martes, 16 de marzo de 2021

La calma y el sosiego necesarios, el miedo y los temores en estos tiempos

 


¿Sabes tú del miedo?

Alejandra Pizarnik 

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com

En un encuentro universitario en Davos, en 1929, en un debate en el que participaban el joven y temperamental filósofo alemán Martin Heidegger y el viejo filósofo neokantiano Ernest Cassirer, un estudiante les preguntó sobre lo que la filosofía podía hacer contra el miedo, contra esa angustia que estrangula nuestra existencia frente a la muerte.

Luego de un momento de reflexión, el viejo Cassirer dijo que no tenía una respuesta filosófica y que solo podía contestar con una creencia: “creo que la filosofía tiene por función liberarnos de ese miedo poniendo de por medio la cultura. Nosotros debemos liberarnos del miedo para consagrarnos a existir de las mejores formas posibles.”

Contrariamente a Cassirer y muy en su línea, el joven Heidegger se posiciona claramente contra este argumento y dice que es absolutamente falso, que al miedo hay que abordarlo de frente y confrontar a la Nada que nos habita. Luego de afrontarlo, dirá, podremos encontrar la manera de hacer filosofía.

En el corazón de los Alpes suizos, Heidegger se encuentra como pez en el agua, esquía y camina en la montaña mientras el viejo Cassirer se encuentra en cama a causa de un resfriado. 

Según algunas interpretaciones, es en ese momento, en el que podremos comprender los caminos que cada uno de estos tomará posteriormente a la llegada de Hitler al poder, Heidegger integrará las filas del partido nazi y Cassirer deberá exiliarse y no regresará jamás a Alemania.

En este memorable encuentro filosófico, en el que dos tótems de la filosofía se enfrentaron ante un conocido y reputado público, nadie imaginaría que, como dice Alejandro Piscitelli, “se estaba incubando una de las torsiones del pensamiento contemporáneo que derraparía con fuerza una década más tarde cuando el nazismo llegase al poder.”

En estos momentos tan inhóspitos por los que atravesamos, esta disputa filosófica, así como la pregunta lanzada por ese estudiante a esos dos grandes filósofos, me parecen un interesante punto de partida para reflexionar sobre el miedo para así, dirá Michel Agier, situarlo en sus contextos, diferenciarlo y penetrar en los mundos imaginarios en los que se despliega, y así alertar sobre sus usos políticos, mediáticos y religiosos. 

El miedo no es ni bueno ni malo. Es una alerta frente a un riesgo. Sea negado, contestado o asumido, domina en nuestras sombras. Entonces me pregunto, ¿qué puede hacerse frente al miedo? ¿soy solo yo la que tiene miedo? ¿Hay miedos compartidos en un momento y en un lugar?

Alguien escribió que la crisis es una cosa buena si eres filósofo o sociólogo, aunque cuando se trata de abordar emociones, ambas disciplinas han preferido permanecer calladas. Por tanto, la pregunta de ese estudiante sigue presente en mis reflexiones: qué puede hacerse contra el miedo.

“No queda asidero ninguno. […] Sólo resta el puro existir en la conmoción de ese estar suspenso en que no hay nada donde agarrarse.” Heidegger

¿Se puede escribir sobre el miedo? ¿Es posible hacerlo sobre esa sensación que de golpe se apropia de tu persona y se desparrama por todos los rincones sin dejarte respirar? ¿Cómo escribir sobre los latidos desaforados del corazón y de la respiración agitada que no cesa de descontrolarse y del “terror del silencio de los espacios infinitos” (dice Pascal)? ¿Qué pasa cuando tu miedo es el de toda tu comunidad? ¿Qué relación tienen nuestras sociedades con el miedo, y de éste con la política?

Parece casi una tontería escribir sobre algo que todos conocemos de primera mano pero que todos hemos aprendido a ocultar. A esos miedos más íntimos, Agier les llama miedos existenciales individuales y universales. Son los más desiguales, puesto varían en función de la edad, de las condiciones sociales y de los lugares. Son los que todos tenemos en primer lugar: miedo a la muerte, a la enfermedad y a la violencia. 

“El miedo se detiene a un palmo del abismo”. Mario Benedetti

Para aclararme, lo primero que he hecho es ir al diccionario. Según éste, el miedo es la «perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario». En ambos aspectos, la amenaza excede la posibilidad del control de las personas implicadas. Como ya dije aquí, parece ser que no es ni bueno ni malo. A ustedes corresponde juzgarlo.

“Nada me calma ni sosiega: ni esta palabra inútil, ni esta pasión de amor, ni el espejo donde veo ya mi rostro muerto. Oídme bien, lo digo a gritos, tengo miedo.” María Mercedes Carranza

Revisando en su etimología, algo a lo que me he aficionado en estos últimos tiempos, encontré curiosamente que su origen latino, metus, tiene - ¡vaya qué coincidencia! - una raíz oscura pero existente desde los orígenes de nuestro idioma español.

Sin embargo, en su origen griego, el término usado para referirse al miedo es phobos, que como se imaginarán da origen a la palabra fobia. Phobos aparece por primera vez en la Ilíada, hijo de Ares y Afrodita, tenía un especial protagonismo en las batallas porque simbolizaba el reto individual de todo soldado para enfrentarse a sus temores. Curiosamente, los héroes griegos llevaban a phobos tallado en sus escudos.

Como emoción universal, desde épocas remotas, todos y todas lo hemos sentido, aunque la forma en que lo experimentamos varía según el tipo de sociedad y “de acuerdo a los marcos de significado mediante los cuales adquieren sentido”, dicen Margarita Olvera y Olga Sabido. Hoy sabemos que varía con las épocas y los contextos históricos, aunque nos sorprenda.

Lejos estamos de las batallas de la antigüedad y de la supervivencia en épocas lejanas y ya no nos aterrorizan las brujas y sus maldiciones. En la Edad Media europea, los cristianos temían a la muerte súbita pues impedía la confesión y extremaunción y con ello la imposibilidad de salvación del alma. La teología les ofrecía una explicación que lo hacía tolerable.

Es curioso esto de los miedos. Por un lado, aceptamos que una vida libre de miedos es imposible, porque forman parte de la naturaleza humana. Pero por el otro lado, en nuestra cultura no se pueden reconocer públicamente ni los miedos personales ni los colectivos, y eso que ahora están a la orden del día. Dice Jean Delumeau que, en nuestra época, “la palabra ’miedo’ está cargada de tanta vergüenza que la ocultamos”. 

Y aunque leyendo estas líneas no lo creas, en las actuales sociedades ‘de riesgo’, líquidas, corrosivas, frágiles, inseguras, inciertas en las que los individuos están librados a su suerte y totalmente desprotegidos por parte del Estado social, somos más frágiles ante el miedo que nuestros antepasados.

La sociedad del riesgo, de Richard Sennett, es un contexto fértil para la soledad de los miedos o, mejor dicho, para la privatización de los miedos. En este contexto, caracterizado por el hiper-individualismo y por la debilidad de los lazos o los vínculos sociales, en las que además irrumpe una pandemia, se produce un resquebrajamiento del tejido social que impacta aún más en la producción desbocada de miedos individuales y sociales. 

Foto:Chiquitectos

Y si a ello le agregamos “la sincronización de esta emoción a escala mundial”, en el que se tiene el mismo sentimiento de terror, al mismo tiempo y al mismo momento, dirá Paul Virilo, la situación se complica aún más y los peligros sobre el control de los cuerpos aumenta.

Y mi lista de miedos no deja de sorprenderme, y crece cada día más y su imaginación ha encontrado un suelo fértil donde desplegarse. Cuando empecé a escribir, solo quería apuntar algunas notas, en medio de esta explosión de miedos, para quizás consultar en momentos de extrema necesidad. Al final, quería darles una chance a los pobres miedos, no es su culpa ni tampoco la mía. 

Desde hace un año, vivimos en un mundo de ciencia ficción. Vivimos en un mundo en el que el miedo se ha extendido. ¿Qué hacemos con nuestras emociones? ¿Cómo abordar ese territorio desconocido? Leí una pequeñísima notita que me dejó pensando: ni obedecerlas ciegamente ni erradicarlas completamente. Se puede intentar comprenderlas. Y en eso estoy aquí intentándolo.

"Cuando el miedo me toma, yo invento una imagen". Goethe

Y llegada aquí vuelvo a retomar la pregunta inicial, ¿Qué podemos hacer contra el miedo? ¿Cómo podemos liberarnos de esa opresión? 

Los trabajos del antropólogo Michel Agier, nos abren interesantes puertas. Éste nos dice que el miedo está aquí, es íntimo, inmenso y cósmico pues nos muestra nuestra fragilidad en el mundo. Así, apoyándose en los trabajos de Mikhail Bakthine, propone volver hacia las formas en que las culturas populares han afrontado el miedo para exorcizarlo y superarlo. 

Y, como buen antropólogo, nos propone una figura simbólica, un artefacto imaginario del ridículo: el espantapájaros, ese objeto (y otros) con los que nos apropiamos del miedo y que, al mismo tiempo, encarnan el miedo. Se trata, en última instancia, de ridiculizarlo. 

No obstante hay ocasiones, que se abren de improviso, y allí miedo y coraje, son franjas de lo mismo. Benedetti

La risa y lo grotesco han mostrado una importante función social, así como el carnaval, por qué no hacerlo también con el miedo. Han demostrado, además, que pueden ser formas alternativas que nos permitirán interrogarnos sobre la función social del miedo.

¿Qué hacemos con el miedo? Lo convertimos en objeto de reflexión, lo desmenuzamos, para así frente a la parálisis encontrar la fuerza necesaria para enfrentarlo. 

Por ello, me sumo a la idea de Agier y propongo construir espantapájaros de todo tipo. Con este objetivo exorcizante, me parece necesario salir de los canales de propulsión mediática del miedo, luchar contra el aislamiento, reestablecer los lazos con los otros, reflexionar….y seguir reflexionando para buscar formas alternativas que me permitan transformar el miedo y desarmar sus usos. 

¿Cómo transformar el miedo en arte, hacer alquimia, crear algo bueno, ayudar a los otros y a mí misma? El nosotros nos permite trabajar sobre la pregunta realizada por ese estudiante: ¿qué hacemos con el miedo?

Si toda vida es referencia a nuestra vida, 

espero dejar una palabra, que ampare a alguien, 

en estas tardes inhóspitas de recuerdos. 

Juana Bignozzi




sábado, 30 de enero de 2021

Tiempos de echarse al mar y navegar - Enero, el mes en el que las flores aún duermen.

 


“Y aunque cumplas la terrible condena de no poder estar cuando te llamo, sin dudas en algún lado organizas de nuevo la familia, o me ordenas las sombras, o cortas esos ramos que bordan tu regazo para dejarlos a mi lado cualquier día”.
                                                                                                                                                                                    Olga Orozco

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com

Enero es el mes, en el hemisferio norte, del invierno y con él bien instalado, atravesamos un mes vacío de flores. Por acá, además, no para de nevar….

En la mitología romana, enero es el mes de Janus o Jano (Ianus), el dios de las transiciones. Con sus dos caras, una que mira hacia el pasado y otra hacia el futuro, Janus era, además, el dios de las puertas, los comienzos, las transiciones y los finales. Es por ello que le fue consagrado el primer mes del año, y se le invocaba públicamente el primer día del año.

“Pero donde los días entretejen pacientes sus coronas, ella sintió filtrarse hasta sus venas las hondas estaciones.” Olga Orozco

En enero, las flores aún duermen y lo seguirán haciendo unos meses más. Esas perfectas compañeras, o acompañantes, en la intensidad de los ritos de pasaje de las personas, en esos momentos de transición como son los nacimientos, las uniones, una celebración o un duelo.

Una flor particular marca nuestra última transición y, en enero, he recordado que la Nelumbo nucífera, más comúnmente conocida como loto sagrado, es la flor sagrada para los budistas que acompaña al ser humano en su pasaje al más allá.

“¿Cómo encontrar bajo invencibles lianas esa respuesta a un alma que interroga incesante?"  Olga Orozco.

Como la flor de esta planta acuática emerge unos 20 centímetros sobre la superficie del agua, lo que la distingue de los nenúfares, ella simboliza la elevación y, dice Gilles Clément, “remite al conjunto de especies cuyo modo de vida explora a la vez el suelo, el agua y el aire, las tinieblas y la luz”. En ella, se concentra todo el esplendor de la flor, “todo lo que puede reducirse a los valores del espíritu: lo inmaterial”. 

¡Qué curioso! Cuando nos preguntamos qué es un jardín, rápidamente los imaginamos al estilo occidental, o puede que oriental….pero no nos hemos detenido en el hecho que el origen del jardín es muy sencillo… ¡la huerta! 


Es ahí donde empezó todo. “En el huerto, y solo ahí, el jardinero o jardinera atento a la economía de gestión máxima procede al reciclaje de los deshechos y las energías. […] Todo está ahí en potencia: lo útil y lo fútil, la producción y el juego, la economía y el arte. Del huerto nacen todos los jardines, atraviesa el tiempo y contiene el saber”, argumenta Clément, que por cierto es un experto jardinero y filósofo.

Los nómadas no hacen jardines, nos dice. “El primer jardín es aquel en el que el ser humano decide cesar su vagabundeo”. El primer jardín nos alimenta y, por ello, lo hemos cerrado ya que hay que proteger lo más preciado: las hortalizas. 

Sin embargo, el principio del jardín es constante: acercarse todo lo posible al paraíso, a ese lugar donde el alma se repone, a ese espacio que emerge como promesa de antídoto para la tristeza.

Thoreau escribió que “La tierra no es meramente un fragmento de historia muerta, colocado estrato sobre estrato como las hojas de un libro, para que la estudien sobre todo geólogos y anticuarios, sino que es poesía viviente al igual que la hoja de un árbol”.

Las huellas en el cuerpo de una escritora talladas en poesía, Gloria Anzaldúa

Este año, leí, que tuvimos que ver el mundo desde una ventana. Decía Gastón Bachelard que “Cuando la ventana es más estrecha, más lejos podemos ver.” ¿Qué tan lejos hemos llegado? O ¿cuán profundo? 

Matisse es el artista que, aparentemente, demostró que mirar es una parte importante de la creación artística. Se considera que es quien mejor ha sabido contemplar la tranquilidad. Según Aratxu Zabalbeascoa, el pintor francés, se propuso desde la ventana “pintar los colores imposibles de todas las horas del día". Últimamente me parezco a Matisse, con la diferencia que ando tratando de atrapar palabras u hojas de todas las horas de estos días.

“Cómo llaman aquellos que se van a los que nunca vuelven”. Olga Orozco

¿Qué pasó en el camino que de crear huertas para alimentarnos hemos pasado a desatender lo que comemos? ¿Cómo es posible que tantas personas sean alimentadas por tan pocas manos? En su libro Ciudades hambrientas, Carolyn Steel, nos muestra que controlar el alimento es poder. Y eso, amigas y amigos, en manos de sólo tres grupos empresariales, debería aterrorizarnos.



Dice Antonio Muñoz Molina que “la psicopatía de los poderosos da tanto miedo como la de los asesinos en serie". Nunca me ha parecido más acertada una frase, viendo el panorama exterior.

“Más he de recordar que estoy aquí y que seguiré anhelando, agarrando pizquitas de claridad, haciendo yo misma mi vestido de sol, de luna, el vestido verde-color de tiempo con el que he soñado vivir alguna vez en Venus”. Gioconda Belli

Y mientras camino, sigo llenando esta casa de hojas…

Atravesamos tiempos de congoja e incertidumbre. Este enero invernal abre la puerta a nuevos diseños individuales y sociales. ¿Cuánto de lo pasado quedará en lo nuevo?

Es en esos cruces de caminos, en esas encrucijadas, donde debemos volver a los libros ya que ellos nos recuerdan el pasado y sacuden nuestra memoria, recordándonos que lo que ocurre ya ha ocurrido en otros tiempos. El ser humano ha sobrevivido a pestes, guerras, hambrunas, traumas y genocidios…

Dice Irene Vallejo en su Manifiesto por la lectura que somos una especie muy frágil, y que por ello no resistimos bien al hambre, ni a los cambios de temperaturas, no volamos ni somos capaces de vivir bajo el agua y que “hasta un virus minúsculo nos pone en peligro”.

Sin embargo, hemos desarrollado una capacidad asombrosa que nos ha permitido vivir bajo el agua, volar, soñar, sobrevivir a temperaturas brutales: la imaginación. Habiéndose aliado “con nuestro lenguaje, nos permite soñar lo inconcebible, colaborar y fortalecernos unos a otros. Somos la única especie que explica el mundo con historias, que las desea, las añora y las usa para sanar. Nuestra auténtica fortaleza es creativa”. 

Y agrega que, “En épocas convulsas, lo escrito actúa como depósito fiable de las ideas que nos anclan y nos rescatan”.

Somos narradores o contadores de historias. Necesitamos las palabras adecuadas para contar y contarnos, y para “encantar a quienes nos escuchan” o a quienes nos leen. El lenguaje nos permitió escapar de las ataduras de la evolución biológica para “desplegar las alas de la evolución cultural”. 


Hemos fabricado una poderosa herramienta que nos ha permitido hablar, registrar lo que decimos, y legar a las generaciones futuras nuestras experiencias registradas y nuestros saberes. Esos que nos permiten entender que, incluso en momentos de crisis, todo pasa.

Para terminar, Gilles Clément me viene al dedillo aquí, cuando se pregunta que “si bien el jardín histórico – el que está en las memorias y en los libros de referencia – debe transcribir el pensamiento de una época, ¿cuál sería el dibujo del que se anuncia? ¿Qué forma dar al jardín de la era ecológica?”


No fue nuestra culpa si nacimos en tiempos de penuria.

Tiempos de echarse al mar y navegar.

Zarpar en barcos y remolinos

huir de guerras y tiranos

al péndulo

a la oscilación del mar.

El que llevaba la carta se refugió primero.

Carta mojada, amanecía.

Por algún lado veíamos venir el mar.

Cristina Peri Rossi




jueves, 7 de enero de 2021

Como los árboles, nuestros caminos son infinitos

 


Para sobrevivir en la frontera

debes vivir sin fronteras

ser un cruce de caminos.

Gloria Anzaldúa

Hace poco leí un precioso artículo de Guillermo Altares, Los señores de las brisas, en el que se elogiaba la capacidad de resistencia de los árboles. Probablemente, unos de los seres vivos más antiguos del planeta. 

Emiten sonidos, nos susurran historias a través del viento, nos acompañan en nuestro pasaje y son un reservorio de relatos. Altares nos cuenta que, en Hiroshima, en el jardín Shukkeien, brotó un Ginkgo biloba la primavera posterior a la explosión de la bomba atómica.

El escritor uruguayo, Ariel Dorfman, profundamente emocionado por esto escribió que “la supervivencia de estos árboles constituye un mensaje de esperanza en medio de la lluvia negra de la desolación: es posible nutrir la vida y conservarla, pero debemos a la vez recelar de las fuerzas que nosotros mismos hemos desatado”

Como Altares deja constancia en su artículo, la naturaleza nunca concluye nada y siempre se reinventa en su proceso de vida. De manera similar, vivimos una época de grandes cambios que tocan a todos los seres vivos y hemos sido invitados e invitadas a repensar el mundo, nuestra relación con éste y con la diversidad de seres vivos, con el fin de hacerlo más justo. 

El camino de los árboles es infinito, concluye el autor, y es una metáfora de la que se sirve también la paisajista francesa Céline Bauman. Ella resalta la capacidad de adaptación de los árboles para defender la diversidad en la naturaleza. 

                                                                        Bárbara Drausal

Bauman nos propone aprender de la convivencia en el bosque: “Me gusta darles mi voz a las plantas […] Las plantas, los árboles y los arbustos no pueden, obviamente, hablar con palabras, pero dicen cosas. Nos advierten de problemas. Construyen soluciones.” 

Por ello, Bauman nos propone un proyecto muy curioso: el Parlamento de las plantas, en el que según Anatxu Zabalbeascoa, “ella da voz a las ideas sobre el cuidado del medio ambiente, la ecología, la inclusividad y la diversidad que rigen la convivencia entre los árboles, los arbustos y las plantas y que – según esta paisajista– son mucho más cabales y civilizadas que las que proponen y discuten los políticos de cualquier parlamento”.

En el bosque, las especies se mezclan, se conectan, se prestan agua, dejan que sus raíces se toquen y, entre todos permiten una convivencia inclusiva que hace posible una gran diversidad. 

Leyendo sobre árboles, y caminando entre ellos, me pregunté por esa fascinación mía por los bosques, como ese lugar donde una se repone y encuentra calma. Pero también como un espacio de vida, aún incluso en los meses fríos del invierno. ¿Será hereditaria esta pasión? Mi papá vive entre árboles…

Rebuscando, me topé casi de bruces con el trabajo artístico de la escultora keniata Wangechi Mutu, y su obra Tree Woman, una amazona medio-mujer y medio-árbol que despertó mi interés. 


Tree Woman , 2016 TIERRA
roja, pulpa de papel, pegamento para madera y madera

 Desde su posición como mujer, Wangechi Mutu se cuestiona constantemente ¿qué significa ser mujer? Con esto en mente, se propondrá reinterpretar el retrato femenino en búsqueda de nuevos paradigmas con los cuales identificarse. Tarea nada fácil si se quiere salir de los estereotipos y patrones dominantes. 

En un andar similar, la joven filósofa y ecofeminista francesa, Émilie Hache, propone formas de reapropiación de nuestros cuerpos, nuestro espíritu y nuestro medio ambiente. La modernidad, escribe, se ha construido sobre el doble proceso de destrucción de la naturaleza y de la opresión de las mujeres. En relación con esto, los trabajos de la italiana Silvia Federicci sobre las cazas de brujas, han sido esclarecedores.

La bruja, mujer rebelde en contacto con las fuerzas de la naturaleza y consciente de su poder, representa la figura de la revuelta contra las múltiples formas de opresión. La bruja de la modernidad renacerá de sus cenizas como una figura de resistencia al orden establecido. 

Las que reflexionan sobre la relación entre la naturaleza y las mujeres son muchas e inspiradoras. Artistas, escritoras, filósofas, científicas, campesinas, indígenas, agricultoras, poetas…en definitiva, mujeres comprometidas con la defensa del ecosistema de manera que todos y todas podamos vivir lo mejor posible. 

Mientras empecé a escribir este texto fui andando por un camino hecho por mujeres, estrechamente conectadas con la naturaleza y los antiguos rituales, similar a mis paseos por el bosquecillo de mi casa. 

Y así encontré los trabajos de las Guerrilla Girls, del movimiento W.I.T.C.H., del colectivo feminista boliviano Mujeres Creando, del Hydrofeminsimo de Astrida Neimanis, de los feminismos del sur, del movimiento Chipko en India o  de los textos y poemas de la filósofa Gloria Anzalúa.

Esta última escribió que “en mí está la rebeldía encimita de mi carne” y habla de la escritura-orgánica, del texto vivo, como un arma de resistencia. Ella se preguntará, ¿qué soy?

La relación de las mujeres con la naturaleza ha levantado muchas ampollas en algunos de las corrientes feministas dominantes, especialmente la del llamado feminismo liberal donde esta suposición ha sido desvalorizada.


Las luchas de las mujeres son innumerables. En el contexto actual, el ecofeminismo aporta, según la socióloga argentina Maristella Svampa, “una mirada sobre las necesidades sociales […] desde el rescate de la cultura del cuidado como inspiración central para pensar una sociedad sostenible, a través de valores como la reciprocidad, la cooperación y la complementariedad.[…] Se busca debatir sobre tierras, territorios, cuerpos y representaciones.” Sin olvidar, la íntima relación existente entre la explotación de la naturaleza y de las mujeres por parte el capitalismo.

 Vandana Shiva, escribió que “En la mayoría de las culturas, las mujereas han sido las guardianas de la biodiversidad. Ellas producen, reproducen, consumen y conservan la biodiversidad en la práctica de la agricultura. Sin embargo, al igual que todos los otros aspectos de su trabajo y su saber, la contribución de las mujeres al desarrollo y la conservación de la biodiversidad se ha presentado como un no-trabajo y un no-conocimiento.”

Mi hermana ha cumplido un sueño este año, ha construido su invernadero. Las plantas y semillas pueblan su casa, y anda siempre viendo la manera de recuperar y reciclar todas las posibles. Guarda en una primorosa cajita, las semillas que todos le regalamos. Mis amigas andan armando composts para recuperar los desechos orgánicos, y ya tienen sus pequeños brotes en las huertas que han construido. 

                                                                  Bárbara Drausal


Muchas mujeres, de culturas y clases diferentes, plantan. Plantan para sobrevivir, plantan para vivir. Para muchas, la tierra sigue siendo un refugio en los tiempos convulsos que corren. 

Como los árboles, nuestros caminos son infinitos. Las ecofeministas nos muestran caminos. Es buen tiempo para seguirlas.

¿qué significa árbol?

raíces

y sin embargo cielo.

Luisa Peluffo


martes, 1 de diciembre de 2020

Recuperar la vida en toda su dimensión humana, por una sociedad libre y fraterna.


Virginia Baudino García - virbaudino@hotmail.com 
En 1974, durante un curso dictado en la Universidad de Río de Janeiro, el filósofo francés Michel Foucault utilizó el concepto de biopolítica, por primera vez. En 1976, va a aparecer en su libro Historia de la sexualidad, en el capítulo La voluntad del saber. Desde entonces, este concepto descriptivo que Foucault consideró como “pistas de una teoría de la sociedad y del estado”, según Isabelle Garo, se fue instalando en el corpus teórico. 

Cincuenta años más tarde, este concepto heterogéneo, permite aún abordar los problemas emergentes en nuestra sociedad contemporánea. A mitad de camino entre la repetición y la renovación, hoy cobra más actualidad que nunca. No es que antes no la tuviera, como lo demostró sabiamente Foucault, sino que ahora ha cobrado muchísima más ya que, como resalta el filósofo francés Mathieu Potte-Bonneville, “El covid-19, es la fiesta de la biopolítica”, y yo agregaría, que quizás es la biopolítica en su máxima expresión. Biopolítica y biopoder: dos caras de la misma moneda. 


Hace unos meses, nos hemos vistos obligados a incorporar las mascarillas a nuestra vida social, a lavarnos las manos hasta desgajarlas, a hablar de test PCR o de inmunidad de rebaño, positivo o asintomático, personas con patologías previas o no, distanciación social, capacidad hospitalaria, muertes, contagios, confinamiento…..y la lista se agranda a medida que este virus se instala en nuestras vidas. Hemos aprendido en carne propia lo que significa la biopolítica en todo su esplendor, y el biopoder, porque no hay biopolítica sin biopoder. Y no lo hoy fuera de la modernidad pues “sólo ella hace de la conservación del individuo el presupuesto de las restantes categorías políticas”, argumenta Cristina Lopez. 

El biopoder, dirá Potte-Bonneville, integra “las modalidades coercitivas de la disciplina, de la vigilancia, del control y de la sanción, y las modalidades más horizontales, flexibles, difusas de la gobernabilidad de las poblaciones.” 

Soy hija de médicos. He vivido durante 7 años en un hospital rural, y los domingos con mi papá jugábamos a ‘operar’ muñecas. Así que el barbijo solía aparecer por casa, como los bisturíes, los guantes y esos horrorosos libros de medicina. Pero nada de lo que estamos viviendo se parece a esos recuerdos de infancia, y nada me había preparado para esta intromisión médica en mi vida y en la de todos. Aún no salgo de mi asombro. También podría decir que aún estoy en shock o mejor aún, furiosa. 

Como dije, Michel Foucault es quien detenta la paternidad sobre el concepto de biopolítica tal como se lo entiende, y todo esto que acabo de describir y que habita nuestras vidas por estos días, es un buen ejemplo de “la articulación de la política y lo médico, de la vigilancia y de la instrumentalización de argumentos médicos para la gestión de la población”. 


Foucault no llegó a conocer la realidad de las pandemias, actuales y futuras, ni internet y los algoritmos, la inteligencia artificial y las neurociencias, el cambio climático, los catastrofistas y trans-humanistas, las nuevas corrientes pro-vida y muchas cosas más. Era un hombre de su época, fascinado por los márgenes de la sociedad y por los sujetos dejados tradicionalmente de lado como la locura, la criminalidad, la marginalidad o la sexualidad. 

De manera extremadamente sucinta, la biopolítica, consiste en el despliegue de un conjunto de tecnologías, prácticas, estrategias y racionalidades políticas que tienen como objeto producir cuerpos dóciles en relación a unas normas preexistentes. Todo este despliegue no solo se ejerce sobre los cuerpos de los individuos, destinados a producir cuerpos ‘normales’, sino también sobre la población para mantenerla dentro de los parámetros modernos de ‘normalidad’. 

Para ser aún más explícita, la biopolítica designa el anclaje de las tecnologías liberales de gobierno en las propiedades biológicas de los sujetos. Algunos autores van aún más allá en sus argumentaciones, al decir que el capitalismo está dispuesto a colonizar integralmente los cuerpos y lo vivo. No creo que Foucault haya imaginado un escenario como el actual, tampoco debería, en el que la política es completamente dominada por lo sanitario y que ésta entraría de un portazo hasta lo más íntimo de nuestra existencia, de nuestra subjetividad, de nuestros cuerpos, pensamientos, conductas y afectos, dirá Cristina Lopez.


Obviamente, es muy fácil de mi parte desempolvar este concepto foucaltiano en este momento. Se me podría tildar de oportunista. Pero ¿cómo no serlo? Es tan de actualidad. Cómo no recurrir a sus argumentaciones. Este término puede ser fecundo para reflexionar hoy. No quiero entrar a describir el trabajo teórico de Foucault, no es mi objetivo. ¡Cuánta actualidad tiene! Porque esta crisis, dirá Potte-Bonneville, ha visibilizado ciertas cosas, experiencias, espacios que no son visibles. Este virus es un revelador de las desigualdades que atraviesan nuestras sociedades. 

¿Todas las vidas cuentan? Desde hace unos meses, hemos aprendido a qué se asemeja la política cuando se rige por la idea de la preservación de la vida: ¿la libertad o la vida? ¿salud o economía? ¿confinamiento sí o no? La vida en el corazón de la política…obviamente, pero ¿qué vidas? ¿cuáles vidas? 

El antropólogo, sociólogo y médico, Didier Fassin argumenta que, en este tiempo, hemos visto cómo la idea de que la vida debe ser protegida se impuso como un argumento vector que la puso por encima de otras normas. Como pudimos percibir, no tener en cuenta esta idea ha sido una apuesta políticamente difícil de asumir. Sin embargo, dirá Fassin, hemos podido observar cómo al afirmar el valor absoluto de la vida, el mundo contemporáneo, ha mostrado un doble ras, ya que se ha hecho evidente que no todas las vidas importan de la misma manera. “Las sociedades de hoy acuerdan ‘a la vida’ una importancia que la pone por encima de toda otra consideración”, pero detrás de este supuesto hay una trampa: se jerarquiza de forma precisa el valor de las vidas. Nuevamente ¿qué vidas? 


Para ser más precisa, la cajera del supermercado, el obrero, entre otros trabajadores manuales, deben ir a sus lugares de trabajo. Otras personas no se han visto en la obligación desplazarse pudiendo teletrabajar. Mucha gente ha estado confinada en espacios pequeños, hacinados. Otros han partido a su segunda residencia, en la montaña o en el mar. 

 Durante esta crisis hemos podido experimentar que ciertos trabajos precarios y muy mal pagados se hicieron necesarios y otros no. ¡Qué decir de los migrantes y refugiados!, quienes han quedado fuera en la escala de valorización de las vidas. ¿Tienen el mismo valor todas las vidas? Fassin es enfático al asegurar que “la preservación está atravesada por una discreta pero implacable jerarquía de las vidas que cuentan”. 

En su argumentación, se hace evidente la contradicción entre la vida como principio y la desigualdad de la evaluación concreta de ‘las vidas’. Como escribió Cesar Rendueles, “la desigualdad se nos ha metido en los huesos” y eso se ha hecho más evidente de lo que era. Y agrega que “Las sociedades con mayores diferencias tienen peor salud, menor esperanza de vida, y mayores índices de mortalidad infantil.” No hace falta ser un experto virólogo o médico para hacer un poco de sociología casera y saber en qué grupos sociales o en qué países este virus ha tenido mayor impacto. 

Es cierto que nos han querido hacer creer que ‘este virus no conoce fronteras sociales’ pero no es así una vez que miramos más a fondo.

¿Somos solo biología o también biografía? Didier Fassin nos propone adoptar una mirada crítica para no dar por sentadas las evidencias del mundo social y las omisiones a través de las cuales se piensa. Por ello, este antiguo director de Médicos sin Fronteras, defiende la postura de “no cerrar los ojos sobre las condiciones morales y políticas” en juego. Este autor, aborda el concepto de vida desde la tensión que le caracteriza: la vida que va del nacimiento a la muerte y la vida de acontecimientos que se puede contar para darle sentido. Dicho de otra manera, el autor aborda la tensión ente lo biológico y lo biográfico y dice que “hay algo remarcable y problemático en la preeminencia acordada a la vida biológica o física sobre la vida social o política”


En esta línea, periodista Nicolas Truong escribió que “Las personas se han habituado tanto a vivir en un estado de crisis permanente que no perciben que su vida ha sido reducida a una condición puramente biológica, que no sólo ha perdido su dimensión política sino también toda su dimensión humana.” ¿Una sociedad del estrés? No dejo de vivir lo que nos está pasando, y aceptar normas y reglas sin reflexionar no me parece sensato. No sé qué es o que debería ser. Pero entre tanto ruido he decidido al menos hacerme las preguntas que considero que una debería de hacerse e intentar buscar todo el abanico de argumentaciones posibles. 

Me inquieta que, como dice el filósofo Michael Foessel “lo que nos amenaza es el hecho de fundar una sociedad sobre el miedo a un virus.” Si ahora se instala la idea de que debo protegerme a mí misma ya que los otros se han convertido en potencialmente peligrosos, ¿qué será mañana? ¿los extranjeros y sus cuerpos? ¿los otros? ¿las mujeres? La noción de distanciamiento social: ¿es médica o es política? Evidentemente pertenece al discurso médico, es una estrategia de salud pública, pero en la medida que organiza los cuerpos en el espacio social puede ser política. Especialmente, continúa reflexionando Potte-Bonneville, cuando responde a una dimensión vertical obligatoria, una obligación, asentada sobre la base de que la población, los gobernados, no saben hacerlo bien. Lo cual evidencia una ‘infantilización exasperante de la población’. ¿Es que ellos, los gobernantes, lo han hecho mejor? Nadie duda de que en este momento las formas de poder están cambiando. ¿De qué manera lo están haciendo? ¿Bajo qué formas? Porque la lista de virus que nos rondan son numerosas, pero ¿estamos dispuestos a vivir con miedo a la próxima pandemia? Porque yo no quiero vivir así. 

¿Cuáles serán las consecuencias de la epidemia sobre el orden social a venir? Antoine Garapon y Michel Rosenfeld publicaron un texto llamado Democracias bajo estrés, en el que, entre otras cosas, se preguntan sobre cómo después de ciertos acontecimientos traumáticos se puede responder al estado de estrés social sin hacer desaparecer el estado de derecho en una democracia. O, como dice Potte-Bonneville, la cuestión post-crisis es la de saber en qué sentido cambiará nuestra sumisión o, al contrario, nuestra alergia a las leyes autoritarias. Para Christian de Perthuis, pareciera que el capitalismo viral ha venido para instalarse. Dos formas de virus, hasta ahora, se le reconocen: los de la informática, y los biológicos. Para unos ya hay vacunas, los conocidos anti-virus que todos tenemos en nuestras computadoras. Para los otros, hay algunas vacunas y otras se van haciendo sobre la marcha, como lo hemos visto. 

Otro filósofo, François Jullien ve con inquietud a “la sociedad transformarse en un gigantesco hospital donde se nos inmunizará contra la alteridad”. 


Este posible nuevo tipo de capitalismo, dispuesto a colonizar lo viviente y los cuerpos, parece dirigirnos hacia una sociedad del miedo y del control. Los métodos de control viral parece que exigen más regulación y control del cuerpo social que el que hasta ahora habíamos soportado. ¿Estamos preparados para ello? 

Este último tiempo, hemos sido testigos del trabajo de epidemiólogos, virólogos, expertos en vacunas, médicos y personal sanitario. Pareciera que el resto de profesionales estuviera mirando a un grupo actuar en medio de esta epidemia. Sin embargo, la enorme producción llevada a cabo por antropólogos, filósofos, sociólogos, psicólogos, periodistas e incluso hasta teólogos, ha sido -y es- impresionante. 

Prueba de esto es este pequeño texto que he escrito en el que me he limitado a recoger algunas de las reflexiones que se están haciendo. En algún lugar escribí sobre la importancia de abrir el espectro de personas involucradas en la construcción de respuestas eficaces a esta crisis. La acción llevada a cabo frente a otras epidemias, mucho más peligrosas que esta, por los diferentes actores involucrados puede ofrecernos una mirada alternativa sobre el tipo, o los tipos, de respuesta al virus. Hoy contamos con la transmisión de una herencia teórica de la experiencia de las personas involucradas en la lucha contra diferentes enfermedades, una de ella es la del HIV-Sida o del ébola. Los sujetos involucrados, pacientes, personal médico y sanitario, así como diferentes actores de la sociedad civil deben tomar la palabra. Una palabra que cobra crucial importancia en este contexto. En este sentido, dice Mathieu Potte-Bonneville, la pregunta que nos rodea es la de en qué proporción la autoridad médica va a actuar de forma tradicional con la verticalidad del gobierno de los cuerpos o va a acercarse a los grupos más críticos de una parte de la sociedad civil para buscar respuestas consensuadas


Una cosa parece bastante inquietante: ¿cuáles serán las secuelas biopolíticas de esta epidemia sobre nosotros y nuestras sociedades? Antonio Muñoz Molina escribió que “En días de extrema desolación civil […[ del mismo modo que se construyen sistemas de explotación y crueldad, también es humanamente posible organizarse para que cada cual pueda desarrollar sus mejores capacidades en una sociedad ilustrada, libre y fraterna.” Aunque esto no sea más que una esperanza.

sábado, 14 de noviembre de 2020

Es tiempo de plantar y florecer, de protegerse con palabras y árboles.

 

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com

Hortus gardinus es una expresión del latín de la que nace una contracción que hoy conocemos como ‘jardín’, ese espacio cerrado y protegido donde la tierra se prepara para recibir a las plantas elegidas. 

Los franceses tienen un verbo, jardinear, para designar el hecho de trabajar en el jardín. Curiosamente, en la Edad Media, se decía - ¿jardineaste bien? para preguntar si habías salido a caminar al aire libre. Así, jardinear y caminar eran sinónimos.

En el siglo VII, los árabes concibieron el jardín como un lugar de relajación y espiritualidad. Muchas veces, el primer acto que hacían los conquistadores musulmanes a su llegada era el de crear un jardín. 

El jardín está relacionado con la primavera y el verano y en invierno, la actividad disminuye considerablemente. ¿Es posible construir un jardín en invierno? ¿Lo será en este invierno?  

El filósofo coreano Byung Chul Han, ha resignificado el tiempo del invierno en la jardinería.  Releyendo su librito Loa a la tierra, y comentándolo con una amiga, pensé en cuánto se parecen los tiempos inhóspitos al tiempo del invierno: fríos, oscuros, aislados. Obviamente, no soy ni la primera ni la última persona que ha pensado esto. Mi originalidad me abruma.

Atravesar este período es todo un misterio, como el del jardín en invierno. ¿Está reposando la tierra? ¿Descansa? ¿Qué misterios se esconden detrás de tanto recogimiento? La tierra está haciendo su magia en silencio, preparándose para que “la vida vuelva a despertar y resucite”.

Para este filósofo, se transforma casi en un imperativo “redescubrir la tierra y su poética, devolverle la dignidad de lo misterioso, de lo bello, de lo sublime.” Y agrega, respecto a mi inquietud sobre el jardín invernal, que éste “es un lugar romántico. Todo indicio de vida floreciente en pleno invierno tiene algo misterioso, mágico, fabuloso. El florido jardín invernal conserva la apariencia romántica de lo infinito.” Muchas plantas, florecen en esta estación hostil. 

Y ¿qué pasa con nosotros? Tiempos inhóspitos acechan. Habrá que redoblar los esfuerzos por plantar y florecer.

Entrénate en los oficios de la reflexión y el intelecto. Gioconda Belli

¿Dónde viven las cosas que nunca usamos? ¿quién habita en los cajones desordenados? se pregunta el poeta español Tomás Sanchez Santiago. ¿Dónde queda su utilidad cuando nadie los usa? Alejandra Pizarnik decía que había que aprender a tocar los objetos, acariciarlos como quien conoce largamente sus misterios.

Mi papá siempre me decía que tenía que aprender a cocer, así podía arreglar mis medias que por aquellas épocas se rompían mucho y tenían que seguir tirando. Lo cierto es que nunca se me dieron bien las actividades creativas con las manos, especialmente aquellas tradicionalmente ‘femeninas’, como cocer, tejer, bordar.  Sólo sé pensar con las manos, y jugar y plantar. Parece ser que siempre intuimos nuestro camino… 

Hilvanar, tiene diferentes acepciones según la Real Academia Española (que por ahora es quién decide qué y cómo se dice, aunque en Latinoamérica tengamos buenos y emancipatorios argumentos para discutirle): “Unir con hilvanes lo que se ha de cocer después”, “Dicho de una persona que habla o escribe: enlazar o coordinar ideas, frases o palabras”, “trazar o proyectar algo”. 

Escribir, proyectar, imaginar, plantar encuentran puntos de confluencia de sentido en la palabra ‘hilvanar’. Durante el proceso de escritura, se van hilvanando las palabras – y los silencios - para así contar algo a alguien. El proceso encuentra similitudes con la idea de mantener y plantar este jardín de invierno.


Alguien, de quien no recuerdo el nombre, escribió que las palabras tienen su propia vida: nacen, crecen y mueren. Como las plantas. Palabras que pululan por esta casa y andan hasta por los rincones. Me gustan las palabras, suelen amontonarse y enredarse en mi cabeza. No las elijo yo, más bien ellas me eligen a mí, entran y se amontonan. 

No soy una persona avezada, como he dicho, no se me dan bien las actividades manuales, no me he atrevido a viajar sin rumbo y explorar, me dan miedo los aviones y las alturas, mi desorientación es conocida, así como mi lista infinita de miedos… Cuando no tenga la necesidad de seguir hilando palabras…¿qué haré?¿Hasta dónde llega la fragilidad?

Cultiva enormes amistades. Protégete con palabras y árboles. Invoca la memoria de mujeres antiguas. Gioconda Belli

Grace Paley escribió hace algunos años un texto proféticamente titulado ‘La importancia de no entenderlo todo’, en el que reflexiona sobre la enseñanza de la escritura. Maribel escribió una entrada sobre esta escritora aquí, y su gusto por ella se me contagió. No sólo me ha guiado en estos ensayos de escritura, sino que también la encuentro inspiradora para plantar mi jardín de invierno y para atravesar este tiempo inhóspito.

Lo que me gusta de este ensayo son algunas de las tareas que Paley da a aquellos que quieran escribir y que llamó “notas para principiantes, o para personas como yo, que para llegar a alguna parte siempre necesitan estar empezado.” 

Así, la sabia de Grace nos aconseja escribir sobre algo que no comprendamos. Y, ¡por favor! no quieras emular a Tolstoi y escribir algo como Guerra y Paz. Intenta no ser el centro de tu interés, ¡es aburrido! Pobre Grace, siento decepcionarte, pero aún no lo he logrado, como dice Annie Ernaux, ‘soy una etnóloga de mí misma’, especialmente de mis miedos, que están amorosamente clasificados.

No tienes por qué ser escritora, agrega, empieza por leer sin reparos, y mantente abierta e ignorante. Arriésgate y no busques gustar con lo que escribas. Imagina. Intenta comprender las vidas de los demás. Si puedes, lee autobiografías, así se desmitifican los procesos de escritura. Lo sé, está en mis pendientes…lo voy a intentar, lo prometo. Busca modelos, especialmente de mujeres, para así romper con los patrones tradicionalmente masculinos de producción. Crea un espacio propio (¡no podía faltar Virginia Woolf!). Ayuda a resistir.

“Nos han infundido angustia. Sin embargo, en el filo de esa angustia brilla una luz testaruda llamada esperanza. La esperanza no es algo efímero. Es una realidad que brota del nacer y el renacer de la humanidad a lo largo de su historia, una historia en la que la valentía, la solidaridad, la lucha obstinada y la imaginación han sido lo bastantes poderosas como para modificar las derivas pavorosas de la guerra y la opresión.” Cuánta actualidad Grace, no sabes cuánta.

Una vez me preguntaste ¿tiene fin el cielo? No, no tiene fin, simplemente deja de ser una cosa y comienza a ser otra. Maggie Smith

Los jardineros, tienen un cuaderno de notas en el que imaginan el jardín deseado, incluso en invierno. Los que escriben también y los dibujantes.

En un mundo inquietante…un carnet de notas a mano, un cuadernito como le llamamos nosotras, con las hojas finas y suaves para mí, en donde el lápiz pueda deslizarse con soltura, como una forma narrativa que contiene la utopía: puede contener todas las facetas de nuestra propia escritura, es flexible para cambiar como nosotras cambiamos, y capaz de acoger nuestras visiones y planes, no tiene orden ni horarios porque no es una agenda, sólo hojas esperando ser rellenadas con nuestras inquietudes y nuestros deseos. 

La memoria es fluctuante, cambiante, caprichosa y el cuadernito es una forma de exorcizar pequeños demonios y anotar la vida. Anoto este tiempo inhóspito para tratar de entender y atravesar este invierno. Esa capacidad casi mágica que tiene la literatura para ordenar este doloroso ruido que todo lo invade sin dejar un resquicio en esta vida pequeña que pasa sigilosamente ante nosotros.

“Pese a lo mucho que tiene dentro, no conseguirá sacar más que una pequeña parte. Es hija de su época […]. Déjela. Aunque todo lo que hay en ella no vaya a florecer, ¿en cuántos llega a hacerlo? Ya le da para vivir. Solo queda ayudarla a comprender, darle una razón por la que entienda que es algo más que un vestido sobre una tabla, desamparado, antes de que lo planchen.” Tillie Olsen

Ampara. Constrúyete. Cuídate. Gioconda Belli

¿Cómo escribir en esta oscuridad sin caer en viejas y repetidas narrativas? Ya no sirven las respuestas individuales a esas peguntas trascendentales. ¿Cómo pasaremos este invierno? Hay que hacer un esfuerzo colectivo para dar esas respuestas. Es casi un imperativo moral el de intentar reducir el sufrimiento. Porque como escribió Cesar Renduelles, “La desigualdad se nos ha metido en los huesos” y debemos hacer algo con esto. ¿Dónde encontrar respuestas?

A diario, niña, acumulo tu amor, guardando expectantes tesoros. Gioconda Belli.

David Thoreau escribió que “Muchos fenómenos que el invierno conlleva son indeciblemente tiernos, frágiles, delicados.” Byung Chun-Hal agrega, para así terminar, que “el tiempo del jardín es un tiempo de lo distinto. El jardín tiene su propio tiempo, sobre el que yo no puedo disponer.” Como ahora. Tendré que esperar…

Vita Sackville-West creó uno de los jardines más visitados de Inglaterra, los Jardines de Sissinghurst. Curiosamente, su creadora no era jardinera ni paisajista, sino poeta. Para Vita, jardinear y escribir revelan el mismo impulso y la misma urgencia.


jueves, 24 de septiembre de 2020

Es el momento de recuperar el horizonte de posibilidades con otras personas e imaginar otro futuro posible

 

Nadie se siente bien a las cuatro de la madrugada.

Si las hormigas se sienten bien a las cuatro de la madrugada,

habrá que felicitarlas. Y que lleguen las cinco,

si es que tenemos que seguir viviendo.

Wislawa Szymborska

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
Rianne Eisler escribió El Cádiz y la espada: la mujer como fuerza en la historia, en el que asegura que “todo quehacer humano ocurre en el conversar, y que todas las actividades humanas se dan como distintos sistemas de conversaciones.” 

No te pierdas en medio

de tus temores: habla con la

gente. 

Lori Anderson

Eisler argumenta que, en la cultura patriarcal occidental, el tono de las conversaciones y de las relaciones humanas está marcado por el sometimiento al poder y a la razón.  

Recuperar dimensiones más humanas de relacionarnos entre nosotros, con la naturaleza y con los otros, parece erigirse, según esta autora, en el reconocimiento de que no sabemos ni podemos con todo.

Y se pregunta “¿Cómo será vivir centrado en la conservación de la armonía con la naturaleza, y no en la búsqueda del control y dominación? ¿Cómo será vivir en la cooperación, en el poder de la convivencia, y no en la competencia? ¿Cómo será vivir sin buscar una justificación racional para dominar al otro porque uno no pretende ser dueño de la verdad?”.

¿Cómo, en un contexto como el actual, construir una dimensión ética de la convivencia? Para que, como escribe Guillermo Sacomanno, cuando todo esto pase, nos podamos preguntar sobre cómo queremos vivir para así también reflexionar sobre lo que somos y lo que nunca debemos ser.

El filósofo australiano, especialista en medio ambiente, Glenn Albrecht creó un nuevo concepto filosófico, que me viene como anillo al dedo hoy, la solastalgia, que sirve para designar el sentimiento de desolación y angustia que nos atraviesa cuando nuestro medio ambiente agoniza en momentos de catástrofes naturales o pandemias…

La solastalgia es un concepto que encontré de manera fortuita, leyendo una entrevista que le hicieron a su inventor, y que me pareció muy apropiado para contextualizar el momento en el que me pongo a escribir. Podría decirse que últimamente estoy solastálgica. 

El alba va sobre el mar

y lejos

donde las olas mueren

se alzan las cintas del viento

de la noche

  llegaré pronto. 

Silvia Barón Superville

A pesar de este contexto sombrío y de esta solastalgia que me atraviesa quería buscar una salida de emergencia, quería salir de las redes de la pandemia, epidemias, virus, enfermedades, crisis y escribir sobre una bocanada de aire, sobre el oxígeno necesario para seguir. 

Entre otras cosas, esto significa -y espero que no parezca muy descabellado – escribir sobre el humor y sobre las posibilidades de observarnos a nosotros mismos desde otras perspectivas, como posibles útiles para esta vida.


¿Sabían, por ejemplo, que algunos investigadores descubrieron que las personas que sabían reír, resistían mejor a los procesos de lavado de cerebro? Según Doris Lessing, “Los fanáticos no se ríen de sí mismos; la risa es por definición herética […]. Los fanáticos no saben reírse. Los ‘verdaderos creyentes’ no se ríen. Los tiranos y los opresores no se ríen de sí mismos, pero tampoco toleran que nadie se ría de ellos.” 

Llegados hasta aquí vale una aclaración importantísima: escribir sobre el humor no tiene porqué ser gracioso. Y mira que lo he intentado…veamos si con Cortázar va mejor…

"Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca.

Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia dentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos". Julio Cortázar

La risa es algo poderoso, pensé, y creo que es un buen momento para rescatarla como elemento personal y cultural de resistencia. Pero entonces me pregunté si, en este contexto tan desolador, el humor podía tener cabida. ¿De qué reírnos en esta desazón? ¿De qué se puede reír? ¿Se puede reír de todo? 

Con estas preguntas rondándome día y noche, decidí dejar de arrumbarlas y atacarlas directamente. Ahí me topé de lleno con un librito que compré hace un tiempo en una librería de usados y que había mirado de reojo, casi con escepticismo, unas cuantas veces sin entrar de lleno.

Henri Bergson escribió un libro ya convertido en clásico, sobre el humor, más bien sobre la comicidad, en el que indaga el por qué si “el ser humano es un animal que ríe” y también uno que hace reír, por qué las humanidades han prestado tan poca atención a este hecho. Un filósofo francés argumentó que quizás porque abordar el humor para la filosofía era una situación incómoda, algo parecido a intentar disecar una rana.

En La risa, escrito allá por 1900, Bergson argumenta que el humor nos informa sobre “los procedimientos de trabajo de la imaginación humana y más concretamente de la imaginación social, colectiva, popular.” Para el filósofo francés, no hay comicidad fuera de lo humano, recuerden que “somos un animal que ríe”; la risa es un acto de inteligencia y tiene una utilidad social. 

"Bueno, en realidad – dijo el fantasma con bastante humildad -, ¿qué otra cosa podía hacer? Es muy difícil conseguir sangre verdadera hoy en día, y como tu hermano empezó todo el asunto con su detergente Ejemplar, por cierto, no encontré ninguna razón por la cual yo no pudiera tomar tus pinturas. Oscar Wilde.

Para entender esta utilidad hay que contextualizarlo en su entorno natural: la sociedad. “La risa debe ser algo así, una especie de gesto social” que nos mantiene alerta y en contacto recíproco y que nos ofrece esa bocanada de aire para eludir, en la medida de lo posible, los mecanicismos de la vida.

Y “solo en este sentido se puede afirmar que la risa castiga las costumbres, haciendo que nos esforcemos por parecer lo que deberíamos ser, lo que indudablemente llegaremos a ser algún día.

¿Qué es lo que nos provoca risa? Bergson insiste, los momentos en los que pareciera que perdemos el control de nuestra vida. Sin estos momentos, no habría lugar para las situaciones cómicas.

Tener en cuenta

que cortada la nata ahuyenta

agriando el todo

    sin remedio. 

Luisa Futoransky

Los antropólogos también tienen algo que decir al respecto y así para Henk Driessen, “El humor refleja las percepciones culturales más profundas, ofreciéndonos así un poderoso instrumento para entender las formas de pensar y sentir que la cultura ha modelado.”

¡Otra vez con la historia de la cultura, Virginia! ¿Y la sociología? Por ejemplo, el sociólogo Vicent de Gaulejac, ha escrito sobre el humor y lo ha tratado como una de tantas formas de resistencias creativas….Me gusta esta idea.

Gaulejac considera que el humor, es una de tantas adaptaciones defensivas de las personas y que, por lo tanto, tiene un rol similar al de los sistemas inmunitarios, ¡hoy tan en boga! Permiten a las personas protegerse de las diferentes agresiones que los ponen en peligro. 

Me sigue atrayendo esta idea. ¿Y si el humor operara como una suerte de vacuna para así soportar mejor los malos tiempos? Recuerdo que cuando comenzó el confinamiento, no dejaban de circular videos, mensajes, todos humorísticos…

Los nombres prestigiosos de mi país

asolan las universidades españolas en verano

Conocí a muchos de estos animales suntuosos

algunas de sus lentejuelas han caído

y ciertas estrellas tienen la punta

quebrada

Pero existe mayor espectáculo

que viejos magos de mi juventud

contando una fiesta terminada. 

Juana Bignozzi

Las salidas de emergencia son muchas y múltiples: de la huida al análisis, pasando por el humor o la denuncia. Pero tienen algo interesante: ponen a las personas en movimiento, resistiendo a un sistema que busca destruirlo. Así, dirá el sociólogo francés, “el humor desactiva las tensiones como ‘un soplo de oxígeno’, un momento de respiración, de distanciación, de relajación.” 

Obviamente, el humor no es naif, no es un acto ingenuo sino todo lo contrario, es un modo de denunciar las violencias, las jerarquías, las incoherencias del sistema social al tiempo que nos permite dar un paso al costado para develar lo que el poder no deja ver o decir.

Y “permite soportar lo insoportable, de decir lo indecible, de ver lo que se oculta, de pensar lo impensable.” El humor sirve para comprendernos mejor y comprenderlos. ¿Cómo ha podido pasar esto?

Yo, la tan pacífica,

estoy impacífica impaciente.

Yo la tan tranquila,

estoy de sostén de fuerza

de camisa. 

Gloria Fuertes

Es un buen momento para pensar, o repensar, lo que significa tu lugar en el mundo, ¿no crees?, y el de los otros. Recupera ese horizonte de posibilidades, pero no en soledad, sino con las otras personas e imagina otro futuro posible. Hazte y hazle preguntas a este mundo, busca respuestas para así darle sentido a tu vida. Si no, nada habrá de diferente entre tú y esa hormiga. Pelea, lucha, discute, critica, demanda, resiste. ¡Construye un mundo nuevo! ¡Ríe, lo más que puedas! Este parece ser el remedio para la solastalgia que nos anda acechando a cada rato.






sábado, 1 de agosto de 2020

La reflexión colectiva, el cortafuegos que permite resistir


No es difícil dominar el arte de perder
tantas cosas acaban por perderse
y esa pérdida no es una catástrofe.

Hay que perder algo todos los días. Aceptar el
fastidio de las llaves perdidas, las horas malgastadas.
No es difícil dominar el arte de perder.
Elizabeth Bishop
Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
A menudo me pregunto sobre esta forma que tengo de escribir un texto: desordenada. En un principio, se nutre de todas las lecturas en las que estoy sumergida. Leo varios libros al mismo tiempo y con temáticas muy diferentes y sólo mi mirada las pone en contacto. Si forzamos un poco mi burda defensa de este desorden, podemos justificarla aquí con el argumento de que, al fin y al cabo, también la realidad es una mezcla compleja de muchas cosas sin ningún orden aparente. Estoy intentando defenderme, como se puede ver.

Creo que en lo que escribo, se pueden leer varias ideas y preocupaciones deambulando, a veces entrando en contacto gracias a mi terquedad, otras veces sólo llevándome hacia ellas por puro empeño. Hay temas o ideas recurrentes… muy recurrentes. Quisiera ser más amplia, versada y variada.

No soy tan ingenua como para creer que es un camino inocente sino, todo lo contrario, es un camino que hago para adentrarme en mis propias inquietudes, búsquedas y determinaciones. Aunque sólo esté sondeando la superficie de mis profundidades, creo que narrar nos da algo de seguridad y nos hace un poco menos vulnerable. Aunque solo sea porque quizás, como dice la socióloga estadounidense Sara Lawrence-Lighfoot, “El único mapa que tenemos son nuestras propias historias”.

Tal vez, sólo se trata de buscar un lugar donde residir, en el que con todos los hilos se pueda hacer un solo, largo y flexible tejido. “No sabía que una memoria llena de silencios y miradas podía convertirse en una bolsa de arena que vuelve la marcha difícil”,  escribió el escritor franco-marroquí Tahar Ben Jalloum, por lo que me he dado a la tarea de abordar esas zonas de silencios y dificultades para, si es posible, hacerlas comprensibles para mí.

Vivimos un momento en el que experimentamos una de las mayores transformaciones acontecidas desde el fin de la Segunda Guerra. Y, como escribió Daron Acemoglu, “la mayor parte de los gobiernos han demostrado estar peligrosamente mal preparados para esta crisis.”

Además, con ella, se han evidenciado brutalmente las tensiones sociales y políticas que, durante años, se han acumulado bajo la superficie de la estructura económica, social y política. La desigualdad sigue estando a la orden del día como el elemento clave de la evolución de la pandemia. 
Estamos en un momento crítico en el que el presente del capitalismo nos muestra sus elementos destructores y eso es muy inquietante.

En este contexto incierto, un libro ha caído en mis manos. No podría haber llegado antes ni después. A veces me pregunto sobre el momento en el que un libro atrae mi atención o cae en mis manos. Como ya escribí en otra entrada, quiero creer que yo he elegido ese libro y no que él me ha elegido a mí.

Es el caso del libro del sociólogo francés Vincent de Gaulejac, que escribió, junto con Fabianne Hanique, El capitalismo paradoxal: un sistema que nos vuelve locos y que apareció mientras leía a Didier Eribon.


En este texto, De Gaulejac sostiene que “en las sociedades modernas estamos sometidos a situaciones paradoxales” - contradicciones que no podemos resolver – a tal punto que comenzamos a sentir que el mundo se vuelve incoherente, caótico, irracional, lo que muchas veces engendra un malestar profundo.

Una sociedad paradoxal, hipermoderna, “que en nombre de la performance está animada por un principio de creación destructiva […] obligada a adaptarse a las exigencias del mercado.” En ella impera: “la cultura de la alta performance, la competición generalizada, la lucha de lugares, la exigencia de ‘siempre más’, la ideología de la realización de uno mismo, en la que los individuos viven y trabajan bajo mucha presión, debiendo demostrar siempre que ellos están al máximo en sus capacidades.” Un mundo donde la bipolaridad crece rápidamente y nos hace interrogarnos sobre el azar o la coincidencia de este crecimiento.

Asistimos, dice De Gaulejac citando a Nicole Aubert, “a la emergencia de un individuo nuevo en el que las maneras de ser, de sentir, de hacer difieren profundamente de sus predecesores. La globalización, la flexibilidad generalizada, conjugadas con las transformaciones tecnológicas y el triunfo de la lógica del mercado, atraviesan todo hasta llegar a la construcción de las identidades, repercutiendo directamente sobre lo que somos, sobre cómo vivimos y sobre cómo sufrimos.”

Para abordar esto, De Gaulejac construye desde los años 70, con otras y otros pensadores, la sociología clínica, que se construye basándose en las historias de vida y en el devenir de las personas. 

La sociología clínica busca re-situar a las personas en una dimensión emocional, afectiva y subjetiva de los fenómenos sociales. Con este objetivo en mente, propone explorar las maneras en las que la historia personal está determinada socialmente, ya que las historias singulares, dirán Fabiana Grasseli y Mariano Salomone, expresan también las historias “de las familias, de las clases, de los pueblos.”

¿Por qué traerlo ahora aquí? Porque explorar tu vida, intentando entender que no eres un sujeto aislado que hace lo que quiere y cuándo quiere, bien o mal poco importa, sino que tu trayectoria, así como tu bienestar y sufrimiento, están íntimamente ligados a tu familia, a tu clase, a tu país, a tu cultura, nos permite construir puentes de reflexión para escapar a lo que tan bien instaurado está ahora: la ideología del mérito.

De Gaulejac, en sintonía con Edgar Morin y otros autores franceses, proclama algo así como un vagabundeo teórico, un nomadismo por disciplinas, dar vueltas, dialogar con diferentes autores para ir más cerca de lo que la gente vive. Salir de los dogmas, las religiones, las teorías bien asentadas (¡ gracias!). Para ello, nos propone interrogar los fenómenos sociales en su complejidad, para hacernos esas preguntas necesarias que pueden permitirnos comprender lo que pasa: cómo se viven y se analizan las contradicciones para así comprenderse a sí mismo.


“En qué medida los destinos individuales, se preguntará el sociólogo francés, […] están condicionados por el campo social en el que se inscriben. Evidenciar cómo las relaciones sociales tal como existen en un momento dado y tal como han evolucionado van a influenciar la historia y la vida psíquica de un individuo, es decir, su manera de ser, de pensar, sus elecciones afectivas, ideológicas, profesionales, económicas, etc.”

Por ello, se propone abordar la articulación entre la historia personal, la historia social -esos determinismos sociales prácticamente ineludibles- y la historia familiar.

¿Te suena? No terminar tu tesis doctoral, no acceder a puestos de decisión, al dinero, al poder, a estudios, promociones, premios….De Gaulejac le llama ‘neurosis de clase’, concepto que te invito a explorar, quizás así entendamos un poco más el por qué. Pero ¡por favor! explora desde una mirada no punitiva. Es primordial no auto-castigarse porque sino qué sentido tiene explorar.

Por suerte contamos con esas herramientas que nos da la literatura y que nos permiten, como dice Tillie Olsen, “ordenar el ruido” y construir una red de sostén para la vida pequeña y para protegerse inventando salidas de emergencia colectivas.

Porque lo que caracteriza a una sociedad paradoxal “es el poder para atacar el lazo social a través del pensamiento y de la acción.” Lo que también la caracteriza es que el sujeto no la pone en cuestión, hace ‘como si’: “hace como si adhiriera al sistema y respondiera a sus exigencias intentando, además, preservar una parte de sí mismo para preservar su salud mental y su integridad física". Para resumir, se hace como si todo fuera bien. Y es por esto que los sistemas paradoxales suscitan tan pocas críticas, porque si algo falla, eres tú, no el sistema.

Por eso, el autor francés nos invita a desarrollar la reflexividad para explorar una nueva libertad de pensar, de ver y de entender. Y agregará: “no reflexionamos solos. La reflexión debe ser compartida”, porque la reflexión colectiva es un potente corta-fuego que permite resistir y reconstruir los lazos sociales.

Permitir al pensamiento renovarse y expandirse, dialogar, romper los órdenes, vagabundear, tomar de aquí y de allá, estar en el mundo de manera reflexiva porque no somos amebas….


Es necesario entender que no vivimos aislados, no tenemos que escalar montañas solos, ni llegar primero a la cima, ni siquiera interesa la cima. Tenemos que aprender qué rol han tenido en nuestro devenir “los períodos políticos, sociales e históricos en los que hemos crecido y que conforman nuestros valores y perspectivas, y cómo respondemos a las fuerzas institucionales” nos apunta Sara Lawrence-Lightfoot.

“¿Cómo devenir sujeto siendo arrojado de un lado a otro por exigencias contradictorias? ¿Cómo restaurar nuestras capacidades reflexivas inmersos en esta cultura de la urgencia y la hiperactividad? […] ¿Cómo recuperar el sentido de la acción colectiva en el marco de un extremo individualismo? ¿Cómo vivir en un universo paradoxal? ¿Es necesario adaptarse, intentar cambiar, buscar escapatorias, construir alternativas?”.

Frente a estas encrucijadas, algunos demandan la sumisión y la adaptación a la sociedad porque, nos dicen, el mundo es tal cual es y es mejor aprender a vivir en él que vivir lamentándose.

Pero las fuerzas contestatarias a este orden determinado vienen gestándose y cobrando fuerza. Ellas son sostenidas por aquellos que desarrollan las resistencias, proponen alternativas, inventan estrategias y luchan para cambiar un orden juzgado como destructor.

Es tiempo de parar esta carrera loca de hiperproductividad y consumismo que pueden conducirnos a la destrucción de la vida en la Tierra. ¿Por qué no comenzar a cambiar? Elegir la tranquilidad al movimiento, la lentitud a la velocidad, la estabilidad al cambio, la continuidad a la inmediatez, el placer de jugar a la competición, la justicia a la injusticia, la igualdad a la desigualdad…”aceptar nuestros límites y renunciar a cada vez más” porque escapar permanentemente no parece que nos haya hecho muy bien, y va siendo hora de “desarrollar la capacidad de vivir ahora”, de tener el tiempo de experimentar la alegría y la tristeza y de construir salidas colectivas para todos y todas.

“A mí me interesan las cosas pequeñas, como tejer. No es que yo teja,
pero sí creo que la vida es como tejer, porque son las puntadas pequeñas, 
las lentas y que llevan más tiempo, las que después resisten
cuando tiras de la tela.”
Brigitte Vasallo