miércoles, 2 de marzo de 2022

Contemplar las nubes, habitar una casa - Anatxu Zabalbeascoa, José Antonio Muñoz Rojas y Louise Gluck

 

El libro contiene
sólo recetas para el invierno,
cuando la vida es dura.
En primavera
cualquiera es capaz de preparar
un buen plato.
Louise Gluck

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com 

Recetas invernales

Cirriformes, estratiformes, nimbiformes y cúmuliformes representan todas las posibilidades que tenemos de clasificar a las nubes. Seguramente, más de una vez, como yo, te has detenido a mirar el cielo y a asignarles formas a las nubes: esponjosas, larguiruchas, tristonas, grises, enojadas o furiosas. 

En el año 2004, Gavin Pretor-Pinney dio forma a su pasatiempo preferido y creó la “Sociedad de apreciación de las nubes”. Cuenta Silvia Hopenhayn, que la afición de Gavin comenzó en una salida con su escuela. La maestra pidió a los alumnos que, recostados en el pasto, les asignaran formas a las nubes. 

Todos veían algo, pero el pobre Gavin nada. Cuando volvieron a la escuela, y tuvo que escribir sobre lo que había visto, el pequeño anotó: yo solo vi nubes. Y a partir de ese momento, comenzó su búsqueda. 

En su clasificación incluye, aparte de las nubes ya conocidas, una nube que sólo se forma en un lugar remoto de Australia y a la que se le llama ‘gloria matutina’. Según Hopenhayn, “transmite la sensación de euforia que su paso produce.”

Así que inspirada por Gavin Pretor-Pinney, he decidido que cuando aparezcan las nubes, voy a clasificarlas con más empeño: esponjosas, rositas, blancuchas, mimosas, golosas, tristes, grises, furiosas.



II. Un chez-soi

Qué es lo que se me ha perdido,
porque algo indudablemente se me ha perdido
y no lo encuentro, buscando siempre
algo perdido, (¿o seré yo el perdido?).
¿Las gafas? ¿Las llaves? ¿Las gentes?
Sé que algo se me ha perdido y no sé qué es ese algo.
José A. Muñoz Rojas


¿Qué aspecto tiene una casa? Aunque no lo creas, nada en una casa es producto del azar. “Las casas son cosas realmente extrañas. Carecen de características definitorias universales: pueden tener cualquier forma, incorporar cualquier tipo de material, ser casi de cualquier tamaño. Pero aún así, dondequiera que vayamos sabemos que son casas”, escribe Bill Bryson en su magnífico libro, En casa.

En algún momento de estos días, mientras leía su libro, la casa empezó a parecerme un lugar misterioso e inspirada por Bryson, se me ocurrió mirar con otros ojos e iniciar un viaje, “deambular de habitación en habitación y reflexionar cómo cada una de ellas ha figurado en la evolución de la vida privada.”

Según Bryson, la historia trata básicamente de “montones de gente haciendo cosas normales”, como vos que lees esto y yo que lo escribo. A lo largo de los siglos, las personas, comen, duermen, se higienizan, desarrollan su sexualidad, se divierten, lloran, nacen, crecen y mueren.

Todo ello, llena nuestras vidas y nuestros pensamientos, pero los tratamos, nos dice Bryson, como cosas secundarias e insignificantes. ¿Hemos comido siempre los mismos alimentos? Las casas, ¿siempre han tenido incorporado el baño? Y las habitaciones, ¿Qué lugar ocupaban en la vivienda? ¿Dormíamos juntos o separados? ¿Por qué usamos la sal y la pimienta como especias centrales en nuestras comidas? Y ¿el azúcar?

Sentada en este escritorio, mientras escribo, de pronto como Bryson, “pensé que sería interesante considerar las cosas normales de la vida […] como si también fuesen importantes.” 

Observando este lugar que es mi casa, este sitio protector, del que poco a poco me fui apropiando y en el que mis objetos hablan de mí y de mis historias, y que tienen una historia, he pensado en aquello que escribe la filósofa Chantal Marin sobre si existe un lugar para cada uno. ¿Hay lugares donde realmente nos sentimos en nuestro sitio? 

A este pequeñito espacio propio, poco a poco lo he ido construyendo, poniendo algún objeto por aquí y otro por allá, unos libros en ese rincón y una pequeña y endeble biblioteca en la habitación. Colgué algunos cuadros y fotos de todas aquellas personas que ocupan un lugar en mi vida. Puse flores y plantas variadas. Todo ello habla de los diferentes lugares que componen mi identidad, de los que vengo, de los que pasé y de los que estoy.

El lugar, mi lugar, curiosamente, siempre está redefiniéndose, a veces se achica y otras se agranda según “los momentos, las circunstancias y nuestros sentimientos”, dice Marin. 

Pero volvamos a este concepto de casa. La idea puede parecer banal en una época en la que se nos impuso quedarnos en casa. Pero en la vida, ciertos sucesos hacen que nos relacionemos más o menos intensamente con un lugar, un espacio, un chez-soi, dicen los franceses.

El hogar es como un cuerpo. Hay que habituarse a su textura, a su sonido, a sus olores, a sus aireaciones y a su luz y a co-habitar con aquellos que viven con nosotros y con nuestros vecinos. 

“Habitar un lugar es también una relación física, una inversión corporal.”, escribe la filósofa francesa Claire Marin.

Mi casa es luminosa. Tiene unas pequeñas corrientes de aire, que se cuelan por la entrada, como esos visitantes que no han sido invitados.  Un lado es más soleado y caldeado que el otro que es más oscuro y frío. Es pequeña en la primera planta, la de diario, y se expande en la segunda. Así que poco a poco he ido trasladándome allí, abandonando la cocina.

¿Siempre tuvo esa forma? El repliegue al universo doméstico, como sabemos, para las mujeres es, como bien han descrito los feminismos, una trampa. 

Sin desconocer esto, me encuentro dividida entre la posibilidad de que mi hogar sea una simple contingencia, un problema práctico a solucionar, o de que sea una trampa castradora. Y a mí, me gusta refugiarme en mi casa. Tiene que haber otra explicación o tiene que haber muchas explicaciones.




IV Vir dentro de casa

Lo malo no es que se nos pierdan
sino que no sabemos dónde se nos pierden,
tantos objetos perdidos como se nos pierden,
un montón de objetos perdidos es la vida.
José Antonio Muñoz Rojas


La periodista francesa, Mona Chollet, escribe que “En una época dura y desorientada creo que, al contrario, puede haber un sentido en nuestras concretas condiciones de existencia, en nuestras acciones y en esos placeres elementales que nos mantienen en contacto con nuestra energía vital: pasar el rato, dormir, leer, reflexionar, crear, jugar, comer. […].”

Por oposición a un contexto social saturado, acelerado, cuasi violento, la casa – ese territorio propio - nos permite respirar, existir y explorar. Ahora bien, me sigo encontrando en esta situación un tanto contradictoria. Por un lado, práctica o castrante y por el otro, sedentaria o nómade. ¿Cómo vivir entre esos cuatro polos?

No puedo pasar por alto aquí el hecho de que cuando hablamos de una vivienda, tenemos que dejar algo en claro: en los tiempos que corren la búsqueda de una vivienda se ha convertido en una carrera que expone a la mayoría de la población a la violencia de las desigualdades y a las relaciones de dominación. La baja de los salarios y el alza exorbitante de los precios de la vivienda, han sido el combo perfecto para agudizar el empobrecimiento de las personas. Dicho esto, ya podemos seguir.

Reconozcámoslo, ser una persona hogareña no está bien visto. Y yo, soy una persona hogareña. Durante algún tiempo intenté que no se notara y me zambullí en un frenesí de actividades. Pero al final, regresé a mi lugar. ¿Quizás porque soy una persona sin lugar? 

Cuando eres extranjera, el hogar remite a una topografía íntima, cargada de sentido. Los objetos que nos acompañan son los irremplazables, los más singulares, los que tienen un significado, los que he ido acumulando poco a poco. 

Son aquellos que se han transformado en la primera piedra para restablecer nuestra identidad, nuestra historia, nuestras aspiraciones en este nuevo lugar. A través de ellos, hacemos un hueco en el mundo y abrimos un puente entre nuestro pasado y nuestro presente.

De tanto que nos acompañan, a veces no les prestamos atención, pero los guardamos primorosamente imprimiéndoles nuestra marca, así como ellos lo han hecho con nosotros. Son parte de nuestra experiencia cotidiana, y de nuestra pluri-identidad.

Cuando salimos de nuestra cultura, suele suceder, especialmente al principio, que nos sentimos desplazados, porque no tenemos los mismos códigos de la cultura nueva, por nuestras formas de ser, de estar, de hablar, de percibir diferentes.

Con el paso del tiempo, podemos ver esta situación como una fuente de sufrimiento o, también, como al final vamos haciendo, como una situación plástica, elástica y lentamente vamos mudando de ropa, y el hecho de ir de un espacio geográfico y social a otro no necesariamente significa que estaremos siempre acompañados por un sentimiento de malestar o vergüenza, sino que, como con la lengua, también nos hemos vuelto bilingües con los lugares que ocupamos.



III. El clima cambia, ¿y nosotros?

Caminando y perdiéndome
en busca siempre de ese siempre,
que cuando llego ya se ha ido.
Y me quedo sin siempre para siempre.
José A. Muñoz Rojas


Cuando miramos hacia atrás, no podemos evitar reflexionar sobre las condiciones en las que se produce este recorrido que implica un cambio de itinerario, de trayectoria, personal y social.

Es así inevitable narrar, muchas veces continuamente, nuestro proceso de pasaje de un mundo a otro, el de origen y el de llegada, para evidenciar la complejidad de nuestra identidad. Una identidad que no es una, sino que es múltiple.

Atravesar las fronteras, geográficas, culturales, sociales, políticas, identitarias, implica mucho más que un simple trámite. En el mismo instante que las cruzamos, dejamos de pertenecer a un pueblo para aún no encontrar nuestro lugar en el otro. 

Y cada vez que regresamos, ni nuestra cultura es la misma ni nosotros somos los mismos. Somos gentes sin lugar. Por ello, quizás un hogar cumpla provisoriamente el espacio que nuestra cultura natal ha dejado y que la nueva cultura no alcanza a ocupar. Nuestro punto de partida es una ausencia.

“La casa es el lugar que calma", escribe Anatxu Zabalbeascoa. Un sitio donde mirar por la ventana. Un espacio donde los objetos anodinos también hablan. "Allí es donde me reparo y sueño. Sé que estoy en casa porque mi corazón está en calma.” 

Ninguna identidad es fija. Cada una puede contener muchas, o como escribió Walt Whitman, “contenemos multitudes.”

¿Cómo es que empecé este escrito con nubes y he terminado con los lugares que habitamos?


“me adentro en lo más profundo de mi cuerpo
y termino en otro mundo
todo lo que necesito
existe ya en mí
no hay necesidad
de buscarlo en ningún otro sitio.”
Ripi Kaur

viernes, 4 de febrero de 2022

La lengua materna es la lengua de nuestro amor - Margo Glantz y Agota Kristof; Silvia Baron Supervielle y George Steiner


Abrir el paso libre de la luz.
Y al alejarse, dejar tras de sí la sombra
de su propio exilio.
Yves Peyré

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com

Mi madre dice que mi memoria no es fiel. Ella dice que yo recuerdo sólo lo que quiero recordar. "Vos recordás, lo que te conviene", me dice.

En cambio, yo creo que mi memoria es muy endeble. Recuerdo poco, poquísimo. Envidio a aquellos, como mi hermana, que tienen una memoria fabulosa. Ella recuerda hasta el más mínimo detalle de nuestra infancia. No es mi caso. 

Mi memoria es movediza, maleable, endeble, es polifónica porque es de varias personas y es también única, personal, sólo mía. Cambia con el paso del tiempo, con la edad y según quién la cuente.

Como un heliotropo o, mejor aún, como una heliotropa

En invierno, el sol madruga tarde y se oculta temprano. Las flores, en su mayoría, optan por una desaparición invernal. Con este frío glacial que se ha instalado, ya quisiera yo hacer como ellas, desaparecer en invierno.

Algunas flores, son más amorosas del sol que otras y que yo misma, y presas de admiración, ellas giran hacia él durante toda la jornada y lo siguen en su carrera de salida y ocultamiento, del este al oeste. 

En botánica, esta devoción que ciertas flores tienen por el astro solar, lleva el curioso nombre de heliotropismo (del griego helios, sol y tropos, dirección).

Para recibir un máximo de luz, alimentarse y subir la temperatura de sus flores, y así atraer a los polinizadores, las plantas heliotrópicas siguen el recorrido solar en el horizonte terrestre. 

Los girasoles son los más conocidos heliotrópicos, y una de mis flores preferidas. Podría decir que, en este invierno, soy una heliotropa estupenda.

¿En qué lengua soy? 

El que se balancea entre lejanía y lejanía franquea los límites del aquí allá, escribe Yves Peyré. ¿Cuál es el origen de mis inquietudes lingüísticas? O más bien, ¿a qué se debe esta insistencia por las lenguas? ¿Soy aquí o allá?

La escritora mexicana Margo Glantz escribió Las genealogías, libro en el que registra la extranjería de sus padres, inmigrantes judíos y rusos, y que ha despuntado algunas reflexiones que, desde otra óptica, enlazan con mis inquietudes acerca de la lengua o de las lenguas. ¿Cómo hablar o en qué lengua hablar? 

En mi vida, me muevo entre dos lenguas, por lo que podría tímidamente escribir que soy bilingüe. Una tercera hace esfuerzos por despuntar, pero - por ahora – se hace difícil dejarla entrar. Bueno, siempre ha estado ahí. "A ésta, mi padre la llamaba - la lengua ‘del enemigo’, del que quiere colonizarnos", Virginia. 

En mi cotidianeidad, me muevo entre el castellano y el francés. Es importante aclarar que no es éste un movimiento fluido, casi inconsciente. El ‘vaivén entre lenguas tiene su precio’, escribe Sylvia Molloy. En una lengua me muevo como pez en el agua, en la otra es como estar escalando sin seguro en una pared vertical. A esto último hay que agregarle una aclaración: y sufro de vértigo.

Hace un tiempo escribí sobre un magnífico librito que cayó en mis manos, en el momento justo en que empezaban mis primeros andares en la lengua extranjera, el francés. 

La analfabeta, de la escritora húngara Agota Kristof, llegó en el momento preciso en que empezaba con la lengua de Molière y que, además, me enfrentaba – por primera vez - al hecho de pensarme, como escribe Sylvia Molloy, ‘en términos de lengua’. Una nueva lengua que no he elegido, ‘sino que me ha sido impuesta por las circunstancias, la suerte, el azar’, escribe Kristof.

Y así mientras la leía, me adentraba en la poesía de la escritora argentina, que tanto me gusta, Silvia Baron Supervielle, y en su manera particular de escribir, permeada por el estilo francés o, si se prefiere, por su extranjeridad.




de dónde venir                      d’où venir

para apagar                        pour éteindre

el fuego de                          le feu de

no ser                              ne pas être

Escritora bilingüe, que sin proponérselo me tomó de la mano, para no dejarme caer, y que al contarme su historia me decía que a ella también ‘el desconocimiento del idioma le causaba temor y establecía una zona descampada, un balbuceo.’ La desorientación y la distancia, entre esa nueva lengua y yo, marcaban el pulso de esos primeros pasos mientras ella me acompañaba.


adónde partir si / vengo de ningún lado / si mi paso no tendrá / jamás un rumbo / adónde lleva el viaje / si el sueño cautivo / que me anima vuelve / vanas la partida / y la llegada.  Silvia Baron Superville


Con Kristof, descubrí mi analfabetismo en la lengua extranjera y, también, que había que trabajar en ello, sin desconocer las limitaciones que nos acompañan en este proceso de adquisición y apropiación de una lengua que será extranjera.

Abandonar de una cierta manera la lengua materna que es también la memoria, nos lanza al vacío, porque – como escribe Adriana Kanzepolsky -, ‘la lengua es lo que inmediatamente delata a una persona como extranjera, la señala como diferente, la vuelva blanco de preguntas y determina la relación establecida con la generación nacida en otra lengua y en otra tierra.’ 

La lengua natal es el idioma afectivo, y del recuerdo, es la casa que nos protege y siempre se vuelve a ella para repararse. Es también la lengua de la intimidad, le hablamos a los bebés en esta lengua, a nuestro amor, a nuestros hijos e hijas, a nuestros padres.

Con el tiempo, una se acostumbra a que un permanente sentimiento de pérdida acompañe la extranjería y esa sensación de vivir en las fronteras o en los márgenes. ¿Dónde se sitúa una? 

Margo Grantz le llama el entre lugar. Silvia Molloy, en Vivir entre lenguas, habla del estar entre. A mí me gusta decir que vivo en la frontera, en la marca que delimita el espacio de la lengua materna del de la lengua extranjera, que marca hasta dónde llega el lugar de origen y dónde comienza el lugar de llegada.

Así nos convertimos en una especie de intérpretes entre esos dos lugares, entre esas dos lenguas, y traducimos, y nos entrometemos en lo nuevo y también preservamos lo perdido. Nos convertimos en espías, jugamos con las palabras, nos volvemos expertos lingüistas de lo cotidiano. 

¡Hay esa vida entre dos lenguas! Ser otra, ser la otredad, ser desplazada a un afuera y esa eterna pregunta sobre la identidad.

 "Qué interesante acento tienes", me suelen decir. ¿Cuál es tu origen? Pregunta con trampa, como aprendí con el tiempo y leyendo a Benedetti. No es un cumplido, como podríamos creer, sino más bien el reconocimiento de que no se es de aquí, es una marca de nuestra extranjería.

Suelen preguntarme, también, si ‘ya sueño en francés’, porque existe la fantasía de que cuando sueñas en la lengua extranjera ‘ya eres de ahí’. Por supuesto que no sueño en francés. También me preguntan en qué lengua me despierto. Pues en castellano o español. 

Escribo en español, pero cuando me falta alguna palabra, para no perder el hilo, dice George Steiner, sigo en francés y al rato vuelvo rápidamente al español. Escribo así, de una lengua a la otra. Y navego entre autores de lengua española y francesa.

Algunos verán una suerte de arrogancia, ¡ella habla dos lenguas! Nada más lejos de todas mis inquietudes e incertidumbres idiomáticas. Recuerden, estoy escalando una pared vertical, sin seguro, y con vértigo.

He tenido que adaptar mi nombre y apellido, porque los amables intentos de pronunciación en francés me hicieron desistir rápidamente. No era Virginia sino Virguiña. Y entre ella y yo, hay una gran distancia. Así que opté por adaptarme. Para los de lengua española, soy Virginia. Para los franceses soy Viryiniá. ¿Quién esa chica a la que están llamando? 

La conclusión es que ningún nombre se adapta bien en las dos lenguas. Por lo tanto, siempre es necesario traducirlo. Ellos, como yo, viajan mal de un idioma al otro.




El subsuelo de mi memoria

Pero volvamos a mi paupérrimo bilingüismo. Tahar Ben Jelloum, filósofo y psicoterapeuta marroquí, ha escrito un pequeño texto que me ha cautivado. Digamos que me ha quitado unos cuantos complejos.

Su texto comienza con una simple interrogación: ¿por qué mi memoria, en la que habitan dos lenguas, no se queja? En ella, las palabras, circulan con total libertad, y a veces, una suplanta o reemplaza a otra sin que se haga un drama. Si es así, entonces ¿por qué yo si dramatizo el hecho de escucharme gangosa hablando español? ¿Me estaré convirtiendo en lo que menos me gusta de ciertos hablantes argentinos?

Tahar Ben Jalloum, es bilingüe, y escribe en francés y árabe. A veces, como me pasa a mí y a todos los extranjeros que conozco, no encuentra las palabras y es su lengua materna la que viene en su ayuda ‘con inteligencia y humor’. Así, cuando una palabra no viene, otra ocupa su lugar. 

Ahora pierdo palabras del castellano (los argentinos no hablan español, hablan castellano). Muchas veces me quedo pensando en cómo se dice esa palabra, s’évanouir, en mi lengua o cómo se dice esparcir en francés. Y no, no llevo un diccionario portátil en mi bolso. 

Cuando alguna palabra me abandona, mi bilingüismo viene en mi ayuda. Me gusta esto de que las lenguas, mis lenguas, se mezclen, se contaminen una con la otra. Cuando me quedo sin palabras o no encuentro la traducción, empiezo diciendo que en español decimos así o en mi país le llamamos de esta manera. Esto, es más que una mezcla, dice este escritor, es un mestizaje de ‘un amor infinito’.

Esta situación fabulosa, según este escritor, que muchas personas no entenderían, es más que la pertenencia a dos lenguas, a dos culturas, a dos mundos, a dos casas: ‘las dos hospitalarias, aireadas, espaciosas y con algunos tesoros ocultos’, argumenta. Porque ‘esta libertad que reina en mi memoria permite a las palabras de dos lenguas diferentes, tocarse, cambiarse y si así lo quieren, emigrar’.

¿Cantan los pájaros al amanecer para romper el silencio? 

Se pregunta una de las divulgadoras de aves más reconocida, Jennifer Ackerman. Sus respuestas, o sus reflexiones, son muy interesantes.

Según ella, aún no sabemos exactamente por qué cantan tan intensamente los pájaros al amanecer, pero hay varias hipótesis que quisiera compartir aquí. 

Una de las ideas esbozadas, y quizás la más poética, es la de que podría deberse a la ausencia de sonido a esas horas: cantarían tan intensamente, para romper el silencio. O por la temperatura reinante a esas horas o porque el aire suele estar más calmado, lo que permite que el sonido llegue más lejos. 

Puede ser que sólo lo hagan porque les gusta, y esta es una de mis respuestas favoritas, o porque están calentando para afrontar el resto del día o, como mis balbuceos en francés, porque están practicando, tienen que aprender a cantar, y para ello, escuchan, imitan, practican y se equivocan. 

Creo que acabo de cambiar de respuesta favorita, porque en mi vida en la lengua extranjera, como los pájaros escucho, practico, aprendo, imito y, obviamente, me equivoco. ¿Hablo en la lengua extranjera para romper el silencio?

Cambiar

Soy de un país áspero, desmemoriado, indiferente y extendido, escribió Olga Orozco, acerca de la Argentina. Con el tiempo, como escribe Édouard Louis, "He comprendido que existen formas de distancia más profundas y complejas que la distancia geográfica." Para ello está el pasado.

Cuando la extranjería soy yo, me pregunto: ¿para quién hablo? ¿para mí? ¿para otro? ¿para otra? ¿Existe un mundo que haga innecesaria la búsqueda de significados?

Y un día empiezo a rebelarme, con un gesto protestón, como escribe Silvia Hopenhayn ‘a propósito de las pequeñas argucias para ubicarse en el recuerdo’ de la escritura de Hebe Uhart. 

Y empiezo a atrasar los relojes para desafiar esa manía de ser tan puntual. Y se me da por cambiar el pronóstico del tiempo: hoy será un día soleado. Y, y esta me gusta, supongamos que se me da por leer el horóscopo, y decido sabotearlo leyéndolo al revés. Hoy: ‘Capricornio, tienes energía de sobra para todas tus actividades. Con la fuerza que posees en tu personalidad gracias a Plutón, Mercurio y Venus vas a poder mejorar tu manera de ser desde la personalidad y poder volverte mejor a la hora de expresarte y compartir tus ideas y emociones. Y no le temas al Año Nuevo Chino, que todo irá fenomenal.’ Supongamos que hoy le creeré al horóscopo.


de un lado al otro             de part et d’autre

del viajero                          du pèlerin

se balancea                        se balance

la huella                             l’empreinte

dividida                              désunie


Silvia Baron Supervielle



lunes, 13 de diciembre de 2021

Nosotros somos los pájaros que se quedan - La música y Pascal Quignard, Emily Dickinson y Mark Fisher

 

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com

La vida es robusta” he leído por ahí y se nutre de pequeños encuentros. ¿Sería nuestra vida igual si las cosas fueran de otra manera, si viviéramos una vida distinta? 

Esta semana de invierno, oscura y nevada, mi mundo se ha nutrido de la presencia de unos pequeños pajaritos que andan por mi jardín.

Como es invierno, se nos recomienda poner algunas semillas en un platito, para que tengan alimento en estos días frescos. A este carbonero y petirrojo, les gustan las nueces y las semillas de girasol. Mucho más hoy, porque ha nevado. 

Rápidamente, se me vino a la mente un poema de Emily Dickinson:

El agua se aprende por la sed;
la tierra, por los océanos atravesados;
el éxtasis, por la agonía.
La paz se revela por las batallas;
el amor, por el recuerdo de los que se fueron;
los pájaros, por la nieve.




¿Qué importancia tienen estos diminutos actos cotidianos que parecieran mantener a raya la vulnerabilidad de la vida?

El proyecto The Urban Field Naturalist, nos propone tomarnos un tiempo para aprender un poco más de las plantas y animales con los que compartimos nuestros hogares. Los creadores nos invitan a anotar nuestras observaciones, a contar su historia y a compartirlas con personas de diferentes partes del mundo. ¿Por qué son importantes? O ¿cómo lo encontraste? Son algunas de las preguntas que nos guían en esta suerte de exploración casera en la que me he inmerso este invierno.

No sabía a qué especie pertenecían los pajaritos de mi jardín, así que rápidamente le envié a Maribel unas fotos, ella es una experta pajarera. En poco tiempo, ya los tenía identificados. Estos pequeñitos me han mantenido varios días ocupada y acompañada.

Establecer lazos con las especies, sostienen los fundadores de este proyecto, nos ayuda a ver el mundo de manera diferente, menos centrado en nosotros mismos. Una buena historia, argumentan, nos transforma y nos ayuda a conectarnos con otras especies. Así es que me he pasado alimentando a este par de golosos que, cuando se quedan sin alimento, se pasean impacientes por mi jardín. 

Mientras estaba leyendo, acompañada por estos inesperados compañeros, recordé la música, su música, porque cuando nieva, el silencio lo abarca todo, se hace palpable. 

Simeon Pease Cheney fue el primero, en el siglo XIX, en transcribir en notas musicales el canto de los pájaros. Cheney escribió que “sólo los pájaros cantan”. 


<<La esperanza>> es esa cosa con plumas
que se posa en el alma
y canta una canción sin letra
y nunca, nunca se calla. 
Emily Dickinson




Llegué al libro de Cheney, La música de los pájaros, leyendo a Pascal Quignard en En ese jardín que amábamos. Quignard es además de escritor, músico, y tiene algunas hipótesis, respecto a la música, que me han hecho reflexionar. 

En su célebre y muy recomendado libro, Todas las mañanas del mundo, considera que la música es “el lenguaje de las <<sombras errantes>> que se funda en una relación constante con la muerte.

A diferencia de Platón, que escribió que la música le da un alma a nuestro corazón y alas al pensamiento, Quignard considera que la música atraviesa la condición trágica del ser humano, el exilio de la infancia, la pérdida de la voz - para los varones - y la confrontación con la muerte.

Mi gusto por la música no es tan trágico como el de Quignard. Prefiero acercarme a aquellos que consideran que somos seres musicales, como el filósofo Francis Woolf, a rasgarme la existencia con pérdidas y sufrimientos. 

Prefiero dejarme habitar por el misterio de las cosas impalpables. La música viene a nosotros como nosotros vamos a ella. Una música nos persigue, escribe Woolf.

¿Elegimos las canciones o ellas nos eligen a nosotros? ¿Por qué hay canciones que nunca olvidamos? ¿Por qué la música? ¿Qué pasa bajo la atenta mirada de las amables musas? 


¿Cuál es el lazo original entre el canto y la poesía? ¿Cuál es la frontera entre las palabras y la música? Para los griegos, la música era inseparable de la poesía, porque antes de la escritura, las narraciones eran recitadas y se transmitían a través de la oralidad. Se leía en voz alta, para escuchar su musicalidad.

Es casi una herejía proponer un alto en el ritmo vertiginoso de la modernidad para establecer una especie de solidaridad atenta con las especies con las que compartimos un espacio y con el lugar que habitamos. Y para escuchar la música. Parece una tontería, aunque no lo es tanto.

Porque, como escribe Mark Fisher, “la intensidad y precariedad de la cultura del trabajo del capitalismo tardío deja a las personas en un estado en el que están simultáneamente exhaustas y sobre estimuladas.” 

Y agrega, cuestionando los patrones culturales actuales que “Para poder producir lo nuevo se necesitan ciertos momentos de retirada de, por ejemplo, la sociabilidad y de las formas culturales preexistentes. La retirada se hace más difícil que nunca.”

Antonín Dvorak se inspiró en el libro de Simeon Peace Cheney, mientras daba largos paseos, nos cuenta José Julio Perlado, para componer su Cuarteto de Cuerda N. 12, que les invito a escuchar. Me recuerda a esos pequeñines que me han hecho los días, de este invierno en apogeo. Ellos le han dado sonoridad a esta soledad invernal. Y este pequeño texto, se lo dedico a Maribel y sus pájaros…


Nosotros somos los pájaros que se quedan
Emily Dickinson




sábado, 30 de octubre de 2021

Escribe. Camina. Crea. Resiste - Sara Gallardo y María Negroni, Caroline Criado y Virginia Woolf

 

Les he dicho en el curso de esta conferencia que Shakespeare tenía una hermana. […]
Mi credo es que esa poeta que jamás escribió una línea y que yace en la encrucijada, 
vive todavía.
Vive en ustedes y en mí y en otras muchas mujeres que no nos acompañan esta noche,
porque están lavando los platos y acostando a los chicos.
Pero vive,
porque las grandes poetas no mueren: son presencias continuas.
Virginia Woolf

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com

Cuando era chica, me di cuenta que mis manos eran más hábiles para escribir que para crear. Esa constatación no me desistió de probar, quizás podría tener suerte, quién sabe. Hice cerámica, escultura, telar, bordado, tejido y pintura. Nada de esto era lo mío. Lo intenté con fuerzas, me aferré, probé una y otra vez… sin resultados aparentemente óptimos para mí.

Pero eso no me hizo desistir. Siempre se pueden cultivar las pasiones desde otras perspectivas, y es posible hilvanar ideas o tejer historias. Escribir me fue más fácil. Atención, he escrito más fácil no que se me diera mejor.

No me presento a concursos literarios. Mis cuentos son míos, sólo míos y pocas veces los comparto. No publico y no he participado en talleres creativos. Como dije, no tengo la necesidad imperiosa de escribir. Escribo cuando me dan ganas y cuando algo me anda dando vueltas en la cabeza. 

Escribir nace así de un encuentro con una frase leída o con una canción escuchada o una imagen. Pero no me considero escritora. Sin embargo, heme aquí, ¡qué curioso!, escribiendo sobre por qué no me considero alguien que escribe.

Hace poco, muy poco, me hice de un cuarto propio. Antes era nómada. No he cultivado un estilo de vida volcado a la creación literaria. No sería capaz, la literatura me parece algo demasiado serio para tomármela así. 

Me dan miedo los escritores y los intelectuales en general. Los escucho elucubrar y hablar difícil y no entiendo la mayor parte de lo que quieren decir. 

Cuando hablan de Hegel, lo primero que se me viene a la mente es ¿quién hacía sus comidas? ¿limpiaba su casa? ¿Quién criaba a los hijos de Vargas Llosa o de García Márquez? ¿Cuándo hacía la compra Hemingway? ¿Buscaba precios cuando compraba los zapatos a sus niños, Salinger? ¿Iba a las reuniones de padres? ¿Llevaba y buscaba a sus niños de la escuela? ¿Cómo hacía con los deberes? ¿Y si enfermaban?

Una nunca sabe hasta dónde llega la vida doméstica hasta que se sienta a escribir. ¿De dónde viene la escritura? 

La escritora argentina María Negroni realiza una especie de arqueología de la escritura, pero de la escritura de una escritora, trazando un mapa emocional que se remonta a la infancia. 

Negroni se pregunta ¿cómo se constituye una escritora? ¿Dónde se sitúa y con quién se alía la mujer que escribe? ¿Cómo se relaciona con el canon literario, cómo lo desafía y lo discute, cuál es el rol que cumplen otras escritoras para esa escritora?

Porque la escritura es muy exigente y demanda tiempo, mucho tiempo y soledad. ¿Cuáles son los costos de escribir? ¿Cómo hacer las compras y al mismo tiempo parecerse a Baudelaire? argumenta Negroni.

Caroline Criado Perez escribió un magnífico e interesante libro, La mujer invisible, en el que relata apoyándose en una muy buena cantidad de datos, cómo para las mujeres “vivir en un mundo construido a partir de datos masculinos puede ser mortal.” La brecha de datos entre los géneros, dice la autora, confunden el punto de vista masculino con la verdad absoluta y conciben a la humanidad como masculina, pero se han olvidado de la otra mitad.

Como mujer, dirá Criado, realizaré una enorme cantidad de trabajo de cuidado y de limpieza no pagado y aunque contribuya a aligerar enormemente las arcas del Estado, será explícitamente ignorado. Todas juntas vamos a contribuir, según el informe McKinsey, aproximadamente con 10 trillones de dólares al PBI mundial anual sin recibir un solo centavo por todo este trabajo realizado. Ya sabes qué tienes para decir cuando te pregunten si trabajas: sí, todo el día.

Criado es enfática cuando dice “No existe la mujer que no trabaja. Solo hay mujeres a las que no se les remunera.” En el mundo, el 75% del trabajo no pagado lo hacen mujeres. 

Como mujer, mi trayectoria laboral no será lineal, tendré un trabajo precario y muy mal pagado – incluso en el ámbito académico -, que deberé abandonar para poder compatibilizar con la crianza de mis hijos, el cuidado del hogar y la pareja. Y si recibo un salario acorde, éste será inferior al de un colega varón.

En cuanto a mis derechos laborales, éstos serán prácticamente inexistentes, ya que están delineados en función de un trabajador varón, sino hablemos de embarazo o de baja por maternidad.  

Y mi jubilación… mi jubilación, si es que la tengo, será muy precaria porque sólo se tendrá en cuenta el trabajo remunerado que tuve que reducir para compatibilizar vida familiar y vida laboral y se ignorará explícitamente el trabajo no remunerado – o reproductivo - que he hecho sin parar. La autora precisa que las mujeres representan el 75% del total de los trabajadores a tiempo parcial.

La escritora feminista Silvia Federicci lo dice claro: “Cuanto más cuidan de otros las mujeres, menos reciben ellas mismas, puesto que dedican menos tiempo al trabajo asalariado que los hombres y gran parte de los sistemas de seguridad social se calculan en función de los años realizados de trabajo remunerado.” Así, las mujeres nos enfrentamos a la vejez con menos recursos que los hombres.

Como mujer, tendré un 80 % de probabilidades de sufrir acoso sexual en mi lugar de trabajo – sí, incluso en la academia -, en el transporte público o en la calle. Seré insultada y despreciada en el ámbito de la política y es altamente probable que tenga que lidiar con la violencia masculina a lo largo de mis días y de mi vida. 

Y si eres de las que han podido sortear la mayoría de estos inconvenientes, y muchos más que no he relatado, primero te digo, ¡enhorabuena!, ¿estás segura que no vives en Marte? Y segundo, el futuro aún puede ser peor, prepárate, porque según todos los datos, las mujeres afrontan “la pobreza extrema en su vejez.”

Con un gran número de datos y estadísticas, lo que me interesa de esta autora es que va a ir aún más allá y va a discutir el concepto de clase trabajadora. 

Según las estadísticas, la industria de la minería del carbón, en Estados Unidos proporciona 53.420 empleos con un sueldo medio anual de 59.380 dólares. Si los comparamos con las 924.640 personas, en su mayoría mujeres, que trabajan como empleadas domésticas y personal de limpieza, cuyo ingreso anual medio es de 21.820 dólares, la autora va a preguntarse, ¿cuál es la verdadera clase trabajadora en el siglo XXI? 

Cuando alguien escribe, puede hacerlo desde la primera persona del singular, yo, o desde la tercera persona, nosotros o nosotras. Esta tercera persona es también ‘un yo encubierto’, dice Francesc Arroyo. 

Cuando yo me siento a escribir, hay que tener en cuenta que lo que escriba estará atravesado por todo lo que acabo de enumerar, esta suerte de carrera de obstáculos interminable. Este yo que utilizo aquí es también un yo encubierto, porque en realidad quiero escribir nosotras. 

El camino va en dos direcciones, del yo al nosotras y viceversa. Este ida y vuelta es un gesto a la vez reflexivo y literario en el que, ante todo, quiero poner en evidencia el lugar desde el que se escribe y la perspectiva desde la que se mira.

El siglo XX estuvo marcado por las luchas por los derechos de las clases trabajadoras y del movimiento obrero. Sabemos que en el siglo XXI las luchas sociales se centran en las demandas por el reconocimiento de los derechos de las mujeres y en la crisis ecológica.

El trabajo doméstico no remunerado y el cuidado de los niños representa el 50% del PBI en los países de altos recursos y un 80% en los de bajos recursos. Hablamos de billones o trillones de dólares que salen de nuestros trabajos. Las mujeres “representan para los gobiernos <<un recurso gratuito que explotar>>.”

Hay que “tomar en serio el trabajo no remunerado como una fuerza económica que debe medirse e incluirse en las cifras oficiales. ¿Qué diferencia hay entre cocinar un plato en casa y crear un software en casa? Lo primero lo han hecho las mujeres y lo segundo, los hombres.”

Cuando una mujer escribe, emprende un camino a ciegas, ignora la dirección y la incertidumbre se apodera de su recorrido. ¿Cómo reflexionar sobre la existencia cuando ésta está atravesada por urgencias cotidianas ilimitadas? ¿Cómo escribir en la soledad del cuarto propio cuando la mayoría de las mujeres no tienen, ni tendrán, un cuarto propio donde escribir o crear? 

El 70% de la población que vive en pobreza son mujeres. Esto se ha dado en llamar la feminización de la pobreza o la pobreza feminizada. Y sí, el lenguaje tiene poder. Y si bien está muy escrito y dicho, es importante seguir repitiéndolo día tras día porque esto no ha alcanzado para reducir ese porcentaje. 

Por alguna curiosa razón, mientras escribo, no sé qué dirección tomarán estas líneas.  ¿Qué ha pasado desde que tomé el lápiz por primera vez hasta ahora? ¿Cómo es posible que una niña creyera que tenía todos los caminos abiertos? ¿De dónde viene mi preocupación por el destino de las mujeres?

Escribir es una forma de memoria, dice Silvia Hopenhayn. Y yo escribo aquí para poner en palabras todo lo que atraviesa a las escritoras al momento de escribir y para que no se olvide desde dónde escriben. Contarlo es una manera de escribir, de escribirlo para no olvidarlo. Porque cuando ellas escriben, no pueden cerrar la puerta y aislarse. Cuando ellas escriben, lo hacen con todo atravesándolas.

“Fue gracias a mi implicación en el movimiento de las mujeres como fui consciente de la importancia que la reproducción del ser humano supone como cimiento de todo sistema político y económico y de que lo que mantiene al mundo en movimiento es la inmensa cantidad de trabajo no remunerado que las mujeres realizan en los hogares. Esta certeza […] viene de mi propia experiencia familiar, que me expuso a un mundo de actividades que durante largo tiempo di por sentadas. […] Algunos de mis más preciados recuerdos de la infancia me trasladan hasta la imagen de mi madre haciendo pan, pasta […] y después tejiendo, cosiendo, remendando, bordando y cuidando de sus plantas. De niña tan solo veía su trabajo, más tarde, como feminista, aprendí a ver la lucha que llevaba a cabo, y me di cuenta de todo el amor que iba incluido en ese trabajo y de lo duro que había resultado para mi madre el hecho de que se diera por supuesto”, Silvia Federicci

Escribo esto por si, en el día a día, se te olvida todo lo que acarreamos, por si te preguntas en qué te equivocaste, por si te empapelan las calles con frases vacías del tipo sigue tus sueños o tú si puedes. Si es así, no les creas nada, construye tu camino junto a otras mujeres sabiendo todo lo que acarreas, y sigue, no te detengas. Escribe. Camina. Crea. Resiste.

“En mi caso escribir – y escribir mucho, aunque sea de manera imperfecta – significa un esfuerzo por desenrollar una especie de madeja interna. Llegar a ser, mediante el trabajo "una misma”, escribió la poeta argentina Sara Gallardo.


domingo, 3 de octubre de 2021

Las lectoras que me habitan - Una biblioteca es una cartografía de vida

 





“El comedor del apartamento rentado donde nada nos pertenecía,
de paredes oscuras forradas de madera y ventanas altas dando hacia la catedral, desaparecía a medida que a través de la lectura
avanzábamos en las selvas, navegábamos en mares revueltos, volábamos en las nubes”.
Marina Colasanti

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
En mi casa, los libros están por todos lados, en pequeños montículos perfectamente elegidos o dejados completamente al azar, apilados, o en diferentes bibliotecas. Siempre he leído, pero no tengo el sentimiento de tener una biblioteca de las ‘verdaderas’, una de esas imponentes, con los clásicos en una edición cara o antigua, una de esas bibliotecas que te dejan sin aliento, y en las que vas desplazándote poco a poco tocando las tapas de los libros y ojeando sus títulos dejándote transportar. 

Mi biblioteca es falsa y está media enclenque. Es, como dice Alberto Manguel, “una criatura mágica formada por las diferentes bibliotecas que construí a lo largo de mi vida.” En ella, no hay muchos clásicos, y quisiera yo que hubiese muchas clásicas. A algunos de ellos, ya los leí hace tiempo, y ocupan mucho espacio. 

Mi biblioteca nació poco a poco recolectando libros usados desechados por las bibliotecas públicas, sobrevivientes de antiguos lectores o lectoras que, por alguna razón, habían tenido que desprenderse de ellos. ¿Qué enigmáticas circunstancias los llevaron a abandonarlos?

Cuando llegué a Madrid, no tenía libros. Ni uno. Sólo me quedaban las bibliotecas públicas. Empecé a adoptar el hábito de ir todo el tiempo. Una no sólo lee en las bibliotecas. En una biblioteca conocí a Maribel y a mucha gente con la que me unía la pasión por los libros. 




También formé parte de un club, de lectura, pero un club al fin. Y como todo club, uno de lectura también genera un sentimiento de pertenencia a un grupo: el nuestro y los otros. Y no se crean ni por un segundo que el fervor que despiertan los clubes de lectura es menor por comparación a uno de fútbol. Ni por asomo.

Descubrí que las bibliotecas reciben muchas donaciones y que, en muchas ocasiones, no quieren todos los libros que les dan. Si trasladas todos esos libros no queridos a las asociaciones de reventa, entonces en aquellos años, tenías la posibilidad de quedarte con los que querías. 

Así empezó mi biblioteca: nació de una necesidad de ayuda mutua. 

¿Cómo guardamos los libros en nuestra biblioteca? ¿Los ponemos por género, por colores o quizás por orden alfabético?  De dónde viene esta tensión, como dice Walter Benjamin, entre el orden y el desorden que instaura una biblioteca. Porque “¿Qué otra cosa es esta colección sino un desorden al cual el hábito mismo ha acomodado hasta el punto de hacerlo aparecer como orden?” 

Calímaco de Cirene es “el primer cartógrafo de la literatura” y el padre de los bibliotecarios, nos cuenta Irene Vallejo. Este poeta libio nacido en el siglo III a. C., construyó una lista de autores por orden alfabético y organizó la literatura por géneros, algo hoy tan sencillo a nuestros ojos. 

Este invento que damos por sentado en nuestra cotidianeidad, fue la “gran contribución de los sabios alejandrinos.” Así, continua la autora, en silencio y sin casi darnos cuenta las bibliotecas nos fueron invadiendo. ¡Qué maravillosa plaga!




Mi biblioteca son muchas pequeñas bibliotecas. En una están mayoritariamente los clásicos de la sociología y los cuatro tomos del diccionario de filosofía que un día Walter me regaló. Cuatro tomos, cuatro cumpleaños. ¡Llegaste! me escribió en la dedicatoria del último. 

En otra, están los primeros que tuve aquí de literatura latinoamericana y especialmente argentina. Cortázar ocupa un buen lugar y muchos otros. Pero como escribí en otro texto, lentamente comencé a leer a las escritoras y me fui sacudiendo esa ‘prescripción obligatoria de corte masculino’ de leer a los grandes de los grandes y empecé a desembarazarme de esas voces que no me pertenecían.

Con el tiempo, fue inevitable aferrarme a la poesía, a los ensayos y a los libros escritos por mujeres porque cuando las leo, me siento en casa, hablamos el mismo idioma y nos entendemos.

Como escribió Rupi Kaur, “puedes oír a las mujeres que llegaron antes que yo/ quinientas mil voces/ sonando a través de mi garganta/ como si esto fuera un escenario hecho para ellas/ no sé qué partes de mí son mías/ y cuáles son de ellas/ puedes verlas apoderándose de mi espíritu/ moviendo mis piernas y mis brazos/ para hacer todo/ lo que no pudieron hacer/ cuando estaban vivas.” Me viene al pelo aquí.

Detrás de mi biblioteca, o de mis bibliotecas, ¿hay – como argumenta Benjamin, un impulso de coleccionismo? Dice éste que “La fascinación más intensa para el coleccionista está en encerrar los objetos individuales en un círculo mágico […]. Cada cosa recordada y pensada se convierte […] en el candado de sus propiedades.”

La idea de ausencia se hace física en mi biblioteca. Si juntara los escritos por mujeres y por hombres, en lenguaje futbolístico diríamos que los hombres ganan por goleada. Esto evidencia claramente, como escribe Peio Riaño, que la historia de la cultura legitima “un relato de hombres hecho para hombres en los que ellas no han contado. No han sido olvidadas, las han hecho desaparecer.”

En mi biblioteca, que tiene múltiples capas, hay libros que se sostienen solos. Orgullosos, ocupan mucho espacio y se hacen notar. Los hay, sin embargo, los que me parece que no tienen mucho que decir y los he puesto junto a otros, porque creo que se sienten felices de estar en compañía. Están los tímidos, a esos siempre me cuesta trabajo encontrarlos, pero es que son tan finitos que se pierden entre la multitud. 

Dice Manguel que “toda biblioteca es autobiográfica” y ya quisiera yo haber acumulado una colección de 35 mil ejemplares, como la suya, guardada en una antigua granja francesa. Por eso, una biblioteca también habla de nuestra pertenencia a una clase, de nuestro género, de nuestra historia y de la de nuestra cultura, de nuestros gustos y de nuestros sueños. 



El resultado es la acumulación paciente, desordenada y amorosa de una lectora que quisiera reencontrar el gusto y la libertad de la lectura de la infancia, de la lectura de esos primeros libros que me cautivaron y en los que nada perturbó ese momento único. 

Pero también de una lectora que está buscando leer diferentes voces, en las que sobre todo se cuestione la manera de mirar, el qué mirar y el cómo mirarlo, así como la autoridad jerárquica incuestionable. ¿Cuántas veces te preguntaste si este señor premio nobel estaba siendo el vocero de sólo una parte de la humanidad? Porque mi biblioteca de escritoras es chiquitita, muy chiquitita.

Por suerte “la mayor representación del sujeto hegemónico está en crisis”, dice Riaño al cuestionar la explícita invisibilización de las mujeres en los museos. Las miradas y las voces subalternas están cuestionando el discurso hegemónico y proponiendo altavoces a la diversidad. 

Porque, escribe Jessa Crispin, “mientras estamos en ello, aún seguimos escuchando sobre todo a los hombres blancos, quienes desean ofrecer la objetiva y universal voz de la razón, no a esa gente rara ni a quienes no se conforman con lo que se espera de su género ni a las personas místicas ni a las marginadas por su sexo o su raza, y yo anhelo que también formen parte de la conversación.” 

Pero, cuidado, dice Rupi Kaur: no me interesa/un feminismo que piensa/ que poner a las mujeres en lo más alto/ de un sistema opresivo es progreso.

Vale, no es nada nuevo esto, y se viene repitiendo mucho últimamente, pero hay que seguir haciéndolo, porque el nombrar la injusticia no significa que esta va a desaparecer, como bien sabemos. Hay que decirla, alto y claro, pero también hay que ir hacia sus orígenes para así atacarla. Y “si la historia oficial se niega a contarte de dónde vienes, siempre puedes crear tú esos caminos”, dice Crispin. 

Por eso, arma tu propia biblioteca, hecha de escritoras y de voces diferentes. Puesto que las mujeres “se enfrentan a un continuo y masivo desaliento”, necesitan modelos literarios femeninos a seguir. “Cuando se entierra la memoria de nuestras predecesoras, se asume que no había ninguna y cada generación de mujeres debe enfrentarse a la carga de hacerlo todo por primera vez”, argumenta Joanna Ross. ¿Quién será esa criatura socialmente sagrada?, escribirá.

¿Cuántas lectoras me habitan? ¿Cuántas lectoras caben en una? Dice la escritora italo-basileña Marina Colasanti que nuestra biblioteca refleja el camino de construcción de una lectora, en donde, agrega la escritora italiana Lía Piano, “comprendemos la importancia de las pequeñas piedras para encajarlas entre las grandes”. 



La sociología puede servir, aquí, para revisitar las huellas dejadas, de quienes fuimos en la infancia y de la manera en la que fuimos socializados que perduran incluso en la edad adulta. La biblioteca es también una cartografía de una misma, del lugar de dónde se viene y los lugares que se han atravesado. Es, por lo tanto, también una interrogación personal y política sobre los destinos sociales. 

Y como en este texto, se encarna el momento en que una persona reflexiona sobre ella misma, porque, como argumenta la filósofa feminista Camille Froidevaux-Metterie, “hay que postular que todo conocimiento tiene sus raíces en la experiencia humana, una experiencia que es situada y encarnada.” 

Así, escribir en primera persona implica un riesgo, el de la primera persona del singular. Ha sido a través de las vivencias personales que se ha reivindicado el feminismo y han sido las mujeres las que han sumido la responsabilidad social de la reflexión feminista. Hay tantos feminismos como mujeres y puntos de vistas, escribe Nany Hartsock, y yo agrego ¡menos mal!

¿Cuántas bibliotecas tenemos a lo largo de una vida? ¿Cuántas mujeres nos habitan? Si nuestra biblioteca es nuestra autobiografía, cada libro guarda las huellas del instante en que lo leímos por primera vez. ¿Quién era yo en ese momento? ¿Soy la misma que años después se acerca al mismo ejemplar?

Y, para terminar, ¿he leído todos los libros de mi biblioteca? ¿He descifrado a todas las lectoras y mujeres que me habitan? Como cita Benjamin a Anatole France: “Ni la décima parte, ¿supongo que usted no usa su vajilla Sevrès todos los días?” 

Escribo esto
no para ti
que luchas por escribir tus propias
palabras
remontando las caídas
sino para otra mujer
muda de soledad.
Adrienne Rich



viernes, 10 de septiembre de 2021

Cuántos cielos hay en nuestro Cielo - Cuántas palabras se escriben en agua

 


Uno de los hombres me pregunta:
<<¿Por qué azul?>>.
La gente me pregunta esto a menudo.
No sé nunca cómo responder. 
No podemos elegir qué o a quién amamos, quiero decir.
Maggie Nelson

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com

Desde que era muy chica, los colores han sido una fuente de intriga y de reflexión para mí. Siempre me ha intrigado. Quizás esto tenga que ver con el hecho de que mi papá es daltónico. No ve ni el verde, ni el rojo ni el azul. 

A mi papá siempre le pregunto cómo es ver el mundo en gris. Y él, siempre me ha respondido, que no conoce otra forma de verlo, cómo podría saber lo que es el rojo o verde o azul que yo veo si para él no existen. Su mundo, me dice, es rico en grises. ¿Cómo imaginar un mundo de grises?

El daltonismo de mi papá provocó algunas anécdotas familiares curiosas. Estaba aceptado en la familia que él no podía ir a comprar ropa solo, alguien siempre debía acompañarlo. Si alguna vez sucedía que iba solo teníamos que volver a devolver la compra, porque ese pantalón gris que tanto le había gustado era, para nosotros, de un naranja fosforescente insoportable. 

Le gustaba pintar las habitaciones de la casa así que cuando iba a la pinturería también había que acompañarlo. Una vez decidió comprar pintura para el cuarto de la escalera y fue solo: verde fluorescente. ¡Y los semáforos! Aprendimos a decir en voz alta los colores cuando nos aproximábamos a uno: verde, amarillo y rojo. Más de una vez esto me puso en aprietos con otros conductores.

Puede ser que por esto, siempre he andado con la incógnita de cómo es ver el mundo en gris, cómo se vive en un mundo de grises. Como vos en el de colores, Virginia, me dice mi papá.

Con esas dudas coloridas en mi cabeza, hace unos cuantos años, Walter me contó de la capacidad de los esquimales para diferenciar entre varios tipos de blancos, debido a que conviven constantemente con la nieve. 

Ellos, como dice Steven Pinker, “utilizan más palabras para referirse a los tonos de blanco porque han aprendido a reconocer los matices de este color.” Obviamente, el caso de los esquimales no se asemeja al de mi papá…o quizás sí, no conozco toda la gama de grises que él tiene.

En 1787, asombrado por el cambio de tonalidad del azul del cielo, Horace-Bénédict de Saussure, geólogo, naturalista y padre del alpinismo moderno, inventó un instrumento singular y extraño capaz de establecer la ‘azulidad’ del cielo. 

Así nació el cianómetro, un artefacto singular y extremadamente poético, producto del asombro de su inventor por los diferentes tonos de azul del firmamento. Este curioso instrumento circular, estaba compuesto de 53 cuadrados de papel teñidos en tonos graduados de azul dispuestos en círculo que puede sostenerse con la mano para así comparar con el color del cielo. Del blanco al negro, todos los cielos de su conocimiento estaban representados para así poder medir su tonalidad.



Fue en la cima del Mont Blanc donde este detective celeste llevó a cabo su experimento. ¿Su conclusión? El color del cielo depende de la cantidad de partículas de agua en la atmósfera. Evidentemente, no hay dos medidas iguales.

Debido a su poca cientificidad, el cianómetro poco a poco fue cayendo en desuso como muchos otros objetos que pueblan nuestros cajones y los cajones de la humanidad. Sin embargo, esta poca cientificidad no le ha quitado lo poético de su existencia 234 años después de su creación. Quizás deba construir un cianómetro de grises para regalarle a mi papá.

Y así pensando en el cianómetro de Saussure, se me ocurrió ir directamente a la poesía de Maggie Nelson, enamorada de un color y a quien unos funcionarios le preguntaron ¿por qué el azul?

“Supongamos que empiezo diciendo que me he enamorado de un color. Supongamos que digo esto como si se tratara de una confesión. Supongamos que rasgo mi servilleta mientras hablamos. Empezó lentamente. Una apreciación, una afinidad. Un día se volvió más seria. Luego se volvió, de algún modo, más personal. Así que me enamoré de un color – en este caso, el color azul – como si cayera bajo un hechizo por el que luché, alternativamente, por permanecer dentro y salir de él.  […] Que ese azul exista, el simple hecho de haberlo visto, hace a mi vida extraordinaria. […] Escribo en tinta azul para recordar que todas las palabras se escriben en agua.”

Leyéndola me pregunto cómo será el año en el que nos enamoramos así de un color. ¿Nos atraerá todo lo azul? O, como escribe, “¿El mundo se ve más azul desde los ojos azules?” ¿Cuál es mi color? 

No tengo preferencias, me gustan todos, aunque el azul tiene algo de poético y cada vez que vuelvo a Bluets, este libro de Maggie Nelson, aprecio un poco más aquello que por su sutileza no siempre notamos.  

¿Es Bluets mi cianómetro? ¿Cuál es el de mi papá? No sólo Maggie Nelson se interesó por los colores, Goethe o Wittgenstein también lo hicieron a sus maneras y toda una serie de los que ella llama “sus corresponsales azules” que le envían “reportes azules desde donde se encuentren.”

Y estoy enfrascada en mis elucubraciones coloridas, cuando me topo, casi de bruces, con el Kin-tsugi, una técnica de cerámica japonesa que enmarca mis últimas lecturas.

Curiosa técnica el Kin-tsugi que consiste en reparar, en la cerámica, una fractura o una grieta de un objeto con un elemento dorado o plateado. El dorado mi papá no podrá verlo. Esta asombrosa técnica, forma parte de una filosofía más amplia en la que en lugar de crear un objeto perfecto sin historia, se busca reparar las fracturas de algunas de las piezas para así dejar constancia de sus grietas y de sus reparaciones. Porque esas trazas, forman parte de la historia del objeto. Nuestras grietas y fracturas también forman parte de nuestra biografía e historia. 

Dos aspectos me llaman rápidamente la atención al respecto: uno es la consciencia de la fragilidad de los objetos (podríamos ampliarlo a las personas) y el otro, es la de que las fracturas deben mostrarse en lugar de ocultarse. Ambos, intrínsecamente necesarios, embellecen el objeto al revelarnos su transformación y su historia.

Me viene al pelo aquí esta antigua técnica japonesa, y no para denunciarme por apropiación cultural, sino para establecer una suerte de contraste entre una técnica simple que habla de una cultura en la que la historia pasada, con sus fracturas y grietas, adquieren una simbología especial y otras técnicas propias de nuestra cultura en la que la fragilidad, inherente a la condición humana, se oculta. 


Como me gusta la cerámica siempre ando interesada en las diversas técnicas. Hice cerámica durante varios años, y exploramos las técnicas de la cultura mapuche. Interesada como estoy en ella, el kin-tsugi como el cianómetro y Bluets fueron cayendo en mis manos mientras leía sobre la fragilidad, porque debo confesar aquí que mis dotes creativas – como ya lo he hecho en otras entradas – no son mi fuerte.

Hablemos de fragilidad. Hoy quiero hacerlo, porque más que nunca ha aflorado con fuerza en esta época que curiosamente se ha caracterizado por fomentar la fuerza y el poder de los sujetos. Y porque además, como escribió Saul Bellow, “El mundo está demasiado encima de nosotros.”

¿Qué ocurre cuando hablamos de esos momentos de ruptura, en el contexto de la sociedad capitalista cuya promesa de base es la de que “tú puedes llegar a la cima si tú lo quieres de verdad”? ¿Qué pasa cuando se quiere hablar de fragilidad, y no de vulnerabilidad, por fuera de los discursos del desarrollo y bienestar personal que tan a la moda están hoy? ¿Qué ocurre cuando deseo hacer un kin-tsugi personal? ¿Es la fragilidad política?

¿Cómo se da testimonio de esta precariedad existencial? Somos ontológicamente frágiles. Y ahora somos más conscientes de nuestra fragilidad personal, social, planetaria, corporal…del mundo. Créanme, soy consciente de mi fragilidad…

Si de golpe se ha instalado a mi mesa, ¿cómo acoger esta fragilidad? Porque si de algo hemos sido testigos este último tiempo es que, con urgencia y en soledad, la fragilidad se ha materializado. Y se erige contra toda una tendencia dominante en filosofía que se funda sobre una subjetividad que se supone fuerte como una roca. Sin embargo, no hay escape de la fragilidad, porque es inherente a nuestra condición humana, y porque somos conscientes de nuestra finitud. 

“Si un color no pude curar, ¿puede al menos incitar esperanza? Si un color puede dar esperanza, ¿quiere decir que también puede causar desolación? […] Pero por el momento no puedo pensar en alguna vez que el azul me haya hecho sentir desolada.” escribe Maggie Nelson.


sábado, 31 de julio de 2021

La luz de nuestras alegrías y las sombras de nuestras tristezas - La filosofía de lo cotidiano




 Creíamos que éramos pobres,
que no teníamos nada,
hasta que fuimos perdiendo
todo, una cosa tras otra.
Anna Ajmátova
Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
Hace un tiempo no tan lejano, he empezado a dejar de pensar en mi ciudad por las noches. Cuando iba a dormirme me imaginaba abriendo la puerta de Las Violetas y saliendo al jardín. Camino por la vereda que rodea la casa de mis padres, me detengo en las rosas, miro el roble de la esquina de la entrada, y sigo el sendero al jardín de atrás. 

El manzano y el cerezo siguen ahí, pero creo que el sorbus pasó a mejor vida. Tengo que preguntar a mi mamá, por si mi memoria ha empezado a hacerme trampas. Sigo mi camino y voy hasta la hamaca, que ahora usan los chicos, y veo que el viejo pino al fin fue derribado. Había tomado dimensiones exorbitantes y con el viento patagónico tenía preocupados a los vecinos de atrás. Ahora entra más sol y el césped puede volver a crecer.

Los pinos del cerco de atrás, son un recuerdo de antiguas navidades. Luego de los festejos, los fuimos plantando uno a uno con mi papá. Su llegada a casa era muy particular…salíamos a buscarlos al bosque. Era toda una aventura.

Sigo mi recorrido, y poco a poco voy saliendo de casa. Comienzo a bajar por Las Violetas, sigo a Topa-topa….y voy hasta Campichuelo, y ahí ya me duermo. 

Recordar es un ejercicio de memoria y de nostalgia, no sólo geográfico, sino también biográfico. 

Recorro mis lugares como si me recorriera a mí misma, como si volviera a la persona que fui, que sigo siendo, que ya no es. Cuando la vida extranjera se apodera de mí, vuelvo a caminar por casa, a escuchar los sonidos de casa, los olores, las voces. 

“Solo en la madurez, escribe Anatxu Zababeascoa, vemos la casa donde nos fuimos haciendo sin darnos cuenta. Es ahí donde queda algo de lo que fuimos, donde siempre hay algo que reparar. La casa es una meta, un lugar que calma. Un sitio donde mirar por la ventana. Érica Jong es feliz en su casa "allí es donde me repongo y sueño. Sé que estoy en casa porque mi corazón está en calma".

“Tu vida es simplemente una vida humana”, dice Simone de Beauvoir en sus memorias, y en eso estoy cuando se me viene a la memoria la historia de la gran poeta rusa Anna Ajmátova.

Once amigos aprendieron de memoria los desgarradores poemas de su libro Requiem, para preservarlos de la crueldad a la que ésta fue sometida. Su historia es la de la tragedia del dolor personal, así como colectivo.



"Diecisiete meses pasé haciendo cola a las puertas de la cárcel, en Leningrado, en los terribles años del terror de Yezhov. Un día alguien me reconoció. Detrás de mí, una mujer – los labios morados de frío – que nunca había oído mi nombre, salió del acorchamiento en que estábamos y me preguntó al oído (allí se hablaba sólo en susurros):
- ¿Y usted puede dar cuenta de esto?
Yo le dije:
- Puedo.
Y entonces algo como una sonrisa asomó a lo que había sido su rostro".

La conmovedora historia de esta gran poeta me ha dejado más de una vez el alma estrujada. La figura de Ajmátova es la de esos héroes trágicos, en donde “lo personal, lo político y lo espiritual” se entrelaza con el destino.

Requiem es un libro conmovedor, que recomiendo. Lo tengo en mi mesa y lo he releído este último tiempo junto con otros. De todos he aprendido algo, pero Ajmátova tiene un no sé qué en el que conjuga en su poesía su destino trágico con el de su época.

Recomiendo leer este poema, como se leían en la antigüedad, en voz alta para así dejarlo alcanzar toda su plenitud. Al hacerlo, estaremos prestándole la voz a la poeta rusa.

“Los libros son hijos de los árboles”, escribió Irene Vallejo, en su libro El infinito en un junco. Según esta autora, “liber (libro) evocaba el misterio del bosque donde sus antepasados empezaron a escribir, entre los susurros del viento entre las hojas.” 

¿Por qué caminos, o libros, o bosques he vagabundeado este tiempo? Algunos de ellos son tan interesantes que no podría ni resumirlos, sólo recomendarles una urgente lectura homeopática. Ellos me han ayudado a sostenerme en estos tiempos tormentosos.

En este mi bosque de libros, he ido armando una biblioteca (con la ayuda de mis amigas y amigos lectores), que me ha permitido construir un relato, narrarme a mí misma. ¿Que, a veces. ese relato hace aguas? Seguro. ¿Qué hay que recauchutarlo? Todo el tiempo. ¿Qué hay que cambiarlo? Inevitablemente.



Si bien este vagabundear parece caótico y azaroso, nada más lejos de esta impresión, hay un orden en el aparente desorden. “Todos somos narradoras y necesitamos las palabras apropiadas para contar y contarnos el día, para convencer y encantar a quienes nos escuchan”, escribe Vallejo, y agrega que “los relatos bien contados invaden lo más íntimo, liberan sentimientos callados, nos rozan el corazón.”

En este deambular, hace un tiempo buscando un libro para regalar a una amiga querida, casi por azar cayó en mis manos una pequeña maravilla. 

El libro del té del escritor japonés Kakuzo Okakura, es una miniatura bellísima, casi casi poética, que me ha rescatado de mis sombras e incertidumbres.

Del libro de Okakura, aprendí que en la cultura japonesa se despliega una antigua filosofía sutil del té, que esta infusión comenzó como un remedio y que a una persona insensible “se le dice que a ese sujeto le falta té.” Hay varios por ahí escaseando de té.

Detrás de este magnífico pero pequeño librito, se deshilvana una perspicaz mirada sobre la magnitud de las pequeñas cosas, de la grandeza que se esconde detrás de los detalles mínimos, de la “luz de nuestras alegrías y las sombras de nuestras tristezas.”

Okakura nos deja algunas frases memorables, pero poéticas, como esta: “El té carece de la arrogancia del vino, del individualismo consciente del café, de la inocencia sonriente del cacao.” 




“La pulcritud es un arte”, escribe, y proclama una filosofía de estar en el mundo de manera de no perturbar la armonía de lo que nos rodea para así “pilotar inteligentemente tu propia existencia a través de este mar tumultuoso de inquietudes que llamamos vida.”

Soy ingenua pero no tanto. Sé que quizás si protestara más, sería más interesante que enarbolar -en tiempos inhóspitos – una filosofía de lo cotidiano, aunque considere que está cargada de sentido político. Queda mucho mejor perderse en una narración pomposa sobre las resistencias colectivas. Los pequeños gestos marginales están muy mal vistos.

¿Será que estos gestos están asociados a los cotidiano y, por tanto, a lo femenino? Incluso cuando pienso en las resistencias, las pienso como elementos de construcción colectivos, grandes movilizaciones, partidos políticos, organizaciones de la sociedad civil, movimientos callejeros, estallidos….mientras la vida cotidiana, el día a día de las personas, se aparca y las pequeñas pero heroicas resistencias cotidianas no significan casi nada. 

Pequeños libritos, como el de Okakura, van transformando la mirada, te enseñan otros caminos que no son menos resistentes ni más individualistas. En una época invadida por el ruido, la sobre-información, la velocidad, la aceleración, la hiper-conectividad, la brutal desigualdad y la catástrofe medioambiental, pensar desde la calma y la intimidad me parece un gesto de resistencia.

“Las trincheras son para ellas y los sillones son para ellos”, escribe Peio Riaño en Las invisibles y refuerza la idea de la falta de referentes femeninos en los que reconocernos las mujeres (no sólo en el arte) en la sociedad. Y he pensado si no deberíamos retomar nuestra herencia intelectual y re-escribirla, desde otra mirada y otros marcos. 

¿Se puede hablar de un libro que no se ha leído o de alguno que hemos solo hojeado?  ¿Hemos leído los libros que ya hemos olvidado? Hasta los más leídos, también olvidan, han echado solo un vistazo a alguna obra renombrada o han escuchado algo de un libro que no han leído…Y se repiten, también, como yo en este texto. ¿De qué está hecha la memoria?

¿Qué rastro involuntario vamos dejando? Sabemos que dejamos huellas, muchas veces conscientes. Este escrito es una de ellas. Pero también dejamos un rastro que no es voluntario. Podríamos aventurar algo así como que somos también como esas huellas involuntarias que vamos dejando. La inertiae dulceda, la dulce inercia, las estelas de ese transitar que es este devenir.

Pistas que nos ayudan a orientarnos. Hablan de lo que apenas se ve y no es visto, hablan de esa inercia, y de las incertidumbres, de los conflictos y de nuestras contradicciones. Susurros soplados al azar.

“Defender un edén modesto”, escribe Antonio Muñoz Molina, a propósito del libro de J. A. González Sainz, La vida pequeña: el arte de la fuga.



Defender todas las cosas que es preciso saber para ocupar un espacio saludable, gozoso y no dañino en el mundo: "prestar atención a lo que se despliega ante los ojos, fijarse en indicios mínimos, atemperar la experiencia y lo ya sabido con la aceptación del azar.”

Los lugares y los espacios en los que nos situamos configuran nuestra forma de hablar y de estar, porque “nuestro cuerpo registra sus lugares” escribe la argentina Agustina Atrio en Tres formas de atravesar un río”.

¿Qué palabras nacen en los lugares que ocupamos? Los márgenes son también lugares en los que situarse. Estar en los bordes puede haberse convertido en una manera de habitar este mundo. ¿Se eligen los márgenes o se nos eligen? Se puede vivir en los márgenes. ¿Se puede vivir en los márgenes? ¿Qué tan al margen se llega a vivir? 

Las mujeres hemos vivido, y vivimos, en los márgenes de un sistema dominado por los hombres. ¿Quién constituye la clase obrera del siglo XXI? “No hay mujeres que no trabajan. Hay mujeres que no son pagadas por sus trabajos” escribe Caroline Criado Pérez. 

Quizás se deba a ello que nos sentimos siempre en los bordes, porque hemos sido conscientemente expulsadas de los centros. Sin embargo, “Los caminos más fascinantes son aquellos que nacen en las grietas”, dice Irene Vallejo.

Cada vez que nos salimos del camino trazado, cada vez que metemos la mano sobre nuestra historia, estamos intentando trazar un espacio donde afirmar nuestra independencia, y desde donde se puede cambiar el mundo o ser cambiada por él.

El espacio que ocupamos está perpetuamente construido, deconstruido y reconstruido y es objeto de innumerables interrogaciones. “El espacio es una duda – escribe Georges Perec – necesito marcarlo sin cesar, designarlo, no es nunca mío, nunca me ha sido dado, es necesario que yo lo conquiste”.

Como escribe Lauren Elkin, “Nosotras reivindicamos nuestro derecho a perturbar la paz, a observar (o no), a ocupar (o no) y a organizar (o desorganizar) el espacio según nuestras propias condiciones.”

Esta vez, salgo de Las Violetas, desciendo por Topa-Topa y bajo por Quintral.

Voy a bajar hasta la plaza Belgrano. 



Puedes inscribirme en la historia
con tus amargas y retorcidas mentiras,
puedes aplastarme en el fango
pero, aún así, como el polvo, me levantaré.
Maya Angelou