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lunes, 1 de septiembre de 2025

Escribir cartas, inventar un mundo común - Virginia Woolf y Geneviève Brissac - Juan Villoro, Paulina Vinderman, Anne Carson y Maggie Smith

 



Estoy haciendo algo que aprendí muy pronto a hacer;
estoy prestando atención a la belleza pequeña,
la que sea,
como si fuera nuestra obligación
encontrar cosas para amarlas
y así atarnos a este mundo.
Sharon Olds

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
Nací en tiempos donde las cartas eran aun un medio de comunicación. En algún momento, también coleccioné sellos o estampillas junto con mi hermana. No recuerdo cuando comencé exactamente, pero sí que era muy pequeña. 

¿De dónde viene esta necesidad de escribir cartas? He rastreado las huellas de mis correspondencias y he encontrado que desde muy chica escribo cartas. Empecé escribiéndole a mi abuela María y seguí con mis amigas, con mis sobrinos, con mi hermana.

A l’amie des sobres temps: Lettres à Virginia Woolf, es el título de un pequeñísimo, pero simpático libro de Geneviève Brissac, con el que me topé leyendo un artículo, y cuya traducción al español es A la amiga de tiempos oscuros: cartas a Virginia Woolf.  

Escrito en forma de cartas, la autora se propone contarle a Woolf sus novedades y decirle todo lo que a ella le debe. Curiosa empresa, esta, de escribirle a una escritora desaparecida sabiendo que nunca se recibirá una respuesta. Pero Brissac ya había emprendido viajes creativos curiosos cuando publico una entrevista imaginaria a Woolf en Le Monde, conocido periódico francés, en 1982.

Como tengo una gran predilección por escribir cartas, cuanto vi cartas a Virginia Woolf… me dije que tenía que hacerme con el librito. 

Libro curioso, escrito en forma de cartas, a una autora ya desaparecida, a la que Brissac quiere contarle todo lo que su obra ha significado, no solo para ella, sino para un sinnúmero de escritoras y de mujeres, entre las que me encuentro. 

Pero no solo Brissac indaga sobre esta especie de manía, también Virginia Woolf se pregunta sobre la escritura epistolar. Escribir cartas, dice, ¿es -o no- una pérdida de tiempo? Al fin y al cabo, al hacerlo, le robo tiempo a la escritura e incluso a la vida misma, escribe.

¡Qué tarea extraña esta de la correspondencia epistolar! Actividad - valga la redundancia- del tiempo inmóvil de la espera: escribirla, enviarla y, sobre todo, esperar a que llegue. Tiempo del azar y la agonía, que adquiere un tinte casi arqueológico. Horizonte de paciencia, permanencia y lentitud, simbolizan el olvido y la posibilidad de rescatarlas de sus garras. Y que depende del humor y de la imprevisibilidad del correo.





Empiezo poco a poco. Pasado un tiempo prudencial, comienzo a imaginarme la carta, a quién ira dirigida, lo que probablemente le escribiré, qué papel usaré. El papel es de suma importancia. En mi caso, suave, ligero, que permita a la pluma deslizarse sin contratiempos. Y si, escribo con pluma. Una arqueóloga en toda su expresión. Efectivamente, escribir cartas le roba tiempo a otras actividades y a la vida misma, ¡pero cuanto placer nos dan!

Tengo la certeza que, ante mí, en la hoja en blanco, la incertidumbre sobre los caminos de las ideas que tomaré no tiene lugar. Sé fervientemente que me dejaré llevar por la pluma. ¿Puedo sonar divertida en una carta? ¿Triste? ¿Enojada? ¿Sabionda? ¿Frívola? ¿Naif? ¿Graciosa? 

Delante de mí, todo un mundo se despliega en la hoja en blanco, el tiempo se detiene, recuerdos, hechos, souvenirs minúsculos pero esenciales, sensaciones fugitivas y emociones. Una infinita gama de posibilidades se abre camino.

Y entonces, escribe Brissac, entiendo mejor lo que es la correspondencia: una tentativa de disminuir el dolor, una forma de instalar un hilo de continuidad entre nuestras vidas, una manera de inventar un mundo común entre nosotras, donde las palabras tienen el poder de decir. Amamos leer y escribir cartas porque ellas son la esencia misma de la literatura: una evasión, un arte, un hilo que nunca se rompe entre nosotras y las otras, una continuidad que calma la angustia.

¿Carta o diario íntimo? Difusos límites entre ellos. ¿Representan la evasión mental, física y psíquica en las que los otros nos encasillan? ¿Son meditaciones existenciales o intelectuales? ¿A quién le escribo? ¿A mí misma o a otra persona? Y mientras deambulo en el espacio del papel, la distancia y la ausencia se hacen presentes, están implicados, está todo ahí. 

¿Para qué escribimos? ¿para ser leídas? ¿para engañar a la soledad? ¿para quizás inventarse una vida?  

En Escribir cartas: pedir que el tiempo exista, Juan Villoro escribe que “quién se explaya en una misiva necesita al otro como referente y lo toma en cuenta para lo que dice, pero también se sondea a sí mismo. Hay una complicidad ausente. Alguien pone a prueba sus palabras esperando que otro pueda oírlas: un testigo.”

Un testigo presupuesto en la soledad compartida de la escritura, que la condiciona. Un tiempo de espera. Le escribo a Diana como si la tuviera enfrente mío y le digo lo que estoy poniendo en el papel. Seguro me reiré pensando que con esta frase me va a tirar de las orejas, ¡siempre la misma, Virginia!

Sé que escribo como único encuentro posible, y presupongo el estado de ánimo de quien la recibirá, su sentido del humor ese día, su susceptibilidad; y el mío.

Terminada la carta, la dejo reposar unos días, como quién deja reposar una comida. Espero y la releo, y a veces corrijo, retoco, agrego. Luego la carta se desprende de mí y la llevo al correo. 



Misterioso género, el epistolar, que suspende el tiempo, y lo confunde: se escribe para el futuro de quién la leerá y se lee viniendo del pasado de quién la escribió.  

Le pregunto por la tristeza.
Dice que debo acomodarme
al viento de la vida.
Y que le cante en rima a mi raíz.
Paulina Vinderman


***Algunas razones para escribir cartas***


• Es un arte en vías de extinción.

• Es terapéutico (y no necesitas de un terapeuta que te guie).

• Invita a la creatividad, sin tomar clases.

• Da placer. 

• Alegrara a quién la reciba.

• Es una forma de literatura: cualquiera puede escribir.

• Es una forma de ternura: da cariño.

• Es algo bonito, si te gustan las cartas, obviamente.

• Tienen un profundo sentido poético.

• Es económico. Solo necesitas hoja y lápiz.

• No hace falta escribir mucho ni presentarse a concursos literarios de cartas.

• No seremos evaluados por críticos poco simpáticos. Quien nos lee, nos tiene aprecio.

• No pasaremos ningún test de nivel y aptitud del tipo Cartas Nivel I y II.

• La belleza del material empleado, en la mayoría de los casos.

• Según los expertos, ejercitas el cerebro, la memoria y fomenta la reflexión.

• ¡Reduce el estrés! O eso dicen.

• Ayudas a mantener una actividad de suma importancia: ¡el correo! Aunque confieso aquí que tengo una relación de amor-odio con el Correo postal. Tenía que decirlo.

La poeta Anne Carson escribió que por muy dura que sea la vida, lo que importa es hacer algo interesante con ella. Y esto tiene mucho que ver con el mundo físico, con mirar las cosas, la nieve y la luz y todo aquello que constituye a cada instante tu existencia. Qué gran consuelo, escribe, saber que estas cosas persisten en su ser y que puedes pensar en ellas y hacer algo con ellas.  

Fue Maribel la que me recordó a Anne Carson. Ella me dijo, -cuando todo arrecia Vir, haz algo. Solo podemos aspirar a crear pequeños fragmentos de orden en el caos.

Maggie Smith, no la actriz sino la escritora, escribió un interesantísimo libro cuyo título es precioso: Podrías hacer de esto algo bonito. Y, sin caer en manuales de autoayuda, Smith escribe sobre su propia reconstrucción, cuando el mundo que conocía se ha derrumbado.

¿Me contradigo? Muy bien, me contradigo. Soy amplio, escribió Walt Whitman, contengo multitudes. 

Dentro de cada una de nosotras habitan multitudes, desde la niña que fuimos, la mujer que soñamos ser y todas las versiones que hemos ido dejando por el camino. Maggie Smith aborda con ternura y sabiduría la paradoja de llevar todas esas versiones mientras continúas avanzando en la vida.

Algunas veces, mis amigas me han prestado viejas cartas escritas, para releerlas y así reencontrar a la Virginia que un día fui. He intentado leerme con ternura. Pensar con ternura sobre nuestro pasado y nuestras versiones anteriores es un acto de autocuidado, escribe Smith.

Hablar de ternura me lleva directamente al discurso de aceptación del Premio Nobel de literatura de la escritora polaca, Olga Tokarczuk, quién argumenta que la ternura es la forma más modesta del amor. 

Es el tipo de amor que […] aparece donde miramos de cerca y con cuidado a otro ser, a algo que no es nuestro “yo”. Es espontánea y desinteresada y representa una profunda preocupación emocional por otro ser, por su fragilidad, por su naturaleza única. La ternura no es inmune al sufrimiento. 

 


Pensando en la ternura de releernos en diferentes momentos de la vida, y siguiendo el consejo de Maribel y de Anne Carson de hacer algo llegué a la idea que, la escritora afroamericana Audre Lorde desarrollo sobre el autocuidado. 

Su obra explora, entre varios temas, el cuidarse a sí misma cuando las desigualdades estructurales te han condenado. Lorde defiende el autocuidado no como autocomplacencia al estilo autoayuda, escribe Sara Ahmed, sino como una forma de autopreservación.

Pero cuidado, dice Ahmed, que lo que Lorde está proponiendo no es cuidarse a sí misma como una forma de buscar el bienestar individual, sino como una manera de encontrar formas de existir en un mundo que dificulta la existencia.

Para aquellas personas que deben batallar para importar en el mundo, el autocuidado es una guerra, argumenta Lorde.

¿Cómo nos cuidamos las unas a las otras? Necesitamos tener a mano una serie de herramientas, una caja compuesta de aquello a lo que nos aferramos para sostenernos. 

Esta caja, puede contener aquellos libros más preciados, esos que te dan aliento cuando más lo necesitas.  Puede contener objetos, cosas que nos reconfortan, como aquellas cosas que me permiten escribir, un cuaderno de notas, un lápiz o esta computadora. Cosas que me permitan hacer cosas, como mi bicicleta. Tiempo. Mi caja puede contener tiempo de descanso. Respira, Virginia, para, descansa. También contiene a mis queridas amigas. Nada mejor que un grupo de contención cariñosa. Música. En mi caja guardo la banda sonora de mi vida. Y humor, mucho humor para afrontar los inviernos.

Las cartas son, para mí, una forma de cuidado y de autocuidado. Cuando todo arrecia alrededor, como escribió Carson, haz algo, me dijo Maribel. Y ahí me tienen mis amigas, atiborrándolas a cartas.

Cuando la vida se pone difícil, hay que sacar valor para hacer algo bonito y no estancarse en el dolor y en el lamento. Y cuando todo esto no alcanza, rodéate de amigas. Nada reconforta más que el calor amoroso de unas buenas amigas. Y si puedes, escribe cartas. Así, resucitaremos una actividad en vías de extinción, no abarrotaremos los estantes de las librerías con cosas que a nadie le interesa leer (le haremos un favor a los lectores), y seguiremos cultivando la escritura, sin torturar a masas de lectores, solo a nuestras amigas, que conservarán nuestras cartas con cariño y nunca nos dirán que nuestro estilo deja mucho que desear. 

Es una actividad muy económica, que con los tiempos que corren, todo el mundo puede costear: un lápiz y un papel. Además, pueden participar de algún club de cartas epistolares o de amigos por correspondencia.

Y quién sabe, quizás, también nos sirvan para mejorar nuestra forma de escribir, ganar en práctica, cuidarnos, y hasta darle ganas a nuestras amigas de también ponerse a escribir. Quizás estamos creando una red de salvavidas y de escritura, casi casi sin proponérnoslo. Preparadas, a sus marcas, ¡a escribir cartas!

Hay que inventar un viento. Pertenecer. Pertenecerse. Es esto todo al fin cuanto queríamos. Un silencio incompleto. Un lugar de ceremonias sencillas. Solo falta que inventemos un viento. Paulina Vinderman.

 

 


 


sábado, 16 de septiembre de 2023

Cómo vivir serenamente la madurez de nuestro cuerpo - Naomi Woolf, Iris Marion Young, Camille Froidevaux Metterie y Gioconda Belli

 


Temo el rumbo que me están anunciando
las palabras que se arremolinan bajo la puerta.
Los chasquidos de las hojas secas,
suben con sonido de lástima desde el Valle Ticomo,
a zarandear ventanas por donde asoman
nuevos verbos temibles.
Gioconda Belli


Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
Se nos suele decir, a la hora de escribir, que hay que encontrar una voz, tú voz propia, única y reconocible. Y yo me he pregunto ¿por qué tengo que tener una voz? Si tengo una voz, significa que ¿soy una sola virginia?

No tengo una sola voz sino muchas. No soy una virginia sino muchas. Yo soy todas esas voces. Yo soy todas esas virginias. Soy esa poesía que aún me queda por leer.

También soy, como escribió Sara Ahmed, una aguafiestas. Siempre estorbando, preguntando, cuestionando los preceptos dados por hecho, inamovibles, inflexibles. O, como escribió la magnífica Bell Hooks, una respondona.

¿Cómo se convierte una en una aguafiestas?, se pregunta Sara Ahmed. Cuestionando lo que se da por sentado. Simplemente así.      

¿En qué preciso momento empiezas a sentir que lo que te pasa, también le pasa a muchas otras personas y que eso necesita de una profunda reflexión? Creo que fue cuando escuché a las mujeres, incluso si hablaban en susurros. 

Entonces empecé a leer a mujeres y fui descubriendo autoras que me  revelaron un mundo. Leer ha sido una valiosa herramienta de reconstrucción. Los libros me han prestado palabras para nombrar algo. 

Es en las encrucijadas, escribe Irene Vallejo, cuando necesitamos volver la mirada a los libros. Porque lo escrito, actúa como depósito fiable de las ideas que nos anclan y nos rescatan. Y yo agregaría, leer juntas, conectándonos y apoyándonos las unas con las otras. 

Al mismo tiempo, como escribe Bell Hooks, he ido tenido tiempo para experimentar y tiempo para pensar sobre lo que he experimentado. Es en el espacio privado en el que, especialmente las mujeres, deben realizar una profunda reflexión, aunque sea una reflexión que no es tan evidente. Porque es en ese espacio íntimo donde las prácticas de dominación nos arrebatan la identidad, nos aterrorizan y nos quiebran. 




La división entre el espacio público y el privado, ha permitido que en éste último las prácticas de sometimiento sobre las mujeres fueran más eficaces. Por eso es imprescindible reflexionar, para recomponer las grietas, los trozos, los fragmentos, lo que se ha roto, lo que ha quedado en el camino.

Y todo el tiempo se oye esa voz de fondo que nos dice que no deberías hablar de eso. Que lo privado no debe hacerse público. Sin embargo, aquí me tienen, hablando de ello. O al menos intentándolo. Es un ejercicio de arqueología personal que me ha llevado a leer diferentes voces sobre algo que es nuestro pero de lo que se ha reflexionado poco: mi cuerpo. 


El fin se anuncia
cuando aún no he acuñado las palabras para poder entenderlo.
Me he negado a escribir la soledad de mi descubrimiento.
¿Cómo escribir esto?
¿Cómo darle voz a este miedo?
¿Cómo reconocerlo cuando todos lo niegan?
No es aceptable tenerle miedo a la madurez,
al deterioro. No. Hay que pretender que no pasa nada.
Salirle orgullosa al paso.
Todavía.
Gioconda Belli

El cuerpo, mi cuerpo, ha golpeado contundentemente a mi puerta, y no me ha dejado pasar de largo, darle largas, dejarlo arrinconado. No es algo que comenzó de repente sino que más bien empezó poco a poco y fue ganando espacio en mis pensamientos y en mis charlas con amigas. 

Reflexionar sobre mi cuerpo, o sobre el cuerpo de las mujeres es una tarea ardua, pero necesaria. Vuelvo a tomar prestadas las palabras de Gioconda Belli, aún no he acuñado las palabras para poder entenderlo. 

La experiencia del cuerpo siempre es una incógnita, porque se entrelazan lo que es, el que tenemos, con el que se supone que deberíamos tener y vivir. En general, el que tenemos nunca está a la altura del que se supone que como mujeres deberíamos tener. Este es mi cuerpo, esta soy todas las yos que me habitan.

Y así me re-apropié de la tan conocida frase de Virginia Woolf, de tener una habitación propia, y la extendí a lo de tener un cuerpo propio.  Un cuerpo propio a los 52 años, vaya. 

¿No es una contradicción postular el deseo de tener un cuerpo propio, cuando el cuerpo es de una, por tanto propio? No. Y ya verán a qué me refiero.

Si buscas, rápidamente llegas a la conclusión de que el cuerpo de las mujeres, es ese gran olvidado, especialmente en la lucha por la emancipación. 

Un cuerpo que como tal, situado en un tiempo y en un espacio, es una construcción, que cambia con las épocas, entre las culturas y entre las clases sociales. Contrariamente a lo que nos han hecho creer, el cuerpo ideal no existe. 

Más bien diríamos que el ideal de un cuerpo perfecto nos revela las obsesiones culturales de una sociedad determinada. Es el cuerpo que encaja en las normas determinadas de una cultura y de una época. Es el cuerpo normativo.

El cuerpo actual, el de ahora, el dominante, el hegemónico, tiene que ser “terso, de pechos pequeños, caderas estrechas y de una delgadez púber”. Tiene que ser joven. Ese cuerpo es político. 

Detrás de ese ideal de delgadez y fragilidad extrema se percibe una idea de obediencia y subordinación total y es, como escribe Naomi Woolf, el último y el mejor de los sistemas de creencias que mantienen intacta la dominación masculina.



Virginia, no deberías hablar de eso.

Para encajar en ese ideal, se espera que las mujeres sigan dietas estrictas, que controlen su apetito, para así mantener su tamaño y su forma: frágiles, delicadas y delgadas. ¡A cerrar las bocas chicas! nos repiten a cada minuto.

Tenemos prohibido hacernos grandes porque debemos ocupar el menor espacio posible y no llamar la atención. Debemos existir solo para ser vistas, estar a disposición de otro. 

Y escribe Woolf que cuando los derechos reproductivos le dieron a la mujer occidental control sobre su cuerpo, las modelos empezaron a pesar un 23% menos que mujeres normales, los desórdenes alimentarios se multiplicaron y se promovió una neurosis colectiva que usaba la comida y el peso para quitarles a las mujeres la sensación de control.

Entre todos los cambios que vienen con los años, y de los que no se habla nada y no se quiere hablar, subir de peso es uno de los que más atemoriza a las mujeres, aunque ahora te digan que todos los cuerpos son válidos. El peso es un poderoso medio de control y de dominación. 

La dieta es el sedante político más potente de la historia de las mujeres Una población que enloquece en silencio es una población manejable, escribe Naomi Woolf al respecto.

Hay que hablar de esto, y mucho, si es que queremos dejar de ser objetos de observación para ser sujetos de acción. Porque queremos recuperarnos.

• Hacer algo como una chica: Iris Marion Young

En 1977, la filósofa estadounidense, Iris Marion Young escribió un interesantísimo libro cuyo título puede traducirse así: Sobre la experiencia del cuerpo femenino: Lanzar como una chica y otros ensayos.

Como trabajo con el cuerpo en movimiento, el ensayo de Young me llamó poderosamente la atención, porque ella sostiene que las niñas y los niños se mueven de diferentes maneras en el espacio, porque no tienen la misma relación ni con el cuerpo ni con el espacio.

Lo que Young constata es que el cuerpo de las niñas siempre está limitado, retenido. Están encerradas en un ‘yo no puedo’ definitivo. Creeme, esta es la mayor dificultad con la que me encuentro al trabajar con las niñas, en mostrarles que su cuerpo y su movimiento no tiene límites.

Young especifica que la relación de las mujeres con el espacio, y con el mundo, es sinónimo de límites, indecisiones y frustraciones. Su cuerpo se concibe desde los términos de la pasividad y si no exploran todas sus potencialidades corporales es porque han interiorizado el principio de que su cuerpo es un objeto de la mirada del otro.

Desde chicas, las niñas aprenden una serie de sutiles hábitos relativos a su comportamiento: a caminar como una chica, a sentarse como una chica,  a adquirir una gestualidad de chica, a desarrollar una timidez corporal. Habiendo interiorizado la necesidad de limitar sus movimientos, desarrollan una timidez corporal que determina su relación con el espacio: retención y miedo.

Para más claridad, quizás recuerden que en el 2014 salió una publicidad titulada qué significa correr como una chica. Ahí pudimos ver que el hecho de hacer algo como una chica era sinónimo de comportamientos ridículos, ineficientes, torpes e ineficaces. ¿En qué preciso momento hacer algo como una chica se convirtió en todo eso?

En los años ’70 y ’80, en los Estados Unidos, se realizaron una serie de estudios sobre niñas y niños. En uno de ellos, se observó que las niñas de 5 años, enfrentadas a la demanda de lanzar un balón, usaban de manera diferente su cuerpo. Los varones, frente a la misma demanda, utilizan espontáneamente la totalidad de su cuerpo y se comprometen enteramente en el movimiento de lanzar el balón. Las niñas se muestran más reticentes, poco móviles, y sólo utilizan el brazo para realizar la tarea pedida.

El estudio de Iris Marion Young, que he usado para una charla que di el pasado octubre, en el Centro Cultural Pablo Iglesias en Alcobendas (Madrid) en la Asociación El Madrid de las Mujeres a la que pertenezco junto a Maribel, es muy interesante porque analiza la opresión de las mujeres al describir el estilo del movimiento corporal que le es propio.

Para ella, la motricidad femenina se caracteriza por (I) una trascendencia ambigua (no se lanzan plenamente a la acción), (II) una intencionalidad inhibida (un sentimiento de debilidad) y (III) una unidad discontinua (la relación del cuerpo con el mundo se establece por la distancia).

Según esta autora, las mujeres experimentan su cuerpo no como poder de acción sino como objeto de la mirada del otro, siempre bajo escrutinio. Como es mirado, solo puede existir pasivamente.

Las mujeres aprenden su cuerpo, escribe Young, como un objeto al que hay que cuidar en su apariencia, un útil necesario en las relaciones amorosas o maternales, pero nunca como capacidad de acción o como fuerza de realización.


La relación del cuerpo femenino con el espacio público también es conflictiva. Las mujeres deben comportarse de maneras tácitamente regladas: vestirse adecuadamente (discreta y cómoda), adoptar un comportamiento adecuado (siempre moverse por lugares iluminados y claros) y contenerse.

Young agrega que estas formas atraviesan a todas las mujeres, de todas las edades, de todas las culturas y de todas las clases sociales. Las mujeres saben que moverse en el mundo implica ciertos riesgos. Por tanto, debemos minimizarlos aceptando estas tácitas reglas de juego.

• La batalla de lo íntimo: Camille Froidevaux Metterie


Y cuando me vaya a
buscar otra casa,
me pregunto qué 
quedará de mí
entre estas sombras.
Maya Angelou


La filósofa francesa Camille Froidevaux Metterie ha explorado la relación con su cuerpo desde no hace muchos años, como yo. Curiosamente, argumenta, que de todas las batallas que han librado las mujeres y el feminismo, la del cuerpo es la que aún no se ha abordado.

Dos libros suyos me han dado un marco de reflexión posible para abordar  la relación con mi cuerpo y con sus cambios. El cuerpo de las mujeres: la batalla de lo íntimo y La revolución de lo femenino. Sus escritos han abierto una puerta inimaginable para mí. 

Desde hace mucho tiempo, he buscado casi con desesperación argumentos que dieran forma a mis sentires, y a los de mis amigas, a lo de las mujeres que he cruzado y sigo cruzando y que en murmullos e indirectas hablan de lo que nos pasa.

Un cuerpo, el mío y el de ustedes, que debe ser considerado bajo dos aspectos, argumenta: simultáneamente como el lugar de una dominación y como el vector de la emancipación. Finalmente alguien me ha dado esperanzas.

Nuestros cuerpos, mi cuerpo, luchan por hacerse visibles. La experiencia vivida del cuerpo, dice la autora, nos informa de todos esos cambios corporales que, en las mujeres, producen efectos simultáneamente íntimos, sociales y políticos, y que implican una modificación de la relación con una misma, con los otros y con el mundo

Con esta idea dándome vueltas en la cabeza, y protestando contra este cuerpo últimamente desconocido para mí, me lancé a releer sus trabajos. El siglo XXI escribe, será el siglo del cuerpo de las mujeres o no será nada. Veremos…

La experiencia vivida, de la que la filósofa francesa nos habla, se relaciona con todas las etapas que las mujeres atraviesan a lo largo de su vida, y que son puntos de inflexión existenciales y sociales que se suceden, cuando nosotras experimentamos la sexuación de nuestra existencia, tanto en el plano íntimo como en el social.

En la cotidianeidad, estamos atravesadas por la problemática de nuestro cuerpo en tres aspectos: sexual (tener senos, tener la regla o ya no tenerla, tener un cuerpo normativo o conforme), maternidad (querer o no querer, esperar o perder un bebé, parir) y sexualidad (descubrirla, gozar o sufrir).

De la pubertad a la menopausia, pasando por un eventual embarazo, e integrando todos los temas que de una manera u otra comprometen el cuerpo femenino (comer, vestirse, moverse, trabajar, amar, maternar) nos han condenado a una reducción perpetua, escribe.

Pero tranquilas, las mujeres empezamos a hablar de lo íntimo para tratar de poner fin a esa inmemorable docilidad de estar a disposición. Se trata de ponerle fin a siglos de representación del cuerpo femenino disponible, pasivo y sumiso.

El desafío está ahí, escribe Camille Froidevaux Metterie: ¿cómo vivir serenamente en tu cuerpo entre todos los mandatos que pesan sobre nosotras y todas las etapas que atravesamos?

Afirmarse como sujeto, para una mujer, implica reflexionar sobre el cuerpo como la proyección de la imagen de una y una reflexión sobre esa imagen. Cada una debería poder elegir el tipo de apariencia que desea asumir socialmente. Una apariencia que nos permita estar de acuerdo con nosotras mismas. La libertad conquistada debe aplicarse a la presentación física de una como una quiera, dentro del amplio abanico de las diversidades de representaciones de lo femenino. 

Cuando se pasan los 50 algo pasa de lo que nadie habla, algo discreto, algo que supuestamente no existe para el mundo. En el lapsus de algunos meses, el cuerpo se transforma radicalmente y toda nuestra existencia se ve trastocada, la de la vida íntima como la social y profesional. 

Lo que tiene de particular esta transformación es que se oculta. Incluso yo, aquí escribiendo no me atrevo ni siquiera a escribirlo. Voy dando vueltas, insinuando lo que pasa, temiendo que se sepa, de que se lea. 

Nos encontramos presas de una retórica de la fatalidad y no hay relato por fuera del final. El proceso fatal, escribe Simone de Beauvoir, irreversible.



Y yo me encuentro queriendo construir otro relato, porque otra narración tiene que ser posible. Porque así como se termina una etapa, comienza otra, llena de posibilidades y de descubrimientos, una de liberación.

Las palabras de Iris Marion Young me han dado aire. Ella escribió que aún con pocas elecciones disponibles, cada mujer hace frente a las limitaciones a su manera, apropiándoselas o resistiéndolas, rechazándolas o reconfigurándolas.

Como escribí antes, me acerco a mi cuerpo no sólo como lugar de dominación y sino también como espacio de emancipación. La experiencia del cuerpo nos revela su condición de alienación pero también da cuenta  de la libertad que tenemos de responder de forma singular y emancipatoria a los mandatos sociales. 


Crecen las hijas. Se marchan. Y así debe crecer la poesía.
Así deben crecer las palabras, los verbos que acomodan
el pase de la vida.
¿Cómo podré reconocerme en las palabras de adiós?
¿En el tiempo que empieza a pasearse amenazante bajo
la ventana
irguiendo su poder sobre el de la vida
que yo consideraba invencible?
Gioconda Belli


martes, 4 de mayo de 2021

La formidable y profunda memoria de nuestros pequeños objetos queridos - El espíritu de lo minúsculo, de lo raro y sin valor

 

“Los sentimientos se han conservado como adornos inevitables o como agradables pasatiempos, con la esperanza de que se doblegaran ante el pensamiento tal y como se esperaba que las mujeres se doblegaran ante los hombres. Pero las mujeres han sobrevivido. Y también las poetas. Y no hay nuevos dolores. Ya los hemos sentidos todos.”  

Audre Lorde

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com

Hay días sin huellas. Días monótonos e impasibles, que además se suceden unos tras otros mientras nos encontramos esperando que algo pase. Días que nadie va a relatar. Días en los que las palabras nos abandonan, y no hay nada que asegure que esa alianza se reconstruya. Días que hay que aceptarlos así…

Sin embargo, son esos días los que conforman nuestras vidas. Esos días que se suceden unos tras otros y en los que repetimos nuestras rutinas. En la vida Facebook de efectos especiales, lo cotidiano es aburrido. 

Pero heme aquí – como siempre - defendiendo esas pequeñas acciones cotidianas que, en este último tiempo, nos han sostenido en la inclemencia y que, sin reconocerlo, dan sentido a nuestras vidas.

En esta paupérrima defensa, me viene al pelo el escritor francés Georges Perec que desarrolló algo así como una sociología de lo cotidiano, poniendo el acento en las cosas comunes u ordinarias que nos rodean y a las que, por la fuerza del hábito quizás, nunca les prestamos demasiada atención, por lo que probablemente nunca nos hayan sorprendido. 

En sus libros, Perec se centra en lo que más cerca tenemos, eso que pasa desapercibido pero que es tan esencial para la vida de todos los días. Hoy se puede afirmar que, a partir de un determinado momento, la vida cotidiana se volvió objeto de estudio no sólo para la literatura sino también para las ciencias sociales. La microsociología o la Historia de la vida cotidiana, por citar algunos ejemplos y no ponerme académica aquí, irrumpieron con fuerza para disputar el relato.

Al fin y al cabo, es en lo cotidiano, en la observación apasionada de lo ordinario, en el cuestionamiento de lo que a simple vista parece incuestionable, donde se encuentran los cimientos de la literatura y de la vida. 



Siguiendo esas reflexiones, me puse a jugar inspirada en estos autores e hice el ejercicio de describir detalladamente esta mesa que uso para escribir y leer, las fotos que me acompañan a cada lado de este ordenador, los lápices y resaltadores, así como los papelitos que voy pegando con los nombres de escritores o escritoras que quiero leer, una vela que nunca utilizaré y que sólo tiene una función decorativa, una lámpara un tanto desvencijada que pasó por los escritorios de mis hijas y muchos trazos de objetos dispersos que tienen algún significado para mí, así como una pila de libros siempre lista.

Al observar detenidamente lo que me rodea en esta mesa de trabajo, me he dado cuenta de la importancia que tienen en mi día y en el sostén de mis días en estos, y en otros, tiempos, esas miniaturas. Podría describir qué significa cada una de ellas para mí, o contar su historia de cómo fue que nos encontramos. También podría desdeñar estos objetos, por el simple hecho de serlo…pero en mí algunos de ellos tienen un delicado significado emocional.

Sin embargo, todos tenemos algún objeto entrañable que nos acompaña en este camino, y yo no soy la excepción, tengo por ahí un par de desvencijadas máquinas de escribir que tienen una particular historia detrás de cómo llegaron a mis manos...y mis amigas guardan algunas para darme, porque saben de esta afición de coleccionista.

Estos objetos queridos, algunos deseados, en general están enlazados con nuestro pasado, especialmente porque tienen un valor emocional y hemos establecido con ellos una cierta intimidad, un cierto entendimiento o acuerdo. Ellos, como dice Rosa Montero, han adquirido una “memoria formidable y profunda” en nosotros.

Adornan lo más primario, y dignifican lo ordinario que de tan común parece insignificante. Si esto es así, cómo haremos, se pregunta Perec, para dar cuenta de ello,  para interrogar y para describir lo que es insignificante.

“¿Cómo hablar de las cosas comunes, cómo rastrearlas, cómo desembrollarlas, cómo arrancarlas del caparazón donde permanecen enganchadas, cómo darles un sentido, una lengua? […] Se trata de cuestionar […] nuestras costumbres en la mesa, nuestros utensilios, nuestras herramientas, nuestros horarios, nuestros ritmos. Examinar lo que pareciera que ya no nos sorprende.” [Traducción de Solange Gil]

Lo que al final está en juego en esta inquisición de la cotidianeidad, es el examen de la dualidad inherente de la vida cotidiana, que va de la rutina a la innovación, de la repetición a la diferencia. ¿Cómo se confronta en la cotidianeidad la propia idea de la vida? Y, ¿cómo se lo hace ahora donde el contexto ha quedado pausado?

Con esta incógnita dando vuelta recordé que, hace un tiempo, vimos con Maribel una exposición en Madrid llamada ‘El hecho alegre’, en la que se ponía el énfasis en los elementos pequeños que forman parte de nuestro día a día y que, por una serie de hechos, pueden dar forma a unos placeres sencillos que de una manera u otra satisfacen nuestra vida. 

En esta exposición, se trataba de hallar en la grandeza de lo cotidiano la verdadera revolución para así convertir lo cotidiano en arte, “como una mecánica popular de los sentidos”. 


Allí también se nos alertaba contra el utilitarismo reinante en nuestras culturas donde, como dirá Perec, “el hombre se esclaviza en la ansiedad de las cosas, progresivamente embrutecedora". Los contornos, los límites son siempre difusos…

Pero en esta muestra se nos proponía la opción de dignificar los conocimientos inútiles, de dar vuelta a lo grande para detenernos en lo pequeño, lo inútil, lo improductivo y en la pérdida de tiempo, que se constituyen, ahora, como una forma de resistencia en esta era del utilitarismo acérrimo en el que el que más tiene es el que ha ganado la carrera. Esto último cobra mayor sentido porque la carrera se produce en el contexto de sociedades profundamente desiguales y hay algunos que corren con mucha ventaja respecto a otros. 

Para desafiar este utilitarismo, el poeta español Tomás Sánchez Santiago, se pregunta sobre qué hacer con esos cajones llenos de objetos abandonados, desordenados “y dispares que ni se usan ni se desechan” y nos propone quedarnos con ellos como “un acto de rebeldía contra esa ley tajante de la mentalidad mercantil según la cual aquello que no se consume debe ser inmolado sin contemplaciones a fin de dejar sitio para nuevas adquisiciones. Frente a este orden, frente a esta dictadura de la utilidad están estos cajones llenos de objetos desordenados.” y seguirán estando, dirá. Esto es un golpe fuerte a la filosofía de Marie Kondo…que por cierto, ¡también es socióloga!

El estudio de asuntos inservibles tiene algo de liberador, explorarlos nos permite comprenderlos y comprendernos en esta indagación íntima que me he tomado muy en serio porque, como dice Audre Lorde “lo que no se explora permanece oculto”. 

Y también para así desmitificar lo cotidiano como rutinario, porque puede haber transformaciones o innovaciones que pasan desapercibidas ante nuestros ojos. Apropiarse de esta dualidad de lo cotidiano y reflexionar me parece un buen punto de partida hoy, aquí sentada en esta mesa, escribiendo.

Además, es un buen elemento a incorporar en mi kit de supervivencia, ese que tengo siempre a mano cuando me doy cuenta de que el mundo y yo tenemos bastantes roces, y que me sirve para reponerme y soñar, entre otras cosas. “Las palabras pueden construir casas”, escribió Erica Jong, en las que cuidamos el alma.

Mi kit está compartido, ya que me es necesaria la solidaridad y los cuidados, me es indispensable ‘un nosotras’. En él tengo esos libros indispensables, mi sentimenteca, mis libros de poesía, los de literatura preferiblemente escrita por mujeres (feministas), un herbolario, porque tengo ese hábito de andar recogiendo hojas por todos lados, unas cuantas canciones que se han ido constituyendo en la banda sonora de mi vida, una buena caminata por el bosque después de la llovizna primaveral… la lectura, como una herramienta de exploración de una misma, para así reconocer las fronteras que he tenido que atravesar. Es importante compartir mi kit con todas y con todos porque como escribió Leslie Jameson “todo lo que escribes acarrea la historia de otra gente, porque no hay ninguna vida que no sea una custodia compartida. Siempre compartes las experiencias.”


La exposición nos acogió con las reflexiones de la escritora feminista Sara Ahmed: “La felicidad puede ser el comienzo o el fin de una historia o puede ser aquello que interrumpe el relato de una vida, al llegar de un momento a otro, sólo para volver a irse. La felicidad puede ser todas estas cosas y al ser todas ellas, corre el riesgo de no ser ninguna.” 

Hoy quise abordar el “espíritu de las pequeñeces”, de todo lo que es raro y no tiene valor, de lo minúsculo.

Una vez me preguntaste

¿Tiene fin el cielo?

No, no tiene fin,

simplemente deja de ser una cosa

y comienza a ser otra.

Maggie Smith


martes, 1 de octubre de 2019

Aceptarse - Annie Ernaux y Didier Eribon


Otro cielo sin dioses, otro mundo al que nadie más vendrá
sumergen en las aguas implacables de tu imperfección
y de tu vergüenza.
Olga Orozco

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
La escritora francesa Annie Ernaux escribió que ‘todos somos seres atravesados por conflictos’, por conflictos de clase, argumento que también sostiene el filósofo francés, Didier Eribon, en su magnífico libro Regreso a Reims.

Durante más de cuarenta años, Ernaux exploró la vergüenza, como un sentimiento recurrente de ilegitimidad, de no estar nunca en su sitio. Una vergüenza, a la que claramente denominó social, que la atravesará durante toda su vida y que es producto de su origen de clase.

“Soy una etnóloga de mí misma. ¿Qué cuento intimidades? Lo íntimo siempre es algo social. Es inconcebible un yo puro, en el que los otros, las leyes, la historia, no estuvieran presentes.”
Como Ernaux, mi origen social se ha dejado – y se deja - entrever a través de ese permanente sentimiento de ilegitimidad y de incomodidad. Ambos autores han enriquecido esta, mi búsqueda, para entender mi historia personal.

Didier Eribon escribe que “Siempre he tenido, en lo más profundo de mí mismo, el sentimiento de pertenecer a una clase. Siempre he sabido, que había una diferencia entre ellos y yo. Cómo no saber lo que uno es, cuando vemos cómo son los otros, y a qué punto ellos son diferentes de nosotros.”

A menudo se nos hace creer que nuestro destino está en nuestras manos. Así, se nos bombardea con la idea - intencionada -, de que somos nosotros los que tomamos decisiones y trazamos nuestro camino. Si el camino se tuerce, se nos dice que es porque no supimos tomar las buenas decisiones. Esta es la ideología de la meritocracia, tan publicitada últimamente y que legitima lo que Richard Sennet llama la sociedad de-todo-para-el-ganador.

Sin embargo, Eribon y Ernaux, se encargan de hacer, lo que llamo, sociología en carne propia, puesto que revisitando su historia personal y la de sus padres, realizarán una suerte de exploración de los conflictos de clase social. Ellos, dirán, son lo que se entiende como un ‘milagro’ social, puesto que, por una suerte de pequeños milagros, y escabulléndose de las trabas que la estructura social impone a las personas de los sectores populares, han logrado cierta notoriedad en su trabajo. Una como escritora y otro como filósofo.

Sara Landeta
En su recorrido autobiográfico, Eribon mostrará cómo opera la perversidad del sistema, que se nos impone cuando nacemos, y que nos hace creer que somos nosotros mismos los que elegimos y construimos nuestro camino cuando, en realidad, lo que somos es producto de nuestra clase social.

En este sentido, Annie Ernaux agregará que el origen social se porta como un estigma si, obviamente, no has nacido en las clases privilegiadas, y que este conflicto te atravesará toda tu vida. En una misma conviven lo íntimo y lo colectivo.

Vicente de Gaulejac, en ‘Las fuentes de la vergüenza’, dirá que “el sujeto se expone a una confrontación entre la mirada social que le es devuelta y la mirada íntima que revela la vergüenza y la angustia de no ser como hay que ser.” De no ser como se supone que se es en las clases privilegiadas (capital cultural, lingüístico, estético, académico). No tener la ropa adecuada, no utilizar el lenguaje apropiado, no mostrar de dónde se es, cómo se vive.

“Yo quisiera reflexionar sobre la manera en la que se reconstruye retrospectivamente nuestro pasado, a través de las categorías teóricas y políticas disponibles en el seno de la sociedad en la que vivimos”, escribirá Eribon, algo que puede servirnos para volver a él y así comprender nuestro recorrido con sus fracasos y sus, sus éxitos y sus errores.



En este sentido, para todos estos autores, los libros, y la lectura, son un punto de apoyo decisivo en el trabajo de reinventarse y de convertir la vergüenza – por ser gay y de clase obrera, en el caso de Eribon – en orgullo. 

Patrick Chamoiseau hablará de esas bibliotecas que tenemos los lectores, o lectoras, como sentimentecas. Esos lugares poblados por libros que nos ayudan a combatir, en nosotros mismos, los efectos de la dominación y que nos permiten “reformular el yo desde los procesos de resistencia.”

Así, Annie Ernaux escribirá para recuperar todo aquello que es imperioso ser recuperado. Y agregará que la memoria que se deshumilla diseña un futuro político, literario e intelectual, en el que ella ahora puede reapropiarse de las diferentes etapas de su trayectoria y de su personalidad.

“En cuanto al sentimiento de vergüenza, no es específico a mí y no creo que sea malo, es algo que surge cuando sales de tu entorno natural y te enfrentas a otras realidades. No es un término del todo peyorativo, lo uso para enfrentarme a ese pasado. Quien no lo entiende es que no ha salido de ese entorno social y no ha conocido otras realidades.”

Gaujelac, abre puertas a la posibilidad de salvaguardarse, y es lo que llamará ‘el combate de la dignidad’, de conservar - a pesar de todo - una imagen aceptable de sí mismo.


Aún no hace mucho tiempo,
te mirabas en alguien igual que en un espejo que te embellecía.
Era como asomarte a las veloces aguas de las ilimitadas indulgencias
donde se corregían con un nuevo bautismo los errores,
se llenaban los huecos con una lluvia de oro, se bruñían las faltas,
y alcanzabas la espléndida radiación que adquieren hasta en la noche
los milagros.
Olga Orozco

viernes, 6 de septiembre de 2019

Vacacionar o estar libre


Para profetizar hoy, basta con conocer
a los hombres [y mujeres]
tal como pueblan el mundo
en toda su desigualdad.
John Berger
Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
Es verano, época en la que si se puede, toca vacacionar. Vacacionar no es un concepto muy antiguo ya que, como tal, tiene una corta duración. Empezamos a tomar vacaciones cuando, gracias a los derechos laborales conquistados, se reconocieron éstas como tales y se comenzaron a pagar en los salarios de los trabajadores y trabajadoras.

Según el diccionario, vacacionar se deriva del verbo vaccare, que significa: estar libre, vacante o desocupado. Dice Susan Sontag que “Por primera vez en la historia, grupos numerosos de gente abandonan sus entornos habituales por breves períodos.” Así que estar de vacaciones, nos permite acceder a otro tiempo, que no es el tiempo social impuesto, sino un tiempo libre que yo misma voy a estructurar.

Para el antropólogo francés, Jean Didier-Urbain, especialista en turismo, vacacionar es una suerte de utopía, un paréntesis, que me permitirá beneficiarme de un realidad extra-social elegida y ajena a la impuesta.

Urbain irá más allá, ya que considera que hay que intentar abordar el turismo como un objeto que nos permite comprender la sociedad. Nuestra forma de vacacionar, y de viajar, dice también cómo somos.
Si se originaron como producto de las conquistas laborales de los trabajadores, ahora podemos decir que desde hace unos diez años, y con el boom de las redes sociales e internet, las vacaciones ya no son lo que eran.

Ahora, los que pueden viajan por menos tiempo, de manera breve, en forma de escapadas. Es lo que llama, un turismo de fuga espoleado por el placer del instante. Además, se viaja conectado, autorganizado y se es autónomo. ¡Bye bye a las agencias de viajes!

Urbain agrega que “la fragmentación de los tiempos de viajes hace de la cotidianeidad un espacio-tiempo suspendido entre dos viajes.” Algo así como que vivimos en una especie de transición entre dos escapadas.

Pero algo ha cambiado últimamente. Las redes sociales han transformado las vacaciones, entre otras tantas cosas. Y con la redes sociales también la fotografía, operando como difusores de modelos como nunca antes habíamos visto.


Las fotografías, según John Berger, son un registro de las cosas vistas. “Es el resultado de la decisión del fotógrafo de que merece la pena registrar que ese acontecimiento ha sido visto.” Tienen un mensaje y lo que muestra invoca lo que no muestra.  Y Sontag agrega que “fotografiar es apropiarse de lo fotografiado. Significa establecer con el mundo una relación de poder.” 

Las fotos publicadas no son inocentes. En ellas la frontera vida privada-vida pública se diluye porque debe ser, lo que ahora se llama ‘instagramable’. Su formato (Facebook, Instagram) está dado de antemano, y se inscribe dentro de una estética publicitaria. Sí, ¡a ver quién tiene la vida más linda!

El resultado: fotos idénticas y uniformes de lugares y de paisajes. Tenemos la impresión de que todo el mundo pasa unas vacaciones idénticas, pero irreales. Sabes que si no has podido tomarte vacaciones, ahora hay sitios en internet donde puedes descargarte unas estupendísimas fotos para subir a las redes sociales y así hacer como si sí y no quedar fuera.

Sontag escribe en su libro Sobre la fotografía que la fotografía “Es un rito social, una protección contra la ansiedad y un instrumento de poder.” Contra la ansiedad que produce la inactividad laboral cuando se está de vacaciones presuntamente divirtiéndose.

La sociedad de consumo nos invita a consumir como todos, pero al mismo tiempo nos pide autenticidad, distinguirnos, y si es posible, nos pide mostrarnos más auténticos que los otros. Ya sabes, la foto colgada de la palmera si es posible.



Dice Jean Laurent Cassely que “La autenticidad es el fruto de la angustia de una sociedad de consumo de masas en la que todos somos idénticos e intercambiables, de una forma de competición social en la que los otros sean menos que yo, y de un sentimiento de nostalgia.”

Las fotos de las vacaciones en las redes sociales me traen a la memoria un libro escrito por la psicoanalista y filósofa Julia Kristeva, Las nuevas enfermedades del alma, en el que describe cómo en nuestra cultura, se aplanan las diferencias y las emociones produciendo ‘una reducción espectacular de la vida interior’.

Y agrega Kristeva, “presos del estrés, impacientes por ganar y por gastar, por disfrutar y morir, no tenemos ni el tiempo ni el espacio para hacernos un alma.” Y lo que es aún peor, no tenemos remordimiento por ello. Pero ahora hay que colgarlo.

“Cada fotografía, dirá Berger, es, en realidad, un medio de comprobación, de confirmación y de construcción de una visión de la realidad. De ahí el papel crucial de la fotografía en la lucha ideológica. De ahí la necesidad de que entendamos un arma que estamos utilizando y que puede ser utilizada contra nosotros.”

domingo, 18 de agosto de 2019

La vida Facebook, la soledad y esconder la vulnerabilidad



Es un corazón
este holocausto en que me adentro
Oh niño dorado el mundo mata y come.
Sylvia Plath

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
En 2006, David Foster Wallace publicó Hablemos de langostas, un libro que aborda diferentes e inverosímiles temas. Detrás de las ‘langostas’ se lee la agudeza de un escritor a la hora de retratar lo que no gusta de ser retratado, “las preguntas desesperadas y las convicciones profundas”, con cierta ironía y humor.

Que no falte el humor para abordar lo que de otra forma no es abordable: “cómo ser humano: es decir, cómo ser una verdadera persona, alguien cuya vida obedezca a valores y principios, y no a una simple modalidad especialmente astuta de animal capacitado para la supervivencia.” 

Foster Wallace habla y escribe mucho, cosa que a mí me gusta y cuando lo hace toca muchos temas. Uno de ellos es el de la soledad, que tanto me interesa. No lo hace directamente, pero se desliza en sus textos.

Podríamos parafrasear a Foster Wallace y decir aquí, hablemos de soledad.  Hablar de la soledad es algo peliagudo porque está considerada como un aspecto negativo de la existencia humana. Si estás solo o sola, estás mal. Así se nos ha educado en esta sociedad tan veloz, perfeccionista y exitista.

Los escritores latinoamericanos tienen mucho que decir sobre la soledad. Gabriel García Marquez dijo que toda su obra escrita podía considerarse un gran libro de la soledad, con Cien años de soledad como su máxima expresión. Entendiéndola como un estado que nos imposibilita a amar y a tener empatía con los otros, y también, como desesperanza y contrapunto de la solidaridad.

La soledad, fluye en la identidad de América latina. También Octavio Paz escribió sobre ella en El Laberinto de la soledad, como una manera de entender la identidad de México.

Pero los tiempos han cambiado. Las sociedades han cambiado. ¿Han cambiado?



Olivia Lang escribió La ciudad solitaria, en la que aborda la soledad como “un sentimiento que todo el mundo vive en algún momento” y que en nuestra cultura está muy estigmatizada. Si te sientes sola, o solo, tienes un problema, se profetiza por todos lados.

Y así se nos enseña asociando la soledad con el aislamiento y el silencio. Ya escribí aquí sobre los beneficios individuales y políticos del silencio. Por qué no empezar a intentar desestigmatizar la soledad, para así abordarla desde otra óptica. Usualmente se cree que las personas mayores se sienten solos, cuando los últimos estudios arrojan resultados sorprendentes al respecto, como que son los jóvenes los que se sienten más solos que las personas mayores.

¿Cuántas soledades hay y cuál es la nuestra?

Todos hemos estado, estamos, o estaremos solos en algún momento de nuestra vida. ¿Por qué hacemos como que no? Olivia Lang agrega que buena parte de su estigma “tiene que ver con su ocultación, con que nos sentimos obligados a esconder la vulnerabilidad y las cicatrices como si fueran realmente repulsivas.” Y esto, nuevamente, es estimulado en esta sociedad acelerada que vende sólo felicidad obligatoria, exitismo y perfección. La vida Facebook, dice Maribel. Y Zygmund Bauman dirá que el éxito de Facebook está basado en el miedo a estar solo de las personas.

A estas alturas, este escrito parece un manual de autoayuda, que tanto tanto detesto. Pero quería explorar el abordaje de Lang, aunque a veces me haga ruido, porque me gusta su insistencia en que la “soledad es personal y es política. La soledad (también, agrego yo) es colectiva: es una ciudad. Lo importante es que estemos alertas y abiertos”.


¿Por qué tanto miedo a la soledad? En un contexto donde domina la eficacia, ¿qué utilidad tiene la soledad? Lamento decirlo: en esta cultura ninguna. Aunque, dirá Lang, que para los artistas la soledad es un objeto de su arte.

No hay una forma de soledad, hay muchas. Algunas, los psicólogos acordarán, lindan con las llamadas enfermedades mentales, otras con el egoísmo, otras con la vida y sus momentos, y muchas con la condición humana. ¿Cuál es la tuya?

La soledad nos lleva a hacernos esas preguntas que tienen que ver con el hecho de estar vivos, esas realmente importantes, sobre los valores, la identidad, la muerte, el amor, la sexualidad, la libertad, la avaricia, la razón, la fe, el dolor, el egoísmo.

Dice David Foster Wallace que “el uso de la lengua siempre es político, pero lo es de forma compleja.” Cada época tiene un lenguaje particular, y en él se muestra y se oculta con intencionalidad.

Respecto a la soledad, sólo se incorpora el miedo para hablar de ella. Y esto está al servicio del estado de las cosas. Omitir hablar de la soledad, haciendo como si no existiera, o restringirla al campo de la salud mental, representa un uso político. Si te sientes solo o sola, es tu culpa. Algo habrás hecho o no habrás hecho, dicen.

¿Cuántas soledades hay y cuál es la tuya y la de tu cultura? Los poetas y escritores dicen que la soledad da libertad, y también, que la libertad te conduce a la soledad. Es un camino de ida y vuelta. Y bien sabemos los latinoamericanos qué es la soledad. La soledad es política.

La poesía,
pero qué es la poesía.
Más de una insegura respuesta
se ha dado a esta pregunta.
Y yo no sé, y sigo sin saber, y a esto me aferro
como a un oportuno pasamanos.
Wislawa Szymborska

miércoles, 31 de julio de 2019

Imaginar lo que aún no se ha imaginado


Pensar el silencio.
Escribir es la respuesta evidente
a las consecuencias del olvido.
John Armstrong

Virginia Baudino, Socióloga - virbaudino@hotmail.com
Escribir sobre el silencio, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo escribir sobre el silencio sin caer en el individualismo inmovilista y apolítico característico de esta época? ¿Cómo escribir de algo que significa ausencia de algo?

¿Porqué el silencio? ¿Cómo evitar escribir del silencio sin caer en la tentación de retirarse al espacio privado que – como argumenta Zizek - contribuye a la dominación neoliberal?

En una cultura donde se privilegia lo inmediato y donde impera una velocidad de cambios sin precedentes, en todos los ámbitos de la vida social e individual, porqué el silencio.

Si actualmente no soportamos el silencio y vivimos en una sociedad, como escribí en otro post, en la que hay que ‘divertirse hasta morir’, y en la que  -argumenta Mark Fisher – la “ausencia casi total de reflexividad crítica” se conjuga con “una capacidad interminable para aceptar cualquier directiva” entonces….porqué volver al silencio.

¿Porqué le tememos al silencio? ¿Es intencional este temor o simplemente seguimos la corriente? Algunos consideran que este miedo al silencio se debe al terror que tenemos a encontrarnos solos con nosotros mismos y, otros, creen – como Marc Augé, Mark Fisher y Fréderick Jameson – que hay una intencionalidad en la abundancia del ruido generalizado al que hemos sido lanzados.  Para éstos, es el sistema el que necesita de nuestra cotidiana inmersión en el bullicio.

En el post anterior a éste, Maribel introdujo un video de Teresa Guardans llamado Pensar el silencio. Pensar el silencio disparó una serie de ideas.



Vivimos en una cultura ruidosa e hiper productiva en la que el silencio es concebido de una manera negativa como ausencia de algo. Sin embargo, hay diferentes formas de pensar el silencio, no sólo como ausencia de ruido, de sonido o de lenguaje, sino también como un estado, una manera de estar presente en el mundo. Los pintores, los poetas, los escritores buscan y necesitan del silencio para realizar sus obras.

Es necesario oír el silencio para mirar el mundo y la realidad, y para comprenderlos, sin por ello tener que necesariamente aislarse del colectivo. Y es necesario para poder conectar con los otros. Es también necesario, eliminar toda la connotación negativa que encierra el silencio. Comúnmente creemos que, si hay silencio, hay muerte y horror u ocultamiento y dolor.

Pero también se puede abordar el silencio desde una perspectiva histórica y política del sujeto. ¿Es posible silenciar el lenguaje – que como filtro para abordar y conocer el mundo nos es transmitido y aprehendido – para mirar el mundo? Sin el silencio, entre tanto bullicio, no hay oportunidad de que la realidad se nos muestre.

Dice Byung Chul Han que “Nietzsche concibe la asignación de nombres como un ejercicio de poder. Los dominantes "sellan cada cosa y cada suceso con un sonido y de ese modo, en cierta manera, toman posesión de ellos". Por consiguiente, el origen del lenguaje "sería la expresión de poder de los dominantes". Los lenguajes son "reminiscencias de las antiquísimas apropiaciones de las cosas". Pero sin lenguaje no hay historia, no hay narración.

El silencio, podría ser una alternativa para, como argumenta Didier Eribon “romper con las categorías incorporadas de la percepción y de la significación, ya que es en la inercia social donde estas categorías son vectoras, con el fin de producir una nueva mirada sobre el mundo, para abrir nuevas perspectivas políticas.

Y quizás, en esta búsqueda de silencio, podamos construir una forma de ‘repliegue estratégico’ para pensar el mundo social con la consciencia de evitar caer en las tentaciones del sistema “frente al cual la voluntad humana ha quedado obsoleta”.


Buscar el silencio, en esta cultura del ruido e infantilizada, para observar y reflexionar el mundo, como una manera de reconducir el antagonismo e imaginar otras realidades posibles. Para buscar nuevas formas de organización comunitaria y política, en este mundo aparentemente despolitizado, por fuera de ‘las ideologías del bienestar’ tan individualistas.

“Tenemos que aprender a pensar y a actuar y a luchar contra aquello que se constituye ideológicamente como "normal”, dice Angela Davis.

Pensar lo que parece impensable, juntar lo que en el conocimiento aparece separado, y separar lo que aparece junto, explorar lo que se nos da por hecho, desde otra perspectiva. Imaginar lo que aún no se ha imaginado.
¿Es posible lo imposible? 
No hubiera sido propio
dedicarles la vida. Pero este instante sí,
como una última puerta abierta a la hermosura, 
mientras la tarde cierra, ya con su voz en vilo,
el pétalo final de una rosa de piedra.
María Victoria Atencia

miércoles, 10 de julio de 2019

Nada en un estanque, tiéndete en un prado o contempla las estrellas


Hay algo que no funciona en un sistema
que no te da la oportunidad de ser una buena persona.
Stephen Lessenich

Virginia Baudino, Socióloga - virbaudino@hotmail.com
Sheryl Sanderberg es la número dos de Facebook y una empresaria muy pero que muy poderosa. Ocupa un cuarto puesto en el nada despreciable ranking de las mujeres más poderosas e influyentes del mundo (el de los y las ganadores). Según dice Internet, su fortuna asciende a 1.600 millones de dólares. Igualito que la cajera del supermercado, que la empleada doméstica... y que yo.

Sandberg ha creado una asociación de empoderamiento femenino y ha escrito un libro titulado Vayamos adelante. Ahí tenemos las recetas de cómo llegar a ser como Sheryl en un pis pas tener una cuenta bancaria llena de dólares y ocupar cargos de poder en el súmun del sistema capitalista: Facebook (si tuviera un emoticono mi teclado, ya hubiera puesto uno). Sheryl ha podido sortear con creces las imposiciones y restricciones que el sistema patriarcal impone a las mujeres. Se la aplaude y celebra con innumerables distinciones.

Sheryl es el paradigma de un feminismo, actual, blanco y de pretensión universal. Yo agregaría también, con dinero. Este feminismo que ha hecho de todo por sacudirse de encima ciertas referencias contestatarias al capitalismo que es, en esencia, desigual y violento... pobre Sheryl, pero voy a decirlo, ¿es esto ser feminista?

Nancy Fraser escribió que “Como feminista, siempre he asumido que el luchar por la emancipación de las mujeres estaba construyendo un mundo mejor, más igualitario, justo y libre. Pero, últimamente ha comenzado a preocuparme que los ideales originales promovidos por las feministas estén sirviendo para fines muy diferentes.” (…) “en un cruel giro del destino, me temo que el movimiento para la liberación de las mujeres se haya terminado enredando en una ‘amistad peligrosa’ con los esfuerzos neoliberales para construir una sociedad de libre mercado.” (…) “si antaño las feministas criticaron una sociedad que promueve el arribismo laboral, ahora se aconseja a las mujeres que lo asuman y lo practiquen. Un movimiento que antes priorizaba la solidaridad social ahora aplaude a las mujeres empresarias. La perspectiva que antes daba valor a los cuidados y a la interdependencia, ahora alienta la promoción individual y la meritocracia.”


¿Por qué el feminismo, en todas sus variantes, es revolucionario? En sus argumentaciones, aquellas en las que enfrenta un sistema que genera entre los varones y las mujeres desigualdades, apunta hacia el origen de estas desigualdades: el sistema patriarcal.

Dice la filósofa francesa Jeanne Burgart-Goutal que “el patriarcado no se reduce a la dominación masculina. Es el nombre que le damos a todo un sistema que es también económico, social, político, intelectual, filosófico y religioso". Un sistema donde una parte de la población, las mujeres, están a merced de unas reglas de juego que no han creado ellas. Bueno, Sheryl, sí.

Entender la situación de desigualdad que nos atraviesan y que condicionan su existencia es indispensable hoy como reflexión filosófica, sociológica y política. Lo ha sido, y lo es, para mí, para mis amigas, mis conocidas, para todas las mujeres de todas las nacionalidades, de todas las etnias y de todas las clases sociales. Cada una transita este camino en su contexto y con otras mujeres.
¿Podemos hablar de un feminismo o de muchos feminismos? Por suerte para mí, para la cajera del súper, las empleadas domésticas, Sheryl, mis amigas, mi hermana, mis vecinas y todas las mujeres de este planeta, hay muchos feminismos.

Por suerte para nosotras, Simone de Beauvoir abrió la puerta a la segunda ola, con su libro El segundo sexo, poniendo el cuerpo de las mujeres en el centro del debate filosófico y político. Así, no sólo acuñó la célebre frase ‘no se nace mujer, se llega a serlo’ sino que sentó las bases de todo un movimiento, no sólo de reflexión sino de lucha.

Por suerte también para nosotras, todas las mujeres no europeas o estadounidenses, hay otros feminismos. Hay muchos. Como mujer y madre de tres niñas, he tenido que transitar desde los trabajos de Simone de Beauvoir a otros, buscando ciertos elementos de reflexión que me permitieran resignificarme como mujer y madre.


Leí que el movimiento Reclaiming Our Spaces de las mujeres negras estadounidenses, recupera los insultos para hacerlos una marca de pertenencia a un grupo y sus valores. La idea de este movimiento, entre otras, es la de reapropiarse de la categoría con la cual se nos asigna, el estigma. De esta manera, el rol asignado deviene un elemento de lucha y de poder. ¡Mujeres y Madres del mundo, uníos!

Leí y transité diferentes autoras, y en este andar, nunca sola, llegué a los trabajos de la francesa Yvonne Kniebler, quien discutía con un feminismo dominante decidido a ignorar la maternidad. Su libro, ¿Quién cuidará de los niños? Memorias de una feminista iconoclasta está inspirado por la negativa a desconocer la maternidad de las mujeres. En este libro, Kniebler, va a ligar su “experiencia personal a la historia colectiva de muchas generaciones.” Como hago yo, mis amigas, mi hermana: buscamos, leemos, hablamos, compartimos.

Encontré muchos trabajos que reflexionaban sobre esta temática, que no incluiré aquí, por cuestión de espacio y orden, aunque quisiera hablar de alguno que impactó en mis reflexiones. Los trabajos de Silvia Federicci fueron uno de estos.


En su libro, Revolución en punto cero: trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas, Federicci indaga sobre “la transformación de nuestra vida cotidiana y de la creación de nuevas formas de solidaridad.” Sus reflexiones sobre el trabajo doméstico, inmenso y no remunerado, realizado por las mujeres, que mantienen todo el sistema de reproducción humano en movimiento, son el punto cero para una alternativa al capitalismo dominante.

Pero lo que más busqué, fueron esos trabajos que cuestionaban el empoderamiento femenino a los Sheryl, individualista, de clases pudientes, con todo el viento a su favor, el que da el dinero, por aquellos trabajos y proyectos que rescataban y resignificaban todas las opciones de las mujeres, en lo profesional, en lo sexual, en lo corporal, en el de la maternidad, etcétera.

Desconfío de las modas y de lo que ahora nos dicen lo que debe ser el feminismo. Detesto el concepto de empoderamiento, por individualista y por anti solidario y porque no cuestiona este sistema profundamente desigual y violento.

Jessa Crispin, que tanto me gusta, argumenta que este concepto “es puro narcisismo. Se usa desde una lógica de superioridad, buscando reforzar tu propio valor desde estándares de éxito, dinero e imagen. Es una palabra que sólo refuerza los sistemas de exclusión que ya ejerce el poder, y al que muchas creen debemos luchar por entrar, en vez de discutir para qué.” Recuerdan a Rutger Bregman y su ‘qué mundo sueñas’.


Me atraen los proyectos y reflexiones de mujeres en los bordes del sistema, que pelean día a día por hacerse una vida, la que sea, en los que se percibe un discurso de solidaridad con todo el cuerpo social.  Me atraen esas diversas elecciones de vida profundamente arraigadas en la comunidad y en la resistencia a este sistema ‘del-todo-para-el-ganador’ y ‘ganadora’ (¿recuerdan a Sheryl?).

Parafraseando a Nancy Fraser, me parece importante ser cuidadosos con utilizar “el sueño de la emancipación de las mujeres para engrasar el motor de la acumulación capitalista.”

Fatema Mernissi, escritora, feminista y socióloga marroquí, confrontó con el imperialismo del feminismo occidental, demandando el derecho a transitar este camino a su manera y en su contexto.

En Sueños en el umbral, Mernissi nos regala su escritura. “Yasmina decía que lo peor que podía pasarle a una mujer era que la separasen de la naturaleza. -La naturaleza es la mejor amiga de una mujer – decía a menudo. Si tienes problemas, nada en el estanque, tiéndete en un prado o contempla las estrellas. Así cura una mujer sus miedos.”