o la enfermedad, que están siempre en juego con la relación con una misma y con los demás.

Hablará de ellas como “los instantes de felicidad, de las impresiones fugaces y de los frágiles recuerdos […] de las alegrías que existen <<pese a todo>>.

Son ellas las que nos permiten resistir y sobrevivir “a las tempestades que quiebran el alma y a las inundaciones que asfixian y ahogan” y tejen un “hilo que enlaza nuestros días y que nos ayuda a vivir.”


Alegrías diarias y de las de siempre (desgracias hay para tirar para arriba), que nos ayudan a intentar vivir de la mejor manera posible, alegrías de la primera vez que, de vez en cuando, revivimos, las alegrías de los reencuentros – afectivos, obviamente -, las de cantar, tararear, silbar, las de los sabores y la de los paisajes que están destinadas a crear recuerdos, las de la resistencia y las de la edad. Estas últimas, aparecen cuando nos toca hacernos mayores y nos enseñan un poco a vivir al día. Yo agregaría, en mi caso, la de las hijas y la de los niños, la de los olores, la de leer y jugar y la de cultivar mi jardín...

Augé termina diciendo que quizás, las pequeñas alegrías puedan significar la promesa de un futuro mejor, no sólo para mí, o para ustedes, para todos los hombres y mujeres, y también pueden desembocar en una toma de conciencia de todos y todas. ¿Para construir un mundo más amable?

Si mis hermosos amigos
casi todos preocupados por la vida
pudieran quitarse la capa
yo les hablaría de la alegría.
Les contaría historias sencillas
cuentos para alguien que quisiera vivir.
Con mis hermosos amigos casi del alma
hablo del cambio de estación.
Nosotros en realidad
gente con oficios que no sirven para triunfar.
Juana Bignozzi

jueves, 18 de abril de 2019

Tienes más tiempo del que crees - En la mitad de la vida, Kieran Setiya


Maribel Orgaz- @Leerenmadrid
Mira Vir - le puse en un mensaje- este libro es una maravilla.

Y le envié una foto de la portada. Para esto, supongo, las redes sociales son un buen invento.

Si Virginia encuentra un libro que cree merece la pena que yo conozca hace lo mismo y me envía unas cuantas fotos de párrafos que ella ha subrayado. Yo no escribo en mis libros, tengo libretas con anotaciones por todas partes y hacerles fotos para mí es un engorro porque  tomo notas sólo para detener la lectura y dar tiempo a la mente a ir más despacio. Virginia trabaja sus textos directamente y esta costumbre suya, de subrayar los textos y enviarme esos pantallazos me viene muy bien para tener un incentivo para encontrar el libro que me recomienda.

En la mitad de la vida, escrito por el profesor de Filosofía, Kieran Setiya me gusta porque rebosa amor a la vida, es fácil de entender para cualquier lector y está lleno de humor y aceptación de lo que vivimos. Además, es consciente de que es un hombre privilegiado y de que escribe desde esa posición.

Miles de seres humanos no sólo no tienen preguntas filosóficas tipo qué hago yo aquí, sino que se darían por satisfechos con tener una fuente estable de ingresos y una vida en la que no estén expuestos a la violencia y al caos.

Setiya es consciente de que, la mayor parte de los hombres de su edad en Estados Unidos han pasado por más de 13 empleos y están siempre disponibles para mudarse a cualquier lugar si le ofrecen un trabajo mejor. En cambio a él le pagan por leer y escribir y dar clase en una de las universidades más prestigiosas del mundo; está casado y tiene un hijo.

Y sin embargo, cuando contempla su vida "que tanto me había esforzado en construir, sentía una desconcertante mezcla de nostalgia, arrepentimiento, claustrofobia, vacío y miedo". 

Este libro, dice más adelante no es para quien lidia con una crisis de la mediana edad, sino para cualquiera que esté lidiando con la irreversibilidad del tiempo. 

La respuesta de Setiya es mirar a los filósofos como interlocutores no como depósitos de sabiduría que ir a consultar ante las dificultades de la vida.
"Este libro difiere de la autoayuda tradicional, en parte porque se preocupa más de cuestiones básicas acerca de cómo sentirte con tu vida, y en parte porque se preocupa menos por el cambio externo. Para la mayoría de nosotros, la mediana edad no es demasiado tarde para empezar algo nuevo, aunque con frecuencia lo parezca. No te dejes engañar por la perspectiva del tiempo que acompaña a la mediana edad. Tienes más del que crees".