miércoles, 30 de enero de 2019

Una vida mejor de la que vivimos por Virginia Baudino




“Sé que un régimen que no proporciona
a los seres humanos ninguna
razón profunda para cuidarse entre sí
no puede preservar por mucho tiempo su legitimidad.”
Richard Sennett

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
En 1989, Bernard Pivot le preguntó al filósofo francés Michel Serres, qué era para él un filósofo. Serres respondió que un filósofo es un viajante, un visitante que se alimenta de saberes y que se funde con las culturas, volviéndose así una persona.

No soy filósofa, aunque hay por ahí algún diploma que atestigua mi paso clandestino por algunas de sus ramificaciones. Sin embargo, en épocas donde los límites se difuminan, es interesante explorar diferentes saberes. O algo así.

En este sentido, el historiador francés Iván Jablonka nos invita a saltar las fronteras de las disciplinas, escribir, desarrollar un camino de creación, una reflexividad vibrante, un rechazo del sexismo metodológico – en línea con Sandra Harding -, una independencia de tono y estilo, una sensibilidad en el lenguaje, una apertura al público’ para el futuro de las ciencias sociales".

Traspasar las fronteras, dice Jablonka, tiene algo de subversivo porque desafía las rutinas, los hábitos y cambia las miradas. Y porque nos ayuda a hacer un poco más inteligibles nuestras vidas.

Como escribí en post anteriores, lo que sucede a nuestro alrededor nos interesa e interpela a Maribel y a mí. Estas reflexiones son el producto de intensas charlas, intercambio de correos, lecturas entre nosotras. Nada se produce aislado, sino en diálogo permanente. Ambas venimos de disciplinas diferentes pero superpuestas. Nuestras charlas se enriquecen, así que por qué no traspasarlas al papel y compartirlas. Así literatura y sociología, dialogan.

Últimamente, todo nos llama profundamente la atención. Lo que hay que comer, lo que hay que hacer, lo que hay que leer, en qué hay que trabajar y cómo, cómo hay que vivir, cómo se debe ser. Especialmente toda esta obligatoriedad de la felicidad, o de la llamada buena vida, si quieren, nos llama la atención.


Empezar por preguntarse qué es la felicidad o la buena vida, sería como entrar de lleno en grandes tratados filosóficos, metafísicos, antropológicos, psicológicos y etcéteras.

Por ello, recurrí a la sociología una vez más, y en este caso me apropié de lo que dice el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, en La sociedad sitiada (2002), sobre la felicidad.

El autor reconoce que se trata de un concepto vago, impreciso y ambiguo. Pero acuerda en cuatro ideas como son ‘buena fortuna, placer, satisfacción y buena vida’.

Sin embargo, y contrariamente a lo que se percibe en la actualidad, tradicionalmente ésta era una idea periférica, ya que en la cultura occidental, y en otras, predominó la idea del sufrimiento como elemento inherente de la vida. Pensemos en Jesús, por ejemplo, y su sufrimiento, nos dice Bauman.
Por ello, la ‘felicidad’, como fin de la vida, es una idea actual, y su ‘entronización’ es más actual si cabe.

Si algo caracteriza a las sociedades líquidas actuales, nos dice, es que las políticas estatales han abandonado el pacto con los sujetos, por el cual el Estado se comprometía a distribuir los bienes para asegurar una buena vida y los ciudadanos esperaban recibirlos. A cambio entregaban lealtad y disciplina.

Pero las cosas cambian, y sí que cambian, y con el paso del tiempo y el cambio operado en nuestras sociedades, “abandonada por la política estatal, la escena pública cae fácilmente en las garras de la política de vida individual. […] Así, “se alienta la búsqueda de soluciones biográficas a problemas de origen social.” O, como dice el sociólogo alemán Ulrich Beck, ‘nuestras vidas se han convertido en soluciones biográficas a contradicciones sistémicas.’ Que todos lo intentamos en casa de alguna u otra manera.

Bauman realiza un análisis exhaustivo de esta idea, y dice que “hay mucho lugar para diversos contenidos sobre la buena vida: es decir, de una vida mejor de la que vivimos, una vida preferible a aquella que hemos vivido hasta el momento.”



Por sus características, la idea de felicidad “es capaz de proporcionar un suelo común en el que se producen luchas y negociaciones entre los defensores y detractores de las distintas maneras en que puede entenderse la vida individual y un suelo en el que tienden a discutirse y negociarse las modalidades de una vida común.” De ahí el bombardeo cotidiano al que estamos sometidos.

Permanentemente, se crea y se publicita toda una alternativa de opciones en las que, día a día, se lanza una crítica de la ‘vida real existente’. Más enfático es Beck cuando afirma que “El individuo tendrá que pagar por las consecuencias de las decisiones que no toma.”

Y también por las que toma, como dice Richard Sennet en La corrosión del carácter (1998). Asumir riesgos, cambiar, desprenderse del pasado, vivir en la ambigüedad y la incertidumbre actuales del capitalismo flexible, producen un desgaste enorme del carácter de las personas. Ahora, ‘Quedarse quieto equivale a quedar fuera de juego.’

Y es cierto, aún recuerdo en una universidad lo que una compañera me dijo: "Virginia, tienes que estar dispuesta a hacer cualquier trabajo, incluso los que nada tengan que ver con tu trabajo, con tal de estar aquí adentro, porque si sales estarás muerta. Ella había leído acertadamente lo que se estaba gestando". Y sí, estoy afuera.

Como dice finalmente Bauman, el modelo de una buena vida futura tradicional fracasa por tres motivos. Primero, porque ahora lo mejor que se puede imaginar no puede durar para siempre.
 Segundo, porque las antiguas utopías no entusiasman porque proponían una reforma de toda la sociedad para que todos tengan una vida feliz. Recuerden que estamos en una época de atomización e individualización. Por último, ahora la felicidad significa un presente diferente antes que un futuro mejor.

Pero lo que realmente rompe con todo es que se concibe a la felicidad como una meta individual y no como un estado estable de todo el conjunto de la población. Cada uno busca pequeñas triquiñuelas para no hacer aguas.


Sin embargo, como dice Sennett, siempre queda un espacio de esperanza, cuando asistió a Davos, “me pareció que este régimen podría al menos perder su control actual sobre las imaginaciones y los sentimientos de los que están abajo.”


Después, el fuera de foco se va ajustando
y poco a poco
nos vamos reencarnando en eso que somos, despojos
de cuanto creemos que alguna vez fuimos.
Hacemos como que nos acostumbramos.
Luisa Futoransky

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