lunes, 27 de enero de 2020

Imaginar otros mundos fuera del capitalismo - Mark Fisher, ¿No hay alternativa?



¿Cómo es que llegamos a esto?
Si has creído que este escombro es mi pasado 
hurgando en él para vender fragmentos 
entérate de que ya hace tiempo me mudé
 más hondo al centro de la cuestión.
Adrienne Rich
Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
En 2013, Mark Fisher publicó, luego de su estupendísimo libro Realismo Capitalista: ¿No hay alternativa? (2009), Los Fantasmas de Mi Vida. Todos ellos en Caja Negra Editores.  Fotografía, Clarín.

Acosado por una fuerte depresión a lo largo de su vida, Fisher ataca y desgrana una idea central, la de la relación entre depresión y política. Fuertemente desgarrador pero clarificador, Fisher escribe en carne propia y con ‘resentimiento’, dice, con “furia hacia la posesión de recursos y privilegio [de la clase dominante]”, casi un testamento.

Contrariamente a lo que se nos publicita interminablemente de que las enfermedades mentales pertenecen al ámbito personal, psicológico y privado; Fisher argumentará que hay una correlación entre el auge del realismo capitalista, con su lenta cancelación del futuro, la mediocridad de la cultura -en especial la música-, el consumismo, la precarización laboral, la globalización y la destrucción de la solidaridad, con la depresión individual y colectiva.



Para Fisher, el Realismo Capitalista muestra hasta qué punto “las relaciones sociales capitalistas están reificadas al punto que cualquier modificación en ellas es inimaginable.” Salvo algunos pocos nostálgicos, quiénes son capaces de imaginar otros mundos posibles por fuera del andamiaje del capitalismo de hoy.

A partir de la década de los ´80, con la Doctrina del Shock brutalmente impuesta en Chile y Argentina, y que luego se exportaría planetariamente, sentando las bases del neoliberalismo que tanto conocemos, el capitalismo “cada vez más dominaba [y domina] todas las áreas de la vida, la cultura y la psiquis.”.


En un ambiente social dominado por la falta de solidaridad, endurecido, como dice citando el trabajo de Jennifer Silva, en el que predomina la competencia constante y la inseguridad, y en donde establecer algún tipo de confianza, o compromiso, en los otros, mina los lazos de solidaridad y la posibilidad de imaginar un futuro a largo plazo y otro tipo de vida social por fuera del capitalismo.

De esta manera, dirá Fisher, apoyándose en los relatos terapéuticos, y en la música pastiche, tan en boga hoy en día, se privatizó el malestar individual y social: se individualizó el malestar de clase.
Y así, sustentadas en teorías de la meritocracia, en las que “sólo se ve individuos, elecciones y responsabilidades personales.”, estas terapias del bienestar dejan de lado una de las interpretaciones más probables: la clase y el poder social.

Para ello, Fisher se basa en los trabajos del psiquiatra inglés David Smail, quien explora las marcas de clase, indelebles y poderosas sobre la psiquis del individuo. Si desconoces su determinismo, puedes llegar a creer que ‘es tu culpa’, es tu depresión, tu pobreza, tu desempleo, tu falta de oportunidades, en lugar de culpar a las estructuras e instituciones sociales. Es sólo nuestra culpa, y supuestamente de nadie más, este sentimiento de inferioridad: “los individuos se culparán a sí mismos [de sus desventuras] más que a las estructuras sociales”.


A la creencia, tan popular hoy, “de que está en poder de cada individuo la posibilidad de ser lo que quiera”, Smail la llamará ‘voluntarismo mágico’ y otros ‘meritocracia’. Esta creencia es, dirá, “la ideología dominante y la religión no-oficial de la sociedad capitalista actual”.

Y agrega: “Una población a la que durante toda su vida se le ha dado el mensaje de que es inútil, ahora se le dice que puede hacer cualquier cosa que desee.”

Por tanto, para Fisher, la depresión no es sólo individual, es política y es colectiva. Y es colectiva porque los sujetos han abandonado los proyectos conjuntos de clase y, por ende, la construcción de un futuro individual y común a largo plazo.

Fisher termina incitándonos a “Inventar nuevas formas de involucramiento político, revivir las instituciones que se han vuelto decadentes, convertir la desafección privatizada en ira politizada: todo esto puede hacerse, y una vez que ocurra, ¿quién sabe qué es posible?”


El panorama actual es desolador, el colectivo ha sido descompuesto en múltiples consumidores solitarios. Las clases trabajadoras se han retirado al ámbito de lo privado, y han aplacado sus propuestas de construir un mundo por fuera de la cultura dominante burguesa.

Y la cultura oficial, que nos demanda consumir el último producto cultural ‘pop’, ser divertidos y nos castiga porque ‘nunca somos lo suficientemente positivos’, y nos empuja a consumir más, y más, y seremos tan felices si consumimos más, nos dicen.

¿Cómo es que llegamos a esto? Se preguntará este radical escritor e intentará abordar este interrogante desde la música, como elemento imprescindible de esta cultura, “que ha perdido su confianza, no sólo en que el futuro será bueno, sino en que algún tipo de futuro sea posible.”

Escribir sobre uno, es lanzarse a la tarea infinita de regresar sobre uno mismo, dice Didier Eribon. ¿Por dónde empezar? ¿Hasta dónde ir? En definitiva, hacer una teoría política del sujeto, para no caer en la tentación de quedar atrapados en las redes de las terapias del bienestar que desconocen el poder de la clase: comprender quién soy, quiénes son y quiénes somos y por qué nos pasa lo que nos pasa.

Si crees que puedes agarrarme, piensa otra vez: 
mi historia fluye en más de una dirección
 un delta que surge del cauce 
con sus cinco dedos extendidos.
Adrienne Rich

lunes, 23 de diciembre de 2019

Escribir y vivir desde el margen - La literatura del yo


              Dar testimonio
de una manera humana
de levantarse,
preparar el té
y escribir.
Susana Villalba
Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
Hace muy poco leí una serie de entrevistas a un escritor muy pagado de sí mismo, con un pedigrí inconmensurable, apadrinado por Quino, casi hijo adoptivo de Cortázar. Sus padres frecuentaban a García Márquez. Creció entre poetas y literatos renombrados de aquí y de allá. Este escritor con pedigrí, cuestionaba las actualmente llamadas ‘literaturas del yo’.

En 1936, Virginia Woolf escribía un ensayo titulado ¿Soy una snob? En este texto decía que “¿Acaso hablo sólo de mí misma, cuando digo que nada de aventura me ha ocurrido desde que ocupé esta inminente, aunque espinosa silla, pero a pesar de ello, sigo siendo, para mí misma, un tema inagotable y de fascinante y angustiado interés: un volcán en perpetua erupción?”

Casi un siglo después de Woolf, el jovencísimo escritor francés, Edouard Louis, escribió un extraordinario libro en el que indaga sobre la escritura de una vida, en ¿Quién mató a mi padre?  que toma el relevo de su libro anterior, Para acabar con Eddy Bellegueule. En ambos libros, este escritor se pregunta acerca de cómo elegir escribir sobre los episodios de una vida, de cuáles escribir y de cuáles no hacerlo. Es decir, ¿qué hay que decir y cómo decirlo? Y, para responder al escritor con pedigrí, ¿por qué no hacerlo?


‘¿Qué es una vida?’, escribió Woolf. ¿Quién es yo? ¿Dónde comienzo yo? ¿Cuándo comienzo yo?, dirá Didier Eribon haciendo referencia a la sociología y al socio-análisis en su libro Principios de un pensamiento crítico.

¿Cómo se incluye, en el relato, lo que ha sido excluido? ¿Cómo hacer para no girar la cabeza y no confrontar con el mundo y la realidad? ¿Cómo hacer para no dejar de lado aquellos determinismos sociales que definen quiénes somos y quiénes seremos? Eribon será enfático al respecto al decir que “el presente depende fuertemente del pasado.”

Como escribirá John Edgar Wideman, escribir sobre mí es escribir también sobre el grupo, sobre el colectivo que represento. Para éste, la cuestión de la identidad personal está ligada a la de la identidad colectiva, “a aquella de todo un grupo a quién pertenecemos.”

Wideman va a indagar, a propósito de la raza, sobre sí mismo, ¿cómo definirse? ¿cómo hablar de uno mismo? ¿con qué palabras? Y lo que es aún más importante, ¿quién posee esas palabras y las crea?
Es el lenguaje uno de los terrenos de batalla, argumentarán no sólo Wideman sino muchos autores. En este campo, quién define y qué es definido por las palabras es determinante. Y aún más, para él, ¿cómo afirmar la raza al mismo tiempo que se la rechaza? Cómo afirmarse en la diferencia para obtener igualdad, escribirá también Joan W. Scott a propósito de las luchas feministas.


Assia Djebar, historiadora argelina, irá aún más lejos al indagar sobre la escritura desde la lengua del adversario. “¿Qué significa escribir sobre la dominación en la lengua dominante o en la lengua de los dominantes?”


Eduard Louis, junto con Eribon, van a enlazar todas estas inquietudes, para abordarlas como cuestiones políticas. Louis va a sostener que la política para unos es una cuestión estética, una manera de pensar, de ver el mundo, una manera de construir una persona. Para otros es una cuestión de vida o muerte.

Lo más curioso, sostendrá, es que los que lo tienen todo, pueden pasar de cualquier tipo de gobierno porque la política no cambiará su vida. Concretamente, para aquellos que hacen la política, ésta no va a tener ningún efecto sobre su vida. Para el resto, es una cuestión de vida o muerte.

Así, sin entrar en detalles teóricos, y siguiendo los trabajos de Pierre Bourdieu y Michael Foucault, Louis – como Eribon - arremete contra aquellos escritores y críticos literarios que hoy cuestionan las llamadas ‘literatura del yo’ y se pregunta el ‘¿Por qué hay vidas menos contadas que otras?’
Por qué no dar voz a aquellos y aquellas que han sido dejados de lado, marginalizados, inferiorizados, colonizados. La historia de los perdedores, aquellos que han sido, y siguen hoy más que nunca, privados de dejar el relato ‘de sus derrotas’, de su existencia, de su sufrimiento, de sus alegrías. En síntesis, el relato de su vida.


Los ganadores escriben la historia, eso ya lo sabemos. ¿Por qué no escribir otras? Re-pensar las cosas, re-pensar lo que se pensaba. ¿Cuándo leeremos las historias de todos y todas los que no ganan en este sistema? ¿Cuándo nos apropiaremos de la palabra para decir lo que no se dice?

La literatura que interesa es la que se interroga a sí misma, la que intenta confrontarse con el mundo. Interesa así, aquella que intenta incluir a los invisibles, a la realidad de los posibles, a la complejidad. Urge, como sostiene la poeta argentina Susana Villalba, ‘proponer otras maneras de decir el mundo’.
Todos estamos atravesados por contradicciones, por historias diferentes, por historias múltiples, argumentará Joan W. Scott remitiéndonos a la idea sostenida por Kimberlé Crenshaw sobre la interseccionalidad.

En nosotros confluye la intersección de muchas identidades sociales, de varias historias, de potencialidades políticas. Éstas nos constituyen, y entran en conflicto unas y otras.

¿Quién soy yo? Eribon dirá que ‘yo’ es una construcción contradictoria, frágil, provisoria y parcial. Nunca está dado todo de una vez para siempre porque ella se reconstruye y se inventa a cada momento. Reconstruir el yo es una tarea infinita e interminable. El yo es personal pero también es social, es historia, es geografía y es político. El yo es una clase.

Volviendo a la entrevista que disparó estas reflexiones, he vuelto mis lecturas hacia aquellos que se sitúan en los márgenes de las formas dominantes de escribir y de escribir una vida. No es literatura, no es tampoco sociología, pero lo es ambas y cada una.


He encontrado una fuente inagotable de escritores y escritoras que escriben desde los márgenes, como gestos de resistencia, dirán Eribon, Ernaux, Wideman y Louis, o como gestos que cuestionan la ausencia de resistencia, la resignación.

Para “cambiar la mirada sobre el mundo, para transformar las percepciones instaladas y así producir, o favorizar, nuevas formas de resistencia.” [Eribon]

Todos estos autores sostienen que hay que re-apropiarse del lenguaje, dar voz a los que no la tienen porque cuando un privilegiado nos dice cómo debe ser el mundo, éste actualiza la frontera entre ser y no ser, entre los dominantes y los dominados, entre los que tienen todo y los que no tienen nada. Entre ellos y yo. Entre ese escritor ‘con pedigri’ y todos los otros.

Toda la tarde caminó
bajo la lluvia
como una forma de sentir
humanidad.

domingo, 3 de noviembre de 2019

De libros generosos y la biblioteca que vive en mi



Yo podría comenzar diciendo que desde hace muchos años
 vivo en una biblioteca.
O podría comenzar diciendo que desde hace muchos, muchísimos años,
 una biblioteca vive en mí.
Ambas afirmaciones son verdaderas.
Marina Colosanti

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
Leo. Yo leo. Desde muy pequeña leo. Si mi memoria no me falla, empecé con Emilio Salgari, Julio Verne, Oscar Wilde, Julio Cortázar, el Quijote y Edward Stratemeyer.

Hago mucho esfuerzo por recordar alguna escritora en mis inicios como lectora, pero no recuerdo ninguna…Más tarde vendrán Luisa M. Alcott, Jane Austen, las hermanas Brönté y, por supuesto, Virginia Woolf, entre otras muchas. Bradbury, Dumas, Mármol, García Márquez, Isabel Allende, Quiroga, Borges, Pizarnik, De Beauvoir…fueron golpeando a mi puerta.

A ellos les ha seguido una lista interminable de autores y autoras que aún no tiene fin. Como dice Marina Colosanti, una biblioteca vive en mí. No se vivir sin leer.

¿Cómo se construye, o reconstruye, una vida leída? ¿Cómo se hace una como lectora? Observando los libros leídos, ¿una puede hacer, como dirá Michel de Certeau, una lectura de sí misma?
Interrogarse a partir de nuestro itinerario personal nos permite comprender nuestras vidas y nuestras relaciones con los otros, desde un punto de vista filosófico, sociológico, político, teórico, personal y existencial. ¿Todo eso?

Ciertos libros pasan por nuestra lectura sin dejar trazos, son los olvidados, pero otros tienen un efecto transformador en una misma. Esos son los libros generosos. Didier Eribon dice que leemos para comprendernos y transformarnos, y así librar día a día una batalla personal contra los determinismos que nos acechan.

¿Qué caminos han seguido los libros para apoderarse de mí? Me gustaría creer que he sido yo quien los ha conquistado, pero podría ser que hayan sido ellos…


La antropóloga francesa Michéle Petit ha escrito mucho sobre la lectura, sobre el poder de la lectura. En El arte de leer o cómo resistir a la adversidad, la autora desarrolla un sólido estudio sobre el rol de la lectura en la constitución del yo, especialmente en espacios o momentos de crisis.
“De lo que se trata, dice, es de leerse a sí mismos y a este mundo.”  […] ya que “Leer sirve [también] para descubrir que lo que nos atormenta, lo que nos asusta, nos pertenece a todos.”
Llegué a esta autora, conversando con Maribel sobre el poder de los libros, sobre su poder terapéutico. Maribel es, además de una voraz lectora, escritora. A este poder terapéutico de los libros, algunos también le llaman biblioterapia, y otros simplemente, gusto por leer.

Sin embargo, contrariamente a lo que se cree ahora, como Petit, yo escapo a la instrumentalización de esos efectos terapéuticos de la lectura, en el sentido que se les da en los libros de autoayuda.

Así en sus análisis encontré que la diferencia entre la autoayuda y la lectura como abrigo, dirá la autora, está en el objeto como producto cultural que contiene “un deseo de compartir, de justicia, una voluntad de lucha y una exigencia poética.”

Sin relato, el mundo sería un lugar inhóspito y vacío. Al contar, tejemos nuestras vidas con las de las otras personas. Tejemos nuestro pasado y nuestro futuro soñado, organizamos nuestra experiencia y habitamos el mundo.


Porque, como escribe Olga Tokarczuk, “Si se pudiera mirar el mundo sin protección alguna, valiente y honradamente, se nos partiría el corazón.” Sin relatos, estaríamos huérfanos para construir nuestra morada interior y no podríamos habitar los lugares en los que vivimos. Leer y leer el mundo.
“Hay que recordar, resalta Petit, que somos animales poéticos, narrativos, de palabras, de imágenes.” Y que la literatura, como la cultura, tienen una importancia vital para nosotras, tanto como el agua.
Y en momentos de crisis, el libro representa una unidad, algo sólido, dotado de armonía, que nos permite construir un país interior que le da sentido a nuestra vida, nos permite pensar, soñar y entrar en diferentes mundos de lo posible. “Los libros leídos ayudan a mantener el dolor del miedo a distancia, a transformar el dolor en ideas y a reencontrar la alegría”, dirá.

El escritor Gustavo Garzo, insistirá en la idea de refugio que ofrecen los cuentos. Refugios frente a la angustia y el dolor porque los cuentos crean un lugar para vivir, al tiempo que nos permiten habitar el mundo y relacionarnos con los otros de una forma pacífica. De lo que se trata, al fin y al cabo, es de leernos a nosotros mismos – trazar los contornos de quién soy - y leer a este mundo y a los otros.

Contra todo discurso utilitario de la lectura, la literatura no es una experiencia separada de la vida, dirá Petit, ella es la vida. Así, la biblioteca de cada persona representa sus territorios más íntimos alimentados literariamente. Recuerdan lo de las sentimentecas, de Patrick Chamoiseau.


Soy una mala lectora. Leo lo que caiga en mis manos. No sigo las modas. No me gusta que me digan qué debo y qué no debo leer. No creo en clasificaciones entre buena y mala literatura. Salto páginas, voy y vengo, subrayo y hasta dibujo mis libros. Leo los finales, y si un libro no me atrapa, lo dejo sin culpas. Leo muchos libros al mismo tiempo y nunca he leído el Ulises, no he podido.  Desconfío de los críticos literarios. Releo varias veces esos libros que me son imprescindibles. Leo en cualquier lado, y si hay música de fondo, mejor. No soy una lectora solitaria y aislada, no estoy compungida ni traumada.

Leo porque me gusta. Leo porque no sé vivir sin leer. Leo para resistir.
Entonces, ¿dónde estás?, ¿quién te impide venir?
y aunque cumplas la terrible condena de no poder estar
cuando te llamo,
sin duda en algún lugar organizas de nuevo la familia,
o me ordenas las sombras,
o cortas esos ramos de escarcha que bordan tu regazo
para dejarlos a mi lado cualquier día.
O tratas de coser con un hilo infinito 
la gran lastimadura de mi corazón.
Olga Orozco

martes, 1 de octubre de 2019

Aceptarse - Annie Ernaux y Didier Eribon


Otro cielo sin dioses, otro mundo al que nadie más vendrá
sumergen en las aguas implacables de tu imperfección
y de tu vergüenza.
Olga Orozco

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
La escritora francesa Annie Ernaux escribió que ‘todos somos seres atravesados por conflictos’, por conflictos de clase, argumento que también sostiene el filósofo francés, Didier Eribon, en su magnífico libro Regreso a Reims.

Durante más de cuarenta años, Ernaux exploró la vergüenza, como un sentimiento recurrente de ilegitimidad, de no estar nunca en su sitio. Una vergüenza, a la que claramente denominó social, que la atravesará durante toda su vida y que es producto de su origen de clase.

“Soy una etnóloga de mí misma. ¿Qué cuento intimidades? Lo íntimo siempre es algo social. Es inconcebible un yo puro, en el que los otros, las leyes, la historia, no estuvieran presentes.”
Como Ernaux, mi origen social se ha dejado – y se deja - entrever a través de ese permanente sentimiento de ilegitimidad y de incomodidad. Ambos autores han enriquecido esta, mi búsqueda, para entender mi historia personal.

Didier Eribon escribe que “Siempre he tenido, en lo más profundo de mí mismo, el sentimiento de pertenecer a una clase. Siempre he sabido, que había una diferencia entre ellos y yo. Cómo no saber lo que uno es, cuando vemos cómo son los otros, y a qué punto ellos son diferentes de nosotros.”

A menudo se nos hace creer que nuestro destino está en nuestras manos. Así, se nos bombardea con la idea - intencionada -, de que somos nosotros los que tomamos decisiones y trazamos nuestro camino. Si el camino se tuerce, se nos dice que es porque no supimos tomar las buenas decisiones. Esta es la ideología de la meritocracia, tan publicitada últimamente y que legitima lo que Richard Sennet llama la sociedad de-todo-para-el-ganador.

Sin embargo, Eribon y Ernaux, se encargan de hacer, lo que llamo, sociología en carne propia, puesto que revisitando su historia personal y la de sus padres, realizarán una suerte de exploración de los conflictos de clase social. Ellos, dirán, son lo que se entiende como un ‘milagro’ social, puesto que, por una suerte de pequeños milagros, y escabulléndose de las trabas que la estructura social impone a las personas de los sectores populares, han logrado cierta notoriedad en su trabajo. Una como escritora y otro como filósofo.

Sara Landeta
En su recorrido autobiográfico, Eribon mostrará cómo opera la perversidad del sistema, que se nos impone cuando nacemos, y que nos hace creer que somos nosotros mismos los que elegimos y construimos nuestro camino cuando, en realidad, lo que somos es producto de nuestra clase social.

En este sentido, Annie Ernaux agregará que el origen social se porta como un estigma si, obviamente, no has nacido en las clases privilegiadas, y que este conflicto te atravesará toda tu vida. En una misma conviven lo íntimo y lo colectivo.

Vicente de Gaulejac, en ‘Las fuentes de la vergüenza’, dirá que “el sujeto se expone a una confrontación entre la mirada social que le es devuelta y la mirada íntima que revela la vergüenza y la angustia de no ser como hay que ser.” De no ser como se supone que se es en las clases privilegiadas (capital cultural, lingüístico, estético, académico). No tener la ropa adecuada, no utilizar el lenguaje apropiado, no mostrar de dónde se es, cómo se vive.

“Yo quisiera reflexionar sobre la manera en la que se reconstruye retrospectivamente nuestro pasado, a través de las categorías teóricas y políticas disponibles en el seno de la sociedad en la que vivimos”, escribirá Eribon, algo que puede servirnos para volver a él y así comprender nuestro recorrido con sus fracasos y sus, sus éxitos y sus errores.



En este sentido, para todos estos autores, los libros, y la lectura, son un punto de apoyo decisivo en el trabajo de reinventarse y de convertir la vergüenza – por ser gay y de clase obrera, en el caso de Eribon – en orgullo. 

Patrick Chamoiseau hablará de esas bibliotecas que tenemos los lectores, o lectoras, como sentimentecas. Esos lugares poblados por libros que nos ayudan a combatir, en nosotros mismos, los efectos de la dominación y que nos permiten “reformular el yo desde los procesos de resistencia.”

Así, Annie Ernaux escribirá para recuperar todo aquello que es imperioso ser recuperado. Y agregará que la memoria que se deshumilla diseña un futuro político, literario e intelectual, en el que ella ahora puede reapropiarse de las diferentes etapas de su trayectoria y de su personalidad.

“En cuanto al sentimiento de vergüenza, no es específico a mí y no creo que sea malo, es algo que surge cuando sales de tu entorno natural y te enfrentas a otras realidades. No es un término del todo peyorativo, lo uso para enfrentarme a ese pasado. Quien no lo entiende es que no ha salido de ese entorno social y no ha conocido otras realidades.”

Gaujelac, abre puertas a la posibilidad de salvaguardarse, y es lo que llamará ‘el combate de la dignidad’, de conservar - a pesar de todo - una imagen aceptable de sí mismo.


Aún no hace mucho tiempo,
te mirabas en alguien igual que en un espejo que te embellecía.
Era como asomarte a las veloces aguas de las ilimitadas indulgencias
donde se corregían con un nuevo bautismo los errores,
se llenaban los huecos con una lluvia de oro, se bruñían las faltas,
y alcanzabas la espléndida radiación que adquieren hasta en la noche
los milagros.
Olga Orozco

viernes, 6 de septiembre de 2019

Vacacionar o estar libre


Para profetizar hoy, basta con conocer
a los hombres [y mujeres]
tal como pueblan el mundo
en toda su desigualdad.
John Berger
Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
Es verano, época en la que si se puede, toca vacacionar. Vacacionar no es un concepto muy antiguo ya que, como tal, tiene una corta duración. Empezamos a tomar vacaciones cuando, gracias a los derechos laborales conquistados, se reconocieron éstas como tales y se comenzaron a pagar en los salarios de los trabajadores y trabajadoras.

Según el diccionario, vacacionar se deriva del verbo vaccare, que significa: estar libre, vacante o desocupado. Dice Susan Sontag que “Por primera vez en la historia, grupos numerosos de gente abandonan sus entornos habituales por breves períodos.” Así que estar de vacaciones, nos permite acceder a otro tiempo, que no es el tiempo social impuesto, sino un tiempo libre que yo misma voy a estructurar.

Para el antropólogo francés, Jean Didier-Urbain, especialista en turismo, vacacionar es una suerte de utopía, un paréntesis, que me permitirá beneficiarme de un realidad extra-social elegida y ajena a la impuesta.

Urbain irá más allá, ya que considera que hay que intentar abordar el turismo como un objeto que nos permite comprender la sociedad. Nuestra forma de vacacionar, y de viajar, dice también cómo somos.
Si se originaron como producto de las conquistas laborales de los trabajadores, ahora podemos decir que desde hace unos diez años, y con el boom de las redes sociales e internet, las vacaciones ya no son lo que eran.

Ahora, los que pueden viajan por menos tiempo, de manera breve, en forma de escapadas. Es lo que llama, un turismo de fuga espoleado por el placer del instante. Además, se viaja conectado, autorganizado y se es autónomo. ¡Bye bye a las agencias de viajes!

Urbain agrega que “la fragmentación de los tiempos de viajes hace de la cotidianeidad un espacio-tiempo suspendido entre dos viajes.” Algo así como que vivimos en una especie de transición entre dos escapadas.

Pero algo ha cambiado últimamente. Las redes sociales han transformado las vacaciones, entre otras tantas cosas. Y con la redes sociales también la fotografía, operando como difusores de modelos como nunca antes habíamos visto.


Las fotografías, según John Berger, son un registro de las cosas vistas. “Es el resultado de la decisión del fotógrafo de que merece la pena registrar que ese acontecimiento ha sido visto.” Tienen un mensaje y lo que muestra invoca lo que no muestra.  Y Sontag agrega que “fotografiar es apropiarse de lo fotografiado. Significa establecer con el mundo una relación de poder.” 

Las fotos publicadas no son inocentes. En ellas la frontera vida privada-vida pública se diluye porque debe ser, lo que ahora se llama ‘instagramable’. Su formato (Facebook, Instagram) está dado de antemano, y se inscribe dentro de una estética publicitaria. Sí, ¡a ver quién tiene la vida más linda!

El resultado: fotos idénticas y uniformes de lugares y de paisajes. Tenemos la impresión de que todo el mundo pasa unas vacaciones idénticas, pero irreales. Sabes que si no has podido tomarte vacaciones, ahora hay sitios en internet donde puedes descargarte unas estupendísimas fotos para subir a las redes sociales y así hacer como si sí y no quedar fuera.

Sontag escribe en su libro Sobre la fotografía que la fotografía “Es un rito social, una protección contra la ansiedad y un instrumento de poder.” Contra la ansiedad que produce la inactividad laboral cuando se está de vacaciones presuntamente divirtiéndose.

La sociedad de consumo nos invita a consumir como todos, pero al mismo tiempo nos pide autenticidad, distinguirnos, y si es posible, nos pide mostrarnos más auténticos que los otros. Ya sabes, la foto colgada de la palmera si es posible.



Dice Jean Laurent Cassely que “La autenticidad es el fruto de la angustia de una sociedad de consumo de masas en la que todos somos idénticos e intercambiables, de una forma de competición social en la que los otros sean menos que yo, y de un sentimiento de nostalgia.”

Las fotos de las vacaciones en las redes sociales me traen a la memoria un libro escrito por la psicoanalista y filósofa Julia Kristeva, Las nuevas enfermedades del alma, en el que describe cómo en nuestra cultura, se aplanan las diferencias y las emociones produciendo ‘una reducción espectacular de la vida interior’.

Y agrega Kristeva, “presos del estrés, impacientes por ganar y por gastar, por disfrutar y morir, no tenemos ni el tiempo ni el espacio para hacernos un alma.” Y lo que es aún peor, no tenemos remordimiento por ello. Pero ahora hay que colgarlo.

Cada fotografía, dirá Berger, es, en realidad, un medio de comprobación, de confirmación y de construcción de una visión de la realidad. De ahí el papel crucial de la fotografía en la lucha ideológica. De ahí la necesidad de que entendamos un arma que estamos utilizando y que puede ser utilizada contra nosotros.”

domingo, 18 de agosto de 2019

La vida Facebook, la soledad y esconder la vulnerabilidad



Es un corazón
este holocausto en que me adentro
Oh niño dorado el mundo mata y come.
Sylvia Plath

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
En 2006, David Foster Wallace publicó Hablemos de langostas, un libro que aborda diferentes e inverosímiles temas. Detrás de las ‘langostas’ se lee la agudeza de un escritor a la hora de retratar lo que no gusta de ser retratado, “las preguntas desesperadas y las convicciones profundas”, con cierta ironía y humor.

Que no falte el humor para abordar lo que de otra forma no es abordable: “cómo ser humano: es decir, cómo ser una verdadera persona, alguien cuya vida obedezca a valores y principios, y no a una simple modalidad especialmente astuta de animal capacitado para la supervivencia.” 

Foster Wallace habla y escribe mucho, cosa que a mí me gusta y cuando lo hace toca muchos temas. Uno de ellos es el de la soledad, que tanto me interesa. No lo hace directamente, pero se desliza en sus textos.

Podríamos parafrasear a Foster Wallace y decir aquí, hablemos de soledad.  Hablar de la soledad es algo peliagudo porque está considerada como un aspecto negativo de la existencia humana. Si estás solo o sola, estás mal. Así se nos ha educado en esta sociedad tan veloz, perfeccionista y exitista.

Los escritores latinoamericanos tienen mucho que decir sobre la soledad. Gabriel García Marquez dijo que toda su obra escrita podía considerarse un gran libro de la soledad, con Cien años de soledad como su máxima expresión. Entendiéndola como un estado que nos imposibilita a amar y a tener empatía con los otros, y también, como desesperanza y contrapunto de la solidaridad.

La soledad, fluye en la identidad de América latina. También Octavio Paz escribió sobre ella en El Laberinto de la soledad, como una manera de entender la identidad de México.

Pero los tiempos han cambiado. Las sociedades han cambiado. ¿Han cambiado?



Olivia Lang escribió La ciudad solitaria, en la que aborda la soledad como “un sentimiento que todo el mundo vive en algún momento” y que en nuestra cultura está muy estigmatizada. Si te sientes sola, o solo, tienes un problema, se profetiza por todos lados.

Y así se nos enseña asociando la soledad con el aislamiento y el silencio. Ya escribí aquí sobre los beneficios individuales y políticos del silencio. Por qué no empezar a intentar desestigmatizar la soledad, para así abordarla desde otra óptica. Usualmente se cree que las personas mayores se sienten solos, cuando los últimos estudios arrojan resultados sorprendentes al respecto, como que son los jóvenes los que se sienten más solos que las personas mayores.

¿Cuántas soledades hay y cuál es la nuestra?

Todos hemos estado, estamos, o estaremos solos en algún momento de nuestra vida. ¿Por qué hacemos como que no? Olivia Lang agrega que buena parte de su estigma “tiene que ver con su ocultación, con que nos sentimos obligados a esconder la vulnerabilidad y las cicatrices como si fueran realmente repulsivas.” Y esto, nuevamente, es estimulado en esta sociedad acelerada que vende sólo felicidad obligatoria, exitismo y perfección. La vida Facebook, dice Maribel. Y Zygmund Bauman dirá que el éxito de Facebook está basado en el miedo a estar solo de las personas.

A estas alturas, este escrito parece un manual de autoayuda, que tanto tanto detesto. Pero quería explorar el abordaje de Lang, aunque a veces me haga ruido, porque me gusta su insistencia en que la “soledad es personal y es política. La soledad (también, agrego yo) es colectiva: es una ciudad. Lo importante es que estemos alertas y abiertos”.


¿Por qué tanto miedo a la soledad? En un contexto donde domina la eficacia, ¿qué utilidad tiene la soledad? Lamento decirlo: en esta cultura ninguna. Aunque, dirá Lang, que para los artistas la soledad es un objeto de su arte.

No hay una forma de soledad, hay muchas. Algunas, los psicólogos acordarán, lindan con las llamadas enfermedades mentales, otras con el egoísmo, otras con la vida y sus momentos, y muchas con la condición humana. ¿Cuál es la tuya?

La soledad nos lleva a hacernos esas preguntas que tienen que ver con el hecho de estar vivos, esas realmente importantes, sobre los valores, la identidad, la muerte, el amor, la sexualidad, la libertad, la avaricia, la razón, la fe, el dolor, el egoísmo.

Dice David Foster Wallace que “el uso de la lengua siempre es político, pero lo es de forma compleja.” Cada época tiene un lenguaje particular, y en él se muestra y se oculta con intencionalidad.

Respecto a la soledad, sólo se incorpora el miedo para hablar de ella. Y esto está al servicio del estado de las cosas. Omitir hablar de la soledad, haciendo como si no existiera, o restringirla al campo de la salud mental, representa un uso político. Si te sientes solo o sola, es tu culpa. Algo habrás hecho o no habrás hecho, dicen.

¿Cuántas soledades hay y cuál es la tuya y la de tu cultura? Los poetas y escritores dicen que la soledad da libertad, y también, que la libertad te conduce a la soledad. Es un camino de ida y vuelta. Y bien sabemos los latinoamericanos qué es la soledad. La soledad es política.

La poesía,
pero qué es la poesía.
Más de una insegura respuesta
se ha dado a esta pregunta.
Y yo no sé, y sigo sin saber, y a esto me aferro
como a un oportuno pasamanos.
Wislawa Szymborska

miércoles, 31 de julio de 2019

Imaginar lo que aún no se ha imaginado


Pensar el silencio.
Escribir es la respuesta evidente
a las consecuencias del olvido.
John Armstrong

Virginia Baudino, Socióloga - virbaudino@hotmail.com
Escribir sobre el silencio, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo escribir sobre el silencio sin caer en el individualismo inmovilista y apolítico característico de esta época? ¿Cómo escribir de algo que significa ausencia de algo?

¿Porqué el silencio? ¿Cómo evitar escribir del silencio sin caer en la tentación de retirarse al espacio privado que – como argumenta Zizek - contribuye a la dominación neoliberal?

En una cultura donde se privilegia lo inmediato y donde impera una velocidad de cambios sin precedentes, en todos los ámbitos de la vida social e individual, porqué el silencio.

Si actualmente no soportamos el silencio y vivimos en una sociedad, como escribí en otro post, en la que hay que ‘divertirse hasta morir’, y en la que  -argumenta Mark Fisher – la “ausencia casi total de reflexividad crítica” se conjuga con “una capacidad interminable para aceptar cualquier directiva” entonces….porqué volver al silencio.

¿Porqué le tememos al silencio? ¿Es intencional este temor o simplemente seguimos la corriente? Algunos consideran que este miedo al silencio se debe al terror que tenemos a encontrarnos solos con nosotros mismos y, otros, creen – como Marc Augé, Mark Fisher y Fréderick Jameson – que hay una intencionalidad en la abundancia del ruido generalizado al que hemos sido lanzados.  Para éstos, es el sistema el que necesita de nuestra cotidiana inmersión en el bullicio.

En el post anterior a éste, Maribel introdujo un video de Teresa Guardans llamado Pensar el silencio. Pensar el silencio disparó una serie de ideas.



Vivimos en una cultura ruidosa e hiper productiva en la que el silencio es concebido de una manera negativa como ausencia de algo. Sin embargo, hay diferentes formas de pensar el silencio, no sólo como ausencia de ruido, de sonido o de lenguaje, sino también como un estado, una manera de estar presente en el mundo. Los pintores, los poetas, los escritores buscan y necesitan del silencio para realizar sus obras.

Es necesario oír el silencio para mirar el mundo y la realidad, y para comprenderlos, sin por ello tener que necesariamente aislarse del colectivo. Y es necesario para poder conectar con los otros. Es también necesario, eliminar toda la connotación negativa que encierra el silencio. Comúnmente creemos que, si hay silencio, hay muerte y horror u ocultamiento y dolor.

Pero también se puede abordar el silencio desde una perspectiva histórica y política del sujeto. ¿Es posible silenciar el lenguaje – que como filtro para abordar y conocer el mundo nos es transmitido y aprehendido – para mirar el mundo? Sin el silencio, entre tanto bullicio, no hay oportunidad de que la realidad se nos muestre.

Dice Byung Chul Han que “Nietzsche concibe la asignación de nombres como un ejercicio de poder. Los dominantes "sellan cada cosa y cada suceso con un sonido y de ese modo, en cierta manera, toman posesión de ellos". Por consiguiente, el origen del lenguaje "sería la expresión de poder de los dominantes". Los lenguajes son "reminiscencias de las antiquísimas apropiaciones de las cosas". Pero sin lenguaje no hay historia, no hay narración.

El silencio, podría ser una alternativa para, como argumenta Didier Eribon “romper con las categorías incorporadas de la percepción y de la significación, ya que es en la inercia social donde estas categorías son vectoras, con el fin de producir una nueva mirada sobre el mundo, para abrir nuevas perspectivas políticas.

Y quizás, en esta búsqueda de silencio, podamos construir una forma de ‘repliegue estratégico’ para pensar el mundo social con la consciencia de evitar caer en las tentaciones del sistema “frente al cual la voluntad humana ha quedado obsoleta”.


Buscar el silencio, en esta cultura del ruido e infantilizada, para observar y reflexionar el mundo, como una manera de reconducir el antagonismo e imaginar otras realidades posibles. Para buscar nuevas formas de organización comunitaria y política, en este mundo aparentemente despolitizado, por fuera de ‘las ideologías del bienestar’ tan individualistas.

Tenemos que aprender a pensar y a actuar y a luchar contra aquello que se constituye ideológicamente como "normal”, dice Angela Davis.

Pensar lo que parece impensable, juntar lo que en el conocimiento aparece separado, y separar lo que aparece junto, explorar lo que se nos da por hecho, desde otra perspectiva. Imaginar lo que aún no se ha imaginado.
¿Es posible lo imposible? 
No hubiera sido propio
dedicarles la vida. Pero este instante sí,
como una última puerta abierta a la hermosura, 
mientras la tarde cierra, ya con su voz en vilo,
el pétalo final de una rosa de piedra.
María Victoria Atencia