viernes, 17 de abril de 2020

Abrir las puerta a otros relatos del mundo


Deberás comenzar a hacer de nuevo la casa,
reacomodar los muebles, limpiar las paredes,
cambiar las cerraduras, romper los retratos,
barrerlo todo y seguir viviendo.
María Mercedes Carranza
Virginia Baudino - virbaudino@gmail.com
En medio de tiempos difíciles, la lectura es algo que puede permitirnos interpretar nuestras vidas en este mundo indescifrable. Ella, nos muestra esas otras maneras de ser, de estar y de pensar este mundo.

Leo desde pequeña. Creo que siempre he leído. Pero en tiempos como estos, donde se nos incita compulsivamente a leer, no importa qué, no he podido hacerlo. Leo, pero de manera desordenada, poco, con sobresaltos e incluso con taquicardia.

Por eso se me ocurrió recordarme por qué leo, y cuáles son, si las hay, las particularidades de la lectura de las mujeres. Quizás así, pueda recordar lo que, dice Alain de Botton, realmente importa y así “encontrar la esperanza que necesitamos para transitar entre las dificultades de la vida”.

En 2005, Laure Adler y Stefan Bollman escribieron juntos una serie de libros. Las mujeres que leen son peligrosas (2205) y Las mujeres que escriben viven peligrosamente (2006) hicieron su aparición abordando, como bien lo dicen sus títulos, la lectura y la escritura femenina.

Laure Adler escribe Mujeres y libros, historia de una afinidad secreta; que resume perfectamente lo que ha sido el tránsito de las mujeres desde la lectura – negada al principio- hasta la producción de sus propios textos y a la introducción del ‘yo’ como una manera de tomar la palabra y construir un relato desde su perspectiva.

Que las mujeres han sido excluidas, silenciadas e invisibilizadas de las condiciones de producción artística, no es nada nuevo. Nuestra voz y nuestra experiencia han sido histórica y políticamente invisibilizadas.

Y como dice Peio Riaño, “las ausencias, las vejaciones, los eufemismos, los silencios, las tergiversaciones han hecho desparecer el relato de una parte de la población, las mujeres” y es imperativo recuperarlo, reconstruirlo y difundirlo.  “La historia de los oprimidos es un discontinuum”, escribió Walter Benjamin.


La filósofa belga, Vinciane Despret, cree que es indispensable abrir las puertas a las otras maneras de hacer historias para así construir otros relatos del mundo. Empecemos por abrir las puertas a esos otros relatos omitidos porque son posibles y necesarios. Esas historias posibles se construyen cuestionando el orden de cosas, desordenándolo, desacordándolo, y dispersándolo.

Por eso, es indispensable alimentarse de las narraciones de las mujeres como maneras de disputar al relato único. Dice Simone de Beauvoir que “querer ser libre es también querer que las otras mujeres sean libres.” Mi libertad es la de todas.

¿Cómo leo? ¿Por qué leo? Recordar quizás me aporte la calma necesaria para adentrarme nuevamente. Recordar, de latín recordari, volver a pasar por el corazón.
“En principio, están sus manos replegadas portando el objeto como si fuera sagrado. Sentimos el cuerpo entero concentrado, así como nuestro interior, eso que hay detrás de la superficie de la piel, que es sólo nuestro y que no se puede decir. Nosotras las mujeres y ellos los libros.”
“Entre nosotras y ellos circula una corriente cálida, una afinidad secreta, una relación extraña y singular llena de prohibiciones, de apropiaciones y de reincorporaciones. Porque un texto constituye, para las mujeres, un pozo de secretos, el vértigo, la posibilidad de ver el mundo de otra manera y de vivirlo diferente, puede dar el espaldarazo para dejar todo, para volar hacia otros horizontes, porque con la lectura podemos conquistar las armas de la libertad.” 
Leer implica cancelar el mundo, evadirse, resistir y emanciparse. Pero cómo hacerlo cuando, como dice la psicoanalista argentina Alexandra Kohan, es el mundo el que ha  sido abruptamente cancelado. 

Virginia Woolf escribió Una habitación propia, en el que indaga sobre la marginalización de las mujeres en la literatura y en el que estipula que una mujer debe disponer de algo de dinero y un cuarto propio para así poder producir un texto literario.

Cultivar ese espacio de una, me parece indispensable para poder construir nuestros propios recursos y así poder ir lo más lejos posible de lo que pensamos. La lectora va construyendo esa habitación propia de la que nos habla Virginia Woolf. Pero ¿cómo podemos apropiarnos de los recursos necesarios para comprender la realidad, nuestra realidad y la vida?

Leer y escribir nos demandan una gran atención, construir un espacio aislado, solitario y silencioso. 


Leer, para suspender el tiempo, leer para exorcizar los demonios, para luchar contra los dragones.
La lectora, dirá Adler, se apropia de su intimidad, está sola y nadie la ve leer. Stefan Bollmann agregará que, leyendo, en silencio, ella “establece con el libro una alianza: el libro como aprendizaje y conquista de la libertad.” No hay un solo libro en mi vida, hay muchos libros, todos esos libros leídos que me construyen como lectora.

¿Deberé podar las lavandas esta primavera? ¿Y los rosales? El tiempo está graciosamente soleado, precioso, como si el universo se estuviera riendo de nosotros, encerrados, confinados, domesticados. ¿Cuál es el jardín de mis sueños? ¿Qué lectora quiero ser?
“Las mujeres leen para comprender, para conocer los problemas del mundo, para tomar consciencia de su suerte, más allá de las barreras generacionales y geográficas.” Yo agregaría, que leen para tomar consciencia también de las barreras de clases y de género.
“La lectura entre mujeres, escrita por mujeres, teje un lazo de solidaridad” que inquieta al status quo. Las mujeres que leen son peligrosas.
Porque leer da ideas, da placer, nos transporta a otros mundos posibles y nos permite cuestionar todo. Y no nos niega nuestros problemas, no nos dice anímate. Los libros nos dicen, también, que la tristeza o el miedo, están inscritos en el contrato de la vida. Y que esto que ha llegado de golpe, no debe hacernos olvidar todas las dimensiones de la existencia humana, dice el filósofo André Comte-Sponville.


Leo de todo y sin complejos. Yo y los libros. Los libros y yo. Unos lazos sutiles se tienden entre yo y mi lectura y así la proclama de Gustave Flaubert Lean para vivir, cobra vital importancia.

Leo porque quiero, porque me gusta, porque me es indispensable. Acto solitario, la lectura nos permite realizar una suerte de caminata, en un sentido y en el otro, en la que nosotras buscamos respuestas a las cuestiones esenciales y vitales: ¿de dónde vengo? ¿a dónde voy? ¿quién soy? Para, como dirá Iván Jablonka, “hacer un poco más inteligible nuestras vidas.”

“La historia de todos los tiempos, y la de hoy especialmente, nos enseña que […] las mujeres serán olvidadas si ellas se olvidan de pensar sobre sí mismas” dijo la activista alemana Louise Otto-Peters. 

Muéstrame tu biblioteca y te diré quién eres.


Mi piel, el gesto de la boca,
son los días que he vivido,
ahora de repente abreviados
en la imagen que veo en el espejo.
Como viniendo de muy lejos,
toco con la yema de los dedos
todos los años
que en mis párpados son,
parpadeo,
el asombro primero,
luego el qué le vamos a hacer
se reflejan en el espejo.
María Mercedes Carranza

martes, 24 de marzo de 2020

Qué se puede escribir durante estos tiempos extraños

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
Llamábamos a la tierra una de las flores
del cielo, y llamábamos al cielo el infinito
jardín de la vida.
Friedrich Hölderlin

Este mundo conocido de repente se ha vuelto desconocido. ¿Qué se puede escribir durante estos tiempos extraños? ¿De qué podemos escribir sin que suene banal o falto de empatía? ¿Con qué herramientas hacerlo? ¿Desde dónde hacerlo? Hay urgencias, seguramente.

¿A dónde van nuestras inquietudes? ¿Dónde ponemos el dolor, el miedo, la tristeza, la soledad, la alegría? Pareciera que todas nuestras inquietudes, así como nuestras necesidades humanas, estuviesen en espera. Hay ahora algo más importante que urge tratar.

¿De qué podemos hablar sin que nuestras palabras se permeen del miedo generalizado? ¿Dónde está nuestra humanidad? ¿A dónde se ha ido? Como dice la escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich, “partir de la pregunta de Dostoyevski: ¿cuánto de humano hay en un ser humano y cómo proteger el ser humano que hay dentro de ti?”.

¿Cómo escribir sin ser pueril, sin ser imbécil? ¿Hay mañanas? ¿Qué hay de mañana? En este momento, vivimos de primera mano el experimento de encierro global nunca jamás vivido ni imaginado.

No sabemos cuándo saldremos de esta situación ni, lo que me parece aún más importante, cómo saldremos. ¿Podremos seguir siendo las mismas personas? ¿Cambiarán nuestras prioridades? ¿Seremos capaces de re-organizarnos, re-construirnos, re-pensarnos? ¿O volveremos a retomar nuestras vidas como si nada? ¿Podremos hacerlo?


Y ¿qué se hace con este miedo que se ha instalado en nosotros, en los nuestros y en los otros? ¿Se reconstruirá la epidermis social después de este shock? ¿Cómo pasamos de la nada al encierro? ¿Cómo procesamos todo esto?

Y ¿qué haremos con toda esta hiper-vigilancia desplegada? ¿Despertará monstruos totalitarios que acechaban? ¿Cómo se utilizarán las tecnologías, no ya en función de la prevención de epidemias sino para el control de la población? ¿Qué haremos con esos discursos autoritarios que van a desplegarse sobre falta de confianza en la capacidad de las personas para respetar las reglas?

Llevo una semana tratando de escribir, pero todo me parece banal, lo urgente ha tomado nuestras vidas por asalto. Todo lo demás ha quedado relegado a la supervivencia. 

¿Soy yo la que siente este miedo en el cuerpo, en la mente, en los rincones de la casa? ¿Soy sólo yo la que cobra consciencia de los otros, del movimiento, de las capacidades limitadas – o ilimitadas - de la gente, de esos lazos de solidaridad que se evidencian (o no) en las pequeñas cosas? ¿Soy yo la que muchas veces, más de las que quisiera, pierde la fe en la humanidad?


Dice Alexiévich, “¿Cómo comprender dónde nos encontramos? ¿Qué nos está pasando? Aquí, ahora….no hay a quién preguntar".

Y así, me – te, nos – “asalta la duda de si es el pasado o el futuro. Pero esto es el futuro.” [ídem] Sin embargo, ahí está aún esa añoranza de que todo vuelva a despertar.

Dice Byung Chul Han en su libro Loa a la Tierra que “La espera incierta y la paciencia necesaria […] engendran un sentido especial del tiempo".


Este tiempo que ahora ha cambiado y que experimentamos de otra manera. Lo mismo ocurre con nuestra relación con el ayer, volviendo a él intentando recuperar algo de esa ingenuidad perdida.

“Aquella alba del amanecer es un tiempo preliminar que antecede al tiempo habitual y en el que el tiempo pasajero, el tiempo de la vida y la muerte, se ha superado.”, Byung Chul Han.

Al mirar atrás, una siente la necesidad de responder a la pregunta de “¿para qué ha sido todo esto?” 

Escribir en tiempos que no son los normales.
En este mundo que miserablemente aspira a la corrección
en varios campos
perfecciono mi conocimiento en usos y costumbres
sigo agradeciendo, sigo agasajando
y aunque no cante en parques y jardines
un pedazo de aquel proletario corazón
aún no ha sido tentado
Juana Bignozzi





lunes, 10 de febrero de 2020

Soy alguien que lee poesía



El Universo está hecho de historias,
no de átomos.
Muriel Rukeyser
Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
Hace unos cuantos años que leo poesía. Cuando era más chica, y fruto de la educación escolar, pensaba que la poesía era inentendible. Sin embargo, siempre volvía a ella, una y otra vez.

Poco a poco, empecé a encontrar en ella una lectura filosófica y estética de la vida. Incluso, leyendo a Juan Gelman o Paco Urondo, descubrí la poesía política en todo su esplendor. Si, se puede hablar de política en un poema. ¡Y cómo!

Con el tiempo, las mujeres -tan relegadas en literatura y en poesía – empezaron a ocupar un importante lugar en mis lecturas, hasta que hoy son mis preferidas. Con calidades diversas, sus poemas fueron reveladores, reconstructores de una identidad, de inquietudes, de búsquedas.
Los textos de Virginia Woolf son nodales en estas lecturas. Es a partir de sus reflexiones, que una dirige su mirada hacia un lugar negado que, en cierta medida cuestiona el orden establecido, dado por hecho. Una habitación propia es una declaración de derechos y una puerta a la autonomía de las mujeres.

La palabra escrita, hecha poesía, que también puede cuestionar el orden establecido “con una idea clara, la de desmantelar lo dado, sacudir las certezas, revisar el orden donde les toca vivir a las mujeres.”, argumentará Rossana Álvarez respecto a la poesía de Adrienne Rich y June Jordan.

Si algo hacen las mujeres es integrar o conectar los diferentes aspectos de su vida. A propósito de la poesía de Jordan, dice la propia Adrienne Rich que había logrado incorporar e integrar la poesía en todo lo que hacía: periodismo, teatro y activismo político. Pero especialmente, había integrado la poesía en su amistad con los otros.


Escribió Rich que “La poesía para ella [Jordan] no era un pabellón del jardín ni el simple testimonio de su vida interior. Por el contrario, creía que la poesía era un instrumento para fortalecer la solidaridad y el vínculo entre las personas, especialmente entre la población oprimida.”
Hey
Vengan
Salgan
Donde quiera que estén
Necesitamos reunirnos
En este árbol
Que no ha sido
Plantado
Todavía. 
(Invocación a las minorías silenciosas)

Evidentemente, antes de estas poetas están las que escriben en mi lengua materna. Todas ellas. Podría decirse que mi inmersión en la poesía coincidió con la partida de mi país. La partida, el movimiento, el viaje, la pérdida del territorio y de los afectos, la llegada y la transición a la integración, son elementos que ordenan estas lecturas. Mario Benedetti escribió sobre el exilio, sobre ‘las patrias interinas’, sobre las partidas y los regresos.


Silvia Barón Supervielle, que cambió de lengua y se convirtió en escritora al mismo tiempo, escribe en dos idiomas – español y francés -, desde las ‘dos orillas’, y dirá que para ella, “en la poesía todo es música, música hecha palabras.” 

Cambié de sitio
la fotografía
a fin de liberar
su mirada
de la mía.

Así, a veces lento y otras rápido, las poetas fueron golpeando a mis puertas y entrando unas tras otra, o juntas. A veces, una llevaba a otra. Y así llegó Alejandra Pizarnick y con ella, Luisa Futoransky:

Soy de otra parte, otro cuerpo, otro golfo
para que me entiendan
para que no me entiendan demasiado
por atajos y digresiones/escribo.
A mano limpia. A campo traviesa. 

Y Juana – mi querida Juana – Bignozzi:

¿Qué vas a hacer de tu vida juana?
¿Qué vas a hacer juana
con la juventud que aún te queda,
con las historias inverosímiles
los amigos en solfa,
los amigos en serio
y toda esta ternura
que quién sabe adónde irá a parar?
 Mujer de cierto orden


Juana escribe para ‘vivir la vida’, la de todos los días, “la compartida, la muy conversada y rescatada en versos que nos salvan de la fugacidad y el olvido.”  Escribe, como la gran mayoría de las poetas que me gustan, el día a día, el que puede ser el mío o el tuyo.

Y vino Gioconda Belli y su Apogeo: Dos cosas que yo no decidí decidieron mi vida: el país donde nací y el sexo con el que vine al mundo.

Y Olga Orozco:

Tú eras cuanto sabía de ese olvidado país de donde vine,
eras como el amparo de la lejanía,
como un latido entre las tinieblas.
¿Quién me oirá si no me oyes? 
                                                                 Si me puedes mirar

Ida Vitale y, por supuesto, Wislawa Zymborska, Edith Södergran, ¡Ajo! Que, gracias a Maribel, me dedicó un librito suyo. Y las poetas estadounidenses como Silvia Plath, Anne Sexton o Maggie Nelson que se enamoró de un color, el azul, aquel que sirve “para recordar que todas las palabras, no sólo algunas, se escriben en agua.”

“Supongamos que empiezo diciendo que me he enamorado de un color. Supongamos que digo esto como si se tratara de una confesión; supongamos que rasgo mi servilleta mientras hablamos. Empezó lentamente. Un día se volvió más serio. Luego se volvió, de algún modo, más personal. […] ¿Por qué azul? La gente me pregunta esto con frecuencia. No sé cómo responder. Quisiera contestar que no podemos elegir qué o a quién amamos. Simplemente no podemos elegir.”

Pero no es sólo una afición propia la poesía, es también compartida. Empezamos a enviarnos poemas con Maribel cuando me mudé a Francia. Y de ahí, empezamos a idear otras maneras de regalarlos a las amigas. Y Maribel creó sus Cuadernos de Poemas, y nos lo regaló. Y nosotras se los regalamos a nuestras amigas y a nuestras hijas.


Y así, regalando poesía hemos ido envolviéndonos de poesía, enredándonos en poesía. A mis amigas les mando tarjetas con poemas, recortes, hojitas que tardan mucho en llegar. Ellas no saben que nunca son versiones originales. Siempre, siempre, re-escribo los poemas que me gustan. Saco frases que para mí sobran, cambio palabras, recorto, cambio párrafos. Una versión original es improbable que caiga en sus manos. ¿Podríamos llamarle una ‘intervención’ del poema? ¿Una huella? ¿Un trazo? ¿Es el mismo? ¿Es uno nuevo?

No sé de corrientes poéticas, ni sé cuáles son las propiedades que tiene que tener un buen poema. No sé de métrica ni de rimas. No sé qué es una copla, una seguidilla, una redondilla o un cuarteto. Quizás me gusta la poesía moderna por sus versos libres. Soy alguien que lee poesía. A veces me gustan y otras no. La poesía sirve para explorarnos, cuestionarnos, resistirnos, no sólo a nosotras sino a nuestra comunidad. Y sirve también que las mujeres se relaten a ellas mismas, dice Rosa Berbel.

Escribió Maya Angelou:

Aprendí que las personas
olvidarán lo que dijiste
olvidarán lo que hiciste.
Pero las personas
nunca olvidarán
cómo las hiciste sentir.
¿Por qué deben existir las mañanas de los lunes?


lunes, 27 de enero de 2020

Imaginar otros mundos fuera del capitalismo - Mark Fisher, ¿No hay alternativa?



¿Cómo es que llegamos a esto?
Si has creído que este escombro es mi pasado 
hurgando en él para vender fragmentos 
entérate de que ya hace tiempo me mudé
 más hondo al centro de la cuestión.
Adrienne Rich
Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
En 2013, Mark Fisher publicó, luego de su estupendísimo libro Realismo Capitalista: ¿No hay alternativa? (2009), Los Fantasmas de Mi Vida. Todos ellos en Caja Negra Editores.  Fotografía, Clarín.

Acosado por una fuerte depresión a lo largo de su vida, Fisher ataca y desgrana una idea central, la de la relación entre depresión y política. Fuertemente desgarrador pero clarificador, Fisher escribe en carne propia y con ‘resentimiento’, dice, con “furia hacia la posesión de recursos y privilegio [de la clase dominante]”, casi un testamento.

Contrariamente a lo que se nos publicita interminablemente de que las enfermedades mentales pertenecen al ámbito personal, psicológico y privado; Fisher argumentará que hay una correlación entre el auge del realismo capitalista, con su lenta cancelación del futuro, la mediocridad de la cultura -en especial la música-, el consumismo, la precarización laboral, la globalización y la destrucción de la solidaridad, con la depresión individual y colectiva.



Para Fisher, el Realismo Capitalista muestra hasta qué punto “las relaciones sociales capitalistas están reificadas al punto que cualquier modificación en ellas es inimaginable.” Salvo algunos pocos nostálgicos, quiénes son capaces de imaginar otros mundos posibles por fuera del andamiaje del capitalismo de hoy.

A partir de la década de los ´80, con la Doctrina del Shock brutalmente impuesta en Chile y Argentina, y que luego se exportaría planetariamente, sentando las bases del neoliberalismo que tanto conocemos, el capitalismo “cada vez más dominaba [y domina] todas las áreas de la vida, la cultura y la psiquis.”.


En un ambiente social dominado por la falta de solidaridad, endurecido, como dice citando el trabajo de Jennifer Silva, en el que predomina la competencia constante y la inseguridad, y en donde establecer algún tipo de confianza, o compromiso, en los otros, mina los lazos de solidaridad y la posibilidad de imaginar un futuro a largo plazo y otro tipo de vida social por fuera del capitalismo.

De esta manera, dirá Fisher, apoyándose en los relatos terapéuticos, y en la música pastiche, tan en boga hoy en día, se privatizó el malestar individual y social: se individualizó el malestar de clase.
Y así, sustentadas en teorías de la meritocracia, en las que “sólo se ve individuos, elecciones y responsabilidades personales.”, estas terapias del bienestar dejan de lado una de las interpretaciones más probables: la clase y el poder social.

Para ello, Fisher se basa en los trabajos del psiquiatra inglés David Smail, quien explora las marcas de clase, indelebles y poderosas sobre la psiquis del individuo. Si desconoces su determinismo, puedes llegar a creer que ‘es tu culpa’, es tu depresión, tu pobreza, tu desempleo, tu falta de oportunidades, en lugar de culpar a las estructuras e instituciones sociales. Es sólo nuestra culpa, y supuestamente de nadie más, este sentimiento de inferioridad: “los individuos se culparán a sí mismos [de sus desventuras] más que a las estructuras sociales”.


A la creencia, tan popular hoy, “de que está en poder de cada individuo la posibilidad de ser lo que quiera”, Smail la llamará ‘voluntarismo mágico’ y otros ‘meritocracia’. Esta creencia es, dirá, “la ideología dominante y la religión no-oficial de la sociedad capitalista actual”.

Y agrega: “Una población a la que durante toda su vida se le ha dado el mensaje de que es inútil, ahora se le dice que puede hacer cualquier cosa que desee.”

Por tanto, para Fisher, la depresión no es sólo individual, es política y es colectiva. Y es colectiva porque los sujetos han abandonado los proyectos conjuntos de clase y, por ende, la construcción de un futuro individual y común a largo plazo.

Fisher termina incitándonos a “Inventar nuevas formas de involucramiento político, revivir las instituciones que se han vuelto decadentes, convertir la desafección privatizada en ira politizada: todo esto puede hacerse, y una vez que ocurra, ¿quién sabe qué es posible?”


El panorama actual es desolador, el colectivo ha sido descompuesto en múltiples consumidores solitarios. Las clases trabajadoras se han retirado al ámbito de lo privado, y han aplacado sus propuestas de construir un mundo por fuera de la cultura dominante burguesa.

Y la cultura oficial, que nos demanda consumir el último producto cultural ‘pop’, ser divertidos y nos castiga porque ‘nunca somos lo suficientemente positivos’, y nos empuja a consumir más, y más, y seremos tan felices si consumimos más, nos dicen.

¿Cómo es que llegamos a esto? Se preguntará este radical escritor e intentará abordar este interrogante desde la música, como elemento imprescindible de esta cultura, “que ha perdido su confianza, no sólo en que el futuro será bueno, sino en que algún tipo de futuro sea posible.”

Escribir sobre uno, es lanzarse a la tarea infinita de regresar sobre uno mismo, dice Didier Eribon. ¿Por dónde empezar? ¿Hasta dónde ir? En definitiva, hacer una teoría política del sujeto, para no caer en la tentación de quedar atrapados en las redes de las terapias del bienestar que desconocen el poder de la clase: comprender quién soy, quiénes son y quiénes somos y por qué nos pasa lo que nos pasa.

Si crees que puedes agarrarme, piensa otra vez: 
mi historia fluye en más de una dirección
 un delta que surge del cauce 
con sus cinco dedos extendidos.
Adrienne Rich

lunes, 23 de diciembre de 2019

Escribir y vivir desde el margen - La literatura del yo


              Dar testimonio
de una manera humana
de levantarse,
preparar el té
y escribir.
Susana Villalba
Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
Hace muy poco leí una serie de entrevistas a un escritor muy pagado de sí mismo, con un pedigrí inconmensurable, apadrinado por Quino, casi hijo adoptivo de Cortázar. Sus padres frecuentaban a García Márquez. Creció entre poetas y literatos renombrados de aquí y de allá. Este escritor con pedigrí, cuestionaba las actualmente llamadas ‘literaturas del yo’.

En 1936, Virginia Woolf escribía un ensayo titulado ¿Soy una snob? En este texto decía que “¿Acaso hablo sólo de mí misma, cuando digo que nada de aventura me ha ocurrido desde que ocupé esta inminente, aunque espinosa silla, pero a pesar de ello, sigo siendo, para mí misma, un tema inagotable y de fascinante y angustiado interés: un volcán en perpetua erupción?”

Casi un siglo después de Woolf, el jovencísimo escritor francés, Edouard Louis, escribió un extraordinario libro en el que indaga sobre la escritura de una vida, en ¿Quién mató a mi padre?  que toma el relevo de su libro anterior, Para acabar con Eddy Bellegueule. En ambos libros, este escritor se pregunta acerca de cómo elegir escribir sobre los episodios de una vida, de cuáles escribir y de cuáles no hacerlo. Es decir, ¿qué hay que decir y cómo decirlo? Y, para responder al escritor con pedigrí, ¿por qué no hacerlo?


‘¿Qué es una vida?’, escribió Woolf. ¿Quién es yo? ¿Dónde comienzo yo? ¿Cuándo comienzo yo?, dirá Didier Eribon haciendo referencia a la sociología y al socio-análisis en su libro Principios de un pensamiento crítico.

¿Cómo se incluye, en el relato, lo que ha sido excluido? ¿Cómo hacer para no girar la cabeza y no confrontar con el mundo y la realidad? ¿Cómo hacer para no dejar de lado aquellos determinismos sociales que definen quiénes somos y quiénes seremos? Eribon será enfático al respecto al decir que “el presente depende fuertemente del pasado.”

Como escribirá John Edgar Wideman, escribir sobre mí es escribir también sobre el grupo, sobre el colectivo que represento. Para éste, la cuestión de la identidad personal está ligada a la de la identidad colectiva, “a aquella de todo un grupo a quién pertenecemos.”

Wideman va a indagar, a propósito de la raza, sobre sí mismo, ¿cómo definirse? ¿cómo hablar de uno mismo? ¿con qué palabras? Y lo que es aún más importante, ¿quién posee esas palabras y las crea?
Es el lenguaje uno de los terrenos de batalla, argumentarán no sólo Wideman sino muchos autores. En este campo, quién define y qué es definido por las palabras es determinante. Y aún más, para él, ¿cómo afirmar la raza al mismo tiempo que se la rechaza? Cómo afirmarse en la diferencia para obtener igualdad, escribirá también Joan W. Scott a propósito de las luchas feministas.


Assia Djebar, historiadora argelina, irá aún más lejos al indagar sobre la escritura desde la lengua del adversario. “¿Qué significa escribir sobre la dominación en la lengua dominante o en la lengua de los dominantes?”


Eduard Louis, junto con Eribon, van a enlazar todas estas inquietudes, para abordarlas como cuestiones políticas. Louis va a sostener que la política para unos es una cuestión estética, una manera de pensar, de ver el mundo, una manera de construir una persona. Para otros es una cuestión de vida o muerte.

Lo más curioso, sostendrá, es que los que lo tienen todo, pueden pasar de cualquier tipo de gobierno porque la política no cambiará su vida. Concretamente, para aquellos que hacen la política, ésta no va a tener ningún efecto sobre su vida. Para el resto, es una cuestión de vida o muerte.

Así, sin entrar en detalles teóricos, y siguiendo los trabajos de Pierre Bourdieu y Michael Foucault, Louis – como Eribon - arremete contra aquellos escritores y críticos literarios que hoy cuestionan las llamadas ‘literatura del yo’ y se pregunta el ‘¿Por qué hay vidas menos contadas que otras?’
Por qué no dar voz a aquellos y aquellas que han sido dejados de lado, marginalizados, inferiorizados, colonizados. La historia de los perdedores, aquellos que han sido, y siguen hoy más que nunca, privados de dejar el relato ‘de sus derrotas’, de su existencia, de su sufrimiento, de sus alegrías. En síntesis, el relato de su vida.


Los ganadores escriben la historia, eso ya lo sabemos. ¿Por qué no escribir otras? Re-pensar las cosas, re-pensar lo que se pensaba. ¿Cuándo leeremos las historias de todos y todas los que no ganan en este sistema? ¿Cuándo nos apropiaremos de la palabra para decir lo que no se dice?

La literatura que interesa es la que se interroga a sí misma, la que intenta confrontarse con el mundo. Interesa así, aquella que intenta incluir a los invisibles, a la realidad de los posibles, a la complejidad. Urge, como sostiene la poeta argentina Susana Villalba, ‘proponer otras maneras de decir el mundo’.
Todos estamos atravesados por contradicciones, por historias diferentes, por historias múltiples, argumentará Joan W. Scott remitiéndonos a la idea sostenida por Kimberlé Crenshaw sobre la interseccionalidad.

En nosotros confluye la intersección de muchas identidades sociales, de varias historias, de potencialidades políticas. Éstas nos constituyen, y entran en conflicto unas y otras.

¿Quién soy yo? Eribon dirá que ‘yo’ es una construcción contradictoria, frágil, provisoria y parcial. Nunca está dado todo de una vez para siempre porque ella se reconstruye y se inventa a cada momento. Reconstruir el yo es una tarea infinita e interminable. El yo es personal pero también es social, es historia, es geografía y es político. El yo es una clase.

Volviendo a la entrevista que disparó estas reflexiones, he vuelto mis lecturas hacia aquellos que se sitúan en los márgenes de las formas dominantes de escribir y de escribir una vida. No es literatura, no es tampoco sociología, pero lo es ambas y cada una.


He encontrado una fuente inagotable de escritores y escritoras que escriben desde los márgenes, como gestos de resistencia, dirán Eribon, Ernaux, Wideman y Louis, o como gestos que cuestionan la ausencia de resistencia, la resignación.

Para “cambiar la mirada sobre el mundo, para transformar las percepciones instaladas y así producir, o favorizar, nuevas formas de resistencia.” [Eribon]

Todos estos autores sostienen que hay que re-apropiarse del lenguaje, dar voz a los que no la tienen porque cuando un privilegiado nos dice cómo debe ser el mundo, éste actualiza la frontera entre ser y no ser, entre los dominantes y los dominados, entre los que tienen todo y los que no tienen nada. Entre ellos y yo. Entre ese escritor ‘con pedigri’ y todos los otros.

Toda la tarde caminó
bajo la lluvia
como una forma de sentir
humanidad.

domingo, 3 de noviembre de 2019

De libros generosos y la biblioteca que vive en mi



Yo podría comenzar diciendo que desde hace muchos años
 vivo en una biblioteca.
O podría comenzar diciendo que desde hace muchos, muchísimos años,
 una biblioteca vive en mí.
Ambas afirmaciones son verdaderas.
Marina Colosanti

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
Leo. Yo leo. Desde muy pequeña leo. Si mi memoria no me falla, empecé con Emilio Salgari, Julio Verne, Oscar Wilde, Julio Cortázar, el Quijote y Edward Stratemeyer.

Hago mucho esfuerzo por recordar alguna escritora en mis inicios como lectora, pero no recuerdo ninguna…Más tarde vendrán Luisa M. Alcott, Jane Austen, las hermanas Brönté y, por supuesto, Virginia Woolf, entre otras muchas. Bradbury, Dumas, Mármol, García Márquez, Isabel Allende, Quiroga, Borges, Pizarnik, De Beauvoir…fueron golpeando a mi puerta.

A ellos les ha seguido una lista interminable de autores y autoras que aún no tiene fin. Como dice Marina Colosanti, una biblioteca vive en mí. No se vivir sin leer.

¿Cómo se construye, o reconstruye, una vida leída? ¿Cómo se hace una como lectora? Observando los libros leídos, ¿una puede hacer, como dirá Michel de Certeau, una lectura de sí misma?
Interrogarse a partir de nuestro itinerario personal nos permite comprender nuestras vidas y nuestras relaciones con los otros, desde un punto de vista filosófico, sociológico, político, teórico, personal y existencial. ¿Todo eso?

Ciertos libros pasan por nuestra lectura sin dejar trazos, son los olvidados, pero otros tienen un efecto transformador en una misma. Esos son los libros generosos. Didier Eribon dice que leemos para comprendernos y transformarnos, y así librar día a día una batalla personal contra los determinismos que nos acechan.

¿Qué caminos han seguido los libros para apoderarse de mí? Me gustaría creer que he sido yo quien los ha conquistado, pero podría ser que hayan sido ellos…


La antropóloga francesa Michéle Petit ha escrito mucho sobre la lectura, sobre el poder de la lectura. En El arte de leer o cómo resistir a la adversidad, la autora desarrolla un sólido estudio sobre el rol de la lectura en la constitución del yo, especialmente en espacios o momentos de crisis.
“De lo que se trata, dice, es de leerse a sí mismos y a este mundo.”  […] ya que “Leer sirve [también] para descubrir que lo que nos atormenta, lo que nos asusta, nos pertenece a todos.”
Llegué a esta autora, conversando con Maribel sobre el poder de los libros, sobre su poder terapéutico. Maribel es, además de una voraz lectora, escritora. A este poder terapéutico de los libros, algunos también le llaman biblioterapia, y otros simplemente, gusto por leer.

Sin embargo, contrariamente a lo que se cree ahora, como Petit, yo escapo a la instrumentalización de esos efectos terapéuticos de la lectura, en el sentido que se les da en los libros de autoayuda.

Así en sus análisis encontré que la diferencia entre la autoayuda y la lectura como abrigo, dirá la autora, está en el objeto como producto cultural que contiene “un deseo de compartir, de justicia, una voluntad de lucha y una exigencia poética.”

Sin relato, el mundo sería un lugar inhóspito y vacío. Al contar, tejemos nuestras vidas con las de las otras personas. Tejemos nuestro pasado y nuestro futuro soñado, organizamos nuestra experiencia y habitamos el mundo.


Porque, como escribe Olga Tokarczuk, “Si se pudiera mirar el mundo sin protección alguna, valiente y honradamente, se nos partiría el corazón.” Sin relatos, estaríamos huérfanos para construir nuestra morada interior y no podríamos habitar los lugares en los que vivimos. Leer y leer el mundo.
“Hay que recordar, resalta Petit, que somos animales poéticos, narrativos, de palabras, de imágenes.” Y que la literatura, como la cultura, tienen una importancia vital para nosotras, tanto como el agua.
Y en momentos de crisis, el libro representa una unidad, algo sólido, dotado de armonía, que nos permite construir un país interior que le da sentido a nuestra vida, nos permite pensar, soñar y entrar en diferentes mundos de lo posible. “Los libros leídos ayudan a mantener el dolor del miedo a distancia, a transformar el dolor en ideas y a reencontrar la alegría”, dirá.

El escritor Gustavo Garzo, insistirá en la idea de refugio que ofrecen los cuentos. Refugios frente a la angustia y el dolor porque los cuentos crean un lugar para vivir, al tiempo que nos permiten habitar el mundo y relacionarnos con los otros de una forma pacífica. De lo que se trata, al fin y al cabo, es de leernos a nosotros mismos – trazar los contornos de quién soy - y leer a este mundo y a los otros.

Contra todo discurso utilitario de la lectura, la literatura no es una experiencia separada de la vida, dirá Petit, ella es la vida. Así, la biblioteca de cada persona representa sus territorios más íntimos alimentados literariamente. Recuerdan lo de las sentimentecas, de Patrick Chamoiseau.


Soy una mala lectora. Leo lo que caiga en mis manos. No sigo las modas. No me gusta que me digan qué debo y qué no debo leer. No creo en clasificaciones entre buena y mala literatura. Salto páginas, voy y vengo, subrayo y hasta dibujo mis libros. Leo los finales, y si un libro no me atrapa, lo dejo sin culpas. Leo muchos libros al mismo tiempo y nunca he leído el Ulises, no he podido.  Desconfío de los críticos literarios. Releo varias veces esos libros que me son imprescindibles. Leo en cualquier lado, y si hay música de fondo, mejor. No soy una lectora solitaria y aislada, no estoy compungida ni traumada.

Leo porque me gusta. Leo porque no sé vivir sin leer. Leo para resistir.
Entonces, ¿dónde estás?, ¿quién te impide venir?
y aunque cumplas la terrible condena de no poder estar
cuando te llamo,
sin duda en algún lugar organizas de nuevo la familia,
o me ordenas las sombras,
o cortas esos ramos de escarcha que bordan tu regazo
para dejarlos a mi lado cualquier día.
O tratas de coser con un hilo infinito 
la gran lastimadura de mi corazón.
Olga Orozco

martes, 1 de octubre de 2019

Aceptarse - Annie Ernaux y Didier Eribon


Otro cielo sin dioses, otro mundo al que nadie más vendrá
sumergen en las aguas implacables de tu imperfección
y de tu vergüenza.
Olga Orozco

Virginia Baudino - virbaudino@hotmail.com
La escritora francesa Annie Ernaux escribió que ‘todos somos seres atravesados por conflictos’, por conflictos de clase, argumento que también sostiene el filósofo francés, Didier Eribon, en su magnífico libro Regreso a Reims.

Durante más de cuarenta años, Ernaux exploró la vergüenza, como un sentimiento recurrente de ilegitimidad, de no estar nunca en su sitio. Una vergüenza, a la que claramente denominó social, que la atravesará durante toda su vida y que es producto de su origen de clase.

“Soy una etnóloga de mí misma. ¿Qué cuento intimidades? Lo íntimo siempre es algo social. Es inconcebible un yo puro, en el que los otros, las leyes, la historia, no estuvieran presentes.”
Como Ernaux, mi origen social se ha dejado – y se deja - entrever a través de ese permanente sentimiento de ilegitimidad y de incomodidad. Ambos autores han enriquecido esta, mi búsqueda, para entender mi historia personal.

Didier Eribon escribe que “Siempre he tenido, en lo más profundo de mí mismo, el sentimiento de pertenecer a una clase. Siempre he sabido, que había una diferencia entre ellos y yo. Cómo no saber lo que uno es, cuando vemos cómo son los otros, y a qué punto ellos son diferentes de nosotros.”

A menudo se nos hace creer que nuestro destino está en nuestras manos. Así, se nos bombardea con la idea - intencionada -, de que somos nosotros los que tomamos decisiones y trazamos nuestro camino. Si el camino se tuerce, se nos dice que es porque no supimos tomar las buenas decisiones. Esta es la ideología de la meritocracia, tan publicitada últimamente y que legitima lo que Richard Sennet llama la sociedad de-todo-para-el-ganador.

Sin embargo, Eribon y Ernaux, se encargan de hacer, lo que llamo, sociología en carne propia, puesto que revisitando su historia personal y la de sus padres, realizarán una suerte de exploración de los conflictos de clase social. Ellos, dirán, son lo que se entiende como un ‘milagro’ social, puesto que, por una suerte de pequeños milagros, y escabulléndose de las trabas que la estructura social impone a las personas de los sectores populares, han logrado cierta notoriedad en su trabajo. Una como escritora y otro como filósofo.

Sara Landeta
En su recorrido autobiográfico, Eribon mostrará cómo opera la perversidad del sistema, que se nos impone cuando nacemos, y que nos hace creer que somos nosotros mismos los que elegimos y construimos nuestro camino cuando, en realidad, lo que somos es producto de nuestra clase social.

En este sentido, Annie Ernaux agregará que el origen social se porta como un estigma si, obviamente, no has nacido en las clases privilegiadas, y que este conflicto te atravesará toda tu vida. En una misma conviven lo íntimo y lo colectivo.

Vicente de Gaulejac, en ‘Las fuentes de la vergüenza’, dirá que “el sujeto se expone a una confrontación entre la mirada social que le es devuelta y la mirada íntima que revela la vergüenza y la angustia de no ser como hay que ser.” De no ser como se supone que se es en las clases privilegiadas (capital cultural, lingüístico, estético, académico). No tener la ropa adecuada, no utilizar el lenguaje apropiado, no mostrar de dónde se es, cómo se vive.

“Yo quisiera reflexionar sobre la manera en la que se reconstruye retrospectivamente nuestro pasado, a través de las categorías teóricas y políticas disponibles en el seno de la sociedad en la que vivimos”, escribirá Eribon, algo que puede servirnos para volver a él y así comprender nuestro recorrido con sus fracasos y sus, sus éxitos y sus errores.



En este sentido, para todos estos autores, los libros, y la lectura, son un punto de apoyo decisivo en el trabajo de reinventarse y de convertir la vergüenza – por ser gay y de clase obrera, en el caso de Eribon – en orgullo. 

Patrick Chamoiseau hablará de esas bibliotecas que tenemos los lectores, o lectoras, como sentimentecas. Esos lugares poblados por libros que nos ayudan a combatir, en nosotros mismos, los efectos de la dominación y que nos permiten “reformular el yo desde los procesos de resistencia.”

Así, Annie Ernaux escribirá para recuperar todo aquello que es imperioso ser recuperado. Y agregará que la memoria que se deshumilla diseña un futuro político, literario e intelectual, en el que ella ahora puede reapropiarse de las diferentes etapas de su trayectoria y de su personalidad.

“En cuanto al sentimiento de vergüenza, no es específico a mí y no creo que sea malo, es algo que surge cuando sales de tu entorno natural y te enfrentas a otras realidades. No es un término del todo peyorativo, lo uso para enfrentarme a ese pasado. Quien no lo entiende es que no ha salido de ese entorno social y no ha conocido otras realidades.”

Gaujelac, abre puertas a la posibilidad de salvaguardarse, y es lo que llamará ‘el combate de la dignidad’, de conservar - a pesar de todo - una imagen aceptable de sí mismo.


Aún no hace mucho tiempo,
te mirabas en alguien igual que en un espejo que te embellecía.
Era como asomarte a las veloces aguas de las ilimitadas indulgencias
donde se corregían con un nuevo bautismo los errores,
se llenaban los huecos con una lluvia de oro, se bruñían las faltas,
y alcanzabas la espléndida radiación que adquieren hasta en la noche
los milagros.
Olga Orozco